Encantada de olvidarte 29. «Somewhere Only We Know» – Keane
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29. «Somewhere Only We Know» – Keane

Somewhere Only We Know – Keane

— ¡CLARO QUE PUEDO OÍRTE, EMMA! Alto y claro. ¿Dónde coño estás? Menudo susto me has dado.

La camiseta le cuelga arrugada en el cuerpo, tiene el pelo despeinado y las gafas torcidas. Aun así, nunca lo había visto tan guapo. Asustado, confuso y guapísimo.

—¡Dios mío, Iván, menos mal! No me lo creo. Estoy aquí, he estado aquí todo el tiempo, pero no podías...

—Espera —me corta, con la mirada perdida, analizando cada sombra, cada movimiento y cada rincón de la casa donde me pudiera estar escondiendo.

Echo un vistazo a mis manos, pero siguen transparentes.

No puede verme—. ¿Estoy despierto? ¿Estás...

estás viva? ¿Dónde estás? Joder, me estoy volviendo loco.

«Una pregunta estupenda, Iván».

—No sé muy bien qué decirte. ¿Creo que... sí? O sea, que estoy viva. No estás loco. No me siento muerta, de momento, pero... bueno. Soy algo así como invisible.

—¿Estás aquí? ¿No solo en mi cabeza?

Es rarísimo hablar con Iván y que él le hable al aire, literalmente, así que me pongo delante de él. Justo en frente. Y lo nota; de alguna manera, sé que lo hace.

—Estoy justo en frente. En tu casa. En Madrid.

—Joder, vale, sí. Te escucho aquí. —Señala con las manos el espacio entre nosotros, algo más grande de lo que me gustaría—. Esa sensación todo el camino... ¿Eras tú?

—Supongo que sí. Siento haberte rondado como un fantasma todo el día, no sabía qué hacer, no quería quedarme sola en Sitges.

Cuando nos quedamos dormidos en el suelo yo...

terminé por desaparecer del todo. Ni siquiera podía abrir puertas ni tocarte.

Mucho menos pedir ayuda. Así que me colé en el tren contigo.

Intuía que, quizás, podrías sentirme, y tampoco tenía dónde ir de todos modos.

—¿Terminaste? ¿Cuánto tiempo llevas así?

—me pregunta, aún sin saber muy bien a qué altura está mi cara, pero muy muy cerca de acertar—.

Voy a... perdona. ¿Te importa que me siente?

Tengo el estómago un poco... pff. No se habla con un fantasma todos los días.

O con un…, bueno, con una chica invisible.

No eres nada raro, ¿no? Me refiero... Perdona, joder, yo...

Lleno el pesado silencio del apartamento con una risa nerviosa, algo que pensaba que jamás volvería a escuchar.

—Tranquilo. Sé que es difícil, no creas que yo lo llevo mejor, pero... Solo soy yo, Iván. No soy un mutante ni nada parecido, ojalá. —Me río de nuevo, quitándole un poco de seriedad a todo, e Iván se ríe conmigo mientras se sienta, visiblemente más tranquilo.

Apoya los codos en las rodillas y respira boca abajo unos segundos, mientras yo me dejo caer en el suelo. La tensión de los últimos días, la culpa y toda la ansiedad por si me convertía en un espíritu errante empiezan a pesar.

Está frío. Me eriza la piel, me refresca.

Siento algo después de horas de entumecimiento.

—¿Qué es lo que te ha pasado, exactamente? ¿Puedes intentar... explicármelo? Loreto... Espera. ¿Has escuchado mi conversación con Loreto?

—Sí, sí, he escuchado todo. Llevo contigo todo el día —confieso—.

Básicamente... eso. No tuve cuidado y creo que he hecho enfadar a algún espíritu místico o algo así.

De repente, un día me levanté y todo el mundo me veía .

Al día siguiente perdí el control, te perdí a ti, me perdí a mí misma y empecé a desaparecer. Figurada y literalmente.

Iván me escucha con atención. Tiene las cejas juntas, sutilmente elevadas.

—¿Cuándo empezaste a desaparecer? ¿Por eso no has venido a la oficina estos días?

—No, bueno, no del todo. Me escondí en casa porque quería evitar ver a...

todo el mundo, en realidad. Las miradas lechosas, las conversaciones sin sentido cuando me veían y no me reconocían.

No tenía ni idea de lo que pasaría si Loreto lo descubría, así que preferí encerrarme en mí misma, todo lo que pude.

Por si acaso. —Tomo aire para calmar mis pulsaciones, el temblor de mi garganta—.

El miércoles me encontré a mi casera dentro de mi piso, con los mismos ojos blanquecinos que el resto.

Me echó a gritos. No recordaba habérmelo alquilado, ni siquiera me reconocía.

No tenía a dónde ir. Fue entonces cuando empecé a desaparecer.

Una luz anaranjada se cuela por las ventanas del apartamento de Iván y caldea aún más la estancia, templando el suelo. Se está haciendo tarde.

—¿Pasaste la noche en la calle? ¿Por qué no me dijiste nada? Vivimos muy cerca, podría haber...

—¿Cómo iba a escribirte? ¿O a aparecer en tu casa con una maleta y medio cuerpo transparente? Me fui a casa de Olivia, a mi antigua casa.

—Emma, creo que ha quedado más que claro que estoy aquí y que no pienso marcharme. Me podrás echar mil veces, y lo respetaré, pero estaré esperando fuera por si me necesitas. Lo que me recuerda...

Iván echa mano de mi teléfono, que ha seguido vibrando encima del sofá, junto al suyo.

—Deberíamos avisar a Loreto y a tus amigas. Han estado escribiéndote todo el día, deben de estar preocupadas. ¿Qui-quieres que lo haga yo? ¿Te importa? ¿Prefieres intentar coger el móvil y...?

Niego enérgicamente con la cabeza, pero no puede verlo.

—Se caería al suelo si intentas dármelo. ¿Puedes hacerlo tú? A todo esto, gracias por llevártelo. Un poco inquietante si se lo llegas a contar a la policía. Te hubiese convertido en sospechoso principal de mi desaparición, pero gracias.

Iván se ríe entre dientes y se echa para atrás en el sofá, deslizándose y abriendo las piernas, como si acabase de soltar una mochila llena de piedras.

—Ya... No sé si fue mi momento más brillante. ¿El último en verte con vida, en una habitación que no estaba a tu nombre, antes de desaparecer sin dejar rastro? No pinta bien para mí.

—Fatal. Parece un episodio turbio de Mentes criminales .

Me siento a su lado sin que el cojín se deforme lo más mínimo y le doy mi código de desbloqueo para que pueda escribir los mensajes.

—¿Tú crees que un «Estoy bien, no os preocupéis ni me llaméis. Me pondré en contacto con vosotras en cuanto pueda» no suena sospechoso? Iván, por favor. Tengo mi ubicación compartida con ellas.

—¡Iba a ponerle un emoji luego! ¿Vale? Un pulgar hacia arriba o algo así, para que quedase más amigable.

—¡Mucho mejor! ¿Dónde va a parar? —grito con ironía.

Vuelve a aflojar la expresión, a poner esa cara que ya me ha puesto más veces, entre relajado y alegre—.

Tú lo que quieres es poner al destino a prueba y ver si te detienen.

Te recuerdo que, hasta donde sabemos, solo tú puedes escucharme.

¿No crees que deberías mantener un perfil bajo de momento?

—¿No solo me vas a romper el corazón —suelta, intentando buscar mis ojos, adivinando de dónde proviene mi voz—, sino que también quieres buscarme la ruina?

—Te sacaría la lengua si pudieras verme.

Decir eso escuece un poco, y a Iván no se le escapa una, no conmigo.

— Cuando vuelva a verte. Que pueda escucharte es una buenísima señal. Podemos arreglarlo. De hecho, tengo algunas ideas.

—Ah, ¿sí? ¿Cuáles?

—No te adelantes. Vamos a dejarles claro a tus amigas que sigues de una pieza y nos ponemos a ello. Va, empieza a dictar, palabra por palabra.

—Vale —termino por ceder—, pero no me discutas ni un emoji. Olvídate de los pulgares hacia arriba, pero en general. Es un consejo que te regalo para el resto de tu vida.

—¿Y de qué película has sacado eso? —le pregunto, cruzando mis piernas invisibles encima del sofá.

No es que sea escéptica a estas alturas, desde luego que no, pero la primera y brillantísima idea de Iván es, literalmente, darme de comer. «Algo de este mundo» ha dicho, como si no fuese el mío también, porque «a un personaje que estaba desapareciendo se le pasó comiendo onigiris ».

—¡Tú hazme caso! Creo que me quedan unas gildas, o croquetas congeladas. No tengo nada más español... —me contesta a gritos desde la cocina, como si no nos separaran un total de cero muros y apenas un par de muebles.

—No soy Chihiro, Iván. No me he colado en un mundo mágico ni mi madre se ha convertido en un cerdo.

Y, además —sentencio mientras lo veo volver al sofá con varios cuenquitos llenos de aceitunas, patatas fritas Santa Ana y un pincho de tortilla precocinada que deja sobre el mueble de la tele—, dudo mucho que pueda comer nada. Atravieso todo lo que toco.

En un acto reflejo, como si estuviésemos de tardeo un viernes cualquiera, coge una patata y se la lleva a la boca.

—Ya... ya —dice cuando termina de masticar—. ¿Para qué me preguntas por la película si ya la conocías? En fin, una pena, son aceitunas de Campo Real.

«¿Debería reírme o echarme a llorar?».

Le agradezco mucho el esfuerzo, de verdad que sí. Yo tampoco sabría por dónde empezar.

—Oye, y si he conseguido escucharte... No me malinterpretes, pero ¿puedes intentar tocarme? A lo mejor tu maldición ya no funciona del todo conmigo. Al fin y al cabo, no te he olvidado.

—Mmm, tengo que confesarte que ya lo he intentado antes. En varias ocasiones, de hecho, pero solo conseguía que te dieran escalofríos.

—Pero no esta tarde, ¿no? Desde que volví a oír tu voz y casi me provocas un infarto, digo.

—No, no... —me río—. En este rato, no.

Asiente entonces con la cabeza en mi dirección y estira los brazos, con las palmas en alto y los codos pegados al cuerpo. Está serio, concentrado, expectante. Y yo estoy a punto de vomitar desde mi revuelto estómago transparente.

«Acabas de preguntarte si tu vómito sería también transparente, ¿a que sí?».

Sin embargo, nada. Cuando dejo caer mis manos hacia abajo, encima de las suyas, no encuentro nada. Ni resistencia ni piel. Una vez más, las atraviesan.

Decepcionada, levanto la vista y veo a Iván temblando, con las manos aún suspendidas en el aire y la misma cara que imagino que pondría al…, bueno, ver un fantasma.

—¿Qué pasa? ¿Has notado algo?

—S-sí, creo que sí. Es... extrañísimo. Una especie de hormigueo. Recuerdo haberlo sentido hoy, sí, pero mucho más suave. Parece como si hubieses soltado una bolsa de semillas y siguieran cayendo, semillas cargadas de electricidad.

—Una metáfora de lo más peculiar, pero lo entiendo. Supongo.

—Yo no entiendo una mierda —observa, llevándome la contraria—. Pero está claro que tu cuerpo sigue aquí, solo que... No sé, con moléculas más separadas o algo así.

—No tienes ni idea de lo que estás diciendo, ¿verdad?

—¿La tienes tú?

—Nop.

Iván se levanta de golpe para volver a la cocina, y Gatu casi se cae del sofá del susto. No se ha separado de mi lado ni un segundo, como si su objetivo vital fuese protegerme. Como si supiera que, ahora mismo, necesito todas las anclas con las que pueda contar.

Ronronea un poco y vuelve a hacerse una bolita a mi lado, lo suficientemente cerca como para rozarme si tuviese la capacidad de hacerlo.

Desprende calor, un calor maravilloso.

—¿Y si te echamos harina o azúcar glas por encima? Aunque tu materia se esté desvaneciendo, sigue existiendo. Tendrá que reaccionar con algo, digo yo.

—¿Me vas a tamizar harina encima?

—No... no tengo harina, Emma. Joder. Me estoy quedando sin ideas. Perdona.

—Tranquilo, no tienes por qué hacer esto, ni por qué pedirme disculpas. Te he cargado con un muerto que no mereces, y te estoy pidiendo más de la cuenta. Quizás debería irme.

Ni siquiera he hecho el amago de abandonar el sofá, pero Iván se levanta de golpe y bloquea el aire a su alrededor con los brazos, buscando el leve calambre que le avise de que ha dado conmigo.

—No, eso sí que no, Emma. Ya está bien, joder.

No tienes que guardar más secretos, ya lo sé todo —sentencia—.

Y soy el único en kilómetros a la redonda que puede escuchar tu voz.

Loreto está en una boda y tú no puedes ni abrir una puerta.

No me puedo ni imaginar las cosas que se te tienen que estar pasando por la cabeza, así que déjame ser egoísta y ayudarte. Después de todo, lo necesito.

En este momento, lo mataría, pero no voy a discutirle nada de lo que ha dicho.

Hasta que el cielo no está negro azabache, no reparo en que son pasadas las diez. Hoy la luna no nos acompaña; está casi de espaldas, mirándonos por encima del hombro, como si no le importásemos lo más mínimo. Total, casi ha conseguido extinguirme. No sé qué más querría hacer conmigo.

Iván ha encendido una pequeña lamparita que ilumina muy poco, pero es perfecta.

Olivia lleva escribiéndome un rato por privado. El primer mensaje nos ha despertado de una tenue duermevela en la que hemos caído, rendidos después de todo el día.

Iván seguía recordándome al despertar.

El último mensaje suena más urgente: mi madre la ha llamado porque no consigue ponerse en contacto conmigo y ha tenido que cubrirme como si fuésemos adolescentes.

La madre de Iván también ha llamado, como cada tarde, religiosamente. Verle hablar con su abuela por videollamada me ha devuelto el calor que había perdido.

—¿Quieres que contestemos? —me pregunta en voz baja desde el otro lado del sofá como si ya fuésemos un equipo.

Tiene la cabeza apoyada en el respaldo y se ha quitado las gafas. La bombilla oscurece sus facciones a contraluz.

No siento hambre ni sed, solo cansancio. En cambio, sí que soy algo más consciente de mi cuerpo. La parte interna de mis brazos ha vuelto a rozar mis costados. Noto piel con piel, hasta la costura de la ropa interior.

—Olivia sabe que no tengo casa ahora mismo, y estoy segura de que me ha visto aquí y está preocupada.

Hubo un tiempo en el que nada, absolutamente nada, acontecía en mi vida sin que Olivia, y más tarde Gabi, lo supiesen. Les contaba todo al momento, casi mientras sucedía. La gran mayoría de los mensajes importantes que he mandado en mi vida han sido redactados a seis manos.

Es desagradable, un error, estar pasando por esto y hacerlo sin ellas.

—¿Crees... crees que podríamos acercarnos a su casa? Nos hemos quedado sin ideas, y aún es pronto. Un poco de aire fresco y perspectivas renovadas a lo mejor nos ayudan.

Asiente, desconfiado, y se levanta a por algo de abrigo cuando mis amigas nos contestan.

Chicas, lo siento mucho, por lo que estoy a punto de contaros y por haber estado completamente ausente estos meses, pero os necesito

¿Reunión de urgencia?

Es algo importante

Estoy bien 3 Más o menos

Olivilivia La madre que te parió, Emma

¿Tú sabes lo preocupada que estaba? No puedes aparecer en mi casa con una maleta, pirarte a Barcelona y pretender que me quede tranquila con un mísero mensaje

Por lo menos sé que no he mentido a tu madre y que sí que estás viva

Mi casa es tu casa, aquí te espero. Pero a lo mejor te asesino cuando llegues

Gabriela Godoy Mañana tengo guardia, pero voy de caminoooooo

Para eso estamos, sinvergüenza @Emma 3, siempre