28. «Ghost Of You» – 5 Seconds of Summer
No hace frío en Madrid, pero Iván no puede parar de tiritar. Su cuerpo se estremece violentamente cada pocos segundos, y es aún peor cuando intento tocarlo.
Al principio ha sido un acto reflejo del que me he arrepentido al instante: se ha quedado hecho un manojo de nervios después de hablar con Loreto y ha cerrado los ojos un momento, inhalando y exhalando profundamente, intentando calmarse.
Lo he hecho sin querer, levemente queriendo : he intentado tocarlo.
Solo para tranquilizarlo. Pero mi mano no se ha posado sobre su rodilla, sino que la ha traspasado, y él ha pegado un bote que ha asustado a medio vagón, fantasmas incluidos.
La ansiedad no ha mejorado al llegar a Atocha, ni al bajar las maletas ni al despedirse de las chicas de la agencia, ajenas a todo.
Y mucho menos cuando he estado a punto de atravesarlo entero para colarme en el taxi con él.
No sé a dónde ir y, si Iván se acuerda aún de mí, me agarraré a ese clavo ardiendo hasta que no me quede más remedio que convertirme en un alma errante por los siglos de los siglos.
Su voz suena asustada. No me aventuro a imaginar qué debe ser lo que se siente al ser rondado por un fantasma, si es que es eso lo que soy.
Todavía no ha llamado a la policía, y no es lo primero que hace al cerrar la puerta de su casa, conmigo dentro.
Tampoco saca el portátil ni deshace la maleta.
Solo saluda a su gata, aferrándose a ella como a un salvavidas, y después se dirige al baño como un autómata.
Se lava la cara con agua fría dos, tres, cuatro veces, empapándose la ropa, y mira fijamente su reflejo en el espejo.
Yo sigo justo detrás, como atada a él por una cuerda también invisible.
Por un momento parece que puede verme, porque sus pupilas, que casi ocupan la totalidad de sus ojos, buscan algo a su espalda. Es imposible, ¿no? Sé que lo es, pero quiero pensar que, cuando encuentra mis ojos directamente en el espejo, no es coincidencia.
«Iván, por favor, estoy aquí. Tienes que saberlo, tienes que poder sentir... algo. Lo que sea».
Con la mano, intento volver a rozar la suya, o su hombro, su brazo.
Estoy convencida de que tiene que notarlo, de que tiene que saber que algo no anda bien, que el escalofrío que siente no es casualidad; no puede serlo tantas veces seguidas.
Pero no termina de entenderlo. Más bien, lo asusta.
Prácticamente puedo ver la confusión cuando sacude el cuerpo y se lleva las manos a la cabeza, se tira del pelo, se quita y se pone las gafas una y otra vez, y se echa más y más agua en la nuca.
Un móvil vibra en su sudadera, rompiendo de un estruendo el silencio de la casa.
Es Loreto.
—Oye, ¿sabes algo? —No saluda, solo frunce el ceño y sujeta el móvil con el hombro para poder sacar también mi teléfono.
Hay algunas notificaciones en la pantalla, varios mensajes de Olivia y Gabi en el grupo, escuetos, y un par de mi madre y de Loreto.
Por encima de su mano y a la velocidad del rayo, porque no hace más que subir y bajar, puedo leer que me preguntan dónde estoy o qué tal el viaje.
Yo respiro profundamente; un ápice de alivio se escapa de mi garganta.
No se han olvidado de mí.
—Ya, no... Iba a llamar ahora, acabo de llegar. Lo sé, lo sé, Loreto, es solo que... Tengo un presentimiento rarísimo, ¿sabes? No estoy loco, te lo prometo, pero es tan raro que se haya desvanecido así.
Iván pone en altavoz y deja el teléfono sobre el lavabo.
—¿Qué presentimiento, Iván? Que ha desaparecido, joder. Es como si se la hubiese tragado la mismísima tierra. ¿No te parece motivo suficiente como para llamar a la policía? Hay algo que no me estás contando.
—¡Claro que no! No te estoy ocultando nada, Loreto, te lo juro. Emma... llevaba días muy rara, semanas. ¿Crees que... le pasaba algo? ¿Que fuese ella quien nos... o, bueno, te estuviese ocultando algo? Entiendo que a mí no me lo fuese a contar, pero a ti...
Loreto bufa como un gato enfadado al otro lado de la línea, mientras Iván se quita la sudadera y la lanza al cesto de la ropa sucia.
—Ayer... —susurra, dudando si traicionarme y contarle mi secreto.
Le pedí que no lo hiciera, pero yo tampoco es que esperase volverme completamente invisible de la noche a la mañana.
Se lo perdonaría si lo hiciese; de hecho, se lo rogaría de rodillas ahora mismo—.
Mira, Iván, creo que tú también sabes que no es algo nuevo.
Yo la conozco, y llevo meses pensando que no es ella del todo.
No te ofendas, pero todo lo que pasó contigo, el cambio tan brusco que dio, no...
No sé, no lo pensé en el momento, creía que solo estaba pasando una mala racha o que se sentía sola.
Pero ayer, en la playa... me contó... Dios, es que no sé ni cómo explicarlo.
Es un sin sentido, te aviso, pero sé que no me está mintiendo ni... ¿sabes?
—No, Loreto, no sé. Sería un detalle que pudieses dejar de dar rodeos, por favor.
Quizás Loreto no pensó que estuviera loca, pero por la cara de Iván parece que el que está a punto de perder la cordura es él. Se le marcan los músculos de los brazos y las venas en las manos de tanto apretar el mueble del lavabo, que cruje y grita por aguantar sin hacerse pedazos.
—Perdón, sí, es que tengo la cabeza en demasiados sitios. Tengo que lidiar con la ansiedad de una novia que se casa en unas horas y con la desaparición de una de mis mejores amigas a la vez, dame un poquito de tregua. Hazme el favor y... siéntate, ¿quieres?
El salón de la casa de Iván es muy pequeño: un sofá integrado en la cocina y en el comedor al mismo tiempo.
La mesa que se supone que sirve para comer hace las veces de escritorio; los platos de la cena del miércoles, entiendo, siguen delante del monitor, y no hay nada entre el sillón y la televisión, solo una camita en el suelo, redonda y peluda, llena de pequeños ratones amontonados, como un cementerio de premios.
Cuando Iván se sienta en el sofá y deja los móviles bocarriba a su lado, descubro a Gatu hecha un ovillo, impasible e indiferente.
Ni los nervios de su compañero de piso son capaces de perturbar su sueño.
Es pequeña, aunque Iván me mencionó alguna vez que, en realidad, pasa ya de los diez años.
Tiene el pelo negro, corto, aunque algunos mechones blancos salpican la perfecta oscuridad, y se está tapando los ojos con las patas delanteras.
Cuando él se sienta, ni se inmuta. Pero cuando llego yo, detrás de él, y me quedo de pie a su espalda, levanta la cabeza y se yergue como una esfinge. El pelo del pecho se le eriza, y centra toda su atención en mí. Iván se da cuenta, pero Loreto sigue hablando.
—Por favor, no le digas que te he dicho nada si consigues hablar con ella, ¿vale? Pero algo raro le está pasando...
Empieza, y ya no puede parar.
Aprieto los puños y protejo como puedo mi cuerpo invisible mientras Loreto le resume la paranoia que parece todo esto desde fuera.
Es curioso cómo he pasado de protagonista a convertirme en un vago narrador omnisciente, que se dedica a perseguir por Madrid —desnuda e invisible— al chico que le gusta porque se niega a que su historia haya acabado.
¿Son así realmente los desenlaces abiertos? ¿Una eternidad observando todo lo que el resto han aprendido de tu aventura y cómo rehacen su vida?
En esta versión, la de mi dupla, la que Iván escucha atentamente, no tengo la culpa, y creo que es mi favorita. El universo es el causante de todo, una mala alineación de los planetas, una coincidencia. Esta vez, no soy yo la responsable.
—Me tienes que estar vacilando, Loreto. ¿Qué se supone que tengo que creer? ¿Que la han abducido las estrellas? No tengo tiempo para esto. Y quizás a ella también se le esté acabado.
—Iván, que no, joder. He... he estado leyendo mucho sobre el tema desde ayer.
O viendo vídeos, más bien. Quería informarme de la gravedad del asunto y de si puede arreglarlo...
No, de si podemos arreglarlo, porque no podemos quedarnos de brazos cruzados.
Es imposible, pero me cuadra mucho más que cualquier otra cosa.
Ni mafias, drogas, secuestradores... Ni el hecho de que parezca que, después de tantos años, no conozco a una de mis mejores amigas.
Créeme que esta locura hace que todo encaje.
Loreto siempre ha tenido el poder de extraer las ideas más brillantes de mi cabeza, de enriquecerlas, de crearlas juntas. Y presiento que una parte de mí siempre quiso demostrarle que podía yo sola.
Es posible que pueda.
Pero también la necesito.
Sobre todo cuando no puedo comunicarme con nadie, en el sentido más estricto de la palabra.
—Loreto, eso no tiene ningún sentido. Voy a llamar a la policía. Puede que le haya pasado algo, que se haya desmayado en la calle y que ahora esté aturdida en un hospital. Sola. No sé por qué no lo he hecho antes, joder; ¿en qué estaba pensando?
—¡No! Espera, no... no llames. Piénsalo: ¿cómo explicas si no que Nico y Beto se queden embobados cada vez que hablamos de ella?
Porque sé que hablas de ella. ¿O que la obtusa de Leire se pensase que Emma entró a Kuon en agosto?
¿O lo de Nuria? Fue justo a partir de la tormenta.
¿No has notado nada fuera de lo normal? ¿Absolutamente nada?
Iván se levanta del sofá dándose impulso con las manos en las rodillas, como si necesitase toda su fuerza para hacerlo. Se estira la cara, se tapa la boca con una mano y se masajea la mandíbula, tensa y dolorida de mantenerla apretada.
—Joder, ¡joder! Las de redes esta mañana... ni siquiera sabían quién era Emma. Cuando les he preguntado si la habían visto han entrado en un bucle extrañísimo, pero estaba hecho un lío y tan cabreado que... Mecagoenlaputajoder.
—Oye, tranquilízate. ¿Crees que puedes? —Asiente con la cabeza, pero Loreto no puede verlo, así que acaba por soltar un par de atropellados «sí, sí»—.
Lo siento mucho, pero tengo que dejarte.
Mi hermana se casa en un par de horas y estoy en camisón.
Como me vea así, me va a arrastrar de los pelos por toda la finca.
Por favor, no te separes del móvil, aún no sabemos si está bien.
Llama al hotel o... no sé. Haz algo. Lo que puedas. Te llamo en cuanto acabe la ceremonia.
—Tiene que estar bien —es lo único que dice.
—Sí. Lo está, sé que lo está. Manifiesta eso. O no manifiestes nada, ¡la Virgen! Hablamos luego.
El apartamento vuelve a quedarse en silencio. Solo se escucha el leve ronroneo de Gatu que, tras estudiarme durante un rato, ha decidido que soy de fiar y ha vuelto a dormirse, y la respiración de Iván, que está lejos de ronronear de gusto. Más bien, creo que va a hiperventilar.
—¿Qué hago, Gatu? No podría haberme pillado de una chica que no estuviera maldita, ¿verdad? Claro que no, tengo que elegir siempre lo difícil.
Iván entierra la nariz en el pelo de la gata y planta algunos besos donde pilla.
No está enamorado de mí, claro que no; estábamos aún muy lejos de eso, pero sí que le he roto el corazón. O se lo he arrugado y estirado tantas veces que se ha quedado fino e inservible.
Apenas cabe boca arriba en el sofá entre la gata y la talla minúscula del mueble, pero dobla las piernas y apoya la cabeza casi al borde para tumbarse, con las manos en los costados, acompañando el movimiento de sus costillas, que suben y bajan arrítmicamente.
Yo me siento en el suelo, cerca de su cabeza, mientras el corazón me late férreo en los tímpanos. No sé si conseguiré volver a hablar con él o si, por fin, como todos los demás se olvidará de mí.
«Iván. Eh... Dios, es que no sé ni por dónde empezar.
Pero, por si no vuelves a verme nunca, al menos quiero sacarme todo esto de dentro.
Yo... lo siento mucho. Tres semanas con una persona no...
no significan nada para la mayoría, pero contigo fueron suficientes para que me replanteara todo en lo que confiaba, todo lo que creía desear.
Para que dejaras todo patas arriba y que la alternativa a romper contigo en un almacén lleno de eco fuese infinitamente peor.
»Con esto no quiero justificarme, pero estaba aterrorizada, Iván. De un día para otro, mi vida dejó de ser mía, casi del todo. Y me obligué a creer que, si algo de mí no era compatible con esa nueva realidad de ensueño, una por la que yo misma había suplicado, mejor desecharlo.
»Es horrible esto que voy a decir, pero tú también fuiste eso al principio.
Un tonto romance de oficina que, en el fondo, nunca había querido vivir, pero que encajaba perfecto en mi nueva trama.
La última pieza en toda esta película. Irreal, mágico, fruto de la manifestación y del poder de, yo qué sé, las estrellas y la luna.
Era solo un juego, ¿qué es lo peor que podía pasar?
»Solo que, en este, también jugabas tú.
»Y tú no... no eras como el resto, cegados por mí.
Tú me veías de verdad. Y así empezó a ser real, y también peligroso.
Por eso me asusté. De repente, me importaba que desaparecieras, y me levantaba con un nudo en la garganta por si ese era el día en el que por fin me daría cuenta de que nada de lo que sentía por ti era mutuo.
Que, por tu parte, era todo... artificial.
Como Beto o Leire, que se han olvidado de mí en cuanto el universo ha dejado de esforzarse.
»Pero creo... que tú no has fingido nada, ¿verdad? Al menos, me encantaría que fuese así. Y ahora...».
Sospechaba que Iván se había quedado dormido hasta que sus ojos se han arrugado ligeramente. Quizás está soñando. Ojalá esté soñando conmigo.
Gatu ha levantado la vista y me está mirando otra vez. ¿A lo mejor los animales sí que pueden escucharme? Continúo, esta vez, mirándola a ella. Así, abrirse en canal con un cuchillo tan afilado, duele un poquito menos.
—Ahora solo me queda pensar una y otra vez en todo lo que no te he dicho, o repetírselo al vacío porque, quizás, no vuelvas a verme nunca más. Y esto , que podría haber sido todo , caerá irremediablemente en el olvido.
— ME CAGO EN LA HOSTIA PUTA. ¡JODER!
El sofá se desliza bruscamente sobre el suelo cuando Iván se levanta con los ojos inyectados en sangre, mirando a todos lados con una expresión de pánico que jamás le he visto.
—¿Pu... puedes oírme?