27. «right where you left me» – Taylor Swift
right where you left me – Taylor Swift
El dolor en los huesos de la cadera y el hombro es lo que me despierta.
Estoy tumbada en el suelo. He debido de quedarme dormida, no sé ni cómo, porque la cabeza me martillea. Me cuesta pensar, moverme. Puede que esté soñando, pero el dolor es muy real.
Y el hecho de que, prácticamente, ya no soy , también.
Ya no soy nada. Solo una protagonista estúpida tomando decisiones estúpidas en una historia con final abierto, de esos que intentan que aprendas una lección para que no te pase lo mismo.
Aunque el lector haya cerrado ya el libro, yo sigo aquí.
La luz se cuela por debajo de la puerta, que sigue cerrada, y no encuentra nada a su paso. Mis manos, apoyadas en el suelo para incorporarme, son completamente transparentes.
—No, no, no, nonononono.
Me incorporo corriendo e intento abrir el pestillo de la puerta. No siento el contacto, pero consigo que haga clic y la puerta se desliza hacia un lado, aunque no sigue avanzando, por más que trate de empujarla. Mis manos ya no empujan. Solo traspasan.
Tampoco puedo sacudir al chico que descansa en el suelo.
«¡Iván! Iván, ¿me escuchas? ¡IVÁN! Por favor, haz algo, dime que puedes oírme».
Mis gritos no lo despiertan. Solo minutos después, y a causa del sol que entra por la ventana, arruga los ojos y toma aire bruscamente. No sabe dónde está, ni por qué se ha quedado dormido en el suelo. Parece tan sorprendido como yo.
Vuelvo a gritar su nombre: «IVÁN, ESTOY AQUÍ» . Él dice el mío con fatiga, y en voz alta. Primero, preguntando, pero pasa poco tiempo hasta que la duda se convierte en resignación.
—Ah, que te has ido... genial, Emma, estupendo. Ni siquiera me merezco que te despidas, ¿a que no? De puta madre.
«No me he ido a ningún sitio, Iván, por favor. Tienes que escucharme».
Su móvil se ilumina con una notificación mientras él recoge sus cosas del suelo con brusquedad.
El reloj marca más de las diez de la mañana.
En menos de dos horas tendríamos que estar saliendo hacia Barcelona para coger el tren de las tres a Madrid, y yo ni siquiera soy corpórea como para recoger mi neceser ni mi móvil, que sigue descansando sobre la mesilla, iluminándose también cada tanto.
Yo lo veo, e Iván también.
Su cara refleja desconcierto, pero lo deja ahí.
«Iván, estoy aquí. No sé qué hacer, ayúdame».
Él se limita a suspirar pesadamente con la mandíbula desencajada, teclea algo en su móvil y sale por la puerta.
A duras penas, consigo colarme tras él.
No es hasta que entro en el salón de los desayunos cuando me doy cuenta de que estoy prácticamente desnuda. Gracias al cielo, nadie puede verlo.
Anoche no me preocupé de taparme más que con la ropa interior, y antes tampoco me he parado a encontrar mi pijama o alguna camiseta. Andaba algo distraída por el hecho de que estaba volviéndome invisible.
Esto, todo , ha sido una pésima idea.
¿Cómo se me ocurre no contarle nada a nadie ? Nada de nada. Cero. Nulo. No data. Me he condenado a mí misma a la completa extinción y ni una sola persona sobre la faz de la Tierra tiene la más mínima idea de que, si desaparezco, quizás haya sido provocado por las fuerzas ocultas del cosmos.
«Pensándolo mejor: ¿cómo ibas a contárselo a alguien? Es de locos».
El resto del equipo está desayunando en una mesa larga, apartada en una esquina.
—¡Iván! Vaya horas... ¿Desayunas con nosotras? —pregunta Carla, la chica pelirroja de redes, mientras su compañera sigue absorta en su plato lleno de dulce, fruta y quesos.
—Bueno, casi estáis terminando, ¿no? ¿Habéis dejado algo para los demás?
—¿Tú has visto qué de cosas hay? Nunca vamos a poder permitirnos reservar una habitación en un hotel así, y menos con desayuno. Hay que aprovechar.
—¿Y Emma? ¿No ha bajado? Pensé que estaría con vosotras.
Ahí está: el enturbiamiento de sus miradas, el humo. Si yo puedo verlo, él también puede.
—¿Qui... quién?
La voz de Carla suena como si realmente no me hubiese visto en su vida.
—Emma —insiste Iván—. Hubo un problema con su habitación anoche y, bueno, ha dormido en la mía. —«No conmigo, sino en la mía»—. Pensé que, a lo mejor, había bajado a desayunar, pero no la encuentro.
El semblante de ambas se desdibuja, como mirando a un fantasma. Y niegan con la cabeza, confusas.
—¿Estáis bien? Carla, tus ojos...
Lo ve. Puede verlo. No me lo estoy imaginando.
Pero, en cuestión de un instante, la chica vuelve en sí. Sus ojos se despejan tan pronto como el tema de conversación sobre mí se ha zanjado, y vuelve a empezar.
—¡Estoy genial! Pero estamos llenísimas... ¿Tú has visto qué de cosas hay? Nunca vamos a poder permitirnos reservar una habitación en un hotel así, y menos con desayuno. Hay que aprovechar.
Iván está crispado y, por primera vez, me consuelo pensando que el grito que pega no solo es culpa mía.
— PERO, ENTONCES, ¿HABÉIS VISTO A EMMA O NO?
La compañera de Carla, que creo que se llama Kamila, levanta un poco la mirada de su plato para observar a Iván algo pasmada.
—¿Qué Emma, Iván?
—¿Cómo que qué Emma? La de creatividad, Emma, estuvimos todo el día con ella.
La neblina blanca que cubre los ojos grises de la chica puertorriqueña le otorga un aura cautivadora. Se vuelven casi plateados, y no parece aturdida, sino... poseída.
—La de creatividad que estuvo con nosotras se fue pa’ Madrid ayer a la tarde. Ubícate.
Iván no cesa en su empeño. Deja a las chicas con la palabra en la boca y recorre el amplio salón lleno de gente.
Pero no me ve sentada en ninguna mesa, ni en la cola del café, ni llenando mi plato de croissants o de huevos revueltos con beicon.
«Estoy aquí, por favor. Escúchame».
Al menos sé, mientras le persigo —sorteando a la gente, las mesas y las sillas, aunque sepa que las atravesaría sin esfuerzo—, que él aún me recuerda.
Quedarme atrapada en Sitges sería otro error terrible, así que he decidido seguir a Iván hasta Madrid.
Los dos hemos echado una última mirada a la habitación que compartimos desde el umbral, pero solo la maleta de Iván se viene con nosotros.
Se ha encontrado las cosas tal cual las dejó al volver a subir a la habitación. No ha desayunado nada, solo le ha dado vueltas a un café bajo mi atenta mirada durante casi una hora, y ha tardado otra entera en recoger su ropa.
Iván no ha perdido de vista la puerta ni un segundo en este rato. Tampoco mi móvil, olvidado en la mesilla, mi maleta abierta, mi cepillo de dientes y un coletero en el baño. Pero el tiempo sigue pasando y, si no sale ya, no llegará a tiempo a la estación. Y sabe que yo tampoco.
También sabe que no es propio de mí, y que tiene que haberme pasado algo.
«Sigo aquí, Iván, por favor, no te olvides de mí. Sigo aquí».
—¿Solo hace el check-out usted? Aquí me aparece...
El recepcionista, un señor mayor que tiene pinta de ser el encargado, le devuelve el DNI a Iván y teclea erráticamente el ordenador.
—Sí... De momento, solo yo —contesta Iván, aunque se para en seco antes de girarse y marcharse. Casi nos chocamos, si pudiésemos—. Disculpe, eh... ¿Dice que solo he salido yo de la habitación? ¿No ha pasado mi... compañera por aquí?
—No, señor, no se preocupe. Ha sido error mío, aquí pone que la reserva era solo para una persona. Me había parecido que...
—Sí, sí, así era, pero anoche tuvimos que ampliar la reserva porque una de mis compañeras se quedó sin habitación y no había más libres.
Desde el lado derecho de Iván, donde me encuentro, veo como el señor hincha el pecho con orgullo e interrumpe a Iván.
—Ya sabe, este hotel es histórico, una emblemática referencia de la ciudad, y más durante el festival... Estamos al completo desde hace meses. Ustedes fueron los últimos que pudieron conseguir una habitación. Espero que la haya disfrutado.
«Date cuenta. No hace más que cambiar de tema, Iván, date cuenta».
—Pero ¿no aparece el nombre de mi compañera ahí? Hicimos el check-in juntos.
—Tranquilo, no hemos reservado su habitación a nadie más. Individual, solo usted. Espero que haya disfrutado de la estancia.
Frustrado, Iván se da la vuelta sin despedirse y sale a la calle, donde el resto del equipo está esperando el coche que nos llevará a Barcelona.
Solo yo puedo oírlo cuando susurra:
—Hostia puta, Emma. ¿Dónde te has metido?
El asiento junto a Iván permanece vacío cuando se cierran las puertas del tren y ponemos rumbo a Madrid.
Tiene el cuello estirado, los ojos abiertos por si aparezco, aunque tras hora y media de viaje, debería haber perdido la esperanza.
Sin que él tenga ni idea, yo estoy sentada a su lado, inmóvil, en el asiento que me corresponde, deseando y temiendo a partes iguales el momento en el que lleguemos a Atocha y tenga que empezar en serio a buscarle una solución a mi problema.
De momento, estoy «en pausa». No puedo salvar el mundo desde un tren, así que me limito a respirar y a mirar por la ventana.
—Loreto, ¡hola! Soy... Soy Iván. ¿Qué tal?
Aparto súbitamente la mirada del paisaje. Del bolsillo trasero de su pantalón, Iván ha sacado mi móvil y lo ha apoyado encima de la mesita abatible del tren. Ni siquiera va a fingir que trabaja, hoy no.
No sé en qué momento lo ha cogido, cuándo se lo ha guardado o para qué. Sin embargo, es indiscutible: mi funda transparente y la imagen de Damon y Klaus en el fondo de pantalla, con mi cara aplastada entre medias.
Con la otra mano, sujeta su teléfono en la oreja.
—No, no, todo salió bien. Sí, no te preocupes... ¿Hoy no trabajas? Claro, la boda. Perdona, no te quería molestar, yo... No te llamo por el trabajo, de todas maneras.
Tras un silencio y un visible titubeo, se atreve a preguntar:
—¿Sabes... sabes algo de Emma? —«Mierda»—.
No, no, seguro que no es nada, pero puede ser que hayamos discutido un poco esta mañana y no doy con ella.
Sí, es que ha pasado la noche conmigo, no había habitaciones libres y su reserva había desaparecido.
Entonces... Es que ha salido corriendo de la habitación y...
Cuando me he despertado ya no estaba, pero sí todas sus cosas, y su teléfono.
Me han dicho que no ha hecho el check-out del hotel y su asiento en el tren también está vacío.
«Joder, suena casi peor dicho así, todo junto. Aunque, en realidad, es peor ».
—No, no he llamado a la policía. ¡No lo he pensado! ¿Vale? Estaba... enfadado y preocupado, y me he quedado hasta muy tarde esperando a ver si volvía.
Loreto tiene que estar muriéndose de los nervios.
Mi estómago me dice que ayer terminó por decidir que no había perdido la cabeza, aunque no llegamos a la parte en la que estaba desapareciendo... Ojalá ate cabos, tire del hilo. Ahora mismo es la única que puede.
—A mí tampoco me parece propio de Emma, no...
Y no intentes llamarla, tengo su móvil. Pensé que, a lo mejor, no se sabía de memoria ningún otro teléfono y así alguien contestaría...
¡No me digas eso! Sé que suena sospechoso, pero te juro por mi puta vida que no lo es.
No tomo buenas decisiones bajo presión. ¿Y si llama y solo lo escuchan las cuatro paredes del hotel? Joder...
Iván deja descansar la cabeza encima de la palma de la mano, apretándose el centro de la frente, intentando extinguir un dolor que solo puedo imaginar que le taladra las sienes.
—¿Hablas tú con ellas? Sí, vale. —La voz que escucho tiembla.
No sé si es posible, pero diría que está llorando—.
Por favor, mantenme informado si alguien se pone en contacto con vosotras.
Yo... voy a llamar a la policía y les contaré todo, y al hotel por si alguien la ha visto.
Voy a... voy a intentar arreglarlo. Si le pasase algo por mi culpa, no me lo perdonaría jamás.