Encantada de olvidarte 25. «ghostin» – Ariana Grande #3
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25. «ghostin» – Ariana Grande #3

—A veces me pregunto cómo sería rebobinar y pensar dos veces muchas de las cosas que te dije o hice —confieso en contra de mi voluntad, llevándome las manos a la cara y escondiéndome tras ellas.

Están frías y me calman. Debo de estar roja como un tomate—.

Si cambiaría algo, o no. Algo me dice que estábamos destinados a acabar como lo hicimos.

Pero la pregunta siempre vuelve, me persigue.

Alejándome de ti a empujones. Lo peor llega cuando me tengo que recordar a mí misma que no puedo borrar lo que ha pasado. De hecho, no sé si quiero.

—Tus acciones no son lo único que te define, Emma. Todos cometemos errores, hasta las personas tan perfectas y elocuentes como yo.

Llevo semanas distanciándome de él a propósito, cuando lo único que quiero es apoyar la cabeza bajo su barbilla y pedirle que me abrace con fuerza para olvidarme de todos los argumentos que me he inventado en contra de esto, de él .

Para fingir que soy débil, que no tengo fuerzas para deshacerme de su abrazo y dejar de luchar por liberarme.

Y aquí, en esta habitación de hotel, tras ser testigo de cómo voy desapareciendo poco a poco, no soy capaz de recordar ni una de esas razones por las que quería olvidarlo.

—Eres imbécil.

—Prefiero mil veces que me insultes a que me ignores —dice, victorioso—.

Me cuesta muchísimo estar aquí, contigo, solos, y sentirte tan lejos.

Sé... sé que no tuvimos nada, que no le dio tiempo a ser algo, y es muy frustrante, joder.

Me siento un capullo por haber puesto tanta presión sobre ti, pero quería conocerte, y quiero pensar que todo esto es parte del proceso normal de hacerlo, ¿no?

—No lo sé.

—Sí que lo es. Hazme caso, lo es. Quiero verte en tus peores momentos, descubrirlos mientras me lo permitas.

Quiero hacer que te diviertas y aburrirme contigo, escandalizarme con tus bromas estúpidas o quejarme cuando pones música en el coche solo porque te apetece cantarla a gritos.

Lo quiero todo contigo, y que me tengas atado de manos así...

Grítame, haz lo que te apetezca conmigo, pero no me encierres otra vez.

Tiene una expresión en la cara que no le había visto hasta ahora. Vigilante y preocupado, como si la expectación le estuviese comiendo por dentro.

Miro alrededor, intentando por todos los medios encontrar fuerzas para reírme y restarle seriedad a este momento. Estamos demasiado juntos. Estamos diciéndonos demasiadas cosas.

—Estamos en... la terraza. Al aire libre. Eras tú quien quería encerrarme ahí dentro.

Y lo consigo, porque a Iván se le escapa una risa nerviosa que, en realidad, ninguno de los dos esperábamos.

—Lo siento —confieso.

—¿Por qué?

—Porque te mentí y te permití creer que esa era la única verdad que ibas a recibir. Por haber terminado convirtiendo esto en un campo de batalla. No pienso que fueses solo un polvo y ya, o... algo falso. Solo estaba...

—¿Aterrada? —resopla, henchido de orgullo por llevar razón—. No quiero ser ese tipo de persona, pero te lo dije.

—Sí, me lo dijiste.

Dejo la colcha caer un poco por mis hombros, y me acomodo de lado, sin perderlo de vista. Él aparta la mesa, solo un poco, pero parece que estamos mucho más cerca que antes, aunque las tumbonas no se hayan movido.

—¿Y ahora? ¿Sigues pensando lo mismo?

—Voy a necesitar que seas un poco más específico.

—¿Te arrepientes? De nosotros, de lo nuestro, antes de que me preguntes... porque te conozco, sé que lo vas a hacer.

El calor y la humedad que nos cae sobre los hombros no son tan espesos como en la playa, pero sí lo suficientemente densos como para conducir perfectamente su olor y su respiración.

Ni en mi cama aquella noche ni en el garaje de la oficina era capaz de notar cómo su aliento llegaba a mis labios.

Hemos estado mucho más cerca otras veces —muchas menos de las que me gustaría—, pero aquí lo siento todo más. Es diferente. Es mejor.

Por eso me atrevo a negar con la cabeza, en parte para contestar a su pregunta, pero también para intentar espantar las lágrimas que amenazan con traicionarme.

—Lo sabía, joder. Era imposible que te arrepintieses, no de algo así. —Se levanta y se apoya en sus rodillas frente a mí. Se arrodilla de verdad. No hace ni el amago de tocarme, aunque me muera por notar sus manos acunando mi cara—. ¿Qué quieres de mí, Emma?

Ya no siento la falta de aire ni las ganas de llorar. Veo el final tan cerca que el miedo a desvanecerme anula todo lo demás.

—Quiero que hagas que el miedo desaparezca.

—No puedo hacer eso —dice, vencido—. No creo que nadie pueda, solo tú, o el tiempo, si se lo permites. Yo solo puedo estar contigo y asegurarte todos los días que no me voy a ir. Pídemelo, pídeme lo que quieras. Aprovecha, dudo que pueda decirte que no a nada.

No he mentido cuando he dicho que me arrepentía de muchas cosas. Es verdad. Pero no me arrepiento de él, en absoluto.

—Quiero todo, Iván. Quiero que te dé la risa en una reunión porque te he guiñado un ojo desde el pasillo, ponerme nerviosa cuando te veo entrar, salir contigo de la oficina y que no me importe que nos miren. Quiero las náuseas y las mariposas. Pero soy un desastre, soy...

Si tengo que lamentar algo cuando mi existencia termine por desvanecerse, no quiero que sea haber desaprovechado esta noche.

—Y quiero que me beses.

Antes de que pueda pestañear o pensármelo dos veces, Iván está sobre mí, besándome como si él también supiese que voy a desaparecer.