Encantada de olvidarte 25. «ghostin» – Ariana Grande #2
78%

25. «ghostin» – Ariana Grande #2

—¡No quería quedarme a dormir en la recepción! Pero ¿qué opciones tenía? —le contesto, medio indignada medio chistosa—. Ha sido un día horrible y lo último que me apetecía era...

—¿Tener que pasar la noche conmigo? —me corta—.

Ya, para mí tampoco es fácil, no te creas.

Pero he estado estas semanas viendo vídeos de hombres estoicos en internet y creo que voy a pasarme a esa corriente de pensamiento, ¿cómo lo ves?

Mira... —carraspea y vuelve a hablar, hinchando el pecho—.

«El hombre que convierte su dolor en disciplina atrae más mujeres porque sufrir por amor es perder valor»...

—De pronto su expresión cambia y parece a punto de vomitar—. Creo que... que... ugh. ¡PUAJ!

Me aparto corriendo de su lado, con miedo a que me vomite encima, o de hacerlo yo si sigue fingiendo arcadas.

—Por favor, espero que estés de broma, o la que acabará echando la primera papilla seré yo.

—Joder, Emma, claro que estoy de broma. Aunque —sigue— no sé qué le he hecho a mi algoritmo que ha pasado de encadenar tres o cuatro vídeos sobre Taylor Swift (culpa tuya, por cierto) a enseñarme a hombres musculados diciendo gilipolleces.

—A saber qué has buscado estos días. Nada bueno, eso seguro.

—Lo cierto es que…, bueno, mejor me callo.

—Lo miro inclinando la cabeza hacia un lado, con las cejas levantadas y cruzando los brazos.

No va a decírmelo—. Lo dicho, siento que tengas que pasar la noche aquí.

Intentaré incordiarte lo menos posible. ¿Quieres ducharte?

Puedo irme a dar una vuelta o salir fuera...

Nos quedamos en silencio unos segundos, aunque es un silencio lleno de ruidos: olas, gritos, conversaciones ajenas a nosotros que me encantaría escuchar, pero que están demasiado lejos. Estoy cómoda así, apoyada contra el marco de la ventana y permitiéndome respirar.

—Lo que iba a decir es que —confieso, dejando caer la cabeza y soltando un profundo suspiro. Mucho aire, muchas cosas— lo que menos me apetecía era molestarte a ti. No creo que ahora mismo sea tu persona favorita en el mundo, y aquí estoy, perturbando tu paz.

—Ya estás otra vez tomando decisiones por mí, ¿no lo ves? Poniendo palabras en mi boca que yo no he dicho.

«Sí que lo veo, y no me soporto».

Pero eso tampoco voy a decírselo.

—¿Y quiere mi persona menos favorita en el mundo comer algo? Iba a bajar al restaurante a por algo de cenar de todas maneras. Puedes darte una ducha mientras, que llevas pidiendo una todo el día. Te he oído. —Arrugo la nariz y le sonrío. Con eso le vale—. No tardo. Tú como en tu casa.

Eso me recuerda que, técnicamente, no tengo casa.

Y que puedo echarme a llorar por fin cuando Iván sale de la habitación y cierra la puerta.

Ha ido a peor. No duele ni burbujea, simplemente... no veo nada. O veo todo a través.

Me he dado una ducha con la luz al mínimo, con los ojos cerrados, como si me escocieran por el jabón. Pero el maldito espejo no estaba lo suficientemente empañado como para desviar la atención.

Estoy desapareciendo. Desapareciendo de verdad, sin prisa.

Soy transparente, mucho más que ayer.

Las lenguas translúcidas casi se han comido todo mi brazo, y bajan más allá del pecho. Están cerca de consumir también mi ombligo.

He intentado tocarlo. Tocarme. Pero no siento nada diferente. Es mi piel, mi mano sólida no atraviesa mi hombro transparente, pero tampoco está ahí. Pero, a la vez, sí.

Doy un respingo cuando escucho el pitido de la puerta y a Iván dando gritos.

— ¡ESTOY AQUÍ, AVISO, NO SALGAS DESNUDA! No había comida china en la carta, que entiendo que hay más cosas que te gustan, pero prefería ir a lo seguro.

Lo escucho amortiguado aun desde el baño. Hasta siendo una verdadera gilipollas con él, aquí está, buscando la comida que más me gusta para hacerme sentir mejor.

—Mu... muchas gracias, seguro que lo que hayas traído está genial. ¡Ahora... ahora salgo!

No sé si me ha oído, porque sigue hablando.

—Espero que te gusten los baos. ¿Te gustan? Era lo más asiático que tenían, y vienen un montón. También he subido ensalada como para una familia. Vaya mezcla más rara, perdón, y cara de cojones... Joder, ¿dónde he metido el ticket? Espera... ¡Lo tengo, lo tengo, calma!

No puedo ponerme el pijama que he traído, porque es de tirantes, y veo la luz encendida por debajo de la puerta del baño. Es demasiado arriesgado.

—Emma, ¿te estás duchando a oscuras?

«Este chico habla más que un pueblo».

No pienso abrir la puerta. Llevo los pantalones cortos y otra sudadera limpia encima. No es de cuello alto y, si se mueve un poco más de lo debido, revelará todo.

Me siento como una adolescente escondiéndole un chupetón a mi madre.

Ojalá fuese una adolescente escondiéndole un chupetón a mi madre.

Pero no hay chupetón. Por no haber, no hay ni cuello.

—¡No! O sea… Es que me dolía la cabeza y... ¿Podemos cenar en la terraza?

Iván se acerca a la puerta que nos separa y me habla desde el otro lado.

—¿En la terraza? No sé si hay luz, y hace fresco. ¿No prefieres cenar aquí dentro?

Precisamente. En el balcón no hay luz, o no me ha parecido verla, ni interruptor. Es perfecto para ponerme una colcha por encima y no parecer una psicótica.

«Buenísimo intento, Emma».

—Tengo... tengo la temperatura disparada después de todo el día al sol.

Estoy sofocada. —Hace unas semanas se hubiese metido conmigo por ese comentario, pero hoy es evidente que se está conteniendo—.

Seguro que estamos muy cómodos al aire libre.

¿Cuándo vas a volver a tener un balcón con vistas al mar?

—Probablemente, nunca. Vale, te lo compro.

—¿Puedes...? —Solo necesito una cosa más antes de salir de aquí y empezar a rezar para que no me mire demasiado—. ¿Puedes apagar la luz?

Titubea, es más que evidente.

—Por favor —murmuro.

—Claro, sí. Eh... voy.

Cuento hasta veinte antes de salir. Hasta diecinueve, para ser exactos. No aguanto más aquí dentro.

Iván ya está fuera. Ha puesto el bol y un plato enorme de pequeños bollos blancos en una mesita baja que separa ambas tumbonas. Al menos, esta vez no estamos en el suelo, o en un coche susceptible de mancharse hasta con la más mínima mota de sal.

Me cubro los hombros con la colcha extra de encima de la cama, esa que solo sirve para ser bonita y nunca nadie sabe dónde poner, y me uno a él fuera.

—¿No decías que tenías calor? —me pregunta, confundido, en lo que rodeo la estructura y me siento con las piernas cruzadas.

Se ha cambiado de ropa, no podría adivinar cuándo. Lleva unos pantalones grises que me son familiares, como si hubiésemos pasado tanto tiempo juntos como para conocer todo su armario, y una sudadera del mismo color que sí que es nueva. No nueva nueva , pero sí nueva para mí.

—Tampoco quiero ponerme mala, y hace un tiempo rarísimo.

«Tú sí que estás rarísima».

Empiezo a comer cuando él se queda mirando el paisaje, buscando descifrar en él.

La ensalada está muy sabrosa, y toda la salsa César le arrebata lo sana que podría ser en un principio. Los baos no se quedan atrás; están tiernos y un poco salados.

Cenamos en silencio, controlando nuestras respiraciones cuando, sin querer, nuestras manos se tocan al intentar alcanzar algo. Es muy difícil no coincidir en el espacio: estamos comiendo de los mismos platos.

—Tengo ganas de viajar a Japón a comerme uno de estos en un sitio local; seguro que no tienen nada que ver con los de aquí —dice mientras engulle el segundo bollo en menos de tres minutos.

—Seguro que no, porque los baos son chinos —respondo.

—Vaya, entonces... —Me mira por encima de las gafas, con una sonrisa pícara—. Sí que te he conseguido comida china.

—No se te escapa una, ¿no?

—En lo que a ti respecta, no. Aprendí a leerte y ya no puedo desaprender.

—Iván...

—Vaya aventura hoy, ¿eh? Nunca había encadenado tantos desastres seguidos, ha sido como de película —escupe, en un burdo intento por cambiar de tema. Por hacerme olvidar lo que iba a decir después de su nombre.

Me hundo un poco más en la colcha y chisto, dándole vueltas al bollito que sostengo con los dedos.

—Ya —atino a pronunciar, aunque a duras penas.

—Emma. Por favor, no lo hagas. No me eches otra vez. Dios, me siento un tóxico. Yo no soy así de insistente, ¿sabes? —Asiento—. Solo vamos a cenar y...

No sé si estoy preparada mentalmente para tener esta conversación. Que no sé cuál es tampoco, no sé qué nos queda por decirnos, pero cualquier cosa que tenga que ver con nosotros se me antoja pesada en el estómago.

En menos de un segundo, se me quita el hambre.

—¿Sabes? Cuando escogieron vuestra idea yo...

pensé en este viaje. Contigo. Aunque me lo imaginé muy distinto —admite sin mirarme a los ojos, sin buscarme, así que me atrevo a hacerlo yo—.

Una escapada, una reserva que se perdiese en el sistema a propósito.

Siempre he querido chantajear a un recepcionista o, qué sé yo, deslizar un billete de cincuenta para poder dormir contigo.

Que pudiéramos estar cenando juntos aquí, hoy, sin tantas cosas de por medio.

Miro a la mesa, a los platos medio vacíos, a los escasos centímetros que en realidad hay entre los dos.

—Es sorprendente la cantidad de cosas que hemos acumulado en un espacio tan pequeño, ¿verdad? Un par de semanas, una mesa, dos platos... No hay nada, y aun así son demasiadas. Apenas puedo verte.

Esas palabras esconden mucho más de lo que revelan.