25. «ghostin» – Ariana Grande
ghostin – Ariana Grande
Es noche cerrada desde hace rato y la cala está preciosa, pero casi no soy capaz de apreciar el ruido de las olas porque me castañetean los dientes a un volumen altísimo.
Toda mi ropa de abrigo está en una maleta guardada en algún cuarto oscuro tras la recepción, y el frío se me ha metido en los huesos después de sudar durante todo el día.
—Ha sido muy bonito volver a verte, Emma, aunque me tuvieras como una de esas actrices que solo se miran el ombligo.
Lana me da un abrazo frente al hotel. Todo el mundo de ha desperdigado, pero nosotras nos hemos quedado mirando la playa. Yo porque en esa cala se queda gran parte de mi ansiedad y mi esfuerzo. No estoy segura de qué mira ella.
—No digas eso. No creí que fueses a recordar a la chica que habló contigo veinte minutos en el suelo de un baño y no fue capaz de despedirse de ti, eso es todo —le digo mientras arrugo la cara para que las lágrimas no elijan este momento para salir—. Gracias por lo que has hecho.
—No me des las gracias. Me vais a pagar. Es trabajo, al fin y al cabo.
—Has salvado el día por completo, Lana. No te quites mérito. Mañana le mandamos un correo a tu agente, sin falta.
Tiene los ojos claros incluso en la penumbra, y la cara llena de pecas, que chocan entre sí cuando arruga la nariz.
—El lunes está bien. Y, Emma, quien debería ser muy consciente del mérito que tiene eres tú.
Mírate, luchando hasta el último clic de la cámara para que todo salga bien.
Y no hay que ser muy listo para darse cuenta de que no ha sido el mejor día de tu vida, precisamente.
Espero haberlo iluminado un poquito y, ya sabes, devolverte el favor.
Eso es solo verdad a medias. Hoy ha sido un día rarísimo, y muy difícil de navegar, pero la Emma de siempre jamás me hubiese perdonado «no estar». Estoy muy orgullosa de mí misma.
Pasito a pasito.
Aunque también he de confesar que tengo miedo del momento en el que el peso de los últimos días regrese y consiga aplastarme.
En este segundo, todo está bien. Solo quiero que dure un poco más.
—Te dejo, ¿vale? Mis padres me están esperando. Tienes mi teléfono para lo que haga falta. No desaparezcas.
Nos abrazamos una última vez y ambas sabemos que, probablemente, no volvamos a vernos nunca. Pero es bonito que la intención esté ahí.
El vestíbulo del hotel sigue lleno de gente que cena en las mesas bajas o charla con una copa en las altas.
No he visto a Iván en todo este rato, pero me lo encuentro en la recepción, recogiendo su maleta y la llave de su habitación.
—Ho… hola. ¿Cómo tú por aquí? O sea, claro, ¿dónde ibas a estar si no? Qué... qué calor. Ha refrescado, ¿no? Ah...
Por su expresión, adivino que no esperaba verme. Eso, o no esperaba verme así . La humedad y yo no somos buenas amigas, y por su mueca juraría que él también ha advertido los rizos desubicados, el flequillo sudado, los brillos y las ganas de irme a dormir.
Decido sonreír algo incómoda, hecha polvo, y encarar de nuevo al recepcionista, que ha sido testigo de este penoso intercambio.
—Disculpa, pero no parece que haya ninguna reserva para Emma Hurtado —me informa con una voz extremadamente educada—. ¿Puede ser que lo haya hecho alguna agencia con otro nombre o para otra fecha?
Toda la sangre abandona mi cerebro, que se queda seco y vacío; o a lo mejor es al revés, y toda la sangre me sube a la cabeza. Cualquiera de ambas opciones podría traducirse en este mareo momentáneo. Me tiembla la voz cuando hablo.
—No... O sea, la hice yo misma. ¿Y si pruebas… por Claudia Montalván? —Pestañeo e inclino la cabeza, hinchando el pecho de aire en un desesperado intento por… No estoy segura.
—Tú no eres Claudia Montalván —dice, enarcando una ceja. No es una pregunta.
—Nop… ¿Puedes comprobarlo otra vez?
La mirada que me echa me disuade al momento, porque ya tenía medio cuerpo por encima del mostrador intentando mirar la pantalla.
Sus ojos se esconden tras una película blanquecina.
«¿Esta maldición me va a perseguir por toda España o qué?».
—Ya he mirado otra vez , y otra más. No hay nada.
De hecho, no hay ni una habitación libre.
Aunque apareciese una reserva a tu nombre, no podría darte una habitación.
Tendría que echar a algún actor famoso o algo así, y no me apetece arrastrar fuera de la cama a nadie, ¿sabes? Lo... lo siento mucho.
No lo culpo por bromear con la situación, el turno de noche en un hotel tiene que ser extremadamente aburrido, pero estoy a punto de hiperventilar. Tiene que aprender a leer a su público.
—¿Dónde se supone que voy a dormir? ¿No... no puedes hacer nada?
El chico vuelve a negar con la cabeza, rebosante de lástima. Pero esa lástima no me va a servir como cobijo esta noche. Porque, literalmente, no tengo donde caerme muerta ahora mismo. Y estoy al borde de eso, exactamente. De. Caerme. Muerta.
Abandono el mostrador sin pedir hablar con un responsable o poner una reclamación, porque de nada serviría. Un peculiar dolor baja por mis brazos. Mi cuerpo está raro, burbujeando. La cabeza me va a explotar.
Tendría que haberme vuelto a Madrid esta tarde.
«¿A lo mejor estoy a tiempo?».
Me dirijo como una autómata a uno de los estrafalarios sillones del hotel bajo la firme mirada del recepcionista, y me pongo como una loca a buscar billetes a Madrid y la manera más rápida de llegar a la estación.
Tardo pocos minutos en darme cuenta de que, como me temía, es imposible.
Ni siquiera porque tardaría una hora en llegar a Barcelona, sino porque el último tren dirección Madrid sale en tres minutos.
Ni siquiera voy a molestarme en hacerme la sorprendida a estas alturas de la película.
Cuando Iván posa su mano en mi espalda es cuando reparo en su presencia a mi lado.
—Llevo un rato intentando decírtelo —susurra, calmado, y su voz es como un bálsamo que no había escuchado hasta ahora—, es demasiado tarde para volver a Madrid.
—Ya, ya veo.
Intento evitarlo, de veras que lo hago. Pero levantar la cabeza y que esté ahí, siempre... No sé cómo escapar de eso.
Ahora está, y muy cerca, haciendo equilibrios para mantenerse sentado a mi lado, aunque en este sillón no quepamos los dos.
—Puedes pasar la noche conmigo.
—No. —Lo he dicho demasiado rápido—. Es que no... no es buena idea, Iván.
—Vale, si no es conmigo, puedes pasarla con Carla o con alguna de las otras chicas de redes a las que no conoces.
—No —repito. Ni siquiera sabía que se llamaba Carla.
—¿Qué vas a hacer, entonces? ¿Dormir en la playa?
No es que me esté gritando, pero sí que estoy poniendo a prueba su paciencia, y no es que le suela faltar.
Sé que no es excusa, pero estoy cansada.
—No.
—Eres una cabezota. —Iván resopla y se arrodilla delante de mí para poder mirarme de frente.
Tiene las mejillas coloradas, salpicadas solo por algunas pecas del sol—.
Mira, no sé qué ha pasado; ha sido mala suerte que la única reserva que se haya traspapelado sea la tuya...
—«Yo no lo llamaría mala suerte, lo llamaría manifestación fallida »—.
Pero no puedes quedarte aquí sentada toda la noche —sentencia, y no le falta razón.
—¿Crees que el recepcionista me echaría a la calle sabiendo que no tengo a dónde ir?
—¿Acaso te estás escuchando, Emma? Hostia.
—Tiene las manos apoyadas a ambos lados de mi cuerpo, haciendo fuerza contra la gravedad, que le empuja a tocarme un poco más, a acercarse un poco más, a...
—. No sé en qué cabeza cabe siquiera planteárselo.
Ni de coña me subiría tan tranquilo a mi habitación sabiendo que tú estás aquí.
Deja de martirizarte de una vez y sé más amable contigo misma.
Sus palabras van haciéndome entrar en razón poco a poco, no sé cómo.
—Y conmigo —dice, y se queda en silencio después, esperando leer algo en mí, porque sabe que no va a escucharlo—. Prometo portarme bien; dormiré en el suelo si hace falta. Por favor.
No quiero decirlo, decirle que sí, así que espero que lo descifre él solo.
—Me lo pones muy difícil a veces, pero no vas a conseguir que deje de esforzarme.
—No sé cómo lo hacemos, pero seguimos encontrándonos siempre aquí.
El ascensor es estrecho, y la Emma del espejo no puede apartar la vista de Iván.
No soy yo, es solo mi reflejo.
Él también está agotado. Tiene las ojeras marcadas y el pelo pegado a la frente. Hemos pasado mucho calor, hemos corrido mucho. Ni siquiera sus gafas pueden quedarse en su sitio sin deslizarse constantemente por su nariz.
Con eso y con todo, el Iván del espejo tampoco puede dejar de mirarme.
Sin embargo, algo consigue que aparte los ojos de mí: la imagen de una sola cama cuando llegamos al último piso y abrimos la puerta. Ancha, sí, pero una sola unidad de cama.
Era de esperar, por supuesto, porque esta es una suite individual y una reserva para una sola persona que hemos conseguido ampliar a dos. El recepcionista ni se acordaba de la debacle con mi habitación cuando se lo hemos pedido, y he tenido que disimular para que Iván no sospechase.
Entra detrás de mí y se queda parado a mi lado.
Al fondo de la estancia hay un ventanal enorme escondido tras unas finas cortinas, enmarcadas entre dos más gruesas, a través de las que se puede ver un amplio balcón con dos tumbonas.
Y la cala en la que hemos pasado todo el día también está ahí, vacilándonos desde el nivel del mar, como si no pudiéramos escapar de ella.
Rehúyo la cama como si admitir su existencia fuese pecado y dejo mi maleta en una esquina, cerca de las puertas de cristal, que me piden que las abra desesperadamente. La habitación no es pequeña, para nada, pero Iván ocupa mucho espacio.
—Y tú querías quedarte en la recepción teniendo estas vistas.
Su manera de relajar toda la tensión que nos rodea, aunque sea a mi costa, es eficaz, porque me encuentro soltando los brazos en su dirección y dándole un manotazo del que apenas puede escapar.
Solo atino a rozarle con la punta de los dedos, pero algo es algo. Ha podido esquivarme como si yo ya no tuviese ningún secreto que desvelarle.