24. «Sigo Aquí» – Bea Fernández
Sigo Aquí – Bea Fernández
A Kai no le ha hecho mucha gracia que nos aprovecháramos de su hermana de esta manera, pero Lana estaba entusiasmada.
Conocía la marca desde hace años, como nosotras, y nos ha ayudado a engatusar a Meli en nuestra reunión de crisis a media tarde, presentando este cambio de planes como si hubiese sido nuestra idea desde el principio.
Tiene un talento innato para transmitir exactamente lo que le hemos pedido, y resplandece casi más que la bola de fuego que se esconde a su espalda.
El sol se está poniendo y tenemos apenas unos minutos para rodar todo el contenido que necesitamos.
Siento que este día ha durado una semana entera y que llevo meses sin dormir.
—Por poco no lo conseguimos —susurro al oído de Loreto.
Tenemos los brazos enredados como un siempre que echaba de menos.
—Por poco no lo consiguen ellos , Emma. No te equivoques —me corrige—. De hecho, todo esto es casi más mérito nuestro, tuyo , que de nadie más.
El brazo libre de mi amiga abarca todo lo que alcanza nuestra vista: una playa desierta y un pequeño equipo corriendo de un lado a otro, intentando apiñar meses y meses de trabajo en apenas media hora.
Loreto y yo hemos cedido todo el protagonismo y nos dejamos iluminar desde una distancia agradable, supervisando el rodaje sin intervenir. Hemos conseguido salvarla, pero la campaña ya no es solo nuestra.
—¿A qué hora te tienes que ir?
Ante mi pregunta, la urgencia invade el cuerpo de mi dupla, que saca su móvil para consultar la hora y palpa todo lo que lleva encima para asegurarse de que no le falta nada.
—El coche me recoge en un rato, porque tengo que llegar al último tren y esto está lejísimos de Sants.
—Ya... —gruño, expulsando todo el aire—. Tenía que haberme ido contigo.
—Qué va, al revés. Ojalá hubiese podido quedarme yo.
—La cabeza de Loreto cae sobre mi hombro mientras habla—.
Quería vivir todo esto juntas y, no sé, quedarnos hasta las tres de la mañana despiertas por la adrenalina.
Pero trabajamos con lo que tenemos, y no cambiaría ni un minuto de este día contigo.
Ha sido inolvidable, ¿eh? Nos merecemos un ascenso después de esto.
—Yo, mientras no me despidan, me puedo dar con un canto en los dientes.
—No nos van a despedir. ¿Ves a ese chico de ahí?
—bromea señalando a Iván. Está junto a Meli enfrascado en su teléfono.
Hace un rato ha hablado con el repre de Claudia Montalván y le ha cantado las cuarenta, y también a los fotógrafos.
Nunca lo he visto tan cabreado, pero esto le ha venido bien para descargar todo el estrés de las últimas semanas—.
Ese chico de ahí tiene a Biel agarrado por los huevos.
¿Tú sabes la cantidad de cagadas y feos que te ha hecho el jefe con este proyecto?
Y después de que hayamos conseguido no solo encauzar la grabación de hoy, sino fichar a una de las actrices más grandes del panorama con el mismo presupuesto...
Mucho me extrañaría que no acabáramos el año con una subida de sueldo.
Como si lo hubiésemos invocado, Iván levanta la cabeza y mira en nuestra dirección medio segundo después. Una satisfacción enorme se le dibuja en la cara.
Loreto lo saluda con la mano, y yo me limito a no apartar la mirada, a quedarme enganchada a sus ojos un poco más.
—¿Vas a contarme ya qué pasó con él? —me pregunta entre dientes.
—No lo sé ni yo, en realidad —murmuro, aun observándolo, y no estoy mintiendo. Me he cansado de hacerlo—. La cagué y ahora debe de odiarme. Ya está, fin de la historia.
—Y una polla como una olla, Emma.
—¡Loreto, por Dios! —exclamo. Lo de intentar no soltar tacos le ha durado poco.
—Emma, tampoco es que os fuerais a casar, vale, eso te lo compro. Pero algo sí que pasó. —Tras una pausa, Loreto coge aire y vuelve a hablar—. Y no te enfades, por favor, pero puede que haya hablado con Iván.
—¡¿Cómo que has hablado con Iván?!
—Bueno, en realidad, él ha hablado conmigo —admite, protegiéndose la cara como si fuese a tirarle de los pelos. Ganas no me faltan—. ¿Qué querías que hiciera? Después del kickoff estaba destrozado, y tú desapareciste. Iván... necesitaba alguna explicación, y acudió a la persona más cercana a ti.
Me ahorro todas las palabras inconexas que se me agolpan en la punta de la lengua, porque ni yo les encuentro sentido.
—¿Estás enfadada? —pregunta ante mi silencio inintencionado.
Claro que no estoy enfadada, así que niego con la cabeza. Pero sí que me duele. No por Loreto, ni por Iván, sino porque esta puñetera maldición no solo me está destrozando la vida a mí. Todas mis decisiones tienen consecuencias, aunque esa decisión sea encerrarme y comérmelo todo sola.
—Lo que estoy intentando decirte es que yo tampoco le encontré explicación, y me duele en el alma ser tu amiga y no entenderlo. Te quiero, y no voy a obligarte a que me cuentes nada que no quieras, pero...
—Estoy maldita, Loreto.
«Ya está, ya lo he dicho».
—No exageres, tía, no estás maldita. Tienes que dejar de enfocarte solo en lo malo. Pasan cientos de cosas en tu vida, que una o dos vayan mal no significa que...
—Loreto, que no. —Me giro para encararla, cuidándome de que nadie pase demasiado cerca y nos escuche para, acto seguido, arrastrarme de los pelos al manicomio—. Estoy maldita maldita . Maldita de maldición.
—¿Qué me estás contando?
«Allá va. Por favor, que no piense que estoy loca».
—Por favor, no pienses que estoy loca. He...
hecho algo. Hice algo, en verano, la primera noche que pasé donde mi madre.
No me preguntes qué, exactamente, porque no creo que ni en mil años lo entienda del todo.
Solo sé que encendí una vela, quemé algunas cosas, manifesté otras tantas, atrayéndolas, y se puso a llover.
Muchísimo, además. Me dio miedo, enterré todo en el jardín y... explotó.
—¿Explotó... el jardín?
La cara de Loreto es un poema, no sabría describirla de otra manera.
—No, bruta, pero mi vida sí que explotó.
De repente Leire, el pitch de la campaña, la siesa de Nuria, Iván…
Todo el mundo iba detrás de mí, todo el mundo me veía .
Estaba completamente hechizada, pero empezó a hacerse una bola, a angustiarme y...
Creo que cabreé a alguna fuerza del universo porque, de buenas a primeras, todo el mundo empezó a olvidarse de mí.
Nico y Beto me quitaban el sitio y me preguntaban si era nueva, Biel no me convocaba a las reuniones, me echaron del piso...
—¿Que te echaron del piso? ¡Emma! ¿Cuándo fue eso?
«Dios mío, es que suena todo fatal y completamente demente».
—A-ayer. La casera no se acordaba de que me lo había alquilado, me la encontré dentro y me echó a patadas. Y esos ojos... Te juro, Loreto, que los ojos con los que me miraba, con los que me miran todos, no son normales. Están perdidos, vacíos, completamente opacos.
Pasa un minuto, dos, y las pupilas de Loreto van de un lado a otro a toda velocidad, como intentando buscarle el sentido a todo esto en la arena.
—Di algo, por favor —le imploro a mi amiga, porque a cada segundo que pasa más temo que se levante y no vuelva a dirigirme la palabra nunca más.
—Creo que, por primera vez, me has dejado sin palabras. Y se supone que yo soy la del copywriting .
—Solo prométeme que no piensas que estoy loca.
—No lo pienso. Pero, si me lo hubieses contado antes, hubiese tenido un poquito más de tiempo para procesarlo.
Me disculpo un par de veces, prácticamente entre lágrimas. Con ella me cuesta más contenerlas. Mi cuerpo sabe que no saldrá corriendo si me ve llorar, aunque no sé si lo hará por todo lo demás.
Tras una larga exhalación, me coge de la mano, destapándome la cara, y me la agarra con fuerza.
—Emma, no... no me esperaba algo así. Espera, ¿por eso rompiste con Iván? ¿Él también se olvidó de ti?
—No. Él no. Todavía no le ha afectado, ni a ti o a Olivia y Gabi. Creo que va poco a poco. —«Como mi piel, que también desaparece poco a poco»—. Todo eso pasó antes.
—¿Entonces?
—Supongo que empezó a ser más real para mí de lo que quería permitirme. Soy una cobarde y me pareció más sensato huir, ahuyentarlo, antes de que se diera cuenta de que le gustaba solo porque yo lo había manifestado así.
—No sé, Emma —me corta—. Creo que en esto te estás equivocando. A mí me parece bastante real.
—A mí también me lo parecía. Justamente por eso lo hice.
Loreto arruga la cara, y una leve sonrisa aparece antes de que la sofoque demasiado pronto.
—¿Te estás escuchando y aun así piensas que tu versión se sostiene?
—¡Hola, chicas! ¿Os importa que me siente con vosotras?
Las dos nos giramos a la vez para descubrir a Lana bloqueando los últimos rayos de sol sobre nosotras.
—¡Claro, linda! ¿Ya habéis acabado? Vaya, qué rápido se me ha pasado.
Loreto ha puesto su voz de hablar por teléfono para regalarme unos minutos para que me recomponga.
—Qué va. Las chicas necesitaban ir al baño y Meli está consultando no sé qué. He dejado de escucharla hace un buen rato. Qué mujer, ¿eh? Es una máquina, pero tengo la cabeza como un bombo después de una hora siguiendo sus dudosas indicaciones.
—Suele pasar cuando la idea original no ha sido tuya. Pero, tranquila, nosotras estaremos a cargo del proyecto. Velaremos por su esencia, aunque nos cueste el puesto de trabajo.
—Gracias por esto, chicas. Es tan... auténtico. Adoro mi trabajo, por eso lo hago —continúa—, pero estoy harta de tanta fachada y de tanta palabrería. He aprendido a que todo me resbale, pero hacía mucho que no me sentía parte de algo así. Es... difícil crear conexiones reales en la industria.
—No te creas que en el mundo real es mucho más fácil con nuestra edad —suelta Loreto, riéndose como si tuviésemos sesenta y tres años—.
Yo he tenido suerte y puedo llamar amiga a mi compañera de trabajo, pero mucha gente no la tiene y es difícil encontrar personas con las que conectes de verdad.
No hay tiempo, ni espacios seguros ni predisposición. Muchas veces, incluso ni ganas.
—Lo que vosotras tenéis es muy bonito.
—Es guay, sí. Pero estamos condenadas a no poder funcionar una lejos de la otra.
—Es como un matrimonio algo disfuncional —añado, con una voz casi normal—. Juntas de por vida, con sus cosas buenas y sus cosas muy malas.
—Como no recordar mis compromisos, pero sí los de Emma.
—U obligarnos a ponernos malas o pedir vacaciones a la vez porque solas no hacemos nada a derechas.
—Siempre había pensado que trabajar en publicidad era como superdivertido y que se pasaban las semanas entre fiesta y fiesta. —Lana se abraza las piernas con los brazos y apoya la cabeza en las rodillas para tomarse un pequeño descanso.
Lleva un vestido blanco suelto con tiras transparentes que le rodean los brazos.
—Nuestro trabajo está extremadamente idealizado.
—¡Ja! ¿Me lo dices o me lo cuentas? —se mofa Lana, que, por supuesto, tiene probablemente el trabajo más romantizado de todos los trabajos que existen o existieron alguna vez—.
¿En el vuestro también parece que tienes millones de amigos que, literalmente, duran lo mismo que un rodaje?
Muchas confidencias durante tres meses y, luego, si te he visto no me acuerdo.
Y si puedo quedarme con el papel que te habían ofrecido a ti, lo haré sin pestañear.
—Cambia papel por proyecto , y lo tienes —le confirmo—.
Yo siempre he dicho que nada de lo que pase en la agencia es real.
Ni las amistades ni las relaciones... Es todo producto de la proximidad forzada, el agotamiento y los traumas compartidos.
Pero cuando sales de la oficina, si te he visto no me acuerdo.
Loreto chista, cansada de mi hermetismo.
—No te asustes, Lana. No lo dice en serio. Nosotras moriremos juntas, y eso es muy real, diga lo que diga esta seta.
La chica parece más confusa aún que antes.
—Pero entonces tu teoría se tambalea, ¿no? Quizás es hora de revisarla, por si hay fallos en la estructura.
—Disculpa, ejem —carraspeo—, ¿tú eras actriz o arquitecta?
—Es algo que me planteo todas las mañanas. Luego recuerdo que tengo el teléfono de Zendaya en favoritos y se me pasa.
Las tres nos partimos de risa encima de la arena y encadenamos una broma con otra hasta que Meli reclama a Lana para terminar con los planos y el taxista se lleva a Loreto a la estación.
Mi dupla me da un abrazo antes de marcharse, un abrazo que dice mucho más que lo que sospecho que es capaz ahora mismo.
—Mañana va a ser un día muy complicado para mí, pero te prometo que el sábado por la tarde hablamos, ¿vale? Deja que lo digiera. Pero estoy contigo, amiga, y no me pienso olvidar de ti. Ya no estás sola.
Sin embargo, cuando cierra la puerta del coche y se aleja, sola es la palabra que mejor me describe.