23. «I Can Do It With a Broken Heart» – Taylor Swift #3
—Es literalmente imposible. —Seguimos hablando bajito porque estamos a menos de tres metros de ella y su familia, pero cualquiera que nos mire puede pensar que estamos tramando algo—.
Esa chica tiene el contacto de Zendaya en el móvil; probablemente también el de Tom Holland.
¿Y creéis que va a hacerle un favor a alguien que solo fue un poco más maja que el resto una vez hace años?
—Dicho así, tía... Sí, parece improbable. Pero ¿no es más absurdo haber llegado con una mano delante y una detrás a Sitges, con una campaña que grabar en menos de veinticuatro horas y que la mismísima Lana Guo haya venido expresamente a saludarte? A ti.
—El «no» ya lo tenemos, Emma. Solo nos queda intentarlo.
Está bien. Si la persona que tengo que conseguir que me vea hoy no es otra que una actriz de Hollywood, que así sea.
—Vale, pero tenéis que venir conmigo, por favor. Me muero de la vergüenza.
—Jamás te dejaríamos sola.
Sin que me lo espere, Iván se levanta y me tiende la mano como si fuese Aladdín sobre su alfombra mágica.
No puedo hacer más que tomar su mano como Yasmín y confiar en él.
El único que pone mala cara al vernos es el chico sentado a su lado.
Me propongo mirarle lo menos posible, no sea que me robe la poca confianza que la mano de Iván —que no me ha soltado— ha conseguido infundirme.
—Emma, ¡hola otra vez! ¿Está todo bien? Perdona si antes os he molestado o...
—¡No, no! No te preocupes. Al contrario... Sentimos interrumpir vuestro almuerzo... —digo mientras me giro hacia los padres de la chica.
—Por favor, Emma, he sido yo la que ha entrado a saco hace un rato.
Mira, te presento a mis padres y a mi hermano, Kai.
—Lana se gira hacia él, que nos mira con cara de pocos amigos—.
Kai, no pongas esa cara, te he hablado de ella.
—Pocos, poquísimos amigos—. ¿Te acuerdas de aquel junket con TeensChannel en el que me quedé media hora hablando con una chica en el baño por culpa de los fotógrafos esos estúpidos? Pues...
La actriz da una palmadita en el aire para hacer que todo encaje.
Eso sí que no me lo esperaba.
—Ay, niña, ¡encantadísima de conocerte! ¿Habéis comido ya? ¿Queréis sentaros con nosotros?
Su madre me agarra de la mano que tengo libre y me la estrecha con mucho afecto.
—Muchísimas gracias, de corazón. —Vuelvo a mirar a Lana, que no ha apartado los ojos de mí—. ¿Has sabido que fui yo todo este tiempo?
—¡Desde luego! —exclama con fervor en cuanto ve la sorpresa en mi rostro—.
Soy capaz de reconocer una voz cuando la escucho.
Perdona, no... no estaba pasándolo bien y me dio apuro buscarte después.
He tenido la espinita clavada desde entonces porque...
Ostras, nunca sabes por lo que está pasando una persona, y que te quedases conmigo sentada en el suelo, que no me dejases sola llorando en el baño de un hotel, significó un mundo para mí. Salvaste mi día, literalmente.
No podría estar más de acuerdo con Lana. Y eso me lleva a pensar que muchas veces tampoco somos conscientes del poder que tiene un pequeño gesto. El efecto mariposa que provoca puede ser extraordinario.
—Lana, lo haría una y mil veces. Contigo o…, bueno, con quien sea. No se deja a una chica llorando sola en el baño.
—Totalmente de acuerdo —coincide conmigo—. ¿Seguro que no queréis quedaros a comer? No hemos pedido aún, y me haría mucha ilusión. Te lo prometo.
—En realidad... —interviene Iván, tomándome el relevo.
Pero no, esto quiero hacerlo yo.
—En realidad, y me da una vergüenza terrible pedirte esto, pero queríamos hablar contigo sobre otra cosa.
Kai se gira hacia nosotros como un resorte, hinchando el pecho.
—Si es algo de trabajo, chicos, lo siento. Lana tiene el día libre, estamos comiendo en familia y su agenda está llena de compromisos. —En su máximo papel de representante, Kai se levanta de la silla y me tiende una tarjeta—. Envíame un correo y te contesto a la mayor brevedad.
—Kai, cielo, no seas tan borde. ¿Es que no te he enseñado modales? ¿No ves que la chica es amiga de tu hermana?
Lana pone los ojos en blanco y tira de la manga de su hermano para que vuelva a sentarse.
—Mamá, pide la pizza que querías y la compartimos.
Vuelvo enseguida —dice mientras se levanta y entrelaza su brazo con el mío.
Juntas, volvemos hacia nuestra mesa, en la que nos esperan las dos chicas de redes con los ojos como platos—.
Kai tiene razón, en realidad. Estoy de vacaciones después del festival.
Mis padres se han mudado aquí este verano, para estar más tranquilos.
Acaban de jubilarse, ¿sabes? Pero, si me explicáis todo rápido y me cuadra, en cuanto acabe de comer, soy toda vuestra. Kai puede decir misa si quiere.
Loreto da un gritito a nuestra espalda y se une a nosotras en la mesa.
Está eufórica, y me mira con orgullo, lo que destensa un poco el nudo que lleva todo el día oprimiéndome la garganta.
—No te preocupes, Lana —canturrea—. Iván lidiará con tu hermano el lunes. Y el proyecto te va a encantar. Nos salvas la vida, en serio.
—Bueno —entona con alegría, mirándome a los ojos. Siento el flequillo pegado a la frente del sudor y la cara llena de brillos del calor—, ayer por mí, hoy por ti. ¿Vale? Pero sed rápidos, por favor, porque me muero de hambre.