Epílogo. «ghost town (voice memo)» – Chloe George
Epílogo
ghost town (voice memo) – Chloe George
Los nudillos de Iván están blancos de apretarme la mano. Las cabezas se giran cuando avanzamos por el pasillo enmoquetado de la oficina y, para mi sorpresa y alivio, lo miran a él.
No conozco el nombre de la mitad, aunque prometo aprendérmelo. Leire también nos mira cuando pasamos, tapándose la boca con la mano para disimular su entusiasmo.
—¿Leire lo sabía? —pregunto en voz baja justo cuando veo cómo alza el pulgar hacia Iván.
—¿El qué, exactamente? —dice sin cortar el contacto visual con su amiga, pasando la mano que tiene entrelazada con la mía por encima de mi cabeza.
—Lo de que estabas perdidamente enamorado de mí mientras yo no sabía ni que existías.
—¿Cómo te atreves?
Sonrío, porque más allá del daño y de todo lo que he aprendido a causa de la maldición, Iván fue algo que llegó por sorpresa. Sin avisar. Sin que yo tuviese que manifstarlo.
—Sí, lo sabía —me confiesa finalmente—. Tuve que contárselo para que accediese a ir con Beto a la fiesta de creativos.
—¿Qué lo sabía, toda la agencia menos yo?
—Prácticamente —reconoce, parando en seco y llevándose mi mano a los labios.
—No me lo creo —sentencio—. Nadie está tan ciego.
—Solo la gente que no quiere ver.
No termina de soltarme la mano, no me deja ir.
Nos quedamos parados frente a mi mesa como si el trauma de su cerebro tuviese miedo a que volviese a desaparecer.
Pero el tiempo pasa y se nos acaban las excusas para prolongar el momento, así que Iván me da un beso en la mejilla y me promete que nos veremos a la salida.
—Pienso salir a mi hora, que lo sepas. Si tienes deberes de chico de cuentas , los haces mañana o te los llevas a casa —le advierto cuando aún está lo suficientemente cerca.
—Solo hay una cosa que vaya a llevarme a casa hoy, y eres tú.
La antigua Emma y yo tenemos una cosa en común, y es que no podemos disimular el color carmesí de nuestras mejillas y, ante esa promesa, brillan como un rubí.
—Me comprometo a no insistir demasiado, pero te voy a informar de todos los planes.
Avisada quedas —me amenaza Loreto entre calada y calada, cerrándose el cuello de la cazadora porque, aunque el sol siga calentando, se nota que ya no es verano—.
No sé si fue de Kamila o de Marina, me he enterado a medias, pero este sábado fue el cumpleaños de alguien de redes y vamos a ir a tomar algo.
¿Quieres venir? Prometo no separarme de tu lado.
—No, tía, lo siento. Si tengo que volver a hacer todo esto mañana, necesito reponer fuerzas.
La verdad es que me siento como si un vampiro me hubiese chupado toda la sangre.
—¡No pidas perdón! —me amonesta, echándome el humo en la cara—. Fingir que te apetece ir solo por contentarme es justo lo contrario a lo que quiero que hagas. —Con un movimiento de cabeza, señala a mi espalda—. ¿Te acompaña este, por lo menos?
Iván sale casi a hombros de Beto. Nico va detrás, y se unen a nosotras en la calle.
—¿No os venís, parejita?
Beto se recoloca la mochila mientras Iván me planta un beso en la cabeza y pega su cuerpo al mío.
Ni siquiera me ha molestado lo de «parejita».
—¿Tú qué dices? Podemos volvernos cuando quieras.
El chico me mira a los ojos cuando me pregunta, y siento que hace eones que no me permito perderme en este particular tono de verde.
Arrugo la nariz y le digo que no sin palabras, lo que provoca que me abrace más fuerte, haciéndome tropezar.
—Manda ella. Con lo que me ha hecho sudar para conquistarla, como para llevarle la contraria ahora —anuncia al grupo, al que se han unido un par de personas más. Y, aunque el resto le gritan en respuesta, él solo me habla a mí—. ¿En tú casa o en la mía, preciosa?
No le respondo hasta que terminamos de despedirnos de todos y nos quedamos solos.
—Aunque me muero de ganas de ver a Gatu, me han dejado la maleta en casa de una vecina y ahí están todos mis esenciales. —No pone ni un «pero», así que echamos a andar hacia mi piso—. Júzgame si te apetece, pero como tenga que pasar un día más sin ese neceser, voy a desear volver a ser invisible.
—¡Ni en broma, Emma! Joder —me regaña con una alegría que se le extiende hasta más allá de los ojos—. ¿Tú sabes el trauma que me has dejado? Cuando salgo de la ducha, me tapo corriendo por si acaso tengo a otro fantasma rondándome.
—Por si te consuela, no estaba muerta, así que técnicamente no era ningún fantasma.
—Eso no mejora nada.
Le dejo las llaves a Iván para que se vaya acomodando en mi casa en lo que recojo la maleta.
Cualquier otro hotel me hubiese hecho pagar el envío y las molestias de recoger mis pertenencias desparramadas por la habitación, pero el chico que me atendió al teléfono se acordaba de mí.
Era el mismo que no había sido capaz de encontrar mi reserva y el que se había encargado de incluirme en la de Iván, donde nunca llegué a aparecer.
Se sentía tan mal por lo ocurrido que consiguió que el hotel se hiciera cargo de todos los gastos.
—Lo que no sé es cómo habrán metido todo aquí —digo, abriéndola en medio del salón. Efectivamente, todo está colocado de cualquier manera y a presión—. Genial. No, si encima tendré que dar las gracias.
Iván me abraza por detrás y es una sensación a la que no sé si llegaré a acostumbrarme.
—¿Preferirías que tu neceser siguiese en Sitges? —me pregunta, besándome el lóbulo de la oreja.
—Nop.
—Ajá —suspira—. Ya me parecía a mí.
Antes de que pueda darme cuenta, Iván me arrastra hasta la cocina y termino sentada sobre la encimera de la cocina, con él entre mis piernas, que me besa como si hubiera estado a punto de perderme.
—He pedido cena hace un rato, viene de camino. Espero que no te importe —me anuncia, bajando los labios por mi cuello y sujetándome contra él para que no pierda el equilibrio.
—Depende de lo que hayas pedido. Voy a acabar aborreciendo la comida asiática —digo, con la respiración entrecortada por la anticipación.
—Te va a gustar —sentencia, y vuelve conectar con mis ojos. Tiene las gafas empañadas, por su aliento o por el mío, así que las aparto hacia arriba para no perderme nada.
No paso por alto el doble sentido de la frase, porque la intención que desprende ha cambiado de manera drástica.
—¿Hoy no vas a decirme eso de «te prometo que no he subido a tu casa solo para enrollarme contigo»?
Se le escapa una risa que viene desde la garganta, casi gutural, reprimida. Sé lo que viene ahora: las caricias, los besos más castos. Me propondrá esperar a la cena, ver una película, hablar de todo lo que tenemos que hablar...
Pero, después de casi sacrificarlo todo, simplemente, no quiero.
Me cuesta creer que este chico no sea solo un regalo, que esté aquí por mí y no por una intrincada red de coincidencias.
Pero ahí lo tengo, esperando a que yo esté lista.
Siempre esperándome. Durante meses, hasta que decidí dejar de mirarme el ombligo y ser más consciente de todo lo que pasaba a mi alrededor.
Lo que tenía. Lo que podía llegar a conseguir.
Atrapo sus brazos a mi alrededor cuando noto un minúsculo movimiento y no le permito apartarse.
—Ah, no —me chista y se deshace de mi agarre, solo para levantarme en volandas y alejarse de la encimera de la cocina. Yo afianzo las piernas a su alrededor, sus manos apretándome el culo, y sigo comiéndomelo con los ojos desde arriba.
Iván se deja caer de espaldas en el sofá, tenuemente iluminado por la luz del atardecer, y yo me acomodo a horcajadas sobre él.
Vuelven los besos húmedos, urgentes, incansables.
Lo primero que tiramos a un lado es mi camiseta, seguida de la suya, para lo que necesita levantarse del todo. Y ya no volvemos al sofá, sino que trastabillamos hasta la habitación.
—Perdón, no me ha dado tiempo a hacer la cama esta mañana —digo cuando entramos y justo antes de que me empuje hacia atrás, se deshaga de sus pantalones y ambos caigamos juntos sobre el edredón arrugado.
—Mejor —declara, y vuelve a besarme.
Pero el universo tiene otros planes, porque un estridente timbrazo resuena por toda la casa, haciendo eco en los huecos que dejaron los crucifijos en la pared.
—¿Qué cojones es eso?
—¿El timbre, Sherlock? —contesto—. Será la cena. Deben de haberle abierto abajo.
—El puto don de la oportunidad.
Iván se levanta, casi desnudo, por muy muy poco, y con una erección que difícilmente va a poder disimular.
—Coge mi albornoz, está colgado detrás de la puerta. Va.
Podría hacerlo yo, claro que sí, pero verlo todo desde la cama es infinitamente más entretenido.
—¿Qué pollas es esto, Emma?
La mar de entretenido, diría yo, porque tener a un chico altísimo, con unos brazos de infarto, en calzoncillos y con un albornoz rosa con rayas rojas que no le llega ni a las rodillas no es algo que se vea todos los días.
Ahogo la risa como puedo y contesto, apremiándole a que salga a abrir al pobre hombre que le ha traído la cena a la mismísima puerta.
—Un albornoz, Iván. Son superútiles.
Lo escucho correr por el salón, abrir la puerta con prisa y disculparse mil veces antes de volver a cerrar.
—No querría yo romper el maravilloso momento, pero ¿cenamos? No hace falta ni que te vistas —pregunta desde el centro del salón.
Yo lo miro desde el marco de la puerta, con mi ropa interior en su sitio y la camiseta del pijama, que tampoco ha sobrevivido nuestra prisa y ha acabado en el suelo.
—¿Quieres que encienda unas velas o algo? Quería que hoy fuese romántico...
—¿Puedes dejar de ser tan perfecto?
—No estoy ni cerca de serlo.
Apoyo la cabeza en la madera y me permito, después de mucho tiempo, mostrarme un poquito vulnerable sin ataques de ansiedad de por medio. Simplemente, por el placer de serlo, y no porque mi cuerpo se niegue a responder si no dejo de machacarlo.
—Lo eres para mí —replico, poniéndome de lado y contoneándome un poco, mostrándole mi pierna derecha por debajo de la camiseta porque la tensión es insoportable—. Además, nada de velas en esta casa. Están prohibidas, vetadas. Van a ir todas a la basura. Mejor no buscarle las cosquillas a mi suerte.
—Estoy de acuerdo —masculla, volviendo a mi encuentro y acariciando mi nariz con la suya—.
Es más, a Gatu le dan miedo. Mientras yo esté aquí, nada de lavanda ni de hechizos estúpidos, ni amarres.
Creo que, si te mantienes alejada de todo lo esotérico, estaremos a salvo.
Manifiesta solo cosas buenas a partir de ahora.
Iván ya no me suelta. La cena queda olvidada en su bolsa de papel sobre la mesa del comedor. Yo solo tengo hambre de él.
—Que sepas que, después de todo lo que me has hecho pasar, pienso aprovecharme de ti toda la noche.
—Aún no es de noche.
—Pues fíjate la de tiempo que nos queda, Emma. Todo el tiempo del mundo.