23. «I Can Do It With a Broken Heart» – Taylor Swift
I Can Do It With a Broken Heart – Taylor Swift
—Me estáis tomando el pelo, ¿verdad?
Es curioso, porque Meli, la responsable de marketing de Erea que tanto elogió nuestra idea, nos mira con una furia que arde en las líneas de expresión que rodean sus ojos.
Iván se aparta con ella y van hacia la orilla, supongo que para darle las malas noticias con las mejores vistas posibles. Loreto y yo nos quedamos al sol, viendo cómo el sueño de nuestra carrera es arrastrado por las olas hasta morir.
—¿Crees que saldremos de esta ciudad con vida? —Loreto se pone la mano en la frente mientras habla, protegiéndose de la deslumbrante luz.
Los brazos de Meli cada vez se mueven más rápido. La onda expansiva casi llega hasta aquí. Nosotras, por el contrario, cada vez nos hacemos más pequeñitas.
—No lo sé, pero a lo mejor nos mandan derechitas a la oficina de empleo.
—No seas agorera, por favor. No va a pasar nada de eso.
Seguro que Iván se la camela rapidísimo, y a nosotras más nos vale ponernos creativas y sacar esto adelante.
—Mi dupla cruza las piernas sobre el poyete donde estamos sentadas y se gira hacia mí—.
¿Qué hacemos? ¿Alguna idea loca de las tuyas? Hoy prometo no bajarte ni medio tono.
—Si hubiéramos organizado un escape room en Gran Vía como todo el mundo, esto no hubiera pasado.
—Emma, querida. —Mi amiga planta las manos en mis hombros y su cara de asesina me recuerda a los vídeos de «parece un rollito de canela, pero podría matarte»—.
Antes muerta que presentar una idea como esa para Erea.
Estoy segura de que ni siquiera podrías descansar después de estirar la pata, y si volvieras de entre los muertos y vieras un escape room en tu historial, te morías otra vez. Concéntrate; ¿qué hacemos?
Esa es una de las mejores preguntas que me han hecho hoy. Y estaría genial dar con una respuesta perfecta que no tengo.
Los pensamientos avanzan como tortugas muy lentas por mi mente, no acaban de cuajar, se hunden en la arena. Nuestras manos están atadas en esta ciudad, pero no podemos volver con ellas vacías.
—Tenemos que encontrar alternativas. Si nuestros proveedores, colaboradores, cámaras, actores y…, bueno, todo el mundo nos ha fallado, habrá que conseguir otros.
Ahora mismo y durante la próxima semana y media, Sitges es un hervidero de presentaciones y charlas sobre cine que hay que cubrir.
Es temporada, no alta, sino titánica, para asistentes de cámara y videógrafos.
Todos están aquí, pero sospecho que con una agenda organizada al milímetro.
Y nosotros queremos robarles su tiempo en una de las horas más cotizadas, en pleno atardecer.
—No sé si hay otros, Loreto —titubeo entre dientes—. Creo que tenemos que empezar a pensar cómo solucionarlo nosotros.
—Vale. Sé que nunca te pido esto, Emma, pero vamos a pensar en silencio . Pocas veces podemos hacerlo mirando al mar, y tal vez sea nuestra excusa para conseguir teletrabajo al completo y mudarnos a la casa de mis padres en Cantabria.
Y eso hacemos durante muchos más minutos de los que nos creía capaces.
De vez en cuando miro hacia la orilla. Iván y Meli están pegados al teléfono, cada uno por su lado.
Por mucho que intente concentrarme, no se me ocurre nada.
Hasta que, en uno de estos breves descansos que concedemos a nuestros cerebros, Loreto saca el móvil y se levanta a hacer fotos a la orilla.
Amplía el zoom, prueba diferentes encuadres y fotografía siempre los detalles, nunca el paisaje completo.
Parece que busca captar la esencia de las cosas que ocurren en la playa, no el horizonte, que es siempre igual y no significa nada.
En cambio, la pareja de adolescentes que pasea de la mano, aún con sus mochilas del instituto a la espalda, o la chica morena de pelo corto con su perro enorme, ambos empapados tras lanzarse al mar una y otra vez a por el palo... cuentan mucho más que el océano entero.
Eso es, ¿no?
Eso es justo lo que necesitamos.
—¡Loreto! Loreto, ¡oye! —Me uno a ella en medio de la cala, recuperando el aliento y tapándome como puedo para protegerme del sol—.
Ya está. Hagámosla analógica... más o menos.
Las chicas de redes tienen los móviles de la agencia y los estabilizadores.
No les va a hacer ninguna gracia tener que trabajar de más, pero seguro que Iván consigue convencerlas.
Y podemos... Podemos comprar cámaras analógicas, seguro que hay tiendas por aquí cerca, y con los negativos podemos diseñar algunos visuales nuevos.
Volver a sus raíces. No es la idea del siglo, la verdad, pero con el tiempo que tenemos...
—Es una idea pésima, Emma. Si me apuras, ni siquiera es una idea.
Lo dice como si yo no lo supiera ya. Aun así, escuece un poco.
—No podemos hacer mucho más, me temo. Somos los que somos, y encontrar su esencia con algo tan romántico es un buen argumento para vender el apaño. Porque es un apaño.
—Si quieres algo bien hecho, hazlo tú mismo, ¿no?
Asiento en respuesta. Esa es una frase que solo sirve de consuelo a los desconfiados y adictos al trabajo. Pero hoy, o lo hacemos nosotras, o nadie va a venir a hacerlo peor.
Las dos nos giramos al mismo tiempo hacia Iván, que cada vez tiene la cabeza más baja. Espero no ser testigo de cómo será finalmente él quien acabe en la oficina de empleo. O peor: con la cabeza enterrada en la arena.
—¿Vamos a hablar con él?
Loreto me agarra de la mano y pone rumbo hacia el chico, pero no es capaz de moverme ni un centímetro del suelo.
—¿Por qué no vas tú sola? Puedes llevarte todo el mérito si me haces ese favor.
—Emma, por favor. No te va a morder, y no te odia. Hoy necesito a mi dupla al cien por cien, e Iván...
—Y la tendrás —le prometo, con una mano en el corazón y mi cara de bichón maltés más exagerada—. La tendrás. Es solo esta vez.
Aunque sé que está harta de pelear conmigo, decide que esta no es una batalla que le apetezca luchar ahora mismo. Me señala con un dedo amenazante para dejarme claro que «hablaremos luego» y sale escopetada hacia Iván y Meli.
Yo me quedo plantada en la arena, masajeándome el hombro.
No me duele, pero me molesta un poco. Como si hubiese dormido en una mala postura o cargado demasiado peso o... como si estuviese desapareciendo un poco más.
—El problema es que no podemos convencer a Meli de bajar una o dos categorías la imagen de la campaña. Necesitamos a alguien muy potente, como Claudia, y eso sí que no podremos encontrarlo en la maleta.
Aunque entiendo el argumento de Iván, siento alivio porque mi trabajo no tenga nada que ver con medir el valor de las personas según su número de seguidores en redes. Me parece repugnante.
Meli se ha ido hace un rato, dejándonos un poco de espacio para respirar y un poco de tiempo para recargar las pilas, los móviles y las sonrisas educadas, así que nos hemos permitido sentarnos en una terraza del paseo marítimo.
Hasta hay algunos tercios encima de la mesa, junto a la limonada que yo había pedido y que olvidaron de traerme hasta que Loreto intercedió por mí.
Más me vale refrescarme, porque, pese al bochorno, no me atrevo a quitarme la sudadera.
Nos queda una tarde llena de incógnitas y problemas que aún ni prevemos.
—Estamos en una ciudad en pleno festival de cine. Hay actrices literalmente en todas las esquinas, y seguro que cientos de influencers invitados a los estrenos sin nada mejor que hacer. ¿No podemos…, no sé, hacer un poco de trabajo de campo y dar con algún sustituto?
Mi dupla me mira, como si buscase mi permiso o mi aprobación, pero Iván se adelanta.
—Chicas, no sabéis lo complicados que se ponen los agentes con estas cosas, y más si saben que estamos desesperados.
No me veo capaz de gestionar un contrato y mil mierdas más en un par de horas.
Que si no me queda más remedio, venderé mi alma al diablo, pero si podemos tener un plan A previo, os lo agradezco.
Ya bastante hemos soportado hoy... —susurra mientras arranca con las uñas la pegatina del botellín.
Está evitando mirarme.
Tampoco debe de estar siendo un día fácil para él, en absoluto.
Es quien recibe los «enhorabuena» antes que nadie, pero también el que pone la cara para los tortazos cuando toca.
Es el primero en la línea de batalla, para lo bueno y para lo malo.
Y hoy... la guerra no se inclina precisamente a nuestro favor.
Quiero ayudarle. Quiero ayudarle y, al mismo tiempo, no tener que dirigirle la palabra. Sí; todo junto y revuelto.
También me muero por verme obligada a quedarme a solas con él.
—Emma, ¡mira! ¿Sabes quién es?
Loreto me despierta de mi ensimismamiento con un manotazo en el brazo. No me había dado cuenta del revuelo que se ha formado a su espalda; eso, o que hemos visto tantos fans haciéndose fotos con actores que mi mente lo ha integrado como si fuese lo más normal del mundo.
Mi dupla está señalando a una chica rubia con el pelo largo al otro lado de la terraza.
Tras despedirse de un par de chicas que se alejan dando gritos, se sienta con una pareja de señores mayores que la abrazan con ternura.
La mujer le da unos sonoros besos en las mejillas y el hombre, más contenido, la saluda con una ligera inclinación antes de abrazarla y darle unas palmaditas en la espalda.
Otro chico, moreno esta vez, y con unos marcados rasgos asiáticos que destacan mucho más que los de ella, aparece segundos después.
Besa a los dos señores en las mejillas y se sienta, llenando la mesa con su tablet, dos teléfonos móviles y un intenso suspiro de cansancio.
Él me es familiar, y ella... Ella no quita los ojos de nuestra mesa.
—Es Lana, ¿no? Lana Guo —respondo, y Loreto mueve la cabeza en señal de aprobación. Ella también se acuerda—. Qué fuerte, pensé que nunca volvería a verla. En persona, claro.