22. «The Story Of Us (Taylor’s Version)» – Taylor Swift #2
Claudia no va a venir, más me vale hacerme a la idea. Y por mucho que intente contactar con los cámaras, sé que ellos tampoco.
Cinco eternos minutos después, Iván me toca el hombro para que vuelva a dejarle pasar y cae derrotado sobre su asiento.
—A ver, chicas —dice, zarandeando levemente el asiento de Loreto para despertarla—. Claudia no va a venir. Dice que lleva unos días un poco dispersa y que se le ha pasado el correo...
—¡Menuda puta sinvergüenza! Si tuvimos reunión con ella antes de ayer, ¿cómo que dispersa? —susurra Loreto desde el asiento delantero, con la cabeza asomada por el hueco entre ambos.
Yo me he quedado muda, mis cuerdas vocales no funcionan, así que opto por taparme la boca con una mano y dejar salir el aire controladamente para no hiperventilar.
—Esto es grave, chicas. Muy grave. —Tiene subida una pierna al asiento, la espalda apoyada contra la ventana y las manos enredadas en el pelo que cae sobre su cara—.
Estamos camino a Barcelona sin modelo para el rodaje y tengo a los de Erea escribiéndome cada quince minutos para que les informe de cómo vamos.
Están atacados, y ni siquiera les he dado la noticia aún.
—Se recoloca las gafas con dos dedos y fija su mirada en mi cara derretida, porque soy capaz de notar cómo me deshago, por dentro y casi seguro que por fuera también—.
Emma, ¿has conseguido hablar con Álvaro? Dame una buena noticia.
—¿Pu-puedes llamarlo tú? —contesto, pequeñita—. A mí no me lo coge, y tampoco le llegan mis mensajes.
Iván no me discute y hace lo que le digo, aunque de mala gana.
—¡Álvaro, tío! ¿Qué tal? ¿Qué tal con el Cibeles ayer? ¿Bien?
Una mirada rápida a mi dupla me basta para intuir que algo va mal.
—Pero ¿no estás en el tren? De camino a Barcelona...
¡El rodaje de Erea! Claro, sí... —«Joder, joder, joder, joder, jodeeeeeeer»—.
No, te mandó la citación Emma, mi compañera.
Sí, hombre, la de creatividad. Tengo el correo delante ahora mismo.
—Iván tapa levemente el micrófono del teléfono y me susurra—: ¿Qué cojones le pasa a todo el mundo? ¿Puedes comprobarlo?
El universo tiene la bota en mi garganta y no me deja respirar. Puedo resignarme a que mis compañeros de trabajo me ignoren, pero ¿esto? ¿Qué voy a hacer? ¿Acabaré sin trabajo y viviendo debajo de un puente? Ni siquiera un correo a mi nombre es capaz de permanecer en la memoria de nadie.
Es como si, de verdad, fuese invisible del todo.
—¡Emma, te estoy hablando!
Loreto chasquea los dedos lo más cerca que puede de mi nariz para despertarme del trance en el que llevo sumida desde antes de salir de la Comunidad de Madrid.
Para cuando llegamos a Barcelona, ya hemos confirmado que, efectivamente, en el tren solo viajábamos Iván, Loreto y yo, junto a la pareja del equipo de redes sociales que han venido única y exclusivamente a grabar recursos.
El trayecto hasta Sitges y el taxi al hotel han transcurrido entre conversaciones telefónicas en las que Iván no paraba de hablar y silencios incómodos mientras contábamos los minutos que faltaban para que todo estallase por los aires.
Está preocupado, es evidente. No podemos perder esta cuenta, y menos por mi culpa.
—Perdón, ¿ya nos toca? —respondo distraída.
Loreto sabe que no dejo de darle vueltas y que me siento culpable a muchísimos niveles, por eso se permite hablarme más dulce, aunque esté a punto de pedirme el divorcio creativo.
—No... He escuchado a Iván hablar con la chica de recepción y no tienen vuestras habitaciones listas, así que creo que os va a tocar dejar las maletas en consigna y volver más tarde.
—Entiendo.
—Emma, sé que te va a dar completamente igual lo que te diga, porque te conozco, pero no es tu culpa.
—Loreto —digo, tajante y completamente abatida—, yo era la responsable de reunir a todo el equipo aquí. ¿Tú los ves por algún sitio?
—Pero, tía, a ver: esto es como cuando un cliente se enfada porque no ha leído bien los términos y condiciones y lo paga con el pobre dependiente que trabaja los domingos. ¿A que eso no hace que sea su culpa? Tú has hecho tu trabajo, y lo has hecho bien.
Salivo sin parar, como cuando tu cuerpo te avisa de que vas a vomitar. Me muero por contarle a Loreto la verdad: que, en realidad, soy la única culpable. Por explicarle que, si hubiese sido ella quien enviara las citaciones, nadie se habría olvidado de venir.
Pero no puedo. No aquí. No ahora. No en el recibidor de este hotel carísimo frente a la playa y atestado de gente: actores, productores y publicistas.
Iván se acerca y apoya sus manos en el respaldo del sillón en el que me he sentado para no desfallecer.
—Los de Erea están ya en la playa. Deberíamos ir y contarles lo que ha pasado —resopla—. Esto se le daría mucho mejor a Nuria que a mí.
El vestíbulo es grandioso, un remanso de paz lleno de plantas, pero no es capaz de calmarme ni un poquito.
Hay butacas bajas rodeando mesas de formas imposibles, espejos relucientes y la luz directa del sol, que entra por las paredes de cristal.
Estamos justo en frente de una cala redondeada y desierta, que contrasta con el bullicio que reina en las calles de Sitges, llenas de carteles, casetas de acreditaciones y terrazas repletas de turistas que no quieren perderse la vida que inunda la ciudad durante estas semanas.
—Nos van a despedir —musito en voz baja, regresando inevitablemente a la realidad—. ¿No podemos hacer nada? ¿No hay solución?
—Tiene que haberla. Estamos aquí, ¿no? Con tanto alboroto no puedo pensar, pero si encontrásemos una sala de reuniones, con silencio y café, nos encerraba a las dos y te prometo que, en diez minutos, lo arreglábamos. No se nos da mal ser creativas juntas.
Sin quererlo, me arranca una sonrisa. Mi dupla es de esas personas que, sin importar lo mal que estés o lo negro que veas todo, siempre intentará buscar soluciones.
—El café te lo puedo conseguir —bromea Iván con una energía que no sé de dónde saca, pero que ojalá pudiera prestarme—, pero la ciudad está hasta los topes por el festival. Estoy seguro de que todos los videógrafos que trabajan por aquí y alrededores están hasta arriba de trabajo.
Iván se agacha a mi lado y se pone en cuclillas.
—Además, aunque solucionásemos la parte del rodaje, tampoco tenemos actriz. Con lo pesados que se pusieron con conseguir un perfil como el de Claudia, como se nos ocurra proponer a alguien con menos de millón y medio de seguidores, nos echarán la campaña abajo.
—Hostia, Iván, que no hay campaña —exclamo más alto de lo que me gustaría—. Ahora mismo, tenemos las manos vacías. Tu encanto militar de cuentas tiene que conseguir convencerlos de lo que sea. Es tu trabajo. Ya nos encargamos nosotras de las buenas ideas.
La imagen de Iván en botas militares y camiseta verde caqui regresa a mi mente después de tanto tiempo.
Ha llovido mucho desde entonces. Cuando lo busco sin querer, lo encuentro mirándome.
Él también se acuerda, y algo profundo —no sé si pena o ilusión o cualquier otra cosa igual de contradictoria— se instala entre ambos.
Tengo la sensación de que he perdido muchísimo en este tiempo. Nadie me lo ha arrebatado; he sido yo sola la que he dejado que se marchitara hasta morir.
Lo más grave es que he me he perdido a mí misma, pero me niego a arrastrar al resto hacia la oscuridad.
Invisible o no, estoy cansada de que hasta el universo tenga más poder decisión que yo sobre mi propia vida. Si desaparezco del todo mañana, si me vuelvo completamente transparente, será habiendo conseguido que alguien me vea hoy.
—Loreto tiene razón. —Nadie se esperaba que hablase, ni siquiera yo misma—. Si hemos conseguido encontrar la manera de arreglar todo el embrollo en el que se metió Erea hace un año, no puede ser tan difícil escapar del nuestro.