Encantada de olvidarte 22. «The Story Of Us (Taylor’s Version)» – Taylor Swift
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22. «The Story Of Us (Taylor’s Version)» – Taylor Swift

The Story Of Us (Taylor’s Version) – Taylor Swift

Iván ya está sentado en el asiento de la ventanilla, con su portátil fuera y el cargador enchufado, cuando compruebo que, efectivamente, mi billete y todos los operarios del tren se tienen que estar riendo de mí.

El asiento del pasillo, justo a su lado, parece gritarme: «¿A que esta no te la esperabas? ».

Me giro rápidamente hacia Loreto, que ya se está acomodando en la ventana de delante, al lado de una señora cargada con decenas de bolsas sobre su regazo. Se parece a mi abuela; o a todas, en realidad. Amable y con los bolsillos llenos de caramelos de café.

Seguro que no le importa cambiarme el asiento.

—No, cielo, este es mi sitio. Mira, ¿ves?

—me rebate la anciana cuando se lo pido todo lo educadamente que puedo, señalando el letrero de más arriba, como si fuese mundialmente conocido que el asiento «doce C» es, en efecto, el que indica su billete—.

Este de atrás está libre, a lo mejor es el tuyo.

Buscando una cómplice, la mujer se gira hacia Loreto y le dirige una mirada perpleja, como diciendo «¿Tú te crees?».

He dormido tan poco que estoy que salto a la mínima.

El hecho de que mi mejor amiga siga enfadadísima conmigo, estar de camino a una ciudad terriblemente comunicada con un grupo de personas que potencialmente pueden olvidarse de que existo en un abrir y cerrar de ojos, y, bueno, llevar cuello alto y sudadera de manga larga en un burdo intento de evitar que mi piel asome por ningún recoveco no son el mejor somnífero, siendo sincera.

Me he vestido a oscuras, sin atreverme a mirar en ningún espejo.

No puedo estar desapareciendo, ¿no?

No. Definitivamente no.

—Justo, sí, sí. Es el mío. Pero me preguntaba si no le importaría dejar que me siente aquí. Para estar con mi amiga y poder trabajar este ratito juntas. Se lo... se lo cambio.

Tanto Iván como Loreto me miran peor que si le estuviese intentando robar el caramelo a un niño en plena Navidad. Parezco la atracción principal del tren, pero es que todo el mundo está ya sentado en sus asientos, y yo estoy aquí, de pie y hablando un poco más alto de la cuenta.

—¿En el trece? No, mi niña, perdóname, pero he vivido muchos años como para saber que ese número traicionero no puede traer nada bueno. Más sabe el diablo por viejo...

«Lo que me faltaba, poner en juego mi suerte otra vez ».

La educada sonrisa que me sale no esconde mi frustración, e Iván lo nota.

—Puedo cambiarme por Loreto si estar sentada a mi lado es tal tortura para ti.

Su cabeza inclinada y el hecho de que haya terminado la frase casi cantando no enmascaran el hecho de que se siente dolido.

Si no le hubiese besado hace menos de un mes y esto fuese un encuentro fortuito en un tren, me enamoraría de él durante las tres horas que dura el trayecto.

No he contestado a ni uno de sus mensajes en semanas.

Los personales, me refiero; aquellos en los que se sigue preocupando por mí, preguntándome si estoy bien.

Comenzó mandándome uno cada dos o tres días, pero se cansó de mi falta de respuesta y ahora los espacia más.

A los del trabajo intento, por lo menos, reaccionar con un pulgar hacia arriba.

En cuanto acabemos este rodaje, dejaremos de trabajar juntos juntos . Y todo será mucho más fácil.

—No es necesario, Iván. Además, sabes que no me refiero a eso. Somos adultos —miento a medias—. Nos hubiera venido bien para repasar alguna cosa y siempre viajamos juntas. Tenía ganas de compartir un par de horas de paz con ella antes de la locura.

—Estaré más atento mañana a la vuelta, por si te vuelve a tocar conmigo.

Iván ignora el portátil delante de él, que no para de protestar con mensajes nuevos. Y eso que el reloj de su pantalla no marca ni las ocho todavía.

—En realidad, Loreto se vuelve hoy en el último tren. La boda de su hermana es mañana por la tarde y prefiere hacer noche en Madrid.

—¿Y tú te quedas? Podríamos haber terminado las chicas de redes y yo.

—Necesito que esto salga bien y... disfrutarlo. —Lo que pueda, al menos—. Llevo tanto tiempo luchando para conseguirlo que, aunque me lleve a la extenuación... me quedo.

Iván asiente, y lo hace con toda la cara. Lo entiende, ve lo que significa para mí. Y sabe perfectamente que preferiría estar en cualquier sitio antes que aquí.

Lo que no sabe es que, en realidad, agradezco un poco que la señora de delante sea una supersticiosa.

Pasamos unos minutos enfrascados en nuestros ordenadores, revisando la planificación de hoy y haciendo cuentas. Ayer por la mañana envié recordatorios a todos los implicados, con sus billetes de tren, sus reservas de hotel y las citaciones correspondientes para este medio día.

Debería estar tranquila, he seguido todos los pasos. Sin embargo, nadie me ha contestado.

—Darle a refrescar tantas veces no va a hacer que te entren más correos, ¿sabes? Tienes que fingir que no te importa y mirar hacia otro lado.

Ni yo misma entiendo la mezcla de diversión y el ceño fruncido con la que lo miro, porque eso es exactamente lo que yo hacía cuando mi ordenador de sobremesa no cargaba Los Sims.

—¿Qué? De adolescente me funcionaba.

Nos reímos, disimulando, e Iván se asoma a cotillear mi pantalla, quitándose uno de los auriculares.

—¿Esperas algo importante? ¿Debería preocuparme?

—No, es que... O, bueno, ¿sí?

Su cara es un poema, uno torturado, así que dejo de dar rodeos.

—Ni los cámaras ni Claudia me contestaron ayer a los recordatorios, y entiendo que la modelo esta tenga cosas más importantes que hacer o eventos a los que acudir, pero...

¿Nadie? ¿Ni su agente? —Comienzo a desplazarme hacia abajo en la bandeja de entrada y a refrescar, de nuevo, desesperada.

Contra todo pronóstico, sigue desierta—.

Me preocupa porque al menos ella debería venir en este mismo tren.

Compré todos los billetes a la vez, pero a lo mejor está en otro vagón...

—¿Sí? No me ha parecido verla esta mañana en Atocha, y me he quedado casi de los últimos al ver que no llegabas.

—¿Y a los cámaras? ¿Has visto a Álvaro? También debería estar en este tren —me atrevo a preguntar.

Iván se masajea la mandíbula con una mano, visiblemente preocupado. Justo lo que necesitaba.

—No…, tampoco lo he visto. Me comentó que ayer cubría una gala benéfica por el fichaje de Dubois en el Cibeles, así que a lo mejor acabaron tarde y ha llegado más apurado con la hora.

—Oye, ¿ese no es el novio de la Claudia Montalván esta? ¿El que le puso los cuernos hace poco?

La elección de la embajadora de la campaña no ha sido cosa nuestra, ni de lejos, pero sin duda esta chica tiene buenos contactos.

Donde podríamos haber hecho hueco a una artista emergente, en la que muchas nos pudiéramos ver reflejadas, hemos puesto a una modelo rica y famosa que poco tiene en común con…

, bueno, con nadie. Nadie que viva en nuestra realidad, al menos.

Pobrecita, seguro que es una chica lindísima, pero su actitud de tirana la precede. Y los escándalos en los que siempre está metida, también.

—Pues espero que su novio millonario la acerque a Sitges en su avión privado si ha perdido el tren.

—No creo que Dubois tenga avión privado. O que ella se tomara tantas molestias por una campaña más .

—A saber —respondo, sacando el móvil del bolsillo de la sudadera. Estoy empapada debajo de todas las capas, pero mis manos siguen sólidas y opacas. Sigo fuera de peligro—. Pero espero que tenga cobertura en ese vuelo y esté de camino. Voy a llamarla.

Por supuesto, me manda directa al buzón de voz.

—¿Si no me da ni señal es que está hablando o que me ha colgado?

—¿No te ha salido la locución de apagado o fuera de cobertura ? —me pregunta Iván, inquieto, y saca su móvil cuando niego con la cabeza—. Déjame a mí, a ver si hay suerte. A lo mejor es que no tiene tu teléfono guardado y le ha dado cosa cogerlo, o que llega tarde y se muere de la vergüenza.

—¡Qué menos! Le vamos a pagar una millonada por un anuncio de minuto y medio, y va a gastos cubiertos.

Ni siquiera me da tiempo a enviar un rápido correo al equipo de vídeo antes de que Iván dé con ella:

—¡Claudia! Sí, oye, soy Iván, de Kuon. La agencia de Erea Cosmetics... Te llamaba para asegurarme de que has cogido bien el tren a Barcelona. No te vemos por el vagón y nos preguntábamos...

Se calla de golpe y su expresión se torna agria, casi tanto como los fluidos de mi estómago que luchan por trepar. No me da buena espina. Me apuesto un brazo (visible o transparente) a que no está escuchando buenas noticias.

—No, claro, es hoy. Mi compañera Emma te mandó los billetes. ¿Lo puedes revisar?

Con una simple búsqueda, doy con el primer correo electrónico donde le adjunto sus asientos y la reserva del hotel y giro la pantalla para que vea el «¡Recibido!» de su agente. Es de la semana pasada.

—Claro que sí, estuvo conmigo en la reunión del otro día.

Es la chica que te mandó los guiones, la creativa que ha...

Bueno, no pasa nada si no te acuerdas, es normal, somos muchos.

Aun así, ¿no tienes la citación? Estoy viendo...

—Iván se acerca a mi pantalla para revisar la información que le estaba señalando.

No sé si es necesario que esté tan cerca de mí—. Sí, sí, nos lo confirmó tu repre, sí.

Casi me atraganto con mi propia saliva. Por supuesto que la persona más importante de la campaña también se ha olvidado de mí. ¿Y si los cámaras tampoco me recuerdan y no se presentan? Toda la gestión, contrato y horarios han pasado por mis manos.

—Perdona, Claudia, es que me están llamando de la marca. No te apures, son cosas que pasan, pero... Bueno, seguro que encontramos una solución. Gracias por la sinceridad. Sí, sí…, vale. Un abrazo.

Iván cuelga y coge otra llamada al instante, haciéndome señas para que me aparte y él pueda levantarse. Se va a hablar al final del vagón, tras unas puertas, y yo me quedo sola, con el cerebro trabajando a mil por hora y completamente inservible al mismo tiempo.