Encantada de olvidarte 21. «my tears ricochet» – Taylor Swift #3
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21. «my tears ricochet» – Taylor Swift #3

La manifestación, el hechizo que compartimos de adolescentes y que sospecho que ha tenido parte de culpa, la tormenta, esos primeros días de euforia…

, pero también mis dudas. Le cuento la verdadera razón por la que conocí a Iván y por qué decidí apartarlo de mi vida, que son intrínsecamente la misma.

Le cuento que, desde que lo hice, todas aquellas personas que parecían adorarme, se han esfumado, olvidándose incluso de quién soy.

—¿Y la señora Celes igual?

—Sí, la misma mirada perdida, como si algo le estuviese tapando los ojos. Y casi es peor mostrarle pruebas de que digo la verdad, porque se... desconciertan. Se quedan pillados y repiten las mismas frases, como si fuesen máquinas.

—¿Con quién no te pasa? Aparte de mí, claro.

—No he hablado con mucha gente estos días como para darte una respuesta —confieso—. Loreto parece que sigue lúcida, también Tere, la de la cafetería, e Iván... A lo mejor va a peor y ellos también se acaban olvidando de mí. Todos lo hacéis.

—No sería una maldición horrible si la gente irrelevante de tu vida deja de intentar robarte tu tiempo, no te ofendas.

No lo hago, pero sí que frunzo los labios para no ponerme a llorar.

Hacía muchos días que no era capaz de serenarme y hablar sin gimotear. Estoy orgullosa, al menos de esto.

—Me refiero a que... sería demasiado que las personas que llevan en tu vida tanto tiempo se olvidasen de ti, esto no es el libro ese de Addie LaRue . No nos precipitemos. Encontraremos una explicación.

Hemos tardado poco menos de una hora en apoyar la cabeza en el respaldo del sofá y decidir que no íbamos a ser capaces de salvar el mundo tan tarde. Yo tengo que coger un tren pronto por la mañana y ella tiene que trabajar.

Nos hemos dado las buenas noches en el pasillo, como siempre hacíamos, y ha cerrado su puerta.

Y yo necesito urgentemente una ducha.

Antes de meterme bajo el agua, respiro unos segundos sentada en el borde de la bañera, con la toalla alrededor del cuerpo y el pelo en un moño alto.

Es demasiado tarde para lavármelo esta noche.

No recuerdo si la Emma del pasado había metido el champú en seco en la maleta, pero espero que me conozca lo suficiente como para haberlo hecho.

Con el móvil en la mano, pongo en bajito el álbum de folklore en aleatorio y le mando un último mensaje a Olivia, por si mañana no la veo.

Noto cierto dolor en las cervicales, y sé que es de la tensión liberada. Olivia sigue enfadada conmigo, y no la culpo. Me he mirado tanto el ombligo estos meses que no me he dado cuenta de que su vida también se estaba desmoronando.

Después de muchos años de discusiones, típicas de la convivencia, aprendimos que no podíamos irnos a dormir enfadadas, porque el mensaje de «buenos días» de la mañana siguiente sabía agridulce y no nos gustaba.

Así que, cuando una de las dos se acostaba con resquemor, malas sensaciones o preocupada, nos enviábamos un sticker . Siempre el mismo.

Y después, o bien yo me iba a su cama hasta que conciliase el sueño, o era ella la que me ayudaba a dormir. Era una manera de asegurarnos que, por muy molestas que estuviéramos, al final, no pasaba nada.

Esta noche, soy yo la que le envía el sticker , pero no recibo respuesta al momento.

Me ducho y me seco a ciegas, con el espejo completamente empañado por el agua hirviendo y la piel de los brazos y el pecho enrojecida.

Por eso tardo unos segundos más en darme cuenta de que... hay algo que está mal.

Algo que cualquier mente humana descartaría sin pensárselo dos veces.

Es difícil apreciarlo sin espejo. De hecho, no sé ni cómo me he dado cuenta.

Sin embargo, ahí está. O no está, mejor dicho.

Parecen llamas; o, al menos, tienen la misma forma. Lenguas de fuego que empiezan en la parte derecha de mi cuello y se extienden un poco, no más allá del pecho.

Pero no son rojas, sino transparentes. Completamente traslúcidas.

Me llevo las manos corriendo a la boca, acallando unos gritos que se han formado mucho más abajo. En los pulmones, donde el aire no consigue moverse.

Puedo ver la silueta de mi hombro, o intuirla, pero está hueco. Vacío. Tan cristalino que, cuando limpio el cristal con la misma palma de la mano y me reflejo un poco mejor en él, atisbo a ver la toalla azul marino que cuelga a mi espalda.

El espacio y mi cuerpo son uno. Mi cuerpo no es nada.

Estoy desapareciendo.

Estoy desapareciendo.

Estoy...

No puedo.

No puedo respirar.

Aún un poco húmeda, me pongo capas y capas de ropa, el pijama, una sudadera y las mantas que me ha dejado Olivia para el sofá cama.

Vuelvo un segundo al espejo, con los ojos cerrados con fuerza, haciéndome daño, y los abro poco a poco.

Con la ropa, todo parece normal.

Con la ropa, ninguna maldición desatada por mí sobre mí misma es visible.

Con la ropa, puedo ignorarlo. Al menos hasta que vuelva de Sitges y mi torpeza no haga peligrar también aquello por lo que llevo semanas dejándome los ojos.

Olivia me ha contestado con otro sticker y, cuando sabe que ya estoy metida en la cama, se acerca al salón y me llama en susurros.

Puestos a fingir (que no estoy desapareciendo, que tengo todo bajo control, que nada me afecta, que no echo de menos a mis amigas ni a Iván), también finjo estar dormida hasta que vuelve a su habitación.

Después, lloro en silencio hasta que el sueño me vence del todo.