21. «my tears ricochet» – Taylor Swift #2
Casi ni me atrevo a mandarle un mensaje a Olivia, que es la única persona que vive lo suficientemente cerca como para acogerme esa noche.
No es que tenga mucha opción, que digamos.
—¿Qué ha pasado, Emma? ¿Estás bien?
Mi prima ya lleva el pijama y le brilla la piel. Estoy segura de que estaba a punto de meterse en la cama.
Y también de que me recuerda, aunque no sea por los mejores motivos.
Su abrazo es frío, no sonríe, y rehúye mirarme directamente a los ojos.
Se detiene en mi maleta, en los bolsos y en mi cara roja por el esfuerzo.
Ese segundo me permite ver sus iris coloreados del tono de siempre, sin ninguna película blanca alrededor.
—Es un alivio que te acuerdes de mí, para qué te voy a mentir.
No lo he pensado mucho, me ha salido sin querer, pero el bufido de Olivia es premeditado y sincero.
—¿Qué yo me acuerde de ti? Qué valor, amiga.
—Lo siento, yo... Me lo merezco. Pero ha sido un día horrible y no sabía a dónde ir.
—Ven, pasa. Me iba a acostar ya, me has pillado por los pelos.
Cuando nos sentamos en el sofá solo puedo fijarme en lo desordenado que está todo. Me recuerda a cuando una de las tres caía enferma y su cuarto se convertía en una amalgama de ropa limpia por guardar y sucia por lavar, tazas usadas y pelusas en el suelo.
Es igual, solo que por toda la casa.
—¿Estás enferma?
—¿Tan mala cara tengo? —me contesta con una risa que no ilumina nada más.
Siguen marrones.
—No, es solo... —Pienso rápido y quizás sea mejor no señalar el caos del salón. Cambio rápido de tema—. ¿No está Marcos? ¿No le importa que haya venido tan tarde?
Mi amiga suspira fuerte, dejando salir mucho más que aire, pero le sigue temblando la voz cuando me responde.
—Marcos no va a venir esta noche. Ni mañana, seguramente. Estamos... No estamos, en realidad. Ha vuelto a Valencia, se está quedando en casa de sus padres un tiempo.
Ahora todo tiene más sentido.
—¡Olivia! No tenía ni idea. ¿Cómo no me has dicho nada?
Me levanto corriendo del sofá donde me había sentado para ir a su lado, pero ella se aleja y quedamos cara a cara. Las piernas cruzadas entre nosotras, separándonos.
—¡Lo hubiera hecho! ¿Sabes? Cientos de veces estas semanas. —Su voz está cargada de rabia, de frustración, y me parte el alma—. Te he necesitado muchísimo, Emma, no sabes cuánto. ¿Cómo puedo haberme convertido en algo tan prescindible para ti en tan poco tiempo?
—¿Qué dices? Olivia, no... Nunca has sido prescindible. ¿Cómo puedes decir algo así?
—¿No? ¿Cómo explicas entonces que ni siquiera sepas que Marcos no está viviendo aquí?
No tengo respuesta. Ni fuerzas para buscarla. Tampoco para inventarme una.
—Eso me parecía.
—He... he estado sobrepasada, muchísimo, y os he descuidado a todos. Perdón, yo... Está siendo tan difícil ser la Emma de siempre, siento que la vida no para de ponerme obstáculos que tengo que sortear y...
—¡Como siempre, Emma! ¡Como a todas! —explota, y a mí no me queda más que asentir.
Esto es algo que esperaba que sucediese, tarde o temprano. Olivia no es solo mi amiga, también es mi familia, en muchos sentidos. Hemos tenido conversaciones incómodas antes, por supuesto, pero nunca así.
—Hemos vivido juntas tantas cosas, desde que éramos unas crías, y siempre hemos estado ahí la una para la otra. Sin importar lo complicado que fuese... Siempre acudíamos cuando se nos necesitaba o contestábamos un mensaje. Un mísero mensaje, Emma.
Las lágrimas me nublan la vista, y Olivia sabe lo que voy a decir antes de que lo pronuncie.
—No me pidas perdón, no quiero que te disculpes. Quiero que me expliques qué está pasando en tu vida tan importante como para olvidarte de nosotras.
—Jamás me olvidaría de vosotras, Olivia, no es eso. Es que... no puedo.
—¿Es por el trabajo otra vez? —pregunta.
—No, no es...
—¿Es por el chico este? ¿Iván? Creía que ya «no tenemos edad de dejar de lado a las amigas por un chico». ¿No es lo que hemos dicho siempre?
Me gustaría poder contarle el secreto que me está comiendo por dentro, pero creo que pensaría que me estoy riendo de ella.
—No, no estoy con Iván. No fue bien.
—¿Qué pasó? Nos lo podías haber contado. Hubiéramos estado ahí para ti, como siempre hemos hecho.
—No quería molestaros.
—¡Siempre con lo mismo, Emma! ¿Pensarías que yo molesto si te escribo para contarte que Marcos y yo estamos a punto de dejarlo? ¿Que llevamos semanas discutiendo por gilipolleces porque no nos aguantamos en casa?
—Claro que no —respondo todo lo rápido que puedo.
—¿Entonces?
—No lo sé.
Y es verdad.
—Claro que no lo sabes. Porque no tiene ningún sentido.
Utilizas una vara para medirte a ti misma que está a años luz de la que usas con el resto.
Te hablas fatal, te reprimes y piensas que todo lo que haces o dices molesta a los que más te queremos, y lo único que consigues haciendo eso es alejarnos.
Nos haces daño en el proceso, igual que te lo haces a ti, aunque pienses que de esta manera solo sufres tú.
A los demás también nos duele. A mí también.
Las lágrimas caen descontroladas por mis mejillas. Por Olivia, por mi casa, por Iván, por esta estúpida maldición.
El bulto se ha hecho tan grande bajo la alfombra que, por fin, me he caído de boca.
—¿Quieres contarme qué ha pasado?
La mano de Olivia se posa sobre la mía, calentita y reconfortante. No me había dado cuenta del frío que tenía hasta ahora.
—No. Quiero saber qué ha pasado con Marcos. ¿Cómo estás? No... no me quedo tranquila. No me lo voy a perdonar jamás.
—Ahora mismo, no hay mucho en lo que puedas ayudar. Además, eres tú la que ha aparecido en mi puerta un miércoles por la noche con una maleta y sin casa a la que volver.
—Tienes razón.
Olivia me pasa la esquina de una fina manta para que me cubra las piernas y deje de tiritar.
—Y, Emma, estoy enfadada. Sigo muy enfadada contigo, porque me has decepcionado, pero yo sí que te perdono. Y es decisión mía. Eso no lo puedes cambiar, así que te toca vivir con ello y empezar a intentarlo para ti también.
Por primera vez en meses, me atrevo a contarle todo a alguien.