21. «my tears ricochet» – Taylor Swift
my tears ricochet – Taylor Swift
—Disculpa, linda, no encuentro tu nombre en la lista. ¿Por dónde reservaste la clase?
A la instructora de pilates no se le está dando muy bien disimular que no recuerda absolutamente a ninguna Emma que haya llamado por la tarde para preguntar si había hueco.
Todavía hace calor, así que el paseo hasta la única academia de pilates que he encontrado en el barrio (hay varias, pero todas con eternas listas de espera) no ha tenido el efecto relajante que yo esperaba. Y no pienso volver a la de la oficina, por razones quizás no tan obvias, pero sí mías.
«¿Ser una cobarde?».
Estoy sudada, ansiosa y voy con el tiempo justo.
Esto último es completamente premeditado porque, ahora mismo, quedarme sola con mis pensamientos es casi más peligroso que un golpe de calor.
Me concedo solo estos cincuenta minutos de clase, atenta a las indicaciones de la profesora, para luego retomar el pódcast de true crime en el camino de vuelta.
Ni un solo minuto en silencio.
En la agencia, todo avanza lento entre infinitos correos, reuniones y discusiones. Todo sería más sencillo si la gente no se olvidara de que ha hablado conmigo a los cinco minutos de colgar, o si recordase mi nombre sin tener que buscarlo en su bandeja de entrada.
Las reservas están confirmadas, las citaciones también, los billetes comprados..., pero he escuchado más «perdona, ¿tú eras...?» que en toda mi vida.
Salimos hacia Barcelona mañana temprano, porque la conexión con Sitges es la que es (horrible), y no tenemos presupuesto para alargar nuestra estancia ni tiempo para buscar otra fecha que no coincida con todo el caos del festival de cine.
Tenemos que empezar y terminar mañana, cueste lo que cueste.
Por eso llevo toda la tarde preparando la maleta, enviando recordatorios a los proveedores y temiendo el momento en el que me quede encerrada en un vagón sin cobertura con los de la agencia.
Desde que todo se fue al traste, espero aterrada el momento en el que Loreto, Iván o Tere —las únicas personas con las que todavía me relaciono— también me miren con ojos vidriosos y me pregunten que si soy nueva.
De momento, Loreto sigue acordándose de que trabaja conmigo, aunque cada vez sospeche más cuando no me convocan a las reuniones de equipo y tiene siempre que reenviarme los correos.
No he conseguido reunir las fuerzas ni los minutos suficientes a solas con ella para intentar contárselo.
Hemos pospuesto la conversación, pero no consigo encontrar el momento.
Tere sigue saludándome con la calidez de siempre, regalándome galletas.
Los ojos de Iván siguen verdes, o eso quisiera asegurar desde la distancia.
A través de una pantalla o de una punta a otra de la oficina, no alcanzo a estar segura del todo.
De vez en cuando, lo sorprendo buscándome.
—Os escribí un mensaje esta mañana y hablé con tu compañera por teléfono.
—Mentira, porque podría jurar que había sido con ella, pero bastante mal se siente la pobre.
No es culpa suya, y preferiría no enseñarle el mensaje en el que me confirma la reserva para que no cortocircuite y se le nublen los ojos—.
No te preocupes si no, puedo intentarlo otro día.
—Perdónanos, de verdad. Aún nos estamos recuperando de la locura de septiembre, ¿sabes? Te apunto en la lista de espera y te llamamos si se libera algún hueco a esta hora. ¿Te funciona bien?
Aunque finjo consultar mi calendario vacío, sospecho que se olvidará de mí en cuanto salga por la puerta, así que no mantengo ninguna esperanza cuando vuelvo a la calle, remangándome el conjunto de pilates. Quizás ha sido demasiado pronto para sacar las mallas largas.
No es decepción lo que siento, realmente. Es algo parecido al alivio, al desahogo, como si confirmar mis sospechas de que algún espíritu maligno está borrando mi existencia de la faz de la tierra fuese un bálsamo para mis nervios. Si me puedo anticipar, es casi como si lo controlara.
«Pero ¿es que no eres consciente de lo descabellado de todo esto?».
Desde luego que sí, pero cuanto más tiempo consiga mantenerlo debajo de la alfombra, mejor. Si le doy más vueltas, engordará y engordará hasta que me tropiece y me caiga de boca.
Mi piso está a tan solo un par de calles. Giro a la derecha dos veces y, si consigo no perderme en la pequeña placita con entradas y salidas cambiantes como las escaleras de Hogwarts, seré capaz de ver mi ventana de frente.
Siempre abierta, para ventilar; algo que se ha convertido en una obsesión estas últimas semanas. El apartamento llevaba tantos meses vacío que no consigo quitarle el olor a cerrado. Todavía no lo siento un hogar, sino más una casa abandonada en la que me he colado.
El episodio del pódcast que estoy escuchando, que desgrana detalle a detalle un asesinato de lo más cruel en un pueblecito de Estados Unidos, no ayuda para nada a apaciguar mis nervios cuando, a lo lejos, veo mi ventana cerrada a cal y canto.
Y a una mujer acomodando las cortinas.
Soy consciente de que ir corriendo y subir sin avisar a nadie de que, probablemente, me hayan entrado en casa a robar o vete tú a saber qué, es lo menos inteligente que he hecho en los últimos meses. Casi diría que ocupa un orgulloso segundo puesto.
Me encuentro la puerta cerrada, como si dentro todo siguiese como siempre, pero el olor a lejía y el repiqueteo de la cerámica contra la encimera me aseguran lo contrario.
No cierro la puerta del todo, por si acaso tengo que ejecutar una huida rápida. Dejo las llaves en el mueble de la entrada y avanzo con sigilo hacia la cocina, donde veo a una señora bajita, con el pelo blanco, tacones y medias, hurgando en mis armarios.
—¡Señora Celes! Qué susto me ha dado, casi llamo a la policía y todo. ¿Qué hace usted aquí? ¿Ha subido a Madrid con mi madre? No me ha avisado...
La anciana pega un respingo, como si no se esperase que alguien, como su propia inquilina, pudiese aparecer en casa.
—¡Uy, niña! ¿Cómo has entrado tú aquí? ¿Me he dejado la puerta abierta?
—¡No! No se preocupe. He... he entrado con la llave.
—¿Con qué llave?
No quiero pensarlo, no me atrevo ni a imaginarlo antes de verlo. Pero cuando la señora se gira, ahí están. Dos ojos arrugados, profundos, sabios... y blancos como la leche.
«No, no, no, no, nononono. Esto no puede estar pasando».
—Celestina, soy... yo. Emma. La hija de Rosario, ¿se acuerda? —le explico, adelantando ambas manos como si fuese a abalanzarse sobre mí.
Lo siento, pero las señoras mayores y las niñas pequeñas son lo más aterrador que existe. Solo hay que ver cualquier película de miedo.
—¿La Rosi de Alcalá? Claro que sí, como una hija para mi Juan y para mí. Pero ella no está aquí, cielo. Estás muy perdida, me parece a mí.
—No, no... Ella es mi madre, Celes. ¿No recuerda que me alquiló el piso? Por eso tengo las llaves, se lo estoy cuidando. Llevaba meses vacío después de June...
Si no supiera todo lo que sé, culparía a la edad o a la demencia.
Por desgracia, mi realidad es muy distinta.
—¡Qué alquiler ni que alquiler! Yo no me he metido en ninguna cosa de esas.
El piso está esperando a mis nietos, que en algún momento lo querrán.
—La mujer se va acercando, y su tono de voz subiendo—.
Mira, niña, no sé quién eres o cómo has entrado, pero no te vas a aprovechar mí, por muy mayor que sea.
—¡Celes, no! Pero... ¡mire! Están mis cosas por todas partes: mi ordenador, la maleta, toda la ropa del armario. ¿Quiere que se la enseñe?
He intentado hacer entrar en razón a varias personas que se encontraban en medio de uno de estos episodios sin que sirviera de nada.
Beto, Nico, hasta Biel. La expectativa de quedarme en la calle hace que quiera intentarlo una última vez, así que me dirijo corriendo a la puerta de entrada a coger mi bolso y mi maleta para demostrarle que no puedo haber metido todas mis cosas en un minuto en la casa.
He vivido el suficiente tiempo aquí dentro como para haberme expandido a todas las estancias... aunque mi olor no lo haya conseguido.
No sé qué esperaba que pasase. Quizás no confiaba del todo en tener éxito, lo confieso, pero encontrármela a pocos centímetros a mi espalda al erguirme no encabezaba la lista tampoco.
—¡Gentuza, fuera de aquí! Anda que entrar en casa de una anciana en pleno día e intentar engañarme... ¡Será posible!
—¡Celes, no! Disculpe, pero tengo un contrato. ¡Llevo semanas viviendo aquí! —Intento no gritar, pero la voz me sale más alta de lo que quiero al estar luchando contra empujones.
No puede echarme de mi casa, ¿no?
Desesperada, me agarro al último clavo ardiendo que veo a mi alcance.
—Esto no es legal... ¡Llamaré a la policía!
Casi ha conseguido echarme al rellano, con los dos bolsos y la maleta a cuestas, cuando detiene los empujones e intenta cerrar la puerta con mis pies aún dentro del piso.
Está atardeciendo, apenas entra luz por los pequeños ventanucos de las escaleras, así que lo único que alcanzo a ver es la silueta a contraluz de Celestina, los ojos brillantes y perlados aún por la magia o lo que cojones sea esto, y una expresión descompuesta por el miedo y la rabia.
Por un segundo, siento lástima. Es solo una pobre señora que realmente cree que una desconocida se ha colado en su casa. Una chica a la que no recuerda. No sabe por qué, pero no lo hace, por más que lo intenta.
De ahí que deje de luchar, de hacer fuerza.
Consigo agarrar la maleta con ambas manos, y salgo del todo del umbral de la puerta.
—¡Como vuelva a verte por aquí, sinvergüenza, seré yo la que llame a la policía!
El aire y el estruendo del portazo me despeinan.
La escucho sollozar al otro lado de la puerta, llamar alarmada por teléfono a su hija y no despegarse de la mirilla.
No lo hará hasta que me vaya, y no quiero ser la razón por la que una señora inocente no duerma esta noche, así que murmuro lo más alto que puedo un «lo siento» y bajo las escaleras corriendo.
Sip, estoy en casa
Por?