Encantada de olvidarte 20. «breathin» – Ariana Grande
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20. «breathin» – Ariana Grande

breathin – Ariana Grande

El broche perfecto para la semana de mierda que llevo es que nadie se haya acordado de mí para la reunión de seguimiento de la campaña de Erea.

Loreto me ha escrito infartada a los quince minutos de empezar, preguntándome en mayúsculas «dónde cojones estás».

Ni siquiera tenía la convocatoria en el calendario.

Me gustaría decir que me sorprende, pero estaría mintiendo.

Los resfriados inventados, los cólicos por la regla (esos, desgraciadamente, eran muy reales) y la visita de un técnico de la caldera (que ni ha venido ni se le espera) me han salvado de tener que volver a esa oficina.

Y los pocos días que he ido me he refugiado en mi silla, levantando lo justo la mirada del portátil y pidiéndole a Loreto que hiciera todo por mí.

—Estás rarísima. No sé qué mosca te ha picado —me dice cada vez que rehúyo la mirada de alguien de sopetón, algo que sucede más veces de lo que me gustaría a lo largo del día.

Respondo automáticamente que es por Iván y por los cuchicheos, pero siempre me viene con que «absolutamente nadie está hablando del tema».

También la tengo mareada con tanto cambio de sitio, pero prefiero evitar a toda costa otra confrontación con Nico y Beto.

No sé cómo reaccionaría todo este jaleo cósmico ante una persona perfectamente consciente de quién soy.

A lo mejor, con Loreto a mi lado, desaparecerían las miradas vidriosas y las contradicciones que no paran de perseguirme.

O, tal vez, la hechizarían con su delirio y acabaría por olvidarse de mí también, como, al parecer, lo está haciendo todo el mundo.

Por ahora, me inclino más hacia no correr el riesgo.

—Perdona, sí, ya estamos todos. Gracias, Loreto. No... no me había dado cuenta —dice Biel cuando me uno a la llamada, con el micrófono en silencio, y saludo con la mano.

LP

Iván me ha escrito preguntando por ti.

No entiendo a esta gente inútil que no sabe ni convocar

una reunión.

Sus mensajes son secos, como abandonados al sol en pleno verano. Los bordes se han empezado a arrugar, pero es algo que tampoco estoy preparada para enfrentar ahora mismo. Al parecer, todo me viene grande.

—Como iba diciendo, chicas, ahora que está Emma —Iván se aclara la garganta al pronunciar mi nombre, atragantándose con él—, Erea nos ha ajustado aún más el presupuesto para el rodaje, pero contamos con él.

Eso sí, necesitan hacerlo la semana que viene para que nos dé tiempo a pasar todas las aprobaciones antes de lanzar la campaña.

Me limito a asentir.

—Nuria —sigue— se ha desvinculado del proyecto, así que somos los que estamos.

En resumen, seis personas. Para la campaña del año.

Algo había escuchado por ahí, sí. Hace días que no la veo en copia de algunos correos, pero pensaba que Iván y ella se habrían repartido las tareas.

Parece ser que no y que se desentiende completamente. Y me siento culpable, porque ya no distingo qué cosas han caído por su propio peso y cuáles he empujado yo hacia el foso. Quizás, si siguiera siendo la persona más interesante de la oficina, Nuria seguiría haciendo su trabajo.

Me corroe un malestar del que no puedo alejarme por una situación que tampoco puedo solucionar.

—Estábamos revisando el planning y decidiendo quién asumirá sus tareas.

No te preocupes, nos las vamos a repartir entre todos, pero viendo lo avanzados que vamos con tus diseños y lo que nos están costando los claims , queríamos pedirte soporte con los proveedores y la influencer que usaremos para el vídeo.

Estoy yo con ello, pero no sé si es mucho pedir...

Hay momentos en los que sí que me gustaría que él también se hubiese olvidado de mí.

«Es broma es broma es broma es broma es broma es broma es broma».

—Claro, no. O sea, no es mucho pedir. Sí, está bien. Gracias —mascullo bajito desde el suelo de mi casa, frente al sofá y atrapada por la mesa del salón. Cuanto menos espacio tenga, menos probabilidades hay de que me desintegre en pequeñas moléculas invisibles.

Vuelvo a silenciar mi micrófono tras mi breve intervención.

Tras repasar por encima el estado de todas las patas del proyecto y decidir qué contratiempos consultamos con cliente y cuáles mejor que no trasciendan, empezamos a despedirnos.

—Emma, ¿te quedas un minuto, por favor?

Genial. No puedo decirle que no, ni siquiera ahora.

Nos quedamos solos, él y yo, aunque solo compartamos una pantalla.

—Quería decirte que... O, más bien, preguntarte si... esto... ¿Puedo ayudarte con algo?

«¿Puedes revertir una maldición?».

—Ya te dije que estoy bien, no hace falta que insistas. No soy una niña pequeña. Solo me encuentro...

—No me refiero a eso —me corta—. Te escuché la primera vez, y la segunda, y lo respeto.

No me encanta, pero lo respeto. De todas formas, lo que te estamos pidiendo no es parte de tu trabajo y, si me necesitas para negociar presupuestos o tienes alguna duda...

Me puedes escribir, ¿vale? Y ponme en copia de todo.

Me sermoneo por mi actitud nada más termina de hablar. Nada de esto es culpa suya, y yo estoy haciendo que tenga que lidiar con todas las consecuencias y las partes más feas.

—Lo siento, es que... Tenemos muchos frentes abiertos y es un poco estresante —me disculpo sin mirar mucho a la cámara, evitando sus ojos incluso a través de la pantalla.

—Y lo que yo estoy intentando es ahorrarte cualquier presión extra.

Te agradezco mucho tu ayuda; sé que ha sido una encerrona en toda regla, pero tengo que confesar que no puedo con todo solo.

No sé qué mierdas le pasa a Nuria, o qué tipo de té ha incluido en su rutina y está afectando a su sistema nervioso, pero está insoportable.

Más que de costumbre, quiero decir, y se contradice constantemente.

La campaña se le ha atragantado, supongo.

Iván nunca habla tan rápido.

Como un autómata, se pellizca el puente de la nariz y recupera su versión más calmada y corporativa. No es mi preferida, pero es la única que tengo derecho a disfrutar. Me he encargado de matar y rematar a todas las demás.

—Tenemos que darnos prisa; en menos de una semana deberíamos estar en Sitges grabando la campaña, y con el festival de cine va a ser una locura.

Lo peor ya está hecho; ahora te meto en el hilo de correos y ya sigues tú, pero falta contactar con los cámaras y hacer las reservas de hotel. ¿Te encargas de eso?

Lo echo de menos. Lo echo de menos a rabiar.

Y no es un sentimiento al que esté acostumbrada porque no tengo a gente en mi vida tan volátil como para desaparecer de la noche a la mañana.

Loreto está condenada a trabajar conmigo para siempre (más o menos, y todo eso contando con que no esté preparando los papeles del divorcio), Olivia y Gabi son familia, y paro de contar.

Ni siquiera echo de menos a mi ex, a ninguno de ellos.

Si no quieren estar, no se les guarda el sitio.

No me siento sola cuando me falta gente que no aporta nada a mi vida; en todo caso, me hace apreciar más lo que tengo, lo que he elegido cuidar, lo que ha decidido quedarse. Siempre ha sido así.

Pero Iván... quería aguantar, quedarse. Soy yo quien le empujó fuera de malas maneras.

Intercambiamos un par de palabras más y cuelgo la llamada. Sé que se ha estado conteniendo, pero tengo demasiado miedo como para dejarle entrar de nuevo.

—¿Cómo voy a saber que estás libre? Ni que fuera adivina.

Loreto me ha llamado en cuanto mi circulito de Teams se ha puesto verde.

Tenemos una señal para saber si de verdad estábamos ocupadas o solo aparentándolo.

Hace mucho que no la usa. Hace mucho que no hablamos como antes.

Y hoy ha esperado para llamarme. Incluso para preguntar si podía llamarme.

Es algo que nunca hemos hecho. Simplemente...

nos llamamos. Nos hacemos hueco a codazos. Nos priorizamos.

O solíamos hacerlo.

—Ya, bueno... Claro, perdona.

Me es imposible deshacer un nudo incomodísimo que se me ha instalado en la garganta. Ardiendo, como si me hubiese dicho «tenemos que hablar» y estuviese a punto de dejarme.

—¿Qué quería Iván? —me pregunta, desganada, mirándose las uñas.

—No, nada... Darme instrucciones y poco más. Está un poco saturado por lo de Nuria, y seguro que nada le apetece menos que tener que hablar conmigo, lo que seguro lo empeora todo.

Loreto resopla y pone los ojos en blanco como si no estuviese en pantalla completa en mi portátil.

—Emma, ya vale, ¿no? Además, ¿qué han pasado, dos semanas? Tampoco le veo llorando por las esquinas. Es un adulto y seguro que es capaz de lidiar con una ruptura. Sabía dónde se metía cuando se lio contigo, y tú también.

«Eso solo es parcialmente verdad; lo de los ojos vidriosos y la gente olvidándose de mí no me lo esperaba. Y lo de que estuviese maldita, él seguro que tampoco».

—Golpe bajo, pero entendido.

Mi amiga está a punto de resoplar otra vez cuando una mano grande unida a un brazo aún más grande le rodea la cabeza por un lado y Nico le planta un beso en la sien. Ella deja de mirarme para saludarlo a él, y se le quita la cara de acelga que pone conmigo.

Yo desactivo mi cámara y me silencio.

No puedo dejar que Loreto presencie la reacción de Nico al verme; no quiero exponerla a la faena que me está haciendo el gracioso del universo.

Puede pasar cualquier cosa y eso me aterra, pero por suerte Nico no le hace ni caso a la pantalla.

Loreto se limita a hablar con él unos minutos y a despedirse poco después.

—¿Qué cojones, Emma? ¿Dónde te has ido?

—No, no, estoy aquí, es que... —digo una vez, y repito otra, porque no me da tiempo a encender el micrófono antes de que mi dupla agarre el portátil en volandas y se encierre en una de las cabinas del pasillo.

—Joder, tía... Ya está bien.

Veo a mi dupla pixelada por la falta de luz, pero distingo perfectamente lo seria que se ha puesto en un momento. Incluso más que antes.

—A ver, ¿qué?, ¿qué te pasa? —inquiere y, como si de una pregunta retórica en un interrogatorio se tratase, no me deja contestar y sigue hablando—. Porque estoy convencida de que es algo gordo. Estás irreconocible, y no me digas que es por la mudanza o por el curro. Esto ya pasa de castaño oscuro.

«Ni siquiera lo había pensado».

—¿Que me haya quitado la cámara para que Nico no me vea con estas pintas? ¿Eso es lo raro? No... no pasa nada. No me apetecía saludar.

—Y una puta mierda, Emma. ¿No erais tan amigos últimamente? ¿Es que ha pasado algo con él que tampoco me has contado? No te entiendo. Llevas semanas pidiendo ayuda a gritos y despachándonme de una bofetada cada vez que intento acercarme un poco.

—¿Qué? ¿A qué viene eso?

—¿Que a qué viene? Déjame pensar. Has pasado por tres personalidades distintas desde agosto, has cancelado planes conmigo para salir con gente que ni conoces y te has liado con un tío de la oficina.

Que, oye, por lo menos has elegido al menos imbécil, y olé tú, pero siempre me has sermoneado con que no me enrolle con nadie de aquí, que es un error garrafal...

¿Y ahora? ¿No eres capaz ni de hablar conmigo?

Llevamos años siendo amigas, trabajando juntas, leyéndonos la mente.

Siempre nos hemos contado todo, y ahora ni siquiera sé por qué le dejaste.

—Sigo sin saber qué quieres decir. Estoy bien, solo es que me encontraba... Había quedado con...

—Para. Deja de buscar excusas vacías. Lo que estoy intentando decirte es que...

—Su tono de voz es diferente ahora, y está cargado de una tristeza que se me atraganta, casi tanto como a ella—.

Si hay algo que te preocupa, Emma, puedes contármelo.

Creo que siempre nos hemos ayudado, que nos conocemos mejor que nadie, pero últimamente no paras de sorprenderme, y no para bien.

Y esto no tiene nada que ver con Iván o con que hayas empezado a salir más o...

Nada de eso. Pero ¿esto? ¿Te has mirado al espejo?

Te veo derretirte, esconderte, perderte.

Y no puedo hacer nada, porque no me dejas.

Nunca he podido mentir a Loreto, y no voy a empezar ahora.

Por eso me callo, me callo todo: me callo la manifestación, la suerte, la popularidad, las ganas de ser vista y reconocida y el foco que me quemaba con su luz.

Los errores, los intentos absurdos por abarcar todo y el dolor cuando, finalmente, me he quedado vacía.

Los brazos se me mueven solos, descontrolados. Me aprieto los ojos y me hago y deshago la coleta de manera errática y casi obsesiva.

—¿Qué estás haciendo? —me ruega mi dupla.

—No tengo ni puta idea de lo que estoy haciendo, Loreto, de nada. Todo se ha ido de madre, se me ha hecho una bola horrible y yo, ahora... Solo quiero olvidarlo, volver atrás en el tiempo y rehacerlo todo. Borrarlo.

—Emma, no sé de lo que me estás hablando. Nada, repito, nada es tan grave. No has matado a nadie. Tienes que calmarte.

—¿Calmarme? ¿Cómo quieres que me calme? Ni siquiera quería todo esto. Solo dejar de compadecerme de mí misma, sentir que era la protagonista de mi propia vida, no un personaje secundario más y... dejar de aislarte del resto del equipo. ¿No es esto lo que siempre me has pedido?

El asombro de la cara de Loreto dista mucho de ser algo positivo. No es justo, no es justo lo que estoy haciendo, pero no sé cómo parar.

A lo mejor, el duelo al perderla no es tan amargo como hacerle daño constantemente.

—Eso es muy injusto. ¿Por qué... por qué me atacas así? ¿Estás diciendo que es mi culpa?

—No... No, claro que no es tu culpa. Es... No sé. Siento que estoy perdida, que he perdido el control de todo, Loreto, y va a poder conmigo. No sé lo que quiero, no hago más que cagarla. Contigo, con Iván, con el proyecto. No sabes por lo que estoy pasando, no...

Sé que no estoy diciendo nada coherente.

— ¡PUES CUÉNTAMELO! No puedo leerte la mente, Emma, pero tampoco puedo esperar eternamente a que te acuerdes de que existo.

No entiendo qué te ha pasado, quién te ha hecho dudar de que no valías lo suficiente tal y como siempre has sido.

Tanto como para... obligarte a... cambiar, a convertirte en alguien que no eres, ¿para qué?

¿Para encerrarte y perder la ilusión por todo?

Casi se me escapa: la verdad y las lágrimas, a la vez.

—No puedo, no puedo, no puedo... —repito, entrando yo misma en ese bucle que tanto odio.

—¿Qué no puedes? ¿Contármelo? Me estás asustando. ¿Es que te estás muriendo?

—No... No me estoy muriendo, no me pasa nada. O sea, no me pasa nada así. Estoy bien. Pero necesitaría horas.

Sé que Loreto me las daría, sé que encontraría el espacio y el tiempo, aunque tuviera que inventarlo.

—Las tendrás cuando quieras, pero no me hagas perseguirte más. Estaré aquí cuando lo necesites, siempre lo he estado, pero solo soy una persona. Una humana. Una amiga que se preocupa por ti. A mí también me duele.

Solo me permito llorar cuando llaman a la puerta de la cabina y Loreto tiene que colgar.