19. «The Archer» – Taylor Swift
The Archer – Taylor Swift
Me he mirado cientos, miles de veces, en este espejo.
Esta mañana, en cambio, no sé quién me devuelve la mirada.
Me duele la cabeza y estoy cansada, pero he venido a la oficina porque no me puedo permitir que el universo destroce más mi vida.
He sacrificado mucho por mi trabajo y, mientras me queden fuerzas, las usaré para mantenerlo lejos del precipicio.
No obstante, la oficina sigue siendo territorio hostil. Si piso sin cuidado, puede que haga explotar una mina.
El colorido vestíbulo me recibe en silencio; los lunes suelen ser los días con menos afluencia. No hay grupitos esperando para entrar a la sala de reuniones ni carreras hacia la cafetería.
Aunque no es momento de bajar la guardia, porque también he decidido aparentar que todo va bien.
Recorro el pasillo con la cabeza gacha, preparada para que cualquier desconocido me intercepte para saludarme, preguntarme cómo he pasado el fin de semana o cómo hago para tener el pelo tan bonito cuando ambos sabemos que está grasiento.
Solo cuando llego a mi mesa y me deshago de mis cosas, soy realmente consciente de que he estado aguantando la respiración todo el camino.
La cantina siempre consigue calmarme, así que me acero antes de que se llene y me quedo un ratito hablando con Tere. Con ella, me río por primera vez en días.
La mesa de Iván, por suerte, sigue vacía cuando paso de vuelta. No saber si va a venir me reconcome por dentro, pero seguro que no tardaré mucho en descubrirlo.
Por supuesto, si el día ha empezado mal, solo puedo esperar que termine peor.
Nadie puede culparme por quedarme un poco pillada al ver mi bolso y mi portátil pulcramente depositados en... el suelo, sobre la moqueta.
Cuando levanto la vista, advierto que Nico ha decidido instalarse en mi mesa y está dando vueltas en mi silla , mirando el móvil y completamente ajeno a las pocas ganas que tengo de lidiar con bromitas esta mañana.
Recojo mis cosas como puedo y las dejo en la mesa de atrás, donde suele sentarse él con su dupla. La silla está demasiado alta y tiene el respaldo demasiado duro para mí.
—Oye, perdona... Entiendo que hace mucho que no vengo a la oficina, pero tampoco hacía falta que me tirases todo al suelo. ¿Habéis usurpado nuestro sitio a traición o es por lo del karaoke del otro día?
Nico alza la vista por fin y se me queda mirando.
—¿Qué me estás contando? —Su voz suena sorprendida, como si le hubiese contado un chiste malísimo que no ha acabado de descifrar del todo.
Pero lo peor llega cuando lo miro a los ojos. Son de un blanco que solo había visto una vez en toda mi vida.
Olivia recogió un gato de la calle cuando éramos pequeñas.
Era minúsculo y estaba tan enfermo que todos nos encariñamos al instante.
Se llamaba Leche Con Galletas. Era de un marrón chocolate muy bonito.
Pero sus ojos... eran blancos como perlas, albinos.
No era ciego del todo, pero su mirada era como la de un anciano con cataratas exageradas en una película de terror.
Y Nico, a sus veinticinco, se le acerca peligrosamente.
—Oye, Nico, ¿estás bien?
Muevo la mano delante de su cara, a un lado y al otro, comprobando si puede ver bien, pero su mueca de desconcierto me confirma que me ve perfectamente.
—De locos, muchas gracias. ¿Y tú? —Habla como si todo fuese normal, pero la niebla que emborrona sus ojos no desaparece. Retrocede un poco, alejándose de mí—. No nos han avisado de que empezase nadie nuevo hoy. Esta puta empresa... ¿O eres becaria? No pareces becaria.
—No tengo el día para bromas.
Estoy segura de que verme, me puede ver, pero no sé si es que no me oye o si se está quedando conmigo.
—¿No tienes dupla?
—¿Cómo que si no tengo dupla? ¡Nico! ¿Qué narices?
—¿Tu dupla también se llama Nico? ¡Qué casualidad! Pero ¿es Nico-Nico o Nico-Nicolás? Porque yo soy Nico-Nico, pero es raro; todos los Nicos que conozco son Nico-Nicolás.
—Aprende a leer a tu público. No me está haciendo gracia.
El barullo a nuestro alrededor cada vez es mayor. Veo a Beto doblar la esquina y acercarse a nuestro pequeño cubículo.
—No has contestado a mi pregunta. ¿Es Nico-Nico o Nico-Nicolás?
—¡Es Loreto! Por si te has dado un golpe en la cabeza y no te funcionan las neuronas, mi dupla es Loreto.
—El otro chico entra en nuestra zona y, algo perdido, deja su mochila y la bolsa del gimnasio en el sitio contiguo a Nico.
Él también se ha dado cuenta de que no es su sitio habitual, pero decide dejarlo estar—.
¡Beto! Dile a este que me deje en paz, por favor, que me está poniendo de los nervios.
—¡Bueno, bueno, fierecilla! ¿Nos conocemos? Me encantaría, créeme, pero no sé si son maneras de presentarse. Además, Nico es un trozo de pan, dudo mucho que tenga la capacidad de enfadar a nadie.
«¿Qué cojones?».
Intuyo que encontraré sus ojos empañados antes incluso de verlos, y no me equivoco. Son opacos, de un blanco mate que me aterra.
—Beto…, ¿esto va en serio? Por favor, chicos, parad. —La voz se me queda atascada en la garganta, no llega a los labios, que se me han quedado secos. La boca, pastosa. La vista, borrosa—. ¿Dónde se ha metido Loreto?
—¿Conoces a Loreto? ¡Hombre! Una tía majísima, la verdad. Ni puta idea de dónde está, es un espíritu libre...
—¿Mi dupla? Sí, claro que la conozco. En serio...
Si estuvieran fingiendo, Beto sería merecedor de un Oscar. Su rostro, su mueca... No puede ser falso. No sabe quién soy.
Un chasquido y vuelve a hablar.
—Pffff, Nico, esta se cree más lista que nosotros. Siento informarte de que Loreto no tiene dupla. Ahí te has colado.
—¿Cómo que Loreto no tiene dupla? ¿Cómo no va a tener dupla?
Llevo dos años con ella. Ese... ese es mi sitio.
—Por las caras que ponen, o no se acuerdan o unos extraterrestres invisibles les acaban de hacer una lobotomía en mis narices—.
Salimos de fiesta juntos la semana pasada, y hace dos. Con Leire también, Beto.
Tengo la piel empapada de sudor frío y un presentimiento horrible.
La primera decisión que tomo es que no se trata de una broma, porque no podrían haberla sostenido durante tanto tiempo y, bueno, sobre todo por sus miradas perdidas y anubarradas.
Otro chasquido y vuelven a hablar. Primero, Nico:
—¡Ay, hola! Perdona, ¿necesitas ayuda?
—No, ¿y tú? —contesto, por decir algo.
—De locos, muchas gracias. Nadie nos ha dicho que hoy empezase una creativa nueva. Esta jodida empresa... ¿O eres becaria? No pareces becaria.
—¿Qué cojones?
Es Beto quien me corta:
—¡Esa boca, fierecilla! ¿Nos hemos visto antes? Me acordaría, créeme, pero no sé si son maneras de presentarse.
Se repiten en bucle, ajenos por completo a mí o a cualquier cosa que suceda a más de un par de metros de distancia. No atienden a estímulos, solo se responden el uno al otro, como un juego que se ha quedado colgado.
¿Es eso? ¿La fuerza del cosmos ha petado sus cerebros y han cortocircuitado? ¿Me... me han olvidado?
Atrapados en un tirabuzón cuyo fin no soy capaz de ver, Beto y Nico no se dan cuenta de que, con las piernas hechas un flan, salgo pitando hacia el baño. Ellos siguen y siguen.
Hay algo extrañamente absurdo que hace que salten todas mis alarmas: nadie, absolutamente nadie (después de semanas y semanas de no poder avanzar dos pasos sin un «¡qué piel tan bonita!
» o «te he guardado mi aguacate del desayuno porque sé que te encanta»), repara en mi presencia. Caras largas, miradas al suelo.
Ni parándome en medio del pasillo, bloqueando el tráfico de primera hora de la mañana, logro que nadie levante la vista.
Está claro que algo ha cambiado.
Nadie parece saber quién soy. Vuelvo a ser invisible, solo que mucho más que hace unos meses. Mucho más que irrelevante: transparente.
La puerta del baño no está lejos, pero el cuerpo de Iván la bloquea. Está ahí, parado frente a la entrada, charlando.
Su piel luce pálida, como si se hubiese pasado todo el fin de semana vomitando, y empeora cuando algún tipo de fuerza magnética le avisa de que estoy cerca. Me busca, pero yo ya estoy detrás de él, apartando a varias personas con mochilas para poder encerrarme en un cubículo.
Y respiro. Aire dentro. Aire fuera. Se atasca, porque creo que estoy llorando, pero consigo que salgan. El aire y las lágrimas.
—¡Emma, Emma! ¿Qué pasa? ¿Estás bien?
La voz de Iván retumba en los espejos y se cuela por debajo de las puertas.
—¡Oye, tú! No puedes estar aquí, ¡venga, fuera!
Reconozco a Dolores, la secretaria de dirección. Quizás estaba en uno de los baños cuando he entrado, no la he visto. No sé si ella también se ha olvidado de mi completa existencia.
—Disculpa, Dolores. Solo quiero saber si Emma está bien. Creo que se encuentra mal.
—Aquí no hay nadie. Y aunque lo hubiera, te esperas a hablar con ella fuera. Vamos, lo que me faltaba por ver...
Ahí tengo mi respuesta.
Sombras de pies y voces atenuadas se cuelan por debajo de la puerta, alejándose del baño y dejándome, una vez más, sola.
Poco después escucho pasos que regresan.
—Emma, ¿estás ahí? ¿Eres tú?
Si hablase ahora, se me quebraría la voz y no podría contenerme más; con lo que me está costando no ponerme a llorar como una descosida.
Iván toma como respuesta una respiración fuerte y errática que no puedo ahogar, y jadea al otro lado de la puerta.
Se inclina sobre sus piernas, o eso creo; lo intuyo en su sombra.
Yo estoy hecha un ovillo encima del retrete, abrazándome las rodillas para que el espacio a mi alrededor sea lo más pequeño posible.
Me hace sentir más segura, o menos expuesta, como cuando te encuentras mal y remetes las sábanas a tu alrededor para que te envuelvan.
—¿Qué ha pasado? ¿Necesitas hablar?
—No.
Y es el «no» más sincero y falso que jamás he dicho.
—Joder, Emma, vale.
—Vete, por favor. Estoy bien. Solo necesito un minuto.
—Bueno, eso no es un monosílabo. Algo es algo. —Su voz tiene un subtono gracioso, habitual en él. Excepto cuando grita porque le he hecho daño, pero prefiero no recordar eso—. ¿Puedes abrir un segundo, por lo menos? Solo quiero asegurarme de que estás bien.
Se me escapa una carcajada, o un quejido. Más bien, una dramática mezcla de ambos.
—Oye, Emma, yo... Si es por lo del otro día, por mí, podemos hablarlo. Qué egocéntrico suena, pero... Joder. Mira, he estado pensado mucho estos días. Quería escribirte, de verdad. Me arrepiento mucho de no haberlo hecho.
—No es por ti —lo interrumpo.
—Entonces, ¿qué cojones es? ¿Qué ha pasado ahí fuera? ¿Tengo que cargarme a alguien? Sabes de sobra que lo haría.
Explicárselo no es una opción.
—No pienso moverme de aquí hasta que salgas, aunque venga Biel a sacarme de los pelos.
—Deberías estar enfadado conmigo.
—Lo estoy. Estoy que me hierve la sangre, joder.
Estoy cabreado contigo, y también conmigo por no haber sabido comprenderte mejor, comprenderlo todo.
—Oigo a Iván levantarse del suelo y un golpe seco en la puerta, leve, como si hubiera apoyado la cabeza o un brazo—.
Me jode admitir que estaba demasiado implicado, o que lo sigo estando.
Todavía no entiendo nada de lo que pasó, pero no pienso darte la razón.
No voy a permitirte hacerme pensar que nada fue real.
Lo que sí me ha quedado claro es que no quieres saber nada de mí, y no voy a quedarme esperando a que te des cuenta de que estabas equivocada conmigo.
—Entonces, ¿por qué sigues aquí? —sigo, buscando razones por las que debería dejarme sola, por si acaso él no es consciente.
A lo mejor necesita que le señale lo que he hecho mal, mis errores, todos mis defectos, para que pueda verlos tan nítidos como yo de una vez.
Y creo que, por fin, lo he conseguido. Que se aleje.
—Yo me estoy preguntando lo mismo.