Encantada de olvidarte 18. «everything i wanted» – Billie Eilish
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18. «everything i wanted» – Billie Eilish

everything i wanted – Billie Eilish

—Perdona, ¡eh! ¿Me das el pin o qué?

Casi le doy un portazo al repartidor en la cara, pero es que solo he abierto lo indispensable para poder agarrar la bolsa de comida rápida y meterla corriendo en casa.

—Noventa y tres, diez.

Esta es la primera interacción con otro humano que tengo desde el jueves. Bueno, la segunda, si contamos al repartidor que me trajo comida para cuatro personas y me gritó por el telefonillo.

El viernes después de la noche fatal, me quedé en casa y no trabajé absolutamente nada.

Loreto tuvo que cubrirme y todo el mundo se pensó que estaba con una resaca fulminante.

La bomba de humo con la que desaparecí justo después de romper con Iván no ayudó precisamente a mi causa, que digamos, y Loreto me habló con sarcasmo encubierto buena parte de la mañana.

Le pedí perdón por desaparecer y ella me reclamó unos bocetos que tenía que haberle enviado a principios de semana. Optimista, esperé unos minutos, a ver si escribía algo más y, al final, se los pasé de mala gana. Recibí un pulgar arriba como única respuesta.

Sobra decir que tampoco acudí a la cena con las chicas de cada viernes (en total, creo que hemos cenado juntas una vez; ¿eso cuenta como tradición?), pero sí vi sus ubicaciones juntas en casa.

Durante horas, intenté escribir un mensaje, entrando y saliendo de la aplicación de manera compulsiva, pero no sabía qué decir.

Pasada la una de la madrugada conseguí escribir un inocente «¿qué tal?

» seguido de una excusa barata sobre que me acababa de despertar después de muchas horas de power nap.

También les propuse quedar otro día del finde para compensar que me había perdido (una vez más) nuestra cena, y ambas me respondieron que no podían, pero que a ver si la próxima vez conseguíamos cuadrar.

La ansiedad de los domingos por la tarde me afecta hoy más que nunca, porque mañana no es solo lunes.

Es lunes después del kickoff , lunes después de este fin de semana alejada de todo y de todos.

Una parte de la agencia seguro que nos vio besándonos.

La otra, a él volver solo y, no sé, beber muchísimo...

o no, o simplemente seguir con su noche como si nada.

Tampoco sé nada de él.

Llevo un rato pensándolo. No en Iván, sino en usar el último remanente de energía antes de que anochezca para escribir a las chicas. Un último empujón, un desesperado intento por arreglar el fin de semana.

Me levanto para abrir la ventana y dejar que entre el sol dorado del atardecer, además de una brisa que ventila lentamente la casa.

La imagen es bonita: la mesa de café de segunda mano que compré baratísima por internet encima de una alfombra sacada de cualquier serie de época, enmarcando todos los recipientes de cartón abiertos y a medio terminar.

Parece una comida tardía de domingo improvisada para todo un grupo de amigos, que seguro habrían quedado a tomar algo a mediodía y el aperitivo se habría alargado hasta unos juegos de mesa en la casa más cercana.

Sin embargo, aquí estoy solo yo. No hay grupo, ni aperitivo ni Jenga; solo un pijama viejo y desparejado que no me he quitado en tres días, bolsas de comida a domicilio y, de fondo, capítulos de series aleatorias que son lo único que puedo tolerar.

Nada de un grupo de amigos en el MacLaren’s Pub; ya no.

Me cuesta traducir todo lo que siento en un idioma que conozca; no encuentro las palabras en el mío ni las he escuchado en ninguna canción en otro.

No me he quitado ningún peso de encima ni me siento aliviada.

Más bien abrazo un vacío que no entiendo, porque no sé qué habitaba ese hueco antes, pero ya no está.

Es complicado explicar cómo se puede echar de menos una parte de algo cuya forma no conoces, ni cuánto pesa o cómo se ve.

Simplemente sospechas que no está donde debería, porque moverse sin ella es antinatural. Duele como si siguiese ahí.

Escucho el clic de la cámara del móvil capturando el sol, las sobras y la alfombra, la fotografía se guarda en mi galería y, acto seguido, se la mando a las chicas con un sencillo mensaje.

(1) Foto

Contra los sunday scaries 3

Espero que la referencia a algo tan de nosotras ablande sus corazones. Con una esperanza calmada, me quedo absorta mirando la pantalla, así que veo a Gabi escribiendo unos segundos y el mensaje según llega:

Gabriela Godoy Tía, la verdad es que flipooooooo con ella, es que está en la parra, normal que estés cabreada

Te preguntó qué tal con Marcos? A que nooooo?

Releo los mensajes una y otra vez, esperando que cambien o se reescriban solos.

Me tiemblan los dedos y ni siquiera oigo el golpe del móvil chocando contra el suelo.

El corazón, agitado, se me sube a la garganta, provocándome una arcada.

Los ojos se me llenan de lágrimas y la sangre corre por mis venas mucho más rápido de lo recomendado.

«No sé, no, no, no, ¿qué? No, no».

«Seguro que se ha equivocado».

«No se ha equivocado, Emma, vamos».

«En realidad, sí. Nunca tendría que haberlo mandado al grupo».

«No puedo más».

Tengo sueño, llevo todo el día dormitando.

Esto tiene que ser una pesadilla.

Cuando recojo el móvil del suelo, limpiándome los lagrimones con el dorso de la mano, tengo miedo de lo que vaya a encontrarme.

Durante un momento no veo nada, porque el agua sigue anegando mis ojos. Después, sigo sin ver nada, porque Gabi ha borrado los mensajes del chat.

Solo queda el aviso, el hueco, la angustia. El síndrome del miembro fantasma, amputado y lacerante al mismo tiempo.

Me despierta la vibración del móvil sobre la mesita.

—¡Hola, cielo! Uy…, ¡qué cara! ¿Estás enferma? ¿Tienes fiebre?

Los perros ladran, saltando para colarse en la pantalla.

—Solo estaba dormida, mamá —miento. Si tuviese un contador que recogiese todas las mentiras de esta semana, ya hubiese salido ardiendo por sobreactividad—. ¿Qué hora es?

—Hora de cenar. ¿Has cenado? Te he escrito varias veces y, como no me has dicho nada, me he preocupado. Todo el día pegada al móvil... ¿Para qué lo tienes si no?

Me llevo las manos a los ojos en un inútil intento por desperezarme y apartarme el pelo de la cara.

—¿Qué te pasa, cariño? ¿Estás bien?

Resoplo involuntariamente y mi madre lo entiende sin palabras.

—¿Te sientes sola, cariño?

—Un poco, mamá.

Sé que no se refiere al mismo «sola» que yo, porque para ella nunca estaré sola si estoy rodeada de gente. Aun así, estoy harta de esconder la verdad.

—Es normal, cielo. Es una casa muy grande —musita con la boca pequeña— para ti sola, de noche... ¿Por qué no te vienes a cenar? Yo te pago un taxi de esos, no me cuesta.

—Claro que sí te cuesta, mamá. —Y un ojo de la cara, además—. No te preocupes, no tengo hambre, creo que me voy a ir a dormir pronto.

—Nena, ¡tienes que cuidarte! Las chicas y yo no podemos estar todos los días pendientes de que te alimentes como Dios manda. Has de aprender tú sola para que tu vieja madre se quede tranquila.

Es una exagerada, es jovencísima.

Sin embargo, tiene razón en muchas otras cosas, como en que nadie está aquí para cuidarme y, si hay una persona en la faz de la Tierra a la que le importe menos mi bienestar, esa soy yo.

No me merezco estar bien, no después de todo lo que he provocado.

—Te tratas muy mal, Emma. Te matas a trabajar, por los demás, y nunca tienes tiempo para echar el freno y darte un poco de tiempo para ti misma, para recordarte que te has ganado lo bueno que pueda llegar.

—Ya no... no sé si es así. No me encuentro bien, mamá. No me encuentro.

—Ay, nena, no me puedes decir eso estando a tantos kilómetros. Sea lo que sea, no merece la pena. Nadie, nada, ni aunque parezca lo más importante del mundo, lo es tanto como para acabar contigo.

Las verdades arden, escuecen y supuran mucho más intensamente que las mentiras.

Nada, ni lo que más creía desear en el mundo, compensa tener que sacrificarlo todo.

La luz de la luna, que aún no está llena del todo, ilumina el salón con más fuerza que la pantalla de mi móvil.

Mientras mi madre sigue dándome instrucciones sobre lo que debo o no hacer, comer o sentir, como si pudiese controlarlo, yo me concentro en ese círculo blanco con suficiente poder como para influir en las mareas.

Y en mi vida y en la de todos a mi alrededor.

Y la maldigo, por darme tanto y quitarme aún más. Por convertir un simple deseo trivial en la peor de mis pesadillas. Por escuchar a una chica estúpida, aburrida y superficial que no supo apreciar todo lo que tenía.