Encantada de olvidarte 17. «El encuentro» – Alizzz, Amaia
59%

17. «El encuentro» – Alizzz, Amaia

El encuentro – Alizzz, Amaia

Estoy harto de portarme bien, Emma

Cuando he visto a Iván concentrado en su móvil, dudando un par de segundos y escribiendo un mensaje rápido, quería que fuese para mí.

Ha encontrado mis ojos sin esfuerzo justo cuando ha levantado la vista porque, obviamente, estaba mirándolo.

Es algo que no he podido dejar de hacer ni un solo segundo en toda la noche.

Cuento al menos un millón de personas entre nosotros, tirando de nuestros brazos en direcciones contrarias, pero seguimos encontrándonos.

Puede que todo esté en mi cabeza, no lo niego. Puede que, aunque vaya corriendo hacia él y lo bese en medio de la pista de baile, nadie se dé cuenta. Me cuesta imaginarlo, sobre todo después de convertirnos en los protagonistas indiscutibles de la noche.

De momento, me trago las ganas y, simplemente, asiento en su dirección. Los acordes relajados de una canción empiezan a sonar, e Iván se acerca a mí pausadamente desde el rincón en el que esperaba sin ninguna paciencia.

Hace rato que no veo a Loreto.

Vuelvo a echar un rápido vistazo al móvil, por si acaso me ha escrito, pero nada. El último mensaje en su chat sigue siendo mío, de esta noche, preguntando dónde se ha metido.

También le he mandado una foto a las chicas tras nuestra victoria: un selfie con el micrófono en la mano y un breve mensaje poniéndolas en contexto. El subidón de adrenalina me ha dado fuerte, pero he extrañado celebrarlo con alguien importante para mí.

Aún no he recibido respuesta.

Pruebo a salir del corrillo donde me encontraba y dejar vía libre al chico que viene a por mí, desplazando el resto de mis pensamientos a un rincón donde pueda ignorarlos un rato.

Nadie parece reparar en mi ausencia.

—«He pensado en ti más de la cuenta» —me canta Iván, rodeándome, y yo arqueo la espalda, dejándome caer y riéndome en silencio. Sé que no son sus palabras, pero de todas formas...—. ¿Qué vamos a hacer, Emma?

Noto su copa fría en el brazo, y es como si me tiraran un cubo de hielos por encima.

—¿Qué más quieres de mí? —me atrevo a preguntarle—. Ya te he coronado campeón.

Hablamos casi a gritos en el oído del otro. Es difícil escucharse por encima de la música. Amaia dice que está cansada de este sitio, mejor algo tranquilo, pero yo no quiero moverme de donde estoy.

—Quiero que me dejes entrar de una vez. —Iván se aparta un poco para mojarse los labios, pero vuelve a hablar, rápido, para no darme tiempo a replicar.

Sabe que lo haría—. Quiero que dejes de hacer como si no te murieses por conocerme, porque yo me muero por conocerte aquí también, fuera de tu casa, de mi coche o de tu cama. Juntos, pero fuera de nosotros .

«Nosotros».

El calor vuelve a invadirme. Escucho mis latidos cerca de las sienes.

Me repito más que el ajo, pero tengo miedo, muchísimo miedo. Me pica la piel cada vez que le hago caso a lo intranquila que me siento, como si algo estuviese a punto de explotar.

—Confía en mí.

Esto último casi no lo escucho, porque lo dice muy lejos de mis oídos y mucho más cerca de mis labios de lo que, en cualquier otro momento, le hubiese permitido. Pero el frío de sentirme tan sola lo reclama.

Y sus manos a ambos lados de mi cara me reclaman a mí. Sus besos me reclaman a mí.

Uno primero, cauto, largo y acompañado de una pesada exhalación. Su boca está fría y sabe dulce.

Me atrevo a ser yo quien abre la boca, profundizando el beso, y él lo acoge como si llevase años sediento.

Es indiscutible que, físicamente, estoy aquí, con Iván. Mis manos enredadas en él. La piel de gallina por el sudor. La gente empujándonos porque nos hemos vuelto a encontrar en un lugar de paso.

Pero mi cabeza no está aquí, en la sala de fiesta, ni en la finca.

Está en mi antiguo piso, con las chicas, cenando, debatiendo el significado de cada palabra que Iván me hubiera dicho. Pero eso nunca va a pasar.

También está en la oficina, con Loreto, teniendo uno de esos momentos nuestros en los que, casi sin quererlo, estamos pensando en lo mismo y aún no nos hemos dado cuenta. Sabría exactamente qué decir, qué hacer, cómo solucionarlo si me atreviese a contarle la verdad. Pero ella tampoco está.

Solo está Iván, y no hago más que ahuyentarlo. Confundirlo. Apartarlo. No me extraña que esté mareado. Yo también lo estoy.

Todas las películas que vi de niña me lo advirtieron: soñar con algo muy fuerte puede traer consecuencias. Y borrar el efecto es infinitamente más complicado, sobre todo si implica a otras personas.

Nadie se atreve a romper un jarrón para recomponerlo después: el agua se escaparía por las fisuras y las flores morirían.

Iván no ha parado de besarme, pero sí que nos hemos movido. Él está apoyado contra una pared y yo sobre él. Tengo náuseas, porque no se merece que la chica que lleva varios minutos besando sea una autómata, completamente desligada de la realidad.

No sé cuándo he empezado a llorar, e Iván se da cuenta antes que yo. El beso se convierte en algo húmedo y salado. Estoy temblando. El aire tarda en llegar a mis pulmones cuando inhalo y no se queda el tiempo suficiente.

—Oye, preciosa, eh... ¿Qué pasa?

Iván intenta hablar conmigo, romper mis muros, mientras me limpia las lágrimas, pero yo soy más rápida dándome la vuelta y alejándome de él.

Tras tanto insistir, creo que lo ha conseguido. He dejado de fingir, pero no como ninguno de los dos esperábamos.

—Emma, ¿dónde vas? ¡Espera!

Me sigue ciegamente, sorteando con amabilidad a la gente que yo aparto a empujones.

Entro a un pasillo amplio y bien iluminado, donde varias personas más mayores están sentadas en mesas bajas, sorbiendo sus copas y disfrutando de su versión de la fiesta. Fuman y gritan muy fuerte.

No sé a dónde voy, pero necesito estar sola. Necesito respirar. Necesito hablar con Iván y perderle de vista al mismo tiempo.

Quiero que me consuele, que me diga que nada es tan malo, pero también quiero que desaparezca, pues tiene el poder de convencerme de que él merece la pena, porque la merece, y que sacrificar todo lo demás es un precio justo que estoy dispuesta a pagar. Y la verdad es que no.

No quiero tener que sacrificar nada, no estoy dispuesta a pagar cualquier precio. Por una vez, quiero tenerlo todo, y no quiero tener que manifestarlo. Estoy harta de que unas estrellas que no me conocen decidan por mí.

Con la mirada perdida e Iván pisándome los talones, abro una puerta cerca de los baños y tanteo la pared en busca de un interruptor. Parece un almacén. Y está vacío, justo como lo necesito.

Hasta que Iván entra detrás de mí.

—Emma, oye, eh... —habla ahogadamente después de esta carrera sin sentido—.

Si no hubiera visto que estabas llorando, bromearía sobre lo de meterme en un cuarto oscuro después de un par de besos.

—Cierra la puerta tras de sí, con cuidado de no hacer ruido—.

¿Quieres decirme qué te pasa? ¿He hecho algo? Porque si es así, necesito que...

«Si fuese un capullo, hacer esto sería mucho más sencillo».

Y es que, aunque las constelaciones hayan decidido ponerme bajo los focos de una película, no hay cosa que se me dé mejor que romperlo todo, apagar la luz y esperar a que el resto de los problemas se solucionen por sí solos.

Si pongo fin a esto, tendré espacio para cuidar de todo lo demás. Nada de equilibrar; no más dudas sobre lo que es real y lo que no. Aunque Iván sea el único que me haya hecho sentir algo en mucho tiempo.

De todas maneras, qué más da. Solo es un chico bajo los efectos de un hechizo.

—No, no —miento una última vez, moqueando—. Tú no has hecho nada. Yo... me ahogo. Es como si todo el mundo me estuviese mirando, como si pudieran ver las malas decisiones que tomo antes incluso de que se materialicen. No puedo seguir con esto, yo... Necesito que se acabe.

—¿Qué necesitas que se acabe? Emma, perdóname si te he presionado más de la cuenta. ¿Es eso?

—No, Iván, por favor.

—¿Es porque a mí no me importa que nos vean juntos? —Sigue sin escucharme—. Que piensen lo que les plazca, yo solo quiero pasar tiempo contigo. Pero no me gustaría que pensases que no me importa lo que sientes o que, no sé, que lo estoy invalidando. Si es eso, podemos...

«Que pare ya, por favor».

Negando con la cabeza en todas direcciones, sigo escuchando a Iván, que no calla. No se aparta de mí, y lo que necesito es justo lo contrario. Espacio y aire. Una ventana y escaparme.

He tomado una decisión de la que ya me arrepiento, pero ya no sé como echarme atrás.

—¿Puedes callarte y escucharme? No podemos hacer nada, no hay un «nosotros».

—Trato de suavizar el tono, pero no reconozco mi voz.

Es chillona, está agitada—. Tú y yo somos demasiado.

Es sofocante. En la oficina, aquí, todo el mundo pendiente, todos los días de la semana.

Te advertí que lo último que quería era tener algo con alguien de la oficina. Es peligroso y... una mera fantasía.

«Si él supiera todo lo que eso significa en realidad».

—O sea, que sí es por mí.

Sin pronunciar palabra, sabe que la respuesta es «sí», aunque no es del todo cierto.

—También es por mí.

—No es por mí, es por ti, ¿no? Menudo cliché...

—Lo digo en serio. No podrías entenderlo.

Iván deja de darme la espalda y se gira bruscamente para enfrentarme.

—Explícamelo entonces y deja de tratarme como si fuese gilipollas, Emma. Tú no eres así.

—¿Que yo no soy así? ¿Y cómo soy, entonces?

—Pues no lo sé. No tengo ni puta idea, la verdad.

Defiendes la idea de que eres auténtica; soy hasta capaz de vislumbrarlo de vez en cuando.

Pero, a la hora de la verdad, en vez de decirme que estás acojonada porque esto, nosotros , te está empezando a importar más de lo que esperabas...

—Iván ha empezado a gritar, no mucho, pero temo encontrar al grupito de siempre con la oreja pegada a la puerta.

No lo soporto más—. En vez de enfrentarte a ello, hablarlo conmigo, decides salir corriendo y soltarme la primera frase de manual que se te viene a la mente en cuanto no encuentras escapatoria.

No me lo esperaba de ti; no quería esperarlo.

—Ni se te ocurra poner palabras en mi boca que yo no he dicho —le rebato, dolida y enfadada, porque ha dado justo en el clavo.

De todas formas, no tiene por qué saberlo—.

Deja de darle la vuelta a todo. No tienes ni idea de quién soy.

No creas que lo sabes todo sobre mí después de un polvo y un par de horas juntos.

«¿Quién es esta Emma? Ni siquiera tú te encuentras en ella».

La mandíbula de Iván está a punto de crujir de la tensión; puedo oír cómo le repiquetean los dientes.

Sus ojos verdes están tristes, húmedos de la ira, enrojecidos como aceite hirviendo.

Desde aquí, lo más alejada de él que me permite esta minúscula habitación, escucho la batalla que se libra en su garganta.

Hay dos bandos: uno de ellos quiere escupir a gritos lo que siente de verdad, y el otro prefiere dejarlo todo, abrirme la puerta y ofrecerme una salida.

No hay buenos ni malos, solo perdedores.

—¿Sabes? Creo que ni tú misma sabes quién eres, ni mucho menos lo que quieres.

Quizás tengas razón, después de todo. Esto solo ha sido…

, ¿qué fue lo que dijiste? —Iván ya ni intenta mirarme mientras confiesa todo lo que le estaba envenenando las entrañas.

Empieza a moverse erráticamente por el reducido espacio, dibujando círculos en el suelo y despeinándose el pelo con las manos—.

Ah, ya, sí. Un calentón fruto del aburrimiento en el trabajo.

Apatía, capricho, un espacio común durante muchas horas al día y...

¡ale!: creo que me gustas . ¿No? ¿Era eso?

Pura ficción, no significa nada. ¿Cómo va a convertirse en algo real si no le das ni una oportunidad?

—¿Es que no lo ves? No existe, Iván, esto no es de verdad. No importa lo que diga si no haces un mínimo esfuerzo por escucharme —digo exhalando todo el aire que me queda, derrotada.

Él no sabe que está aquí contra su voluntad, que es solo una marioneta más de, no sé, las estrellas, la luna, Júpiter o quien cojones sea el responsable de haberme jodido la vida.

Con un poco de suerte, no tendrá que darse cuenta cuando ya sea demasiado tarde.

—Claro. ¿Cómo cojones va a serlo si no haces más que fingir? Conmigo, con todos, como mejor te conviene.

—Eso es muy cruel.

—¿Cruel? ¿Quieres hablar de crueldades? Dices que no te escucho, que ni siquiera lo intento, cuando llevo semanas escondiéndome, mintiendo a mis amigos por ti.

Y ahora, lo que yo haya sentido, por insignificante que parezca, da igual: me olvido y punto.

¿No, Emma? Solo soy un polvo y un par de citas.

—Joder, Iván, no estoy diciendo eso. No... no me dejas pensar.

De repente está encima de mí, con el dedo índice apuntándome, acusador, y los ojos muy abiertos.

Está harto, y yo también. Sospecho que esta será la última vez que vea tan de cerca sus iris verdes, ahora casi imperceptibles alrededor de unas negras pupilas dilatadas, así que me permito quedarme suspendida en ellos unos segundos más. Esto es lo que quería, ¿verdad?

«Lo que quiero ya lo tengo. Lo que deseo, lo consigo».

—Sí que lo has dicho, Emma. —Tiene razón, lo he hecho—. Son tus palabras, no las mías. Dime, ¿te arrepientes?

«Por supuesto que no».

—Supongo que sí.

De pronto, la temperatura de la habitación baja cien grados, por lo menos.

—De puta madre.

—No es por lo que crees, de verdad. No puedo explicártelo. Lo... lo siento mucho.

Casi ha acabado. Tengo náuseas, pero en cuanto salga de aquí, podré volver a casa y vomitar tranquila. Metafórica o literalmente.

—Supongo que ya no vale de nada ni que lo intentes.

Miles de palabras y disculpas inconexas pesan entre nosotros, me ahogan, como si no supiera nadar, solo que no hay agua. Solo una arena fría, seca y espesa que me engulle.

Iván me mira una última vez cuando cree que no me doy cuenta. Ya no le queda ni un ápice de la fuerza con la que ha entrado. He acabado con toda.

—Me voy. Tengo que... dejar de hacer el ridículo.

Abre la puerta de golpe, que choca con la estantería metálica que tiene detrás, sobresaltándome. No hay nadie espiándonos en el umbral, y las pisadas de Iván se alejan dejando atrás un silencio que hace más ruido que los gritos.

Más tarde, esa misma noche, se desata una tormenta.

Aunque estemos a mediados de septiembre, los truenos y la fuerza de la lluvia me recuerdan a una tormenta de verano. Bochornosa, torrencial e inesperada, con la capacidad de calarte hasta los huesos en el ínfimo tramo entre el taxi y el portal.

La ventana del salón se abre con un estruendo cuando cierro de un portazo, chocando con todo lo que encuentra a su alrededor, haciendo crujir los cristales y dejando entrar una gruesa lluvia que forma charcos en el suelo.

Me hormiguean las manos, como aquella noche. Pienso en encender una vela y ponerme a escribir, pero, en cuanto veo mi reflejo en el espejo del baño, me echo a llorar y ya no soy capaz de parar hasta que amanece y consigo, por fin, quedarme dormida con la ropa de fiesta todavía empapada.