Encantada de olvidarte 16. «No Puedo Vivir Sin Ti» – Los Ronaldos #2
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16. «No Puedo Vivir Sin Ti» – Los Ronaldos #2

Me guiña un ojo sutilmente, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón.

Lleva una camisa blanca ancha que quedaría desaliñada sobre cualquier otra persona, pero junto a los mocasines y los pantalones de traje anchos, puedo decir que es el chico mejor vestido de la fiesta.

Tampoco es que sea yo la más objetiva de la sala, siendo sincera.

—Además —sigue, mirando alrededor antes de inclinarse un poco más hacia mí, algo imperceptible para cualquiera que esté mirando, pero que ha provocado que toda la sangre de mi cuerpo se agolpe en mi cuello y mis orejas. Le odio—, hacemos buen equipo. Cada día se me da mejor leerte.

Iván pone esa cara otra vez; una que solo él y yo conocemos.

Me estoy muriendo de la vergüenza.

El micrófono está en el centro, en una mesita alta auxiliar, que sospecho que volcará fácilmente en cuanto dos personas se peleen mínimamente por conseguir el turno.

Se peleen.

En tercera persona.

Yo espero no tener que participar, que perdamos en la primera ronda y poder sentarme tranquila a ver cómo el resto acaban con esta pantomima.

Parecía que el objetivo del juego no había calado en mí, hasta que la primera palabra que aparece en la pantalla es «tiempo» e Iván agarra mi muñeca antes de salir corriendo al centro de la pista.

Cuando empieza a cantar Patadas de ahogado, sé exactamente cómo seguir. Desde aquella noche, la he escuchado más veces de las que estoy dispuesta a confesar.

No es hasta que me pone el micrófono en la cara, con la suya a escasos centímetros, que consigo soltarme, aunque dudo mucho que se me escuche realmente.

Iván canta a pleno pulmón, como si llevase años en una orquesta pateándose todos los pueblos de España cada verano.

No canta bien, eso es verdad, pero no era imprescindible.

Bastan un par de estrofas a capela y llegar al estribillo juntos para que el jurado nos dé la victoria, lo que significa que, de momento, nos quedamos en el escenario.

—¡Iván y Emma demuestran una complicidad envidiable! Veremos si ha sido casualidad o si están hechos el uno para el otro...

El doble sentido de las palabras de Nuria, que no creo que suelte el micrófono en toda la noche, no pasa inadvertido para nadie, y el resto de los equipos no paran de vitorear y silbar hacia nosotros, hasta nuestros propios compañeros, que se han sentado al fondo del escenario como si nada de esto fuese con ellos.

Reparo en la mano de Iván sobre mis costillas justo antes de que apriete ligeramente, tratando de calmarme.

Quizás esté en lo cierto. Está aprendiendo a leerme.

Cuando el equipo rosa llega a nuestro lado, rezo para que la siguiente palabra sea difícil. Estoy tentada a inventarme un mantra rápido e intentar manifestarlo, visto lo visto.

No me da tiempo.

La siguiente es «vida» y, cuando miro a Iván, tiene el ceño fruncido y las pupilas dilatadas, como leyendo de lado a lado una letra invisible en el aire, buscando dónde antes ha escuchado esa palabra y cuál es la siguiente.

Vacila un segundo en lo que yo miro al equipo contrario, que salta y mueve los brazos exageradamente, como si tuvieran la respuesta escrita en la punta de la lengua y ninguno de ellos supiese descifrarla.

Iván es más rápido y salta una vez más a por el micrófono. Cuando empieza a cantar la letra de una canción que conozco, me encojo de hombros frente a todo el mundo y corro hacia él, resignada a ganar por segunda vez.

El público vuelve a aplaudir cuando llegamos al verso que dice «no puedo estar sin ti, no hay manera».

—Estoy seguro de que esta te la sabías y me has hecho sufrir a propósito —me dice bajito, iluminado por el brillo del proyector.

Niego con la cabeza antes de contestar:

—¿Por qué iba a hacer yo eso?

—Ah, ¿no es uno de tus pasatiempos favoritos? —Ante el ruidito de sorpresa que se me escapa, Iván me imita, llevándose una mano al pecho—. Llevo desde que te he visto aparecer esta tarde pensando que sí.

El entusiasmo se va diluyendo a medida que Iván y yo ganamos y ganamos asaltos.

El resto de nuestro equipo, sin haber invertido ningún esfuerzo, se retira elegantemente tras nuestra tercera victoria cantando Tu calorro .

El cuarto equipo, el rojo, tampoco tiene nada que hacer, porque por fin ponen una palabra en inglés, «rain», y no hay nadie más fan de Deep Purple que mi madre.

Loreto y su equipo se acercan emocionadísimas al escenario, animándose unas a otras. Si ganamos nosotros, se acaba la partida. Pero, si ganan ellas, vuelta a empezar.

El resto de las personas han hecho un corrillo a nuestro alrededor, alentándonos como la más fiel de las aficiones.

«Nonsense» nunca ha organizado nada con tanto éxito, ni las «cañas aleatorias» ni los concursos navideños en los que siempre participan los mismos: aquellos sobrados de tiempo libre o con una relación demasiado dependiente con el trabajo.

Doy saltitos de un lado a otro, templándome, porque ha empezado a refrescar. La presión que tensaba mis hombros y me revolvía el estómago hace un rato es solo un pequeño picor que molesta de vez en cuando, nada que no pueda ignorar.

Ya no salto cuando Iván me toca, y se ha dado cuenta, porque ya no se contiene: me ha levantado por los aires la última vez que hemos ganado y me ha abrazado por la espalda para cantar Estopa juntos.

Loreto hace contacto visual conmigo. Parece que se lo piensa un segundo, pero se lleva dos dedos a los ojos y señala a los míos con ellos en un gesto universal que me arranca una sonrisa. También un pequeño apretón en el pecho.

La incertidumbre tiene más fuerza de la que esperaba.

Iván se cuela en mi campo de visión y me zarandea con cariño.

—Emma, nunca te he pedido nada, por favor. Concéntrate. Ese premio es nuestro.

—¿Qué premio? ¿Hay premio?

—No me vaciles, con estas cosas no se juega. Estamos a una canción de ganar.

—¿Con qué no se juega? ¿Con los juegos?

Iván resopla con la boca abierta, como Anthony Bridgerton en sus mejores momentos, y estoy a punto de derretirme.

—Yo que tú me portaría bien si no quieres que te bese delante de toda esta gente cuando nos lleve a la victoria.

Es curioso que una amenaza pueda sonar tan apetecible.

Nuria carraspea frente al micrófono que, en efecto, no ha soltado, y se hace el silencio.

La última palabra es «love».

Iván y yo salimos corriendo a la vez que Loreto hacia el aparato y chocamos en el centro, haciendo que la endeble mesa se desestabilice hacia delante y el micrófono salga volando por los aires.

No sé ni cómo —porque soy incapaz de agarrar nada al vuelo— intercepto el micrófono mientras Iván y mi dupla miran hacia arriba estupefactos, buscándolo con los brazos abiertos. Como si fuese la Snitch Dorada y no un armatoste negro de veinte centímetros de largo.

«Por favor, por favor, que Iván se la sepa».

«Espera, ¿en qué momento te ha empezado a importar tanto?».

Con la timidez olvidada hace un rato, empiezo a entonar fatal y completamente desafinada el estribillo de Always de Bon Jovi.

Antes incluso de escuchar cómo Iván se une a la canción tras los dos primeros versos, ya estoy en el aire, pocos centímetros por encima del suelo, dando vueltas en sus brazos.

No creo que nadie escuche nuestro «and I’ll love you, always» perfectamente armonizado entre tantos aplausos y gritos.

— ¡LO QUE QUEDA DEL EQUIPO VERDE HA ACABADO INVICTO! Iván, Emma, ¡sois los ganadores de Operación Furor ! Enhorabuena.

Nuria sigue gritando. Leire y Beto llegan brincando y nos abrazan. Nico y Roi van detrás. Nos separan. Aúpan a Iván como si fuese una boda y todos ellos, los amigos del novio.

No veo a Loreto por ninguna parte, y solo recibo felicitaciones de personas que no conozco.

Estoy completamente rodeada de gente y, sin embargo, me siento más sola que nunca.