Encantada de olvidarte 16. «No Puedo Vivir Sin Ti» – Los Ronaldos
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16. «No Puedo Vivir Sin Ti» – Los Ronaldos

No Puedo Vivir Sin Ti – Los Ronaldos

Como cada septiembre, la agencia organiza un kickoff para repasar lo bien que ha ido todo este año (para algunos), los ambiciosos objetivos del año que viene y para tapar con una presentación divertida lo al límite que vamos todos los que trabajamos aquí.

Tras tres horas de gráficos, nos vamos a una discoteca para reivindicar el «ambiente joven y ameno» del que tanto presumen.

No me apetece nada.

Otros años, Loreto y yo nos hemos preparado juntas, pero esta vez no me lo ha propuesto, y yo no he tenido el valor de recordárselo.

Las cosas están tensas, raras, ¿frías? Siempre hemos sido cómplices, pero estas semanas nos está costando más que nunca.

Parece que, por primera vez en años, no encontramos las palabras para acabar las frases de la otra.

La primera semana en mi casa nueva ha sido frenética, por decir algo: nuevas rutinas, cientos de cajones abiertos por error, buscando algo que nunca ha ido ahí. No estoy acostumbrada; siempre he tenido alguien con quien consultarlo todo. Es emocionante y agridulce.

Tras hacer tiempo durante más de tres cuartos de hora, le mando un mensaje rápido a Loreto y salgo hacia el punto de encuentro.

En esta ocasión, un autobús nos llevará al recinto donde han organizado reunión, actividades, cena y fiesta. Me apuesto lo que sea a que se han gastado el presupuesto de los aumentos de sueldo del año que viene.

Leire y Beto han aparecido de la mano, y los veo junto a Nico, congestionando el paso en la calle.

Decenas de personas se aglomeran frente a las puertas giratorias de la oficina con ropa que no combina nada bien con el brillante sol a esta hora de la tarde: negros, lentejuelas, vaqueros oscuros y zapatos de tacón.

Iván también está con ellos, volando entre grupo y grupo.

—¡Emma, estás estupenda! Siento que hace semanas que no nos vemos.

¿Qué tal la mudanza? —Leire me da un abrazo nada más llego.

Parece sincero, pero me temo que solo lo parece.

Ni siquiera me da tiempo a responder antes de que la losa vuelva a instalarse en mi pecho—.

Espero que este sinvergüenza te ayudase, no conseguimos que suelte prenda.

No hay rastro de Loreto cuando empezamos a montarnos en los autobuses, así que me separo un poco del grupo para mandarle otro mensaje.

Me acaba de escribir, no me había dado cuenta.

voy directa! nos vemos allí

Sin más explicación, sin mucho cariño.

—Leire tiene razón, estás guapísima.

Iván ha aparecido de la nada. Su cabeza se cuela por encima de mi hombro y me aprieta la cadera por el otro lado. Huele increíble, a perfume y a olivos. El sábado pasado llevaba el mismo, y con eso basta para alterar todas mis constantes vitales.

—No seas tonto —le digo, buscando sus ojos desde abajo, disimulando lo mejor que puedo, y bloqueando el móvil rápidamente—. Y no me líes, que nos van a ver. Están atentos a todos mis movimientos.

—Te aseguro que no nos harán el menor caso si eso requiere más de cinco segundos de su tiempo.

Están demasiado ocupados con sus vidas vacías y sus romances de oficina.

—Iván se gira hacia el grupo que va desapareciendo dentro del autobús, buscando argumentos que le respalden. Por desgracia, todo el mundo nos mira.

—Sus vidas vacías son lo que más me preocupa.

—¿Qué más da? Que vean lo que quieran y que saquen sus conclusiones. Solo importa lo que tú y yo pensemos. Solo eso es real.

Supongo que sí, que tiene razón. Aun así, cuanta menos gente sea consciente, menos dolerá cuando se esfume. Lo acabaré provocando yo si no se encarga el universo.

«Estás siendo una paranoica».

—¿Por favor?

No sabe esconder la decepción que reflejan sus gestos cuando me alejo, su resoplido y cómo deja caer los brazos a los lados del cuerpo.

—Venga, que se van sin nosotros.

Me empuja hacia el autobús, pero no avanza conmigo. Está haciendo lo que le he pedido, otra vez. Sin cuestionar nada, sin excusas.

La finca parece preparada para una boda: una pantalla enorme al aire libre con decenas de sillas dispuestas delante y otras tantas personas que se han quedado sin asiento detrás, barras llenas de bocaditos tipo cóctel y una sala enorme y abierta al fondo, con focos de discoteca apagados, fotomatones en las esquinas y mesas rebosantes de gafas, máscaras y chuches poco iluminadas. No ha llegado su momento.

Loreto me ha guardado un sitio en las primeras filas y me ha regalado un escueto abrazo nada más verme.

Nos buscamos por instinto, y mantenemos las manos entrelazadas sobre la rodilla de la otra durante las tres horas y media que dura el discurso de los directivos y la presentación de casos de éxito.

No hemos intercambiado palabras, todavía no, pero sí un apretón cariñoso cuando Biel, nuestro jefe, ha mencionado algunas campañas prometedoras del año que entra.

Entre ellas, la de Erea Cosmetics. La mención de nuestros nombres ha provocado gritos y aplausos, y casi nos hacen levantarnos a saludar.

Los farolillos del jardín se han encendido y es momento de terminar con esta tortura. Gracias al cielo.

Se escucha revuelo por el fondo y, segundos después, alguien me toca el hombro.

—Hay que coger uno y pasarlo hacia adelante.

Una becaria bajita y pelirroja, que siempre va muy bien vestida a la oficina, como si se levantase con hora y media para prepararse, nos da un taco de papeles de colores, del que Loreto escoge uno negro y me pasa uno verde.

—¡Bueno! Veo que los equipos están ya formados.

Levantamos la vista hacia la pantalla, donde los gráficos de barras han dado paso a un meme de The Office .

«Nonsense» es un departamento completamente inventado dentro de la agencia, liderado por Nuria y que se encarga cada año de organizar dinámicas divertidas entre los empleados, el torneo de pádel y que nos compra hamburguesas de un euro para las reuniones en las que se nos van a dar noticias no especialmente buenas.

—Siempre escuchamos por los pasillos las ganas que tenéis todos de iros de karaoke, no os escondáis ahora —empieza Nuria, mirando directamente a algunas personas que se tapan la cara con la mano—.

Así que teníamos muchas ganas de organizar una actividad así, perder la vergüenza y pasárnoslo bien un rato después de tanta información que nos interesa... a medias.

Los directivos se ríen, aunque no podría jurar que les haya hecho gracia.

Otro de los voluntarios de «Nonsense» coge el micro que le pasa Nuria y toma la palabra.

—Venga, levantaos y buscad a las personas que hayan elegido el mismo color que vosotros. Ellos serán vuestro equipo en... ¡ OPERACIÓN FUROR !

Loreto me mira alarmada. Se temía lo peor, y se ha hecho realidad.

—¿Nos van a hacer cantar? —me pregunta.

Colocamos nuestros papelitos juntos, como si por arte de magia pudieran cambiar de color, y nos miramos mohínas por no haber elegido el mismo por si acaso.

Tras un suspiro, nos levantamos y nos unimos al furor , que también describe la histeria colectiva que se está viviendo.

Todo el mundo va de aquí para allá, con la cabeza baja, buscando y encontrando fans del rojo, del azul y del negro.

Muchos creen que, ya con cierta edad, no se tiene color favorito.

Están equivocados, nunca deja de ser útil, tanto para sacar conversación fácil en una primera cita, como para allanarse el camino en un concurso improvisado de dotes de canto.

Cuando una chica con un fuerte olor a lavanda pasa por delante de mí, elevo la vista del suelo. Y lo veo a él, por supuesto, con un papel verde en la mano, bailando a la altura de sus ojos como un boleto de lotería premiado.

No he elegido el verde porque me recordase a él.

Insisto.

—¿Lo has amañado para que nos toque juntos, capitana?

Cuando llega a mi altura me enseña los dientes en una sonrisa inocente que casi me derrite.

Un par de chicos más jóvenes y el editor de vídeo más veterano componen el resto de nuestro equipo.

—Habrá sido el destino. Oh, y vas a perder, que lo sepas. Se me da fatal lo de cantar en público. Y en privado, la verdad —le informo, divertida. Normalmente no soy de las que se ríen de una misma, pero con Iván es diferente.

—Permíteme que discrepe.

Busco con la mirada a mi dupla y la encuentro rodeada de chicas, abrazándose con sus compañeras de equipo. Las miro con envidia, quizás, o con admiración. Hacen que parezca tan fácil.

Nuria vuelve a hacerse con el micro y llama al orden:

—Bien, ahora que estamos cada mochuelo con…

, bueno, con el resto de mochuelos de su olivo, ¡os explico!

Vamos a poner a prueba vuestras dotes musicales y mentales en un rey de la pista .

Empezaremos con la primera pareja de equipos.

¡Verde y azul, os convoco! —«Genial, cuanto antes acabemos con esto, mucho mejor»—.

Una palabra aleatoria aparecerá en la pantalla y el primero que llegue al centro de la pista, agarre el micro y empiece a cantar una canción con esa palabra, gana el asalto.

¡Una cosa importante! Al menos una persona de vuestro equipo tiene que seguiros, para evitar canciones inventadas, que sois muy creativos por aquí...

Beto y Nico, que obviamente están en el mismo equipo porque, contrario a lo que pueda parecer, son mucho más previsores que nosotras, se deshacen en berridos y abucheos amables. Ellos son los primeros a los que nos enfrentaremos.

—El primer equipo que quede invicto cinco rondas seguidas, ¡gana! ¿Preparados?

—¿Estás lista? —me susurra Iván al oído, y se me pone la piel de gallina. Me siento expuesta, como en medio de una explanada enorme sin ningún árbol tras el que esconderme.

—No te tenía por alguien tan competitivo —contesto de vuelta, girándome ligeramente para mirarle mientras un becario cambia la presentación.

—Te queda mucho por descubrir, leona. Solo lo soy cuando confío en que puedo ganar.