Encantada de olvidarte 15. «Eyes on Fire» – Blue Foundation #2
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15. «Eyes on Fire» – Blue Foundation #2

Iván me deja en el suelo, abre del todo la puerta y deja que la claridad de la lámpara se cuele e ilumine débilmente la cama. También todo lo demás: la ropa desordenada, las maletas amontonadas, los cojines y los neceseres encima de la cómoda. Me muero de la vergüenza por este desorden.

Pero sus ojos están concentrados en mí.

En un segundo, hace arder la distancia que nos separa y vuelve a estar encima, debajo, sobre mí, detrás. El hueco tras sus rodillas choca con el borde de la cama, y me sube a su regazo.

A mí solo me queda gemir. Y él gime en respuesta.

No hay nada que me encienda más rápido que los ruiditos que se le escapan. No me había dado cuenta hasta ahora, pero provienen de su garganta, graves, pidiéndome más.

Apoyado en uno de sus codos, se inclina un poco sobre el colchón, arrastrándome con él.

Cuando eleva ligeramente la pelvis, me pierdo del todo.

Está durísimo, toque donde toque. Su abdomen —donde tengo las manos apoyadas—, sus brazos, hasta su agarre, que me tira un poco del pelo; no hacia atrás, no demasiado fuerte, sino hacia él.

Es la primera vez en meses, años, que no calculo demasiado mis movimientos, simplemente se suceden uno detrás de otro. Me restriego contra él, respirando en su boca cada vez que necesito hacerle saber que él tiene la culpa.

Emma, la que está aquí, aún encima de Iván, es la más de verdad, la que hace lo que realmente quiere, y estaré eternamente agradecida de que exista así, imprudente.

Me agarra de las caderas y me pone de espaldas contra la cama, él entre mis piernas, aún cubiertas por unos vaqueros cortos y con todos los nervios activados. Estoy segura de que doy calambre, de que quemo al tacto.

—Fuera —digo, tirando de su camiseta, y él obedece.

Nunca le había visto así. El pelo le cae por la frente y me mira por encima de las gafas, que aún conserva para no perderse detalle.

Tiene tatuajes, por las costillas y por el pecho, todos pequeños e inconexos, creo, porque no me deja mirarlos durante mucho tiempo. Creo que reconozco una pequeña bola de hollín con ojos, un sol, unas alas y algunos números.

Mi camiseta se desliza hacia arriba para permitirle besar mi abdomen, morderlo y volver a besarlo después. No cesa en subirla más y más, hasta que pilla la indirecta y me la quito. Haga lo que haga con la boca, sus ojos no sueltan los míos.

—¿Puedo? —suplica, y no dice nada más, pero posa su caliente mano sobre mi pecho y desliza uno de los tirantes del sujetador hacia abajo.

—Quítamelo —le digo, bajito, como si alguien fuese a escucharnos.

Vuelve a besarme en la boca mientras lo desabrocha con una mano y lo tira lo más lejos que puede, por si se me ocurre ir a buscarlo.

Sus labios abandonan los míos y buscan mi pezón mientras acaricia el otro con el pulgar. Masajea, aprieta, muerde, en ese orden, devorándome. Pongo los ojos en blanco, no puedo seguir mirándolo, no mientras hace todo eso.

Noto su erección contra mí, justo en el centro, y necesito tocarlo. Aunque me temo que, cuando lo haga, explotaré.

Mejor no esperar más.

Sin prisa, una de mis manos intenta colarse dentro de sus pantalones de chándal, que no ofrecen ninguna resistencia, y lo acaricio de arriba abajo, con poca fuerza, apartando el elástico de sus calzoncillos un poco cuando subo.

—Emma, joder. No puedes hacerme esto —musita, llevando sus ojos al punto exacto en el que mis dedos están a punto de entrar en contacto con su piel, con el vello que dibuja una línea recta hacia la dirección correcta—. ¿Estás segura?

—¿Segura de qué? —respondo entre jadeos, intensificando el movimiento de mi muñeca, explorando—. ¿Quieres que pare?

No lo hago, de momento no; ni siquiera cuando él se incorpora y puedo verlo entero, enorme desde aquí abajo. Se aparta el pelo de la cara mientras yo sigo agarrándosela por encima de los calzoncillos.

Pero no me queda más remedio que soltarlo cuando me da la vuelta en la cama, poniéndome boca abajo, y se tumba sobre mí.

—Dime tú si quieres que pare, ¿vale?

«Ni se te ocurra abrir la boca».

Pruebo a girarme y buscar su boca, pero me mantiene fija sobre el edredón. Es él quien me busca al final, en este ángulo tan extraño, empujando mi barbilla hacia atrás con una mano, buscando el botón de mis vaqueros con la otra y apretándose contra mí.

Son muchos estímulos, demasiados, y no tengo dudas de que estoy empapada.

A él no parece importarle cuando mete los dedos dentro, nada tímidos, saltándose el paso previo por fuera de mi ropa interior. Va directo al centro, apretando mis piernas juntas con las suyas y dibujando círculos muy pequeños sobre mi clítoris.

Me acaricia entera, más profundo, superficial, y vuelve a entrar dentro.

—Me encanta que estés así por mí, Emma. No sabes la de veces que he imaginado esto.

Notar su aliento en mi oreja y sus manos trazando nudos en mi interior, entrando y saliendo, un dedo, dos, es un caos desmesurado. Me agobia, estoy sobreestimulada, pero de la manera más exquisita posible.

—¿Me has imaginado boca abajo en mi cama, sudando?

—Algún día, Emma, te mostraré todas las fantasías que he tenido contigo —vuelve a susurrarme—. De momento, esto me molesta.

No me he dado cuenta de que su mano ha salido de mis pantalones y está tirando de ellos hacia abajo. Le ayudo mientras se incorpora para quitarse el resto de su ropa, haciendo equilibrios con las piernas.

No es nada erótico ni romántico, pero no podemos dejar de sonreír, de comernos con los ojos. Esta intimidad, esta confianza improvisada... firmaría por tenerla toda la vida.

Somos dos personas normales después de dos citas normales. No hay amor, no de momento, ni siquiera una promesa, pero sí complicidad y prisa.

—¿Tienes condones? —pregunta distraído, con una pernera enganchada más de la cuenta.

—Pues... No. —Iván se gira hacia mí cuando me escucha hablar. Ya con los vaqueros y las bragas en la mano, la oscuridad de la habitación es mi máxima aliada; sin ella, estaría muerta de vergüenza—. Vivía con mi madre hasta hace cinco minutos. ¿Tú qué crees?

—Tranquila, yo tengo.

La boca se me abre e inhalo exageradamente, cruzándome de brazos de la manera más dramática que me sale.

—¿Has traído condones a una mudanza?

Iván sale dando saltitos de la habitación —el suelo debe de estar frío— y vuelve a la habitación con la cartera en la mano.

Bajo la luz del salón, lo he visto entero; absolutamente todo.

Las gafas puestas, las manos tapándose, por si acaso algún vecino ha decidido tomar el aire justo en este momento, y los brazos fibrosos. Y la espalda, qué espalda...

—Mira, he estado veinte minutos en casa, delante del espejo, sopesando si coger uno o no —dice mientras tira el envoltorio cuadrado sobre la cama y agarra mis piernas para arrastrarme al borde—. Da gracias que ha ganado el diablillo de mi hombro derecho.

Cuando me besa ahora, piel con piel, sin absolutamente nada entre nosotros, la sensación es completamente distinta.

—¿Has decidido traer condones a una mudanza... mirándote al espejo? No haces más que empeorarlo. ¿Tan irresistible te crees?

Tengo que contener la risa que lucha por escaparse y muere en mi boca cuando Iván se muerde el labio, abriendo el condón con los dedos y colocándoselo.

Me echo para atrás en la cama, apoyada contra los cojines, mientras se tumba encima de mí, abriéndome las piernas. Me siento insegura por un instante, pero dura poco. Su cabeza acaba junto a la mía, hacia abajo, buscando la mejor postura.

—Emma —susurra acalorado sobre mi mejilla, entrando poco a poco dentro de mí—, a la que no iba a ser capaz de resistirme era a ti.

Llevo los ojos hacia donde nos unimos, porque duele un poco, pero verlo en primera persona es increíble, y me incita a empujarle con las piernas más profundo, más adentro.

Embiste lento al principio; más acelerado después. Es demasiado: mis quejidos, mis gritos, las palabrotas que salen de su boca cada vez que lo hago, cómo su cuerpo roza mi clítoris cada vez que entra y lo deja sufriendo de necesidad cuando se aleja.

No esperaba llegar al clímax tan pronto, al menos, no así, tan solo penetrándome, pero estoy tan cerca que no sé cómo disimularlo.

Y debo de hacerlo fatal, porque Iván ya no se separa de mí y empieza a embestirme diferente, sin dejar de rozarme. Este ángulo es más profundo, abismal.

—Avísame cuando llegues, no creo que pueda aguantar mucho más.

Son esas palabras exactas las que acaban por empujarme, y todos mis músculos se contraen gritando su nombre.

Él se corre segundos después, besándome con fuerza, susurrando el mío.

Creo que el tiempo se ha parado, o quizás llevo horas sin mirar el reloj.

La vista desde la cama es caótica. Mi funda nórdica no pega nada con la decoración y la torre de maletas vacías ha debido de derrumbarse cuando hemos entrado a trompicones.

Iván me mantiene distraída, atrapada sobre el colchón, como si el suelo quemase y jamás pudiésemos salir de aquí.

Me ha dado la risa nada más mirarle, una vez que ha desaparecido toda la tensión. Él también se ha reído. Y hemos seguido besándonos tranquilamente un rato más.

La concepción del tiempo aquí arriba es muy relativa.

Iván acaba de volver a la cama. Se ha aventurado sobre el suelo de lava para traerme agua, algo para limpiarme, y rebuscar entre trastos el ordenador del trabajo. Hemos empezado un capítulo de la serie que ya ha destrozado para mí, porque no puedo verla sin pensar en él.

No obstante, no le estamos haciendo mucho caso.

—¿Qué significa este tatuaje?

Con el dedo índice, acaricio un pequeño sol que dibuja la piel de la parte interna de su muñeca. En la contraria tiene la silueta de un corazón.

Él, como leyéndome la mente, junta ambos puños y hace coincidir los tatuajes uno al lado del otro, estrechando su abrazo.