Encantada de olvidarte 15. «Eyes on Fire» – Blue Foundation
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15. «Eyes on Fire» – Blue Foundation

Eyes on Fire – Blue Foundation

Seguimos hablando, bajito, de cosas sin sentido, como lo grasientos que siempre están estos tuppers por fuera o lo incómodo que parece el sofá. También de cosas más pesadas. Tengo la cabeza apoyada en su hombro y no nos separamos mucho. Para poder escucharnos, claro.

—¿Cuántos años tiene Gatu?

—Es mayor —me susurra—. Vivía con mis padres, pero se quedó conmigo cuando se mudaron.

La casa del pueblo tiene patio y no es segura para ella.

Siempre nos hemos llevado bien, pero tenía pasión por mi madre.

Espero... —resopla, como si su cuerpo no le permitiese del todo reírse—.

Espero que no se haya quedado demasiado triste.

—A Damon y Klaus les pasa lo mismo con la mía.

Los adoptamos cuando mi padre se fue —le cuento, abriéndome algo más de lo que esperaba, acurrucándome algo más de lo que debería—.

Yo no era tan pequeña, ya iba al instituto, y mi madre se volcó en crear una nueva normalidad, para todos. Ahora no pueden vivir sin ella.

No suelo hablar mucho de este tema, o nada, en realidad. Es una especie de secreto a voces, y explicarlo es una tarea que he delegado en mis mejores amigas. Cuando alguien nuevo entra en mi vida, como Gabi en su momento, Olivia es la encargada de avisar.

—¿Puedo... preguntarte qué pasó? No tienes que contármelo si no quieres.

La Emma de siempre hubiese contestado, cortante, un «preferiría que no» seguido de un brusco cambio de tema. La de aquí y ahora, por algún motivo que desconozco, respira hondo y habla.

—A decir verdad, nada. No pasó nada. Nunca estuvo demasiado presente en nuestras vidas. Eligió el trabajo por encima de todo lo demás, también de nosotras. Se pasaba horas en la oficina, de viaje, de comida con clientes y con compañeros... Un día, sencillamente, no volvió.

—No tiene mucho sentido. ¿Y tu familia? ¿Tu abuela o...?

—Son todos de Barcelona. Nunca tuvimos demasiada relación. Creo que él vive ahora allí, y que se volvió a casar hace unos años. Nunca supimos qué les había contado, cortaron toda comunicación.

—Lo siento mucho —dice, aunque veo de lejos que no sabe qué más decir.

—Para nada —corrijo—. Prefiero haberme criado sola con mi madre que preguntándome todos los días dónde estaba mi padre.

Ella, en cambio... No sé cómo será la tuya, pero mi madre no es de las que comparten cómo se sienten, ¿sabes?

Ni siquiera sé si lo pasó mal o si fue algo amistoso; delante de mí nunca se rompió.

—No, creo que la mía es igual. Es algo de su generación.

—Se pone de los nervios cuando yo sí lo hago. Romperme.

Iván asiente, pero si sigue hablando, es solo con su piel. Tocándome. Por todos lados. Mis manos viajan a sus brazos, acariciándole con las uñas. Los suyos me acunan: uno me abraza y el otro juega con mi pelo, enrollándolo en sus dedos.

Durante un instante, pienso en mi madre. En su predisposición y en su fortaleza, aunque fuese fingida. Intento calcular el tiempo que ha tenido que sobrevivir sin compartir sus peores pensamientos con nadie, solamente dejando salir los mejores, asfixiándose con el resto.

No sé cuándo he dejado escapar esa lágrima que noto bajar por mi mejilla, pero Iván no deja que llegue mucho más allá. La besa, limpiándola, y ya no despega sus labios de mí.

La tensión se disipa, y todo aquello que nos costaba compartir nos acerca más.

Besar a Iván casi a oscuras, tumbados en el suelo de mi nueva casa, rodeados de cajas y rincones desconocidos, es algo que con pocas cosas se puede comparar. No se me ocurre ninguna lo suficientemente buena.

Iván se quita la sudadera y para de besarme un momento para hacerla un gurruño y colocarla debajo de mi cabeza. El resto de huesos se clavan en el suelo —sus codos, mi coxis—, pero ya nos dolerán mañana.

—Emma, oye... —Rompe ligeramente el contacto y la luz de la lamparita me permite distinguir sus gestos—. Solo quiero que quede claro que no he venido a tu casa para esto. Yo te quería ayudar con la mudanza. Animarte.

Embriagada por lo ligera que me hace sentir, casi no reconozco mi voz.

—Me estás animando mucho así.

—Va en serio. —Su voz suena seria, pero los besos que deposita en mi cuello un segundo después, desde donde viaja hasta mi oreja, despistan y me hacen arquear un poco más la espalda—. No quiero que pienses que he venido solo para enrollarme contigo.

Tal y como promete, su mano libre baja por mi costado, hundiendo el pulgar exactamente donde sospecha que tiene que hundirlo, acierta y acaba en mi culo. Lo aprieta, lo calienta y sube mi pierna hasta que queda apoyada por encima de su cadera.

No creo que fuese posible estar más enredados de lo que lo estamos, al menos en una superficie dura y fría como esta.

—¿Quieres ponerte a ordenar libros ahora?

Me responde con un «no» entre besos que casi no escucho.

No se lo hubiese permitido de todas maneras.

En un momento tan frágil como este, con la boca de Iván y sus manos en cada hueco de piel que pueden encontrar, la cabeza me va a mil por hora.

Cientos de pensamientos rebotan y chocan entre sí: no sé si merezco esto, si es un regalo o una maldición; si me va a complicar la vida más de lo que podría hacerlo yo sola o si, mañana por la mañana, magia de por medio o no, me golpearé contra una pared.

Iván se da cuenta de que, al menos parte de mí, ya no está entre sus brazos, sino muy muy lejos de aquí, así que se incorpora un poco para comprobar que todo está bien.

No sabría decir si lo está o no.

—Oye, mmm... No tenemos que hacer nada que no quieras, Emma.

No tenemos que hacer nada, a secas. Podemos recoger y que me cuentes de qué va cada uno de tus libros y los ordenamos.

Podemos ponernos Cómo conocí a vuestra madre en, bueno, no creo que esa tele de ahí tenga acceso a internet, pero no sería la primera vez que lo vemos en el ordenador del trabajo, ¿verdad?

—Deja caer su peso un poco más sobre mi cuerpo, como si cualquier espacio entre los dos doliese—.

Además, no debería entretenerme demasiado, he prometido acercarme al pueblo mañana pronto...

Aunque sus palabras hablen de alejarme, su cuerpo me dice otra cosa. No tiene ninguna intención, y yo tampoco quiero que lo haga. Es casi una exigencia, una obligación autoimpuesta, ahora que nos hemos tocado, mantenernos así todo el tiempo que podamos.

—Que lleve toda la semana queriendo besarte no significa que no me muera por hacer mil cosas más contigo —dice contra mis labios, sin llegar a tocarlos.

—¿Como qué? —me atrevo a preguntar.

Iván se incorpora y agarra mi mano para que me levante con él y me siente sobre su regazo. Opto por hacerlo a horcajadas sobre sus piernas, y él apoya la espalda contra la pared.

Si no estoy siendo capaz de separarme de este chico en medio de una pequeña crisis existencial como esta, no sé cómo lo haré en cualquier otro momento.

—Se me ocurre que puedes hacerme un tour por tu casa; al final no me la has enseñado.

Asiento, rodeándole el cuello con los brazos y deslizándome más y más cerca.

—También podemos bajar a tirar todo ese cartón y despejar un poco el salón. Dar una vuelta, que hace bueno...

Esta vez pongo una mueca, y él sigue pensando.

En lo que se inventa otro plan que ambos sabemos que no llevaremos a cabo, beso su mejilla, el lóbulo de su oreja y, poco a poco, su cuello. Se le acelera la respiración, y sus manos encuentran el borde de mi camiseta de tirantes.

—Quizás, podríamos...

—No me apetece —interrumpo, pegando mi nariz a la suya.

No me besa, pero exhala con fuerza.

—Ni siquiera sabes lo que voy a proponerte.

—Me da igual —susurro—, estoy segura de que no me va a apetecer.

—Y ¿qué propones hacer, entonces?

Esta vez soy yo la que lo besa, inclinando la cabeza a un lado y jugando con su lengua. Tarda unos segundos en reaccionar. Sus manos se cuelan por debajo de la tira de mi sujetador, subiendo por la espalda, pero sé que solo avanzará más si yo le doy permiso.

Y por eso decido hacer todo lo contrario.

Me levanto del suelo, con las piernas entumecidas y las rodillas doloridas. Iván se queda plantado en el suelo, como tratando de atrapar el aire que mi cuerpo ocupaba.

—¿Quieres que te enseñe el resto de la casa?

Esas son las palabras que consigo pronunciar, pero mis ojos dicen algo completamente distinto.

Ni siquiera las estrellas saben lo que va a pasar mañana, así que no pienso desaprovechar ni un solo segundo de esta noche.

Iván se levanta y me agarra la mano. Un simple gesto lleno de promesas.

El paseo es breve, y ambos damos un rodeo innecesario por la cocina, el baño, evitando a toda costa abrir la puerta de la habitación antes de lo estrictamente necesario.

Si entro con Iván, no querré salir.

El aseo es antiguo, no tiene ducha, sino una bañera con cortina.

¿La cocina? Ningún misterio, solo una cenefa de limones y muebles verdes.

Los besos se reanudan contra la encimera, encima de ella, después de un estudio exhaustivo y muy mal disimulado de uno de los armarios. Quedan como seis más, pero él estaba demasiado cerca, y yo... demasiado ansiosa.

A ciegas y tanteando las paredes, porque esta casa es tan desconocida para él como lo es para mí, salimos de la cocina, dejamos el baño atrás y entramos al salón, que sigue tenuemente iluminado.

La puerta de la habitación está al otro lado, y nos hacemos camino como podemos, sin separar nuestros labios.

Iván vuelve a estar en todas partes, incluso dentro de mi cabeza esta vez, y yo me dejo hacer.

Caminar así, de espaldas y enredada con otra persona es lo más exigente que he tenido que hacer hoy, pero al final llegamos a la puerta entornada de la habitación, que ya no es un obstáculo.

A codazos, la abre y nos empuja dentro. Con el brazo que le queda libre, me agarra por los muslos y me eleva del suelo, mirándome hambriento desde abajo.

—¿Dónde está la luz, Emma?

—No hay luz, olvídate.

Señalo hacia la ventana, despejada: la oportunidad perfecta para cualquiera que se asome en el edificio de enfrente.

—Y una mierda. Quiero verte.