14. «Island In The Sun» – Weezer #2
Hace rato que nos volvimos a quedar Gabi y yo solas.
Olivia quería estar en casa antes de que Marcos aterrizase y se ha ofrecido a acercar a mi madre.
Nos hemos despedido con un abrazo cálido —templado, al menos— y lleno de promesas.
A mi madre se le ha escapado una lágrima rebelde que ha intentado que yo no viese.
Así nos han dado las ocho y media; sacando libros de cajas y limpiando todas las baldas. Gabi se lo ha tomado como un reto personal, para que no nos diera pereza y dejásemos la mudanza a medias.
El resultado es mi recién estrenado salón repleto de libros por todas las superficies posibles, la mesa y sofá inutilizados, y mi amiga a punto de desfallecer por no haber dormido en toda la noche.
La libero de sus recién adquiridas responsabilidades para con mi mudanza y empieza a recoger sin mucha energía.
Sé que no ve el momento de meterse en la cama y dormir, por lo menos, doce horas.
Me da un profundo abrazo ya con el bolso colgado y me deja en el salón, replanteándome una y otra vez por qué decidí comprarme toda la saga de Trono de cristal si no he leído ni uno.
Oigo cómo abre la pesada puerta de madera, pero no cómo la cierra.
—¿Y tú quién eres? —la escucho preguntar.
—Disculpa, creo que me he equivocado de apartamento. Juraría que me habían dicho quinto primera.
Es Iván.
Salgo corriendo por el largo pasillo que conecta la puerta de la calle con el salón y la cocina. No sabía que venía ya. Ni siquiera ha llamado al telefonillo.
Lo veo en el umbral de la puerta, antes de que él me vea a mí. Lleva unos pantalones de chándal grises, anchos, y una sudadera azul marino. Ha debido de refrescar. También lleva gorra y dos bolsas de plástico con recipientes redondos y algo envuelto en papel de aluminio.
—No te has equivocado, Iván. Es aquí. Pasa.
Gabi se vuelve de golpe, con la boca abierta, articulando un «qué guapo, ¿no?», pero sin reproducir sonido.
Intentamos disimular mientras Iván enfila el pasillo, aunque está claro que estoy concentrada en la cara de mi amiga, leyéndole los labios.
—Hola, guapa. —No me da un beso cuando llega a mi altura, pero sí se acerca más de la cuenta; más de lo que se acercaría la propia Gabi—. He llegado un poco pronto. Llevo esperando un rato en la calle, pero esto se iba a quedar helado y no sabía si tenías microondas todavía, así que...
—Sí que tiene, no te preocupes. ¿Vais a cenar? —Gabi deja la puerta abierta, pero vuelve a entrar en la casa, forzando que les presente.
—Gabi, este es Iván, un compañero de la agencia. Iván, esta es Gabi, excompañera de piso...
—Claro —me corta—, la cirujana, ¿verdad? Encantado. Emma me ha hablado mucho de vosotras.
—Vaya, a mí me hubiese encantado que nos hablase más de ti.
—Ya te vale —digo, molesta, dándole un manotazo leve en el brazo. O que nos enseñase una foto, ya puestos.
—No te preocupes. Tu amiga —sigue Iván, dirigiéndose directamente a Gabi— ni sabía que yo existía hasta hace un par de semanas. Tuve que ser majo con demasiada gente hasta coincidir con ella, ¿sabes?
—Es que es la más popular, ¿a que sí? Cuéntame, Iván, ¿verdad? ¿Es muy difícil conseguir audiencia con la reina? ¿Cuánto tienes que esperar para que su secretaria te coja el teléfono?
Iván está a punto de responder. Tengo que cortar esto.
—Gabi, tía, eso de llamar por teléfono ya no se lleva. ¿No tenías mucho sueño?
—No tanto, la verdad, y la comida china huele de maravilla... Es comida china, ¿no?
—Sí, y hay de sobra. Me he pasado un poco, no sabía qué se le iba a antojar, así que he traído de todo.
Iván alza las bolsas repletas de comida hacia Gabi, mientras yo la asesino con la mirada.
Que no es que no quiera que se quede, pero no sé si estoy preparada para mezclar mis dos mundos todavía.
Mi amiga entra en razón ella sola y declina la oferta.
—En realidad, debería irme a dormir, que llevamos todo el día dejando esta casa decente. Queda lo peor —le advierte a Iván—: los libros. Suerte con doña Manías .
Gabi me da un último abrazo, me susurra un «esta actualización se te ha pasado contárnosla...» y sale por la puerta. Ni siquiera he entrado a la cocina, donde Iván está sacando la comida de las bolsas, cuando llega un mensaje al grupo:
Gabriela Godoy EMMA SE HA LLEVADO UN CHICO A CASA, LA PRIMERA NOCHE
Mañana nos cuentas, sinvergüenza
Olivilivia 33 fuerte fuerte
Marcos está a punto de llegar, deseadme suerte
Bloqueo el móvil cuando dos brazos me rodean por detrás. Está calentito, y tenerlo tan cerca en un espacio cerrado, mío, sin peligro de que alguien nos mire de reojo, se siente increíble. La anticipación es abrumadora y, al mismo tiempo, no quiero que avancen los minutos.
Me dejo derretir en sus brazos un poquito, inclinando la cabeza y apoyándola sobre su hombro, dándole vía libre hacia mi cuello.
El sudor y el polvo han hecho que pierda mi sobrecamisa y acabe en tirantes. Seguro que huelo a piso viejo y cartón, pero no parece importarle.
De hecho, cuando quiero darme cuenta, sus labios ya están moviéndose sobre los míos, hambrientos.
Y este beso es diferente, voraz. Me besa entera, con la boca pero también con las manos, con todo su cuerpo, con su calor. Como si quisiera devorarme.
—Hola —susurra, nariz con nariz, aún agitado.
—Hola.
—¿Tienes hambre?
—Pues... me encantaría decirte que no y que solo me apetece besarte en medio de la cocina.
—Le rodeo el torso con los brazos, sin ningún pudor, y me aprieto más contra él.
Es sensual e íntimo a la vez, y permito a mi voz subir un par de octavas—.
Pero con los nervios de la mudanza no he comido casi nada e intuyo que mis tripas van a empezar a rugir en cualquier momento.
Y no es mentira. El nudo en el estómago casi se ha disuelto al cerrar la puerta con Iván dentro, y ahora mi cuerpo me reclama toda la energía que le he robado hoy. Noto los brazos cargados y los ojos pesados.
Me da un beso rápido y se separa de mí, bajando mil grados la temperatura de repente.
—Pues no se hable más. Saca un par de platos o... lo que tengas. Voy llevando esto al salón. Pero luego nos ponemos a trabajar, ¿vale? —Se carga con las bolsas y los recipientes de plástico como puede y sale de la cocina gritando—. ¡Trae un par de vasos también, porfa! ¡Y agua!
Escojo dos de mis boles de cerámica favoritos, doy un agua rápida a dos vasos que venían con la casa y salgo de la cocina. Pero veo a Iván parado en la entrada del salón, sin saber muy bien qué hacer.
La mesa del comedor está repleta de libros, también el sofá, y no hay mesita de café, porque, bueno…, no la hay, y punto.
—Mmm... ¿Suelo? —pregunto.
—Suelo —responde, encogiéndose de hombros y eligiendo el rincón más cercano a la ventana.
Creo que en ninguna de mis películas favoritas pasa algo así, no con tanto detalle, pero cuando estudio a Iván esparcir toda la comida por el parqué, servirse un rollito de primavera y cruzar las piernas para comerlo a gusto, es como si lo viera en una pantalla, con una canción tipo Island in the Sun de Weezer de fondo.
Mientras cenamos no dejamos de mirarnos, de buscarnos.
No hemos pasado tanto tiempo juntos, pero ya soy capaz de extraer muchas cosas de su forma de ser, como que no le gusta mezclar la comida y que limpia el plato con pan chino antes de servirse lo siguiente, o que se bebe los vasos de agua de un trago como si llevase días perdido en un desierto.
También me he dado cuenta de que no era necesario acercarse tanto a mí para alcanzar el arroz frito, pero lo ha hecho igualmente. Yo he achacado la necesidad imperiosa de apoyarme en la pared a su lado al dolor de espalda por la mudanza. Ahora estamos hombro con hombro, rozándonos.
Es mentira, no me duele nada la espalda, pero sí que me arde la piel. Y creo que pegarme a la suya no es, precisamente, la mejor solución.