14. «Island In The Sun» – Weezer
Island In The Sun – Weezer
Cuando la mesita de café termina de rodar escaleras abajo y se estampa contra la pared, pierdo toda esperanza.
Yo avisé: tengo la fuerza de un recién nacido, pero Gabi insistió en subir a pulso el único mueble que he traído de casa de mi madre. Cinco pisos. Por las escaleras. Sin ascensor, por si no había quedado claro.
Mi amiga suelta un par de improperios, pero yo sigo con los hombros tensos, conteniendo la respiración y con las manos sobre la boca.
Presiento un ataque de risa nerviosa, de esos que te invaden cuando algo no hace ninguna gracia o en el silencio incómodo de un ascensor.
—¡Lo sabía! Si es que lo sabía. Te dije que no la soltaras, solo nos quedaba un tramo de escaleras...
—¡Gabi! —La prometida risa se me escapa desde el fondo de la garganta y no me deja hablar—. Que me ha dado un tirón. ¿Qué querías que hiciera?
—¡Qué tirón ni qué tirón! Eres una floja —grita mi amiga, sucumbiendo también a las carcajadas—. Esto es un desastre. ¿Qué vamos a hacer? Mejor dicho…, ¿qué vas a hacer tú? Yo me desentiendo.
Sacude las manos metafóricamente, como si no fuese con ella.
—Lo primero: no decírselo a mi madre. Ya se lo explicaré cuando se dé cuenta de que no está en casa.
Olivia y ella avanzan en el piso en lo que Gabi y yo sudamos mientras subimos paquetes y muebles (mueble, en singular, la mesa; ya no hay más muebles que subir).
El viaje en la furgo ha sido un poco tenso. Ni siquiera la emoción por esta nueva etapa ha logrado esconder el hecho de que esta es la primera vez que veo a mi amiga en semanas.
Lo intento, de verdad, mirar a otro lado, correr un tupido velo, pasar página y todas las metáforas que me insisten en que esté presente ahora, en que no me tropiece con el pasado.
Pero desearía que la nueva Emma tuviese cabida aquí, con ellas, presentársela a mis amigas y que la quisieran igual que me quieren a mí.
Es agotador no saber quién eres, o quién debes ser, cada día, en cada situación, dependiendo de con quién te sientes a cenar.
Debo elegir a una, y tengo que hacerlo ya.
Bolsas repletas de fruta, pan y recipientes de plástico llenos de platos que mi madre se pasó toda la tarde de ayer cocinando inundan la cocina. Es algo insólito.
Cuando Gabi y yo llegamos, chorreando y completamente abatidas, mi prima corre hacia la cocina desde donde mi madre reclama su presencia para hacer inventario de los utensilios que no me hace falta comprar.
Yo me paso la mañana colocando ropa en los armarios mientras Gabi limpia un poco el polvo y ventila todas las estancias.
El apartamento no es nada del otro mundo. Paredes de gotelé, una decoración horrorosa y un mueble de madera lleno de recovecos que ocupa una pared entera del salón comedor.
Puntos positivos: tiene cocina independiente y un baño con ventana.
La cama sigue coronada por un bebé angelito que parece que vigila incisivamente tu alma y un cabecero de madera maciza. Puntos muy negativos para mi descanso.
Me da tiempo a poco más que guardar parte de la ropa, darle la vuelta al colchón y cambiar las sábanas antes de comer.
Todas están sentadas en la mesa cuando me acerco, sirviéndose comida de varios tupper s: ensalada campera, croquetas, brochetas de pollo con pimientos y champiñones con huevo para Gabi, que es vegetariana desde hace casi una década.
Es un poco surrealista que estemos aquí, en un piso entero alquilado a mi nombre, y juntas, después de todo.
Gran parte de mi día a día últimamente parece surrealista, casi en la misma medida que el sofá de flores sin mesita de café del fondo de la estancia.
Pero levantar la vista y ver a mi familia es un ancla, un recordatorio, un baño caliente cuando no sientes los pies del frío.
—Pues la casa está preciosa, ¿no os parece? —La vista se me va hacia la vitrina de la derecha, llena de pequeñas figuritas que no me atrevo a nombrar—. A lo mejor alguna lamparita sí que pondría, o unas cortinas nuevas...
—Tita Rosi, no sé yo si «preciosa» es la palabra —interrumpe Olivia—. Amueblada, apañada, vieja... quizás, pero preciosa, no.
—La chica esta que vivía antes aquí... June, ¿cierto? ¿No pensó en redecorar nunca? ¿En colgar un cuadro o, por lo menos, quitar los crucifijos? —pregunta Gabi con la boca llena.
Cuatro pares de ojos vuelan hacia la caja llena de pequeñas estampitas y crucifijos que hemos descolgado de la pared.
Me anoto mentalmente quitar el angelito y lanzarlo ahí también antes de guardarla en el altillo.
Mastico en silencio, dejando que las voces de las mujeres a mi alrededor me arropen. Son mi madre y Gabi las que lideran la conversación; Olivia permanece inusualmente callada.
Busco sus ojos para asegurarme de que está bien, pero mi madre se adelanta y agarra la mano de mi prima.
—Ay, niña, tienes que comer aunque estés triste, para que cuando salgas de esta mala racha, tu cuerpo reaccione. Si no, enfermarás en cuanto pase todo...
«¿Cuando pase qué?».
Gabi no parece extrañada, pero yo me he perdido algo.
—¿Qué te pasa? ¿Algo de curro? La vuelta al cole tiene que ser estresante en la editorial, ¿no?
Olivia trabaja en el departamento financiero de uno de los grupos editoriales más grandes del país, y septiembre es un mes de mucha actividad.
Mi madre hace caso omiso de mis palabras y continúa con su discurso.
—La convivencia es algo duro. Lo que no tienes que hacer es lanzarlo todo por la borda por un malentendido, que las generaciones de hoy en día sois mucho de rendiros y poco de trabajar...
—Espera, espera —alzo la voz, porque no hay otra manera de que me escuchen, al parecer—. ¿Ha pasado algo con Marcos? ¿Estáis bien? No sabía nada.
—Claro que no —me espeta, cortante, aunque relaja la cara rápidamente en cuanto me ve reaccionar; o, mejor dicho, quedarme congelada—.
Perdona, Emma, no... No pasa nada. Discutimos hace un par de semanas, antes de un viaje largo por trabajo.
Vuelve esta noche, y seguro que lo arreglamos, pero llevo días sin dormir. Llevamos días sin hablar.
—Tía, sí que habláis, lo que pasa es que no tanto como te gustaría —contesta Gabi, dejando claro que conoce muchos más detalles de la situación que yo—.
Los mensajes se pueden malinterpretar, y él tiene una agenda horrible allí...
No le estoy defendiendo, que quede claro.
Cuando os veáis esta noche seguro que, ya más tranquilos, podréis aclararlo y dejarlo atrás.
Olivia asiente y niega con la cabeza al mismo tiempo, como si ni siquiera ella tuviese claro en qué bando está. Y cambia de tema:
—Bueno, cuéntanos tú, Emma. ¿Cómo te va todo? Últimamente parece que la protagonista de Devuélveme mi suerte te hubiese dado un morreo. —Mi madre pone cara de póker. Y no la culpo; lo único que habrá entendido es que alguien ha besado con lengua a su hija.
—Es una película, Rosi. Pero es verdad, tienes mucha suerte últimamente: el piso, los eventos, los planes... Emma en el centro de todo, ¿no es así?
—Uy, sí que es verdad que ha habido días que no ha pasado por casa.
O ha llegado de madrugada, lo nunca visto.
—Mi madre se lleva un pedazo de pan mojado en el aceite de la ensalada a la boca.
Yo hace rato que no pruebo bocado. Lanzo una mirada seria en su dirección—.
¡No he dicho ninguna mentira, cariño! Si yo me alegro un montón de que salgas por ahí y te diviertas...
—Tu madre tiene razón, no hay nada de malo en ello. —Esta vez es Gabi quien intenta calmar los ánimos—. Pero es que nos da la sensación de que te ha absorbido el trabajo, o la gente, ¿sabes?
—Perdón por lo que voy a decir, y no va a malas. Pero pareces otra persona. Y no hay nadie que te conozca mejor que nosotras.
No es desprecio lo que tiñe la voz de Olivia, sino una profunda pena. Y fatiga.
Y no puedo llevarles la contraria, lo sé: es algo que no me quito de la cabeza.
Cada vez que me escriben, cada vez que no lo hacen, cada vez que suben algo a redes sociales o cuando veo que sus circulitos de localización están juntos.
Esto es lo que yo quería, sí, y le prometí al universo que sacrificaría todo si fuese necesario por conseguirlo.
Le aseguré que merecería la pena. Pero esto no, esto no puedo dejar que muera.
Solo tengo que reanimarlo, acostumbrarlo, darle una gotita de veneno todos los días con el café para que se vuelva inmune.
Sufrirá al principio, pero no será letal; solo doloroso.
—Chicas, de verdad, no me malinterpretéis, ¡pero estoy bien! ¡Mejor que nunca! Estoy disfrutando un montón, conociendo gente nueva y... me gusta. Creo que nunca les había dejado entrar tanto como para coger confianza. A mis compañeros de la ofi, digo. Son geniales, os caerían bien.
—Si no te decimos que no, pero...
—Perdón por no estar tan presente, pero sabíamos que podía pasar. Vivir tan lejos también es complicado, tardo el triple en llegar a todos los sitios. Que no es excusa, lo sé.
Olivia es la única que me contesta. Gabi se mantiene al margen, sigue comiendo, mirando a mi madre de vez en cuando mientras yo intento dirigirme a todas a la vez.
—Somos tus amigas, no necesitamos que nos pongas excusas.
Sigo escuchando lo que dicen, pero necesito soltarlo todo.
—Esto va a cambiar, os lo prometo. Ahora volvemos a vivir cerca, y tengo una preocupación menos, una enorme, que era encontrar piso. Ha sido solo una mala racha, pero sigo siendo la Emma de siempre.
No es del todo mentira, pero tampoco siento estar diciendo toda la verdad. No lo estoy haciendo.
Olivia me agarra la mano y aprieta, tratando de sonreír.
—Esperamos que sí.
No sé a qué se refiere exactamente, pero no se me escapa ese plural que me deja fuera.
La comida se reanuda, aunque la incomodidad no se disipa del todo. Olivia se sirve más ensalada, y mi madre le echa el resto de los champiñones a Gabi en el plato.
A mí se me ha cerrado del todo el estómago.