13. «You Found Me» – The Fray #3
Están juntas. Habrán quedado a comer tarde, como siempre solíamos hacer los viernes o cualquier día de jornada intensiva en verano, antes de la sobremesa que se nos alargaba hasta el infinito y nos hacía llegar tarde a nuestros respectivos planes.
Pero no han dicho nada por el grupo. De haberlo sabido, no me lo hubiese perdido. Pero no sabía nada.
El viejo vacío templado, tan conocido por mi estómago, vuelve y se asienta. De pronto, se me empaña la vista, apenas un poco, y me flaquea la valentía para llamarlas por teléfono.
«No, Emma, venga. No pasa nada, son Gabi y Olivia. Siguen siendo ellas...».
«Igual la que has cambiado has sido tú».
Me coloco el móvil en frente y pulso la tecla de videollamada que aparece en el grupo de las tres, intuyendo que solo una de ellas contestará.
Tras más toques de los que me hubiese gustado contar, es Gabi la que contesta primero. Y la única, en realidad.
Está en la cocina, en su sitio de siempre, frente a la nevera, y apoya el móvil en lo que sé de sobra que es el hervidor de agua.
—Tía, ¿qué tal? ¿Pasa algo?
Su semblante parece preocupado, aunque no logro discernir si es por la llamada o por algo más.
—No, sí, o sea…, todo bien. Es que he visto que estabais juntas y quería contaros una cosa.
La mirada de Gabi vuela por encima del móvil, hacia donde sé que se sienta Olivia y desde donde se escucha un seco «¡Holi! Claro, cuéntanos».
Ninguna de las tres habla sobre el elefante en la habitación. O sobre que en la habitación donde están ellas, que era de las tres, nuestro espacio y lugar más seguro, puede haber un elefante enorme sentado en mi silla. Porque yo no estoy.
—Pues, bueno... ¡He encontrado piso en Madrid!
Una vieja conocida de mi madre tiene un apartamento vacío cerca de la oficina y el otro día estaba dando un paseo con los perros y nos la encontramos en el parque de aquí detrás...
La tiraron al suelo y todo —cuento atropelladamente, y sé que notan lo nerviosa que estoy—.
El caso, que me la traje a casa por el susto y, entre unas cosas y otras, me acabó ofreciendo el piso.
—¡Emma, tía, pero eso es un notición!
Olivia asoma la cabeza por un lado de la pantalla y acomodan el móvil para entrar las dos.
Era consciente de que las echaba de menos, pero verlas ahí, juntas, tan lejos…, me duele mucho más de lo que estoy dispuesta a admitir.
Cuando nos separamos, prometimos que nada se interpondría entre nosotras. Ese nivel de confianza construido a base de compartir tanto tiempo y espacio no es algo que construyas de la noche a la mañana con ninguna amiga, ni siquiera con una pareja. Fue único e irrepetible.
Y se está tambaleando.
Lo que no esperaba es que sería yo quien acabaría tensando la cuerda, cavando un abismo tan profundo entre nosotras.
Me limpio una lágrima minúscula con el dorso de la mano, la única que ha conseguido escaparse.
Las sonrisas en las caras de mis amigas parecen sinceras, así que me permito buscar palabras de aliento en mi interior.
«Es solo una mala racha, no pasa nada. Solo tienes que arreglarlo».
Otra batalla.
Al mismo tiempo, parecen decaídas.
A ellas también les duele, y es todo culpa mía.
—La verdad es que sí, chicas. Estoy muy contenta —susurro, tratando de convencernos a las tres de que no estoy mintiendo—. Me dan las llaves el viernes que viene, había pensado hacer la mudanza el sábado. Tengo... Tengo casi todo en cajas desde que me fui de casa, no he conseguido desempaquetarlas.
El rostro de Olivia se encoge con ternura y apoya la cabeza en el hombro de Gabi, que ha arrastrado la silla hasta sentarse a su lado.
—¿Necesitas que vayamos a ayudarte? Ya sabes que no hay cosa que me guste más que hacer limpieza y ordenar —me ofrece, y el nudo del pecho se aligera un poco.
Me río, aunque la carcajada suena vacía, quebrada. Falsa.
—Chicas, ni siquiera he abierto las cajas de la última limpieza, no hay nada más que tirar...
—La mirada que me echan a través de la cámara es casi burlesca, porque saben que no hay cosa que me cueste más que deshacerme de todas las pequeñas tonterías que voy acumulando—. Pero me encantaría que lo intentáramos.
Esta vez es Gabi la que echa mano del móvil y se lo acerca a la cara.
—Déjame un segundo, que miro el horario de la semana que viene, a ver si voy a tener guardia...
—La cámara se pausa por un segundo cuando mi amiga abre el calendario, y yo aprovecho para soltar el móvil y masajearme los ojos con las dos manos, respirando en calma por primera vez en todo el día—.
Vale, nada, el sábado estoy de saliente y libro el domingo.
—La cámara vuelve a enfocarlas mientras recoloca el móvil sobre el hervidor—.
Cuenta con nosotras. ¡Y con la furgo! Creo que se la puedo robar a mi padre, no creo que la use el fin de semana.
Puedo pasarme pronto por tu casa a cargar cosas y nos vamos en coche para allá.
Luego ya le explicas tú por qué se la he pedido dos veces en menos de dos meses.
—¿Y vas a conducir ese monstruo por el centro? —exclama Olivia, divertida, cargándose los pocos miligramos de tensión que quedaban en el ambiente.
—Claro que sí, no le tengo ningún miedo a Madrid centro. Más les vale a los sabaderos poner los intermitentes si quieren sobrevivir.
Olivia y yo resoplamos a la vez, aunque a kilómetros de distancia.
El amor que siento por estas chicas no puede compararse con ningún deseo concedido ni con ninguna fuerza divina. Lo único que espero es que sea lo suficientemente fuerte como para sobrevivir a ambos.