13. «You Found Me» – The Fray #2
«¿Que los astros quieren ponerme la miel en los labios? ¿Hacerme la más popular de clase diez años tarde? Que no se preocupen, no pienso desaprovechar la oportunidad».
Ya es hora de comprobar cuánto poder soy capaz de canalizar.
—¡Qué pena, Celes! No me diga usted que tiene el piso vacío sin nadie que se lo cuide.
«¿Soy una persona horrible?».
Mi madre me mira alarmada, pero la anciana echa mano de mi muñeca y se gira hacia mí, dando leves toquecitos sobre el dorso de la mía.
Cuando levanta la cabeza, vuelvo a ver esa neblina. Casi soy capaz de olerla: lavanda y café quemado. Es muy extraño, aunque familiar al mismo tiempo.
—Sí que es una lástima, bonita. Ojalá te gustase a ti el piso. A mi Juan le daría mucha alegría que fuese la hija de Rosi quien pudiese disfrutarlo, y así devolverle un poquito de todo lo que ha hecho por nosotros.
Esta vez es mi madre la que habla.
—Celes, querida, no tiene que agradecerme usted nada. Que les conozco de toda la vida, por Dios, ¿qué menos?
—Claro que sí, hija. Siempre pendiente de nosotros.
Nada, no se hable más. ¿Por qué no se va la niña al piso y así tú te dejas de sentir culpable por recuperar el tiempo perdido?
Tus clases, tus talleres... Y después te pasas a verla los domingos, ¿qué te parece?
Se lo digo a mi hija y que nos ayude con el papeleo del alquiler y todo eso, que yo ya a mis años no me atrevo.
«Ay, señor, no puede ser».
Mamá se gira hacia mí, preocupada.
—Emma, no pienses que me molestas aquí, por favor, nada me pone más contenta que tenerte...
La señora refunfuña para sus adentros, haciendo callar a mi madre de sopetón. Tan pronto como me suelta las manos, se pone a rebuscar en el bolso su teléfono para llamar a su hija y sale hacia el pasillo.
Se la escucha gritar «La hija de la Rosi, que es jovencita» y «Pues sí, hija, a tu padre le haría mucha ilusión».
Me bajo del taburete con las piernas temblando y me acerco a mi madre, que se tapa la boca con la mano y me mira compungida.
—Mamá... Nunca, jamás, pensaría algo así. Sé que estás feliz por tenerme en casa, de verdad, pero estoy de acuerdo con la señora Celes... Quizás sea el momento de recuperar nuestras vidas.
Se le marcan las arrugas de los ojos, incluso diría que más intensamente que la última vez que la miré.
—Ay, Emma... Te mereces esto y mucho más. A la gente buena le pasan cosas buenas, ¿no crees?
Asiento, con media sonrisa dibujada en la cara, que no llega a completarse.
Media sonrisa porque el universo me ha hecho un regalo inmenso.
La otra media nunca llegará, porque el mérito no es mío, sino de la magia.
Me siento indigna y, por un momento, desearía que mi experimento no hubiese surtido efecto.
—¿Va en serio? ¡Emma, pero eso está supercerca!
—¡Shhh! Que nos van a oír, bruto...
Aunque me moría por contárselo, no he querido hacerlo por mensaje.
Hace un rato me armé de valor y le envié una convocatoria a una reunión sin asunto, solo con una ubicación: el sótano.
Un lugar poco concurrido, y mucho menos un jueves de agosto por la mañana.
No es nada propio de mí, lo sé, y temía que no se presentase, pero cuando he abierto la puerta de plástico, él ya estaba allí.
Estamos escondidos en una esquina nada más salir del cuartito del ascensor, alerta por si baja alguien, algo altamente improbable.
Todo el mundo está deseando vernos juntos, lo noto.
Sigo poniéndome nerviosa cuando Beto y Leire proponen irnos a comer los cuatro, o cuando Loreto me mira de reojo sabiéndose fuera del plan.
Antes, nadie contaba conmigo para los planes que surgían después del trabajo.
Ahora, los evito y me escondo bajo las mesas para que no me vean.
Iván me ha abrazado, como esperaba, pero las cosas aún están muy intensas en la oficina, así que mantenemos una distancia prudencial. Mis brazos cruzados, sus manos escondidas en los bolsillos.
—¿Cuándo te mudas? —me pregunta, rebosante de emoción.
—La semana que viene. El piso lleva vacío meses, y así aprovecho que no deshice las maletas y sigue casi todo en cajas.
Está yendo rapidísimo, es cierto, a un ritmo que no es propio de las historias desprovistas de ficción.
Pero si la vida me da limones (en este caso, dulces y riquísimos), no puedo dejar que se pudran antes de hacer limonada.
—¿Necesitas ayuda? Puedo acercarme a montar muebles contigo... ¿O es que piensas dejar todo en cajas otra vez?
—No te preocupes. El piso está amueblado, aunque llevan sin renovarlo desde los ochenta, así que espera la decoración más vintage que te puedas imaginar... Además, mi madre me ayudará a limpiar y a colocar cosas. Y las chicas, si pueden, también, espero…
Iván saca medio cuerpo por la esquina, como para comprobar que no hay nadie espiándonos, y vuelve a girarse hacia mí con una gravedad renovada. De repente, su cuerpo invade todo el espacio, sus brazos se lanzan a agarrarme y me empuja contra la pared.
—Se me ocurren muchas maneras de ayudarte a inaugurar tu piso nuevo.
Puedo llevarte la cena, colocar tus libros...
—Su cara se acerca peligrosamente a la mía, disipando todas las dudas que pudiera tener sobre si se arrepentía de lo que pasó el otro día.
Al menos, en lo que se refiere al futuro más inmediato—.
Y besarte cada vez que consigamos vaciar una caja.
Mi cuerpo se relaja bajo el suyo y le rodeo el cuello con los brazos. Su nariz baja hacia mi cuello, y sé que sus respiraciones pesadas y el calor asfixiante están empañando sus gafas.
—Tengo muchas cajas.
—Pero tienes que pedírmelo, Emma. Decirme que sí. No puedo seguir saltando al vacío contigo. Acabaré abriéndome la cabeza.
Me arqueo un poco para que mantenga su cabeza pegada a mi hombro. Necesito pensar un instante, y no puedo hacerlo mientras me mira.
Esto no puede ser malo, es imposible. Algo que me hace sentir tan bien, no... Me niego a pensar que es falso.
Si voy a hacer esto, si he decidido aprovechar esta magia, tengo que apostarlo todo. Mis ahorros al rojo.
Bajo las manos hacia sus brazos para empujarle ligeramente y conseguir que se concentre en mí, y yo en él, y no en todo lo que quiero hacerle.
—Tendrías que venir por la noche, cuando se hayan ido.
—¿Es que acaso te avergüenzas de mí? —Iván gira la cabeza, sonriendo de medio lado. No lo dice en serio.
Yo arrugo la nariz en respuesta, atreviéndome a alzar la barbilla un poco, concediéndole lo que no ha parado de pedirme.
—Te enmarcaría en mi salón...
—Qué cosas tan bonitas me dices —me interrumpe, respirando casi en mi boca.
—Ajá... Pero ya te he compartido demasiado. Quiero tenerte solo para mí y, como te pillen en casa, no habrá quien las eche.
Iván se ríe, dejando caer la cabeza hacia atrás y rompiendo el momento, tan tenso que cortaba como una hoja de papel.
Pero no me importa, la promesa de algo más es casi tan excitante como un beso robado bajo estos desagradables fluorescentes.
—En casa, ¿eh? Qué bien suena, qué adulta...
Se muestra divertido, y yo reflejo sus movimientos, deslizándome un poco más por la pared y dejando que mi cara revele todo . Por una vez, sin máscaras. Las inseguridades, la ilusión, las dudas, las ganas...
—Suena demasiado bien —resoplo—. Aún estoy esperando a que aparezca alguien con un ramo de flores y me diga que todo ha sido una broma de la gala Inocente, inocente .
—Emma, tienes que dejar de boicotear todo lo bueno que te pasa —me dice, enmarcando mi cara entre sus grandes manos.
Pero no me besa, todavía no.
Tampoco cuando quedamos en vernos el sábado, pasadas las nueve, en mi recién estrenado apartamento.
Ni cuando le digo que siempre quise cenar comida china sentada en el suelo de un piso desconocido como en las películas y él accede a comprar de todo lo que me gusta: pollo al limón, con almendras, arroz y rollitos de primavera.
Antes de volver a subir a la oficina, me planta un beso largo, demasiado largo, en la mejilla, al límite de la comisura, con un brazo rodeándome el cuello y el otro... no lo sé. Estoy tan perdida en él que no soy consciente de mucho más.
Tengo todo lo que quería, aquello por lo que escribí una carta al universo que casi me cuesta mi cordura, al alcance de mis dedos. Casi puedo tocarlo.
Aun así, me siento más sola que nunca.
Después de comer, procrastinando lo de poner lavadoras para poder llevarme toda mi ropa limpia la semana que viene, pienso en escribir a las chicas. Por ahora, tampoco saben nada.
Quise contárselo nada más Celestina salió por la puerta, pero me invadió una vergüenza cuyo origen desconocía, pero con una fuerza contra la que no podía luchar.
Tampoco lo hice por la mañana, ni a mediodía.
Nunca me había pasado algo así, no con ellas, pero sigo apuntándolo al final de mi lista de tareas pendientes desde entonces. No puedo explicar bien por qué.
El nudo en la garganta, supongo.
Hace días que no hablamos. Desde el lunes por la mañana, casi toda la semana. No han vuelto a escribir por el grupo, y en mi cabeza se hizo tarde para contestar a lo anterior, así que no lo hice.
De repente, se me hace un mundo.
A lo mejor debería quitar la tirita sin pensarlo demasiado.
Me incorporo un poco en la cama y abro la aplicación que me dice dónde están mis amigas. No sé si Gabi tendrá turno o no en el hospital, y no quiero llamarla en un momento importante o provocar un ruido espantoso cuando el móvil vibre en la taquilla.
Localizo primero el circulito con la foto de Olivia, que está en casa. Es decir, en su casa, la que era la nuestra, pero dejó de serlo para ser solo suya.
Tardo un rato en entender por qué no me sorprende la imagen.
El circulito de Gabi está justo debajo, exactamente igual que cuando lo miraba hace unos meses para comprobar si ambas estaban en casa porque llegaba con la compra o algún cotilleo igual de pesado que las bolsas.
La única diferencia es que Gabi ya no vive allí.