13. «You Found Me» – The Fray
You Found Me – The Fray
Después de dos días encerrada, sin información del exterior y sirviéndome de excusas estúpidas para no ir a la oficina, he salido a dar un paseo largo con los perros. Necesitaba estirar las piernas y cambiar de aires, y aunque ya son pasadas las siete, sigue brillando el sol.
Klaus tira de mí con fuerza mientras Damon camina a mi lado, más calmado y respetuoso con mis músculos, atrofiados por haber pasado las últimas cuarenta y ocho horas metida en casa.
Solo me he permitido leer mensajes de trabajo, contestar lo justo a Loreto y mantener alguna que otra conversación con Iván.
Sus mensajes llegaron antes incluso de que saliera del edificio de Kuon, otro más a medio camino y, el último, cuando volvió a casa. Me mandó una foto de Gatu, y no hemos parado de hablar desde entonces.
Él no entiende nada de lo que ha pasado, pero yo tampoco puedo explicarle que manifesté ser más protagonista y que todo se ha salido de madre. No sé si las estrellas se enfadarían por desvelarle mi secreto, ni tampoco si yo misma me lo creo del todo.
El paseo no me ha servido para conectar con la naturaleza ni para desconectar de mis pensamientos. En su lugar, he consultado todas las páginas web y foros posibles, en todos los idiomas, para ver si esto de la manifestación tiene algún sentido.
Al principio ha sido fácil no perder los nervios.
Todos coincidían en que sí, la manifestación puede ser una poderosa herramienta para la motivación personal.
Te ayuda a tener claros tus objetivos y a ser constante.
Suena genial, y debería haberme quedado ahí, quietecita, sintiendo pequeñas moléculas de paz entrando en mi torrente sanguíneo para recordarme que la magia de este calibre no existe.
¿Quién me creo para pensar que el universo no tiene nada mejor que hacer que solucionarme a mí la vida?
Sin embargo, no soy capaz de pasar página, y necesito confirmar y reconfirmar todo varias veces para creérmelo de verdad.
Quizás hubiese sido inteligente hacer esta investigación antes de encender ninguna vela, pero no lo hice.
NO LO HICE .
Lo que he encontrado después... preferiría no haberlo leído.
Por lo visto, el ocho de agosto fue el día más poderoso del año.
A mí nadie me avisó, ni tampoco de que mezclar la manifestación con sacrificios y objetos personales imbuidos de poder —como un hechizo de popularidad guardado en un armario durante diez años— podría convertirlo en un ritual mucho más peligroso.
Inmóvil en medio de la nada, paso de una línea a otra, de un foro a otro, leyendo siempre las mismas palabras.
Tierra.
Sol.
Estrella Sirio.
Portal de Leo.
Signo de fuego.
Conexión con el plano espiritual.
Luna creciente.
Ritual.
Sacrificio.
Magia antigua.
Poder invocador.
«Esto es muy malo».
Me obligo a inhalar un poco de aire y soltarlo en tres tiempos para intentar calmar mi cuerpo, que no para de temblar.
Tengo escalofríos, sudores helados que se deslizan por mi espalda, y no escucho nada más que ladridos desordenados por encima del vacío y...
«¿Eso son gritos de auxilio?».
Levanto la cabeza del móvil, pero solo veo a mis perros moverse con energía hacia alguien. Klaus ya está sobre ella, mientras que Damon llega en ese momento, agitado.
Los gritos provienen justo del espacio ciego que sus cuerpos no me dejan ver.
—¡Chicos! ¡Ey! ¿Qué hacéis?
Me acerco corriendo y descubro a una señora mayor, de setenta u ochenta años, luchando por levantarse y esquivar los babosos lametones de los dos animales. El peso de Klaus y de las bolsas que iba cargando la han tirado al suelo.
—¡Ay, Dios mío! ¡Perdone! ¡NO! ¡Chicos, ya basta, NO !
Aparto como puedo a mis perros y recupero sus correas para alejarlos de la señora, mientras, haciendo acopio de toda mi fuerza y equilibrio, la ayudo a levantarse. Tiene un arañazo lleno de arena en la pierna.
—Ay, niña, perdón, solo han venido a saludarme, pero una ya no está tan fuerte como hace unos años... —Cuando consigue incorporarse, olvida toda su compra, que está desperdigada por el suelo, y se dirige a los perros—. ¿A que sois la cosa más bonita del mundo? ¿A que sí?
Repara en mí un segundo después, y su cara se convierte en una mueca exagerada que no me gusta nada.
— ¡ANDA, EMMA, PERO SI ERES TÚ, BONITA! Un abrazo a la Celes, ¿no? ¡Qué mayor estás!
Intento escarbar en mis recuerdos, pero no consigo dar con ninguna coincidencia. Debe de ser alguna amiga de mi madre o la abuela de alguien del instituto, pero siempre se me ha dado mal recordar caras y nombres.
Aun asumiendo mi parte de culpa, su reacción es desmesurada.
—Disculpe, yo...
Pero no me deja ni hablar.
—¡Cuánto hace que no veo a tu madre! Pero es que no hay duda, os parecéis tanto..., ¡qué ilusión verte! Hazme el favor y ayúdame con esto, que, claro, vengo de la carnicería y seguro que lo han olido... ¡Vaya bestias más preciosas!
Tras recoger y sacudir un poco todos los paquetes de embutido bien envueltos, la señora se agarra de mi brazo y nos dirigimos hacia el pueblo.
—Anda que no me acuerdo de la de viajes con tu madre en el coche.
Siempre nos ha ayudado mucho a mi Juan y a mí, ¿sabes?
Nos subía a Madrid, al piso, porque a él le encantaba pasar los domingos en el Retiro y así estábamos más cerca de los nietos.
Pero desde que murió mi marido y mi hija se mudó aquí para que estuviésemos más cerca, como ya no subimos, casi ni la llamo...
Si es que no entiendo los móviles de ahora, y fíjate que mi Bruno, el pequeño, me lo ha explicado muchas veces, pero donde se ponga un teléfono fijo, a mí que no me den maquinitas tan modernas...
La alegre voz de la señora me distrae un poco, y la verdad es que lo agradezco.
Recalculamos la ruta y caminamos juntas hacia mi casa. He insistido yo. Me da un poco de apuro hacer que se vaya sola sin limpiarle el rasguño.
Aunque estoy convencida de que se encuentra bien, de vez en cuando me mira con ojos acuosos, como si no supiera a quién está viendo. Me recuerda a Leire.
Puede ser por la caída.
O puede que no.
Suelto a Damon y Klaus nada más entramos y le indico a Celes que avance para poder cerrar el portón.
—¡Pero bueno! Celestina, ¿qué hace usted por aquí? ¿Qué le ha pasado?
Mi madre se asoma por la puerta mientras le cuento la debacle del parque y dejo las bolsas de la señora en la isla de la cocina.
Es muy tierna la complicidad que comparten, como si no llevasen años sin verse, poniéndose al día en cuestión de segundos.
La mesa de la cocina se llena de vasos y pequeños platillos con patatas fritas, lascas de jamón ibérico y unas aceitunas: un picoteo de los de mi madre, siempre listo para las visitas.
—Pues tiene usted razón, ha pasado mucho tiempo.
Yo es que ya casi no subo a Madrid tampoco.
Antes iba a alguna clase cuando les acercaba al piso o me daba paseos por el centro, pero los años pesan y le he cogido un poco de miedo al coche.
Además, desde que tengo a la niña aquí —añade mi madre, como si no estuviera delante—, me he vuelto más casera.
—¡Bueno, mamá! —me río—. ¿No serás tú la misma persona que llegó de madrugada el fin de semana pasado con su hija tirada en la calle?
—Ay, Emma, ¡no fue para tanto! No puede una cometer un error, que se lo van a estar recordando siempre.
—Pero, mujer, ¡eso está fatal! No puedes quedarte metida en casa todo el día. ¿Qué va a pasar cuando Emma se case, encuentre un piso mono y se vaya?
Trago como puedo. La escena es tan acogedora que me he olvidado por un momento de que mi presente está maldito.
—No se preocupe, señora Celes —interrumpo, porque quiero ser parte de eso un ratito más—. Está todo fatal... No creo que pueda permitirme alquilar un piso yo sola.
Sé que mi madre, si supiera cómo, invocaría un amarre para que viviéramos juntas para siempre. Pero también está triste por mí, por no haber podido continuar con la vida que ya había comenzado por mi cuenta.
De pequeña siempre la escuchaba quejarse, con cariño, de lo independiente que era, de las ganas que tenía de salir del pueblo, de lo cerca que sentía el momento en el que le dijera que me mudaba, no a Madrid, sino a la otra punta del país o del continente.
Nunca sucedió, no podíamos permitírnoslo. Ninguna de las dos.
Haberlo hecho con Olivia fue más fácil. También para las dos.
—¡Qué pena, niña! Antes lo teníamos mucho más fácil. Mira mi Juan y yo, que nos compramos un piso en el centro solo para poder estar más cerca de los niños, ya ves tú, sin ninguna necesidad. Y ahora ahí está, vacío...
—¿Ya se mudó June? Era muy buenecita, muy trabajadora.
—Ay, sí, se fue a vivir con el novio después de mucha pelea. La pobre estaba un poco perdida... Y yo es que no soy capaz de quedarme allí sola. A mi hija le encanta el piso de Madrid, pero con los niños es imposible que lo aproveche.
No me quiero ni imaginar lo que debe de costar ese piso ahora mismo, tan céntrico... Seguro que está a años luz de lo que una creativa recién relegada del sufijo de junior cobra al mes.
El móvil me vibra encima de la isla con una notificación que no conozco.
Es de Hoshi, una de las aplicaciones que he descargado esta tarde para poder leer artículos en su foro privado.
Es la típica que te mantiene al día con tu carta astral y analiza tus cambios de humor en función de la posición de los planetas.
Al parecer, también te envía frases inspiradoras a diario.
Pensaba borrarla más tarde, pero la curiosidad me puede y asomo la cabeza para leer qué quieren las constelaciones del zodiaco decirme hoy:
«Es momento de coger las riendas de tu vida y manifestar aquello que tu corazón más anhela».
Es evidente que las estrellas no tienen nada mejor que hacer que reírse de mí últimamente.
Al parecer, no me queda otra que resignarme.
En las fases que tengo que experimentar hacia la aceptación final, ya he superado la del desconcierto y la del miedo. Bueno, esa última sigue dando coletazos. Pero noto bullir en mí algo más parecido a la rabia y a la adrenalina.