Encantada de olvidarte 12. «DÓNDE» – Paul Thin
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12. «DÓNDE» – Paul Thin

DÓNDE – Paul Thin

Trabajar en una agencia de publicidad multinacional tiene sus ventajas y sus desventajas: por un lado, explotan tu tiempo hasta que no te queda un minuto para recordar que hay vida fuera; pero, por otro lado, te dan fruta gratis los martes y acceso a un gimnasio abierto veinticuatro horas en el mismo edificio en el que trabajas.

Suele estar cerrado en verano, pero la última semana de agosto es como la primera de septiembre en publicidad: llena de fechas de entrega, nuevos briefings y reuniones de puesta a punto para la vuelta al cole.

De ahí que esté a las siete y media en la oficina, con dos cafés en el cuerpo y ningún alimento en el estómago, esperando a la primera clase de pilates del día y del nuevo curso.

Han habilitado una sala con máquinas que parecen estructuras de la mismísima Inquisición, pero que prometen cincuenta minutos de desconexión.

Y los necesito.

Después de un día perfecto y una noche en vela, una bola de angustia se me atascó el domingo en la garganta y no conseguí tragar en todo el día.

Les envié un audio rápido a Gabi y Olivia, entre mensaje y mensaje con Iván, contándoles algunos detalles, pero no me han contestado hasta esta mañana. Y no lo que yo esperaba, si soy completamente sincera.

Gabriela Godoy Me alegro mucho, tía

Pero, amor, no te lo tomes a mal

Desapareces durante días, haces cosas que no son propias de ti...

Nos preocupas:(

Al poco tiempo, es Olivia la que escribe, como si se hubiesen puesto de acuerdo.

Olivilivia Sí, es genial que estés haciendo planes y salgas fuera de tu burbuja, siempre te lo hemos dicho...

Pero no te pierdas

Te echamos de menos

He tenido que pararme en medio de la calle a leer y releer los mensajes. Me han dolido como una estaca, pero también me asustan, porque, por muchos argumentos convincentes que encuentre en mi defensa, no consigo quedarme tranquila.

Hoy prefiero no darle vueltas. Empiezo el lunes sin un ápice de energía para librar ninguna batalla más.

Así que pongo todo mi empeño en manifestar olvidarme de todo esto y les escribo un último mensaje antes de que empiece la clase.

yaaaaa, chicas, tenéis razón:( Siento mucho haberme perdido estos días, pero también os echo mucho de menos

Siempre me habéis dicho que saliese más, que dijera más que sí, y es lo que estoy haciendo

Estoy bien, de verdad, solo me está costando equilibrarlo...

Bueno, contadme vosotras qué tal el finde??

Repaso los mensajes otra vez, y una tercera, antes de bloquear el móvil y guardarlo en la taquilla.

Casi me tropiezo cuando lo desbloqueo una hora después.

Tengo decenas de mensajes, muchísimos en el grupo de la oficina, otros de Iván y algunos en el grupo con Gabi y Olivia.

Esta última ha mandado un audio bastante largo que intento escuchar de camino al ascensor, haciendo equilibrios con la mochila, la botella y el móvil en la oreja, que no ha parado de vibrar en todo este rato.

No sé qué pasa, pero necesito otro café y algo de comer para enfrentarme a cualquier cosa.

Y, entre ellas, a esta.

El corazón me empieza a latir más fuerte cuando veo a Iván a través de las puertas de cristal de la quinta planta.

Esperaba encontrármelo hoy, por supuesto, pero tenía la esperanza de poder lavarme la cara y echarme desodorante antes.

En cualquier caso, hablamos de mantener un poco las distancias en la oficina, algo a lo que accedió a regañadientes.

Me gusta muchísimo y sospecho que podría gustarme mucho más. Pero quiero seguir conociéndole, asegurarme de que es de carne y hueso y no... ¿de polvo de estrellas? Ya no sé ni qué pensar.

Por eso me descoloca tanto que, por su postura y por cómo me mira cuando me ve entrar, parezca que me está esperando. Niego con la cabeza, pero eso no lo disuade de interceptarme en la entrada.

—¿Qué haces? —pregunto en un susurro. No se acerca demasiado ni se inclina para besarme. Nada sospechoso, nada demasiado íntimo. Y, a la vez, lo es todo.

Por lo menos, el incómodo primer encuentro ha sido como una banda de cera: duelen más los segundos previos que el tirón en sí. Una vez ha pasado, solo arde.

Iván no para de morderse los labios y remangarse la camisa de lino de manera obsesiva.

—Vaya, yo también me alegro de verte... —suelta, y me descoloca, porque no tiene buena cara—. Emma, escucha...

—Iván, ¿podemos hablar después? No consigo recordar si tengo reunión a primera hora y voy pilladísima de tiempo. Además, creía que íbamos a...

—No —responde cortante, aunque dubitativo, como si no supiera cómo seguir—. O sea, mejor ahora.

Pero no continúa hablando, se queda callado. Y a mí me crispa los nervios.

Su expresión seria hace que mil pensamientos bullan en mi cabeza: ¿Y si quiere decirme que todo esto ha sido un error y que no vuelva a dirigirle la palabra? El universo puede haberlo empujado a algo de lo que quizás ahora se arrepienta.

«¿Tú te arrepientes?».

No. Rotundamente no.

Por eso sería bastante humillante que él sí.

—Déjame que me descargue, por favor, y hablamos.

O no. De hecho, podemos no hacerlo, podemos no hablar nunca más si lo prefieres.

No te preocupes, ¿vale? Puff... ¿Ves? ¡Olvidado!

—Finjo que nada de esto me está afectando lo más mínimo, aunque me esté rompiendo un poco por dentro, y maldigo a todo el cosmos entre dientes.

—Emma, ¿qué cojones estás diciendo? —me interrumpe, y resopla, despeinándome el flequillo. Su control se tambalea, y él también se está dando cuenta—. Perdona. ¿Puedes dejarme hablar, por favor?

Mi cara se retuerce y sé que está leyendo todo lo que pienso, pero me da lo mismo. Lo superaré y listo. Le pediré a las estrellas una segunda oportunidad, por esta jugarreta tan fea que me han hecho.

—La he cagado, ¿vale? —Iván posa sus manos en mis hombros, me da un pequeño apretón y vuelve a relajar el agarre, aunque parece de todo menos calmado—.

No... no sé cómo, no sé qué ha pasado. Le mencioné a Nuria de pasada que habíamos quedado, fue una tontería, porque no le había contestado a no sé qué mensaje y...

Se ha montado una buena ahí dentro, está todo el mundo como loco.

«Por favor, no».

—¿Qué? O sea... ¿Qué?

—He intentado avisarte, pero llevas una hora sin contestar.

—Estaba en pilates.

De repente, una risa estúpida le atraviesa la cara.

No entiendo nada.

—Dios, Emma, perdona. Es que... Mira que he visto cotilleos arder como la pólvora, de verdad, pero llevo toda la mañana recibiendo mensajes y miradas rarísimas como si fueses, yo qué sé, la CEO.

Nuria ha debido de irse de la lengua, raro en ella, porque es muy suya, pero...

No sé, he entrado en pánico por si entrabas en pánico.

—Estoy... estoy en pánico.

Tengo las rodillas flojas y me pesan los brazos, y no estoy del todo segura de que el ligero mareo que amenaza con convertirse en náuseas haya sido provocado por las correas del reformer .

Todo lo contrario que Iván, que parece haberse quitado un muerto de encima y ahora se encuentra en un estado de euforia en el que todo le hace gracia.

—¿Desde cuándo eres tan famosa?

«Si yo te contara...».

—Pero ¿por qué se lo has contado a Nuria? Creía que habíamos quedado en que era mejor mantener un perfil bajo.

—Emma, somos dos personas que pasaron el día juntos, ya está. Tampoco es que le haya contado con pelos y señales cómo me comiste la bo...

—¡Shhhhhh! ¡Cállate! Por el amor de Dios...

No pasa nada, ¿no? A ver, se olvidarán del tema, sobreviviremos.

De pronto, me siento una hipócrita. ¿Qué hago liándome con un compañero de trabajo? Las ganas recién estrenadas de venir a la oficina que he sentido esta mañana no compensan el escarnio público y el bochorno de que todo el mundo opine sobre algo que ni siquiera yo entiendo del todo.

—¡Chicos! Por fin os encuentro. ¡Qué calladito os lo teníais! ¿Desde cuándo estáis juntos? —La estridente voz de Leire me pilla por sorpresa—. ¡Podemos organizar una cita doble! Con lo que me cuesta sacar a Beto de la cama…, o sea, de casa, ya sabéis.

—Leire... —advierte Iván, pero yo me adelanto.

—No estamos juntos, Leire, ¿de dónde has sacado algo así?

No he dicho ninguna mentira; juntos como tal, juntos , no estamos. El karma no puede castigarme por esto.

Aunque escuchar tragar saliva a Iván es suficiente castigo.

«Dios, Emma, cálmate. Le conoces desde hace media hora».

—Va, venga, que me lo gafas. Con lo que me ha costado... —Esta vez es Iván quien evita que Leire siga hablando. Abandona mi lado y agarra a la chica de los hombros para llevársela de vuelta a su mesa mientras ella sigue proponiendo planes y organizando escapadas.

La oficina al completo estalla en vítores y aplausos cuando me ven girar la esquina, descompuesta, colorada y cargada con ciento veinte kilos de vergüenza.

—¡Olé, olé y olé!

—¡Emma, guapa! ¡Que vivan los novios!

—¡Que se besen! ¡Que se besen!

Un foco imaginario alumbra a Iván como si fuese el protagonista de una obra de teatro en medio de un monólogo, justo igual que a mí.

No sabe dónde meterse, está alucinando. Intuyo cómo intenta tranquilizarme en la distancia, pero está tan descolocado que solo le sale una mueca avinagrada que es mucho más fácil de leer que sus labios.

Ni las estrellas del firmamento ni una popularidad estable en el tiempo pueden prepararte para algo así.

Impasible, me quedo plantada en el sitio, petrificada y tarde para todo: para evitar que Leire se lo cuente a alguien más (me ha quedado cristalino que no hay becario que no se haya enterado), tarde para la posible reunión que tuviera a primera hora y tarde para entender que la manifestación y las historias de amor son completa y absolutamente incompatibles.

No he sido capaz de hacer nada a derechas en todo el día: he tardado hora y media en redactar un correo en el que he olvidado adjuntar los archivos adjuntos , me he perdido una reunión de equipo y tengo tres llamadas perdidas de mi jefe que no he llegado a contestar por puro aturdimiento mental.

Encadeno disculpas y respiraciones, disculpas y respiraciones.

A media mañana, cuando ya me dolían las cervicales de encorvarme frente al ordenador y evitar hacer contacto visual con nadie, Iván me ha escrito:

IN

No te comas la cabeza, eso es que hacemos

buena pareja;)

cállate

que con este jaleo seguro que RRHH lee

nuestras conversaciones hoy

IN

¡Hola, Inés! Tranquila, solo nos hemos tomado un

café.

No hay que rellenar ningún formulario aún

En serio, Emma, tranquila

No he contestado.

Una hora después, ha escrito:

IN

Dime si necesitas algo:)

Las cejas alzadas de Loreto exigen saber si todo va bien. Ella también se ha quedado un poco en shock cuando se ha encontrado el percal nada más llegar. Y está un poco dolida por no haberse enterado antes que Beto y Nico de que mi desayuno con Iván terminó a horcajadas sobre sus piernas.

Gracias al cielo, mi dupla me conoce lo bastante bien como para dejar la conversación aparcada para otro momento, y también para hacer callar a los chicos —que demandan más detalles sobre nuestra supuesta «relación secreta»— con una mirada asesina. Al menos durante un rato.

No obstante, los cuchicheos han continuado durante toda la mañana.

Mis respiraciones erráticas y calculadas le confirman a Loreto que no, no estoy bien. Le han bastado dos segundos para entenderlo.

Todo está siendo peor de lo que me había imaginado.

—¡Eh! Emma, tranquila... ¿Por qué no te vas a casa y así no le das más vueltas? —musita entonces con voz apaciguadora, dibujando círculos en mi espalda con la palma de la mano. Sé que quiere calmarme, pero he perdido el control de mis nervios.

—¡No puedo tranquilizarme! —Mis murmullos pelean por ser gritos—. Esto es justo lo que no quería, tía, de verdad. Qué agobio. Diles que se callen. Por favor.

A ella sí que le hacen caso, al menos hasta que algo más les activa.

Iván acaba de pasar por delante de mi mesa sin motivo aparente, buscándome. Si lo he visto yo, el resto también.

Y ha sido la gota que ha colmado el vaso.

Loreto tiene razón. Me voy de aquí.

Cuando Beto y Nico empiezan con los silbidos y se levantan corriendo para arrastrar a Iván de vuelta, recojo todas mis cosas.

Me cruzo con los tres en el pasillo e Iván se estira para agarrar mi muñeca, pero lo esquivo. La escandalosa dupla sigue silbando.

Loreto les espeta que qué mosca les ha picado, pero yo ya estoy demasiado lejos como para escuchar la respuesta.