11. «Kiss Me» – Sixpence None The Richer #4
—Creo que no te has muerto, ¿no? —Iván aprovecha y me palpa el torso, los brazos, y acaba por agarrarme la cabeza y zarandearla hacia delante y hacia atrás, como si estuviera examinándola en busca de daños.
Sus dedos acaban enredados en mi pelo, y se me escapa una leve risa, pero estoy tan tensa que suena más como un gruñido—.
No veo heridas, ni sangre... Creo que no hay traumatismo.
Has conseguido sobrevivir a tu primer delito.
«Aún no estoy segura de que vaya a salir viva de esta».
Pero eso no lo digo, me limito a asentir y emitir un leve «mmm».
Y así, sin venir a cuento, sin previo aviso, quiero besarle.
Quiero besarle muchísimo.
Es mentira, no ha sido de repente.
Cuando sus labios sorbían el café, quería besarlos y que supiesen a desayuno.
Cuando se ha reído, quería besarlos y que sonasen a griterío.
Cuando ha exhalado del esfuerzo, he querido besarlos y acelerar más su respiración.
Soy estúpida. Rematadamente irresponsable. Porque esto es justo lo que quería y todo lo que necesitaba evitar al mismo tiempo. Un final espectacular, de guion de cine, de escaleta de novela romántica, pero un presagio terroríficamente desalentador.
Porque sé lo que conlleva enamorarse de un personaje ficticio: una profunda decepción cuando toca volver al mundo real.
Entonces decido erguir la espalda y cerrar el libro.
—¿Quieres conocer a las bestias? —le pregunto, cambiando drásticamente de tema—. En realidad, son muy buenos, solo que igual de escandalosos. A lo mejor puedo abrir la puerta desde fuera...
Me alejo de él todo lo que me permite la gravedad, camino unos pasos y meto la mano por la ventana de la cocina, que no cierra bien desde hace unos meses, para alcanzar el manillar y abrir la puerta de atrás.
Iván tiene razón en que tenemos que revisar nuestras rutinas de seguridad.
Damon y Klaus esperaban dentro, más acelerados que de costumbre, listos para salir corriendo al jardín y descubrir quién se había colado en su propiedad.
Se relajan cuando me huelen en la oscuridad, porque no hay ni una tenue luz encendida en toda la casa.
Dejo el bolso dentro y encuentro a tientas el interruptor de la cocina, dejando que la claridad ilumine un poco el patio de atrás, donde Iván acaricia detrás de las orejas a Damon y mantiene el equilibrio como puede con Klaus montado en su espalda.
Me uno a ellos en el césped, de cuclillas, quedando a la altura de los enormes animales. Con los brazos cruzados, abrazándome, me quedo mirando a Iván, embobada mientras habla. No sé qué está diciendo, y no me puede importar menos.
Sería una malísima idea, ¿verdad? Ponerme una venda en los ojos, las manos en los oídos y dejarme caer hacia delante. Hay algo en mí que me dice que besarle no puede ser mala idea, ni en este ni en ningún otro universo.
—Misión cumplida, ¿no? Hemos conseguido entrar.
—No habría sido posible sin tus dotes de piloto en ciernes. —Iván se deja caer y se sienta con las piernas cruzadas y los codos apoyados encima—. Muchas gracias, pero me sabe mal que tengas que saltar la valla para irte. Te prometo que suelo ser mejor anfitriona.
—No te preocupes. Hubiera preferido no tener que confesártelo nunca, pero ha sido más fácil de lo que esperaba.
—Mi respuesta a su comentario se limita a una mueca de dolor, porque no podré quitarme ese runrún de la cabeza.
Ante mi silencio, aparta la mirada y sigue hablando—.
Puedo quedarme a hacerte compañía un rato, si quieres.
«No lo sé, ¿quiero?».
La respuesta, que es evidente, no llega a mi garganta, se queda en mis labios, que se fruncen contra mi voluntad, buscando su mirada, y asiento ligeramente. Él sonríe, por enésima vez hoy.
Me he reconciliado con la idea de que esta noche no acabe nunca, así que apoyo las manos en la hierba para impulsarme hacia arriba y llenar el silencio con algo tan banal como un «¿quieres algo de beber?».
—Mmm, bueno, pues... ¿Quieres algo de beber?
No me da tiempo a incorporarme del todo cuando la mano de Iván atrapa mi muñeca y, como ayer en el coche, la anticipación me arrastra, dispara mis pulsaciones y me hace perder el equilibrio. Iván se incorpora ligeramente, ofreciéndome todo su brazo para que recupere mi centro.
—En realidad, quiero besarte.
«Joderjoderjoderjoderjoder».
—Quiero besarte, pero aún me cuesta un poco saber cuál va a ser tu siguiente movimiento. Y no... no me atrevo.
Un segundo, ha pasado solo un segundo, pero cualquier decisión que tome a partir de ahora será completa y absolutamente trascendental.
Miles de cálculos y análisis sobre qué hacer y qué no hacer se desarrollan detrás de mis ojos, que siguen clavados en los suyos, verdes, aunque no sea capaz de distinguir el color en la oscuridad.
Todas las implicaciones de un beso esta noche, todo lo que puede cambiar mañana si lo hago, todo lo que perdería si decido que no.
—Me voy a arrepentir de esto.
Casi ni me escucho hablar, tengo los oídos taponados, pero la distancia que nos separa se me antoja eterna.
No me acerco a gran velocidad, no podría ni aunque quisiera.
Es más una concesión, un «por favor, hazlo».
Iván lo entiende al instante y recorre un par de centímetros en mi dirección, yo otros dos, y así hasta que dejamos de frenarnos y llegamos hasta el final que, en realidad, es el inicio del otro.
No soy consciente de que le estoy besando hasta pasado un rato. Sus labios, inexpertos aún, luchan por conocer los míos. Y yo me enfrento a los suyos como si lo tuviera todo bajo control, aunque me esté derritiendo por dentro.
Si pudiera pedirle opinión ahora mismo al espíritu malévolo que me concedió esto, creo que no estaría contento. Este no es un beso de película.
Es húmedo, acelerado y torpe.
Iván se las ingenia como puede para acercarnos, y ambos aprovechamos esos segundos en los que emergemos del fondo para respirar para enredarnos aún más.
Y así es como acabo a horcajadas sobre sus piernas estiradas en la hierba, mis brazos rodeando su cuello y los suyos apretando mi torso contra él.
Dudo mucho que sea posible estar más cerca, más pegados el uno al otro.
Me cuesta un poco respirar, aunque desconozco el motivo.
Soy yo la que profundiza el beso, o eso creo, porque siento que no existo más allá de mis labios, de su lengua y de los pequeños mordiscos que inconscientemente atrapan su labio inferior de vez en cuando. Siempre se ríe cuando consigo pillarlo, no falla.
Es preocupante lo mucho que quería hacer esto.
No me había dado cuenta de cuánto hasta que necesito más, hasta que rodearle el cuello con los brazos no es suficiente.
Deslizo mis dedos por su pelo y él destensa su abrazo para llevar las manos a mis caderas.
Aprieta mis nalgas, haciendo que me restriegue inevitablemente contra él. Es adictivo. Me siento adictiva.
—Joder, Emma, cómo besas... Joder.
No sé qué decir, así que no contesto. Suelto aire por la nariz para recuperar el oxígeno del que me están privando sus besos y vuelvo a buscar su boca, pero no tarda demasiado en volver a hablar.
—Perdón, soy imbécil. Ya no sé ni lo que digo. No me dejas pensar con claridad.
—Pues cállate, pesado.
Vuelve a besarme y solo paramos cuando el móvil me vibra varias veces. Mi madre está de camino, pidiéndome perdón por no haberse dado cuenta de que necesitaba ayuda.
—Esta es mi señal, ¿no?
—Me temo que sí —exhalo dentro de su boca—. Te prometo que no quiero que te vayas, pero...
—Lo sé.
Nos levantamos corriendo del suelo y volvemos al muro de atrás para que Iván pueda salir del jardín.
Me besa una vez más de pie, apoyándome en la pared, y decidimos explorar un rato más este ángulo desconocido.
—Emma, necesito que dejes de besarme, por favor. Si no lo haces, no me iré nunca de aquí y tu madre o mi gata acabarán con mi vida. Y me gustaría volver a verte.
—Eres un sinvergüenza —digo, entre besos robados, porque su reticencia es solo fingida. No consigo zafarme de él, aunque tampoco lo intento demasiado.
Iván acaba por subir el muro y saltar al otro lado. Tras gritarme un «nada roto por aquí», susurro unas buenas noches y voy al salón para asegurarme de que no llega cojeando al coche.
La calle está vacía. Nadie salvo yo ve a Iván guiñarme un ojo y entrar en el coche.
Me quedo ahí, sentada sobre el alféizar, abrazándome las rodillas y repasando mentalmente cada uno de los movimientos de Iván, aspirando el ligero olor a sudor y fritanga de su ropa, que se ha impregnado también en mi pelo, y que siempre relacionaré con este recuerdo.
Estoy tan distraída que no reparo en mis llaves, que descansan despreocupadas y olvidadas en la mesita de la entrada.