Encantada de olvidarte 11. «Kiss Me» – Sixpence None The Richer #3
40%

11. «Kiss Me» – Sixpence None The Richer #3

Cuando manifesté ser un poco más protagonista, no sé si me refería a esto precisamente, pero tampoco me voy a poner tiquismiquis. Como vuelva a casa y le diga a mi madre que hay que cambiar la cerradura, me deshereda. Y soy hija única.

El sol continúa su descenso y las llaves no aparecen, algo que no me sorprende. Con lo extravagantes que son, deberían verse a simple vista, y no hay tantos rincones donde mirar.

Cuando ya solo nos alumbran las farolas, todos se dan por vencidos.

«Si acaso aparecen, llamamos a Navarro sin falta», dicen.

El tío de Iván es quien ha organizado la partida y disuelve a los voluntarios rápidamente.

Nos despacha con un sentido abrazo y sigue guardando sus cosas en la furgoneta que ha acercado su hijo, quien dudo que realmente tenga edad legal para conducir.

—Sé sincera... ¿Se ha fastidiado el día por esto? —Iván parece triste. Ha estado muy preocupado mientras buscábamos y parece que no es de los que se callan lo que sienten—. Porque si te vas con mal sabor de boca, me voy a cabrear mucho.

No voy a mentir: ha sido un gran día. Me pica la piel del sol y mis ojos agradecen la oscuridad de la noche. Tengo el corazón en calma y la cabeza algo ligera, pero cuando pienso en que está a punto de acabarse, me urge la necesidad de alargarlo un poco más.

—No se ha fastidiado, para nada. Lo he pasado muy bien, pero creo que nos merecemos un poco de comida rápida ultraprocesada en el coche. He conocido a demasiadas personas hoy, necesito recargar pilas.

—Eso está hecho, pero nada de comer en el coche.

Iván abre la puerta y entra en el coche.

—¿Eres de esos? —le pregunto cuando cierro la puerta de mi lado y me relajo, por fin, en el asiento.

—¿De los que no quieren que se llene todo de migas? Creo que todo el mundo es de esos.

Acabamos cenando una hamburguesa y una ingente cantidad de patatas, en efecto, dentro del coche.

La brisa fresca que soplaba esta mañana se ha convertido en un frío notable, y nos hemos quedado en el interior.

Al principio ha sido solo una patata mientras Iván pensaba dónde podríamos refugiarnos, luego dos, unos nuggets y una canción que quería enseñarle.

De ahí hemos pasado a un poquito de hamburguesa mientras discutíamos qué canción de reguetón antiguo era más mítica (él se decanta por La Despedida , pero yo defiendo a capa y espada Me rehúso , aunque no sea tan antigua ) y, finalmente, a devorar toda la cena con muy poco cuidado.

Terminamos de comer e Iván me permite posar los pies sobre sus piernas para que pueda estirarlas. Sus manos descansan sobre mis pantorrillas y el calor dentro del coche se ha vuelto tan sofocante que bajo la ventanilla para sacar el brazo y apoyar la cabeza.

Estamos aparcados cerca del campo, en la linde del pueblo, y, si pudiera, me quedaría a vivir en esta postura.

Pero nada especialmente bueno dura demasiado.

El tiempo se ha acelerado en cuanto nos hemos quedado solos, no sé dónde ha ido, y el reloj marca pasadas las doce de la noche, así que nos incorporamos entre murmullos e Iván arranca el coche en dirección a mi casa.

La carretera está prácticamente vacía a estas horas, y viajamos en un silencio cómodo durante los veinte minutos de trayecto. Hablamos poco o nada, como si cualquier ruido pudiese deshacer el hechizo, como si la calma fuese cristal y una nota en una octava equivocada pudiese hacerlo estallar.

He intentado contactar con mi madre hace un rato para comprobar si estaba en casa. No me contesta, y me temo que eso no es buena señal.

—No es por nada, Emma... —comienza a hablar, y la intranquilidad se instala en mi pecho, como una invitada habitual—. Pero ¿cómo piensas entrar sin llaves?

Suena preocupado, pero puedo escuchar una burla que lucha por salir.

—Simplemente, no lo pienso. Confío en que mi madre esté en casa enfrascada en alguna lectura y por eso no me contesta.

—¿Y si no está? ¿O está dormida?

Junto las palmas de las manos, como si hubiese tenido la mejor de las ideas.

—Bueno, eso es un problema de la Emma del futuro. Seguro que se me ocurre algo...

—Se nos ocurre algo —me interrumpe—. No pienso abandonarte en medio de la noche.

—¿Y qué vamos a hacer? ¿Colarnos en mi propia casa?

—Tienes cinco minutos para pensar algo mejor.

Es obvio que, para cuando aparcamos en la acera de enfrente de casa, colarnos sigue siendo la única posibilidad que ronda mi cabeza.

Todas las luces están apagadas y el cierre de la verja sigue intacto: o bien mi madre no ha pasado por casa o ha decidido hacer una salida nocturna al porche de alguna vecina, lo que es incluso peor.

Seguro que, entre el vino y el cotilleo del barrio, no llega antes de las tres.

Y, naturalmente, Damon y Klaus ya han visto el coche desde la ventana y han empezado a ladrar.

—Bueno, ¿por delante o por detrás?

«No irá en serio...».

—¿Qué tienes, quince años? —me río.

—En serio, si damos la vuelta a la casa y nos colamos por el jardín, a lo mejor no nos ven tus vecinos y nos ahorramos lo de dar explicaciones a la policía —sigue Iván, y yo me aprieto el puente de la nariz.

—Esto no es una buena idea... Tengo alarma, ¿sabes? Colarse en mi casa no es tan fácil.

—Emma..., no voy a decirte lo que pienso porque quiero que sigas durmiendo tranquila ahí dentro. No preguntes más y sígueme.

Iván me coge de la mano para dar la vuelta a la manzana. Desde el extremo más alejado se sigue escuchando el ladrido de Klaus, que es el más escandaloso de los dos.

Me paro en seco frente al grueso muro de ladrillo de la parte de atrás, que me saca una cabeza. A mi lado, Iván, por la manera en la que estudia la superficie, sé que está pensando cómo treparla.

—Ni se te ocurra. Puedo desactivar la alarma con el móvil, pero no soy capaz de saltar hasta ahí arriba. Me voy a matar —digo, devolviendo el móvil al bolso.

—Yo te ayudo. Te puedo dar impulso desde aquí y ayudarte a bajar por el otro lado. No debería ser muy difícil... —Iván mira desde el suelo hacia el borde del muro, pero se gira hacia mí cuando no contesto. Mi cara habla por sí sola—. ¿Qué?

—¿Te cuelas en casas ajenas todos los días?

—¡Claro que no! Pero soy un estratega nato. Seguro que no se me da mal.

—Ahora me dirás que también serías capaz de pilotar un avión, ¿me equivoco?

Iván se pone serio de repente, arrugando la frente.

Es asombrosa la cantidad de detalles que soy capaz de atrapar tras un día observándole a fondo.

El flequillo le cae por la cara, derrotado después de horas y horas bajo el sol.

Cuando vuelve a hablar, aunque parezca mentira, sé que confía en cada una de sus palabras.

—A ver, si tuviera conexión directa con la torre de control y me fueran guiando, creo que sí, podría...

—¡Venga ya! —le grito, riéndome, mientras le empujo, acercándome al muro para acabar con esto de una vez—. ¿Me vas a ayudar o qué?

Por encima del hombro puedo ver cómo me mira de arriba abajo. Calculándome.

Cuando está a mi altura, me descuelga el bolso del hombro y se agacha, hincando una rodilla en el suelo y mirándome desde ese ángulo tan peligroso.

Sus manos se dirigen hacia uno de mis tobillos, pero mi cuerpo no responde, no hace nada, solo mirarle.

Está demasiado cerca, demasiado agachado, demasiado guapo y todo está demasiado oscuro.

Después de pasar todo el día rodeados de gente, el calor y el agotamiento, se me habían olvidado los nervios, pero acaban de recordarme que están aquí, que pesan cientos de kilos en mi estómago y que no piensan irse muy lejos si Iván se mantiene a tan pocos centímetros.

Carraspea y me da instrucciones. Yo hago como que me concentro, mirando hacia arriba y calculando cuánto tengo que estirarme para llegar al borde.

—Voy a auparte, ¿vale? Coge impulso y agárrate.

Hago lo que me dice, pero no sé qué viene después.

Consigo, a duras penas, pasar una de las piernas por encima del muro. Sus manos no me abandonan en ningún momento hasta que me siento a horcajadas sobre el poyete. Está alto, pero no tanto como siempre me ha parecido.

Escucho coches lejos, alguna voz, pero nadie parece acercarse lo suficiente.

—Creo que puedo bajar yo sola, no hace falta que subas. Si me alcanzas mi bolso...

—Emma, te he dicho que no —dice en voz baja mientras, con toda la naturalidad del mundo, salta con ambas manos en alto, agarra el bordillo y se impulsa con un pie, escalando—.

Si te apetece discutir por el simple placer de hacerlo, buscamos algún tema enseguida.

A mí también me encanta, pero no me vas a ganar en esto. Elige bien tus batallas.

Nuestras rodillas caen por los lados del muro y se rozan, mi piel contra su vaquero. En cuanto bajemos de aquí, no solo estaremos solos, sino también encerrados.

Él desciende primero, cayendo sobre las baldosas que rodean el jardín de atrás. No tenemos que lamentar bajas ni futuras broncas de mi madre por destrozarle las plantas.

Como impulsada por un resorte, paso una pierna por encima del muro y me dejo caer sobre los brazos de Iván, que los ha alzado para recogerme.

Me sujeta los muslos desnudos y me pega a él para que pueda deslizarme.

Lo hago con los ojos cerrados, sin mirar al suelo ni a mis manos apoyadas en sus hombros.

No se aparta, ni yo tampoco, ni siquiera cuando por fin piso sobre sólido.

Antes, en el coche, nos hemos dado permiso para tocarnos, o eso creo. No ha hecho falta decirlo; ha surgido sin más, mis piernas sobre las suyas, su pulgar dibujando formas.

Ahora seguimos así, con sus palmas sosteniendo mis costillas como si no hiciera pie en una piscina.

Iván se encarga de romper el silencio, aunque creo que no habría podido oírle de no estar pegada a él. Es posible que haya sentido las palabras en su aliento pausado antes de escucharlas.

—Hola.

—Hola —le contesto.