11. «Kiss Me» – Sixpence None The Richer #2
—¿Sí? ¿Tanto te gusta? —Los dos nos reímos, pero su café no amenaza con salir por su nariz.
El mío, en cambio...—. Les escribí cuando te dejé anoche en casa para que trajeran leche de avena.
No tomas de vaca, ¿verdad? ¿Eres alérgica?
Sé que vegetariana no, Tere me contó tu pasión por los filetes empanados.
«¿Tere es detective privado en sus ratos libres o qué?».
—Solo soy intolerante y, al parecer, no tengo derecho a tener secretos...
— ¡JAJAJA! No, por favor, no la culpes a ella —dice entre risas, y me agarra el antebrazo desde el otro extremo de la mesa. De repente, tengo calor—. Puedo ser muy convincente cuando me lo propongo. Y creo que le recuerdo a su sobrino, o algo así.
—Ya veo, ya... —Me llevo un pedazo del bizcocho de chocolate a la boca y casi se me saltan las lágrimas.
Está jugoso, húmedo, y tiene un fuerte sabor a naranja—.
¡Dios mío! ¿Cómo puede estar tan rico? Y, lo que es peor: ¿cómo es que no vienes a desayunar aquí todos los días de tu vida?
Después de probar esto, cualquier otro bizcocho me parecerá un bloque de cemento insulso...
Iván sonríe de medio lado y le da un bocado al suyo.
—Antes solíamos venir todos los fines de semana a comer en familia.
Mis tíos cerraban el bar y pasábamos horas y horas probando los postres y de sobremesa.
Pero mis padres se mudaron al sur hace un par de años y a mí me cuesta mucho venir solo.
—Su sonrisa se ensombrece un poco—. El último fin de semana de agosto siempre organizan este mercadillo, como despidiendo el verano, ¿sabes?
Todo el mundo sale a tomar el aperitivo a la plaza, las tiendas locales ponen sus puestos y viene gente de todos los pueblos de alrededor. Me pareció una bonita coincidencia.
Me fijo en la vida que rebosa a la espalda de Iván; los pasillos llenos de gente, las infinitas conversaciones. Hace mucho que no veo algo así. Nadie en Madrid levanta la cabeza del móvil demasiado tiempo como para distinguir el color de sus ojos.
—¿Se mudaron al sur? ¿De Madrid? Entiendo que es un viaje más largo, pero...
El chico hace una mueca y niega con la cabeza.
—Al sur sur. A Jaén. Mi abuela ya no puede vivir sola y nunca le ha gustado la ciudad, así que mis padres se prejubilaron y se mudaron con ella al pueblo. Los veo muy poco, pero intento hablar con ellos todos los días.
El aire pesa más de repente. También su ánimo.
En silencio, vuelve a llevarse el vaso a los labios.
—¿Excepto cuando te ves obligado a llevar a casa a una chica después de pasar horas en un antro de mala muerte?
—¡Qué va, incluso entonces! Mi madre está aprendiendo a hacer videollamadas y es una cotilla. Parece que tiene un radar para pillarme fuera de casa. Anoche tuve que esconderme en el baño; es mucho peor cuando no contesto a la primera.
—Lo siento mucho, me imagino que los debes de extrañar un montón —susurro—.
¿Sabes? Creo que, si volvieras a venir todos los domingos, no los sentirías tan lejos.
Yo te acompaño las veces que quieras si te da palo hacer el viaje solo desde Madrid.
A mí me das un pedazo de bizcocho y me tienes entretenida un rato largo.
Sonrío y levanto el bollo entero para darle un beso en el aire.
Cuando se detiene a mirarme, es como si el bullicio de nuestro alrededor desapareciese, como si todo el mundo hubiese cesado sus conversaciones para que yo pudiera concentrarme solo en sus ojos.
«¿Besarle sabría igual de dulce?».
—No sabes lo que me alegra que hayas dejado salir a esta Emma.
Su comentario me escuece, así que bebo un poco y carraspeo.
—¿Es que hay más de una?
—A veces no sé con cuál me voy a encontrar.
Sus palabras caen con un aplomo abrumador sobre mis hombros. No, esto es lo último que quería. Que nadie, y menos él, se diese cuenta.
Como si mi cerebro hubiese metido sexta marcha, miles de palabras sueltas, frases inconexas e imágenes se tropiezan unas con otras.
No sé quién soy ahora mismo. ¿No pueden existir ambas Emmas al mismo tiempo?
¿Acaso tengo que matar a una de ellas para abrazar a la otra?
No quiero perderme, pero tampoco quiero perder esto.
Estoy hecha un lío y creo que no lo sé esconder demasiado bien.
—Emma, perdona, no... No iba a malas. No quería incomodarte. Lo que pasa es que...
—¿Qué? —le pregunto, quizás demasiado cortante.
Noto el momento exacto en el que Iván titubea y se estremece. Es algo más físico de lo que hubiese querido.
El sol me da de cara y estoy incómoda, acalorada. Sé que estoy siendo contradictoria, pero no sé cómo salir de aquí.
—Me descolocas. Eso es todo. Y no es malo, para nada, solo...
estoy aprendiendo a leerte. —No sabe hacia dónde mirar, así que soy yo la que le busca con los ojos, colándome en su campo de visión adrede, con las cejas levantadas, invitándole a continuar—.
Hace unos meses no sabía si quiera si me saludarías por los pasillos y ahora estás...
estás por todas partes. Me alegro de no tener que conformarme con la imagen que tenía de ti y poder conocerte de verdad.
—¿Y eso es malo?
—Emma, no. —Iván aparta el grueso vaso que nos separa, los platos, y me coge de las manos.
Es extrañamente íntimo. ¿Demasiado, quizás? No me importa, prefiero esto a que me suelte.
—Yo solo quiero conocerte a ti. Estoy aquí por ti.
He conducido durante más de una hora completamente a propósito, créeme.
Y me da igual el resto. —Sus manos me sueltan y se echa hacia atrás, hacia un respaldo que no existe, bufando—.
No llevo desde que entré en la agencia intentando hacerme amigo de todo el mundo con la esperanza de que, con el tiempo, esas personas me llevasen a ti, como para ahora quejarme de verte todos los días, ¿no? No tendría sentido.
—No —musito, arrugando los labios, intentando que la sonrisa que lucha por dibujarse se quede escondida un rato más—. Supongo que no.
Los puestecitos artesanos ayudan a calmar los ánimos en general, y mis nervios en particular.
Iván no tarda en dar la vuelta a la mañana, que va templándose según el sol avanza.
Hace bromas con mi obsesión por la cerámica (me he comprado tres boles hechos a mano de colores muy divertidos) y me presenta a todas las ancianas del pueblo.
Estoy agotada por haber acaparado tanta atención estas semanas, pero caminar con él entre tanta gente que le conoce ha sido como darse un baño en la piscina al atardecer. Especialmente relajante.
Iván no ha abandonado mi lado en ningún momento.
Su piel no ha dejado de rozar la mía.
—¿Eso que suena son tus tripas? —me pregunta ante el inesperado rugido de, en efecto, mis tripas.
Ya casi está anocheciendo y nos morimos de hambre; hemos picado bocados de muchos puestos, pero no nos hemos sentado a comer nada decente en todo el día.
Así que Iván se echa al hombro mi enorme bolso y salimos caminando de la plaza del pueblo, buscando algún bar donde sentarnos por fin, a poder ser bajo un potente aire acondicionado.
—¡Uf! ¿Se puede saber qué llevas aquí? Pesa como un muerto... —Iván me mira por encima del hombro, recolocándose el asa.
—Que conste que yo no te he pedido que lo llevaras —me defiendo—. He metido los boles y, bueno, quizás alguna cosa más, por si acaso...
—Por si acaso, ¿qué?
—¡Es que no sabía qué íbamos a hacer! Con tan poca información, tenía que venir preparada. Llevo agua, cargadores, unos cascos y el libro electrónico.
— ¡EMMA! ¿Te has traído un libro a una cita? ¿Qué esperabas que hiciéramos? ¿Sentarnos en silencio a ignorarnos?
«¿¿¿HA DICHO UNA CITA???».
—Técnicamente, llevo como ciento sesenta libros ahí dentro —respondo, ignorando conscientemente todo lo demás—. Bueno, y las llaves... Hace poco he añadido más llaveros y están a punto de necesitar un bolso aparte.
Iván suelta un bufido y se descuelga el saco del hombro, abriéndolo frente a mí para que le enseñe las pruebas del delito.
Pero, por más que saco trastos, bolsas y neceseres, aunque rebusque concienzudamente por el fondo, no logro dar con ellas.
Y ya no soy capaz de dejarlo estar, no hasta que vuelva a verlas.
—Las... eh, las he debido de perder sacando y metiendo cosas en la plaza.
—Hostia, ¿qué dices? —Iván intenta colar su cabeza dentro del bolso y rebuscar conmigo, pero tampoco tiene mucho éxito—. ¿Quieres que volvamos a buscarlas?
—¿Te importa? Juraría que las he cogido. Creo...
No lo duda ni un segundo. Vuelve a colgarse el bolso en el hombro y masajea los míos levemente, para después girarme y enfilar el camino de vuelta.
—No perdemos nada echando un vistazo. Venga.
El atardecer está en su máximo esplendor para cuando llegamos de nuevo al mercado. Los tenderetes están ya desmontados, pero los corrillos no se dispersan.
Iván se acerca a su tío, que también está recogiendo y le cuenta lo sucedido mientras yo me dirijo hacia el banquito donde hemos estado sentados para revisar el suelo.
— ¡ATENCIÓN TODO EL MUNDO! —Oigo justo cuando me incorporo—.
Se han perdido unas llaves en la plaza, repito, se han perdido las llaves de Emma en la plaza...
—Iván me mira como si le hubiese pillado con las manos ensangrentadas junto a un cadáver y encoge los ojos en mi dirección—. No nos demos por vencidos. ¡A buscar!
Una marabunta de niños, mujeres y adolescentes se dirigen hacia mí, preguntándome cómo son, de qué color son los llaveros y por dónde me he movido, como si de una comitiva de búsqueda se tratase.
Y yo quiero que me trague la tierra.
—Lo siento, no sé qué les ha dado... Ha sido preguntarle si había visto unas llaves por aquí, que no las encontrabas, y se ha vuelto loco.
—Tranquilo, yo... —dudo, pero no le veo el sentido a mentir más—. Estoy acostumbrada a que me pasen estas cosas.
—¿Sueles perder las llaves y convencer a un pueblo de siete mil habitantes para recuperarlas con mucha asiduidad?
—¿Es rarísimo si te digo que sí, algo así?