11. «Kiss Me» – Sixpence None The Richer
Kiss Me – Sixpence None The Richer
Anoche me costó horrores conciliar el sueño; demasiadas emociones.
No podía dejar de darle vueltas al agarre de Iván, a su mano caliente rodeando mi muñeca, a la notificación de Gabi y a los veintitantos mensajes de mis amigas en el grupo, aquellos que ignoré ciegamente.
Fue difícil dormir en medio de esa montaña rusa.
El sentimiento de culpabilidad se me ha quedado atascado en la garganta hasta esta mañana, no consigo que baje, y por eso sueno algo ahogada en la nota de voz.
—Chicas, yo... os pido perdón. Os juro que lo siento muchísimo.
No sé qué me pasó, y no es excusa, pero perdí completamente la noción del tiempo.
Mi intención era llegar a todo, pero, de pronto, era de noche.
De madrugada. Ni siquiera os avisé por eso, porque no...
No entraba para nada en mis planes. Dios, me siento horriblemente mal.
Mis disculpas son sinceras, pero me ahorro la parte en la que me perdí en el espacio-tiempo a propósito, en la que deseaba que no pasaran las horas para quedarme rodeada de toda esa gente para siempre.
Tampoco les cuento que la Emma que salió de fiesta anoche no es la que ellas conocen, pero que me gusta.
Me encanta. También me confunde, pero la elegí, conscientemente o no.
Esa es la Emma que manifestó algo que quería y a la que se lo han otorgado.
La antigua no lo aguantaría, por eso ayer se quedó encerrada en mi interior mientras yo bebía, era el centro de todo el mundo y buscaba con la mirada a un chico moreno que no conocen.
De ahí que pase los siguientes nueve minutos hablándoles de Iván; hace muchos meses que no les cuento nada relacionado con mi desastrosa (e inexistente) vida amorosa.
Termino el audio de mejor humor y con el compromiso de compensárselo pronto. Sin embargo, un calor se extiende por mi pecho cada vez que mi móvil vibra con una nueva notificación. Por si son ellas. Por si me escuchan y no me perdonan.
Su respuesta llega en forma de breve nota de voz a la vez que un nuevo mensaje de Iván, así que me limito a escuchar los primeros segundos:
—Emma, tronca, ya te vale. ¡Estábamos muy preocupadas! Que me parece genial que te vayas de fiesta, pero prometimos seguir viéndonos y últimamente estás irreconocible. Pero ya está, yo qué sé...
Cuando noto que el tono de Gabi se va relajando, respiro y me prometo a mí misma terminar de escucharlo más tarde.
El mensaje de Iván viene acompañado de una foto de Gatu, su gata, al lado de un cuenco a rebosar de comida y un arañazo en la mano.
Se enfadó un poco conmigo por llegar anoche tan tarde, pero la he chantajeado con churu y ya me quiere otra vez
Llego en una hora aprox.
Y unos minutos después:
Ponte algo cómodo, aviso
Espero que no piense que soy ese tipo de chica que adora las citas en medio del campo, haciendo rutas. Porque no lo soy.
Son poco más de las once cuando me avisa de que está fuera.
Agarro el bolso con prisa y cierro de un portazo. Repaso mentalmente que he dejado la plancha desenchufada, la verja de atrás cerrada y a los perros dentro de casa mientras cruzo el pequeño jardín delantero y abro la puerta de latón que da a la calle.
Iván está encorvado, apoyado en el capó del coche, con la mirada fija en el móvil que sostiene con una mano.
La otra descansa en el bolsillo de sus vaqueros cortos y anchos, que ha combinado —con o sin esfuerzo; nunca lo sabremos— con una camiseta blanca y una sobrecamisa azul cielo que le queda demasiado bien. Parece salido de un post de Pinterest.
Cuando levanta la vista, no sé exactamente qué es lo que cruza por su mente, pero creo que me gusta.
—¿Esa es tu definición de ropa cómoda? —me espeta.
Examino mis mocasines raídos con calcetines; un calzado solo parcialmente recomendado en agosto, pero que combinaba genial con los vaqueros cortos y el top azul marino que no es que quisiera, necesitaba ponerme hoy.
Voy a gusto y segura. El top es seminuevo, y estrenar es un imprescindible en hitos importantes: un nuevo trabajo o una cita improvisada.
«¿Es una cita?».
Ni siquiera lo sé. ¿Espero que sí?
He echado mucho de menos consultar qué ponerme con las chicas, pero no me he atrevido a enviarles una foto y pedirles opinión después de lo de anoche.
—¡Pero si voy comodísima! ¿Sabes? La comodidad es mucho más que ponerse un chándal. ¿Se puede saber a dónde vamos? Siento informarte de que yo no hago deporte; tengo el aguante de una anciana de setenta y pico... —digo, parándome en seco algo más alejada de él de lo que me gustaría.
Iván se ríe en lo que se incorpora y gira hacia el asiento del copiloto para abrirme la puerta.
—Tranquila; estoy destrozado, he dormido muy poco. —Hace un gesto con su mano, invitándome a entrar como todo un caballero—. No nos haría algo así. De momento, vamos a desayunar. ¿Has desayunado?
—Emm... no.
«En realidad, sí».
—Perfecto.
Pero el camino hasta el desayuno es largo.
Iván enfila la carretera y salimos del pueblo, mientras adoptamos la dinámica de anoche: él sigue el GPS hacia nuestro destino mientras yo me encargo de la música.
Pero, aunque el ambiente es relajado, estoy inquieta.
No sé si esto es lo que quiero. Si vivir una cita como la de mi película favorita, El bar Coyote —pasar un día entero con un chico guapísimo y ninguna prisa por volver a casa—, podría ser lo que he pedido a las fuerzas mágicas del cosmos, pero todas sabemos cómo acabaron ellos.
Y yo no quiero implicarme tanto, sobre todo si se confirman mis sospechas y todo esto no es real.
La mirada de Iván no se torna acuosa cuando me mira, pero prefiero ser prudente.
Voy a pasármelo bien, a mantener mis sentimientos bajo llave y a tener presente en todo momento que esto es un obsequio del universo que no sé cuánto durará.
Iván aparca el coche en un pueblito cerca de Alcalá de Henares, donde unos arcos color crema salpicados de rojo nos dan la bienvenida a la plaza principal. Es bonito; el escenario ideal para una comedia romántica de verano.
«Como tu conciencia, me estoy hartando. Estoy a punto de hacer las maletas y dejarte sola en esto, jovencita».
—¿Has buscado «pueblos pintorescos» en internet y es el primero que te ha salido?
Él sabe que estoy de broma, pero actúa como si lo hubiese ofendido.
—Qué imagen tan superficial tienes de mí... Conozco este sitio como la palma de mi mano. El problema es que él me conoce casi igual de bien a mí.
—¿Eres de aquí? —pregunto interesada—. Cada vez parece más plausible eso de que me espíes desde tu casa. Es... algo sospechoso.
—En realidad, solo parte de mi familia, pero es como nuestro punto de encuentro. Vamos, ya llevan rato con todo montado y me va a caer bronca por llegar tarde.
Llegamos a una plazoleta llena de puestos de comida y cosas monísimas, repartidos alrededor de unas mesas largas con bancos enfrentados donde los locales conversan con tazas de cerámica en la mano, frente a platos de papel rebosantes de bizcochos, quesos y bocadillos que huelen riquísimo.
Me rugen las tripas y estoy segura de que Iván lo escucha.
—No me tortures más y vamos a comer algo. Hay un puesto de café más allá, ¿quieres o prefieres algo más fuerte? —me pregunta, posando su mano en la parte baja de mi espalda, justo en el hueco entre el top y la cinturilla del pantalón.
Mi piel lo ha echado de menos.
En el puesto de café, un chico moreno bastante más joven saluda a Iván con cariño, como si se conociesen de toda la vida y, acto seguido, estrecha mi mano. Es muy mono, con una belleza tierna que apunta maneras.
—¡Al final has venido! No daba un duro por ti... —le dice, inclinándose sobre la barra improvisada que no parece demasiado estable—. ¡PAPÁ, ESTÁ NAVARRO AQUÍ!
Un hombre más moreno aún se acerca desde el otro extremo del puesto con un cartón de leche de avena en la mano.
—¿Qué pasa, chaval? Tu tía era la única que confiaba en que aparecieras, ahora voy a tener que darle la razón.
No se trata así a tus mayores... —El señor me sonríe.
No debe de tener más de cincuenta años, pero su piel está tostada del sol y llena de arrugas.
Es atractivo y se parece mucho a Iván—. Las niñas del pueblo no han parado de pedirme que les ponga el café con esta cosa que ni es leche ni es nada. Casi os quedáis sin ella, parejita...
Me río un poco angustiada, pero consigo mantener el tipo.
—Venga, tío, ¡no me dejes en evidencia! —suelta Iván—. Ponnos dos cafés con avena. Emma, ¿lo quieres caliente?
Tres pares de ojos se vuelven hacia mí, pero no me dejan hablar.
—¿Quieres que a la chica le dé un soponcio? Guapa, ¿te lo pongo con hielo? Aún me queda.
—Sí, por favor. No querría que me diera un golpe de calor...
Iván hace un aspaviento con los brazos, golpeándose los costados con las manos y dando media vuelta. Finge estar indignado, pero este chico no se enfadaría ni con su peor enemigo.
Su primo corta un par de pedazos de un bizcocho de chocolate, enorme y marmolado, y los reparte en dos platos de cartón al tiempo que su tío nos entrega dos vasos grandes llenos de hielo y un café muy tupido, espeso, sobre el que vierte un poco de leche directamente desde el cartón. Son vasos de cristal y pesan un montón.
Nos alejamos a buscar sitio, con la promesa de no marcharnos sin despedirnos, y nos sentamos en una de las mesas.
—Discúlpalos, en mi familia no se lleva mucho lo de ser discreto... —Iván se lleva el vaso a los labios y bebe un poco—. Es café de puchero, típico del pueblo, a ver si te gusta.
Doy un trago y está fuerte, amargo, pero tiene un sabor muy exquisito. La avena ayuda a endulzarlo. No puedo evitar cerrar los ojos y bailar ligeramente con los hombros. Mi cuerpo necesitaba café y algo fresco más que respirar.