Encantada de olvidarte 10. «Patadas de Ahogado» – Latin Mafia, Humbe #3
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10. «Patadas de Ahogado» – Latin Mafia, Humbe #3

Cuando Iván para el coche frente a mi casa, juraría que no queda demasiado para que el horizonte empiece a clarear. Hemos tardado bastante más de lo indicado en llegar, como si nos hubiésemos instalado por debajo del límite de velocidad aposta, como si no quisiéramos que el momento acabase.

Iván coge el móvil, se quita el cinturón y elige una canción nueva. Yo también me desabrocho, pero ni me planteo de salir del coche.

Escuchamos la música en silencio; según él, seguro que me gusta porque «Si lloro con Suzume , esta canción me destrozará».

No tiene nada que ver, desde luego. Es de un grupo que se llama Latin Mafia un calor abrasivo e incomparable a nada que haya sentido antes, me rodea la muñeca. Es un agarre fuerte, firme, pero delicado.

Por la expresión que se dibuja en la cara de Iván, él está tan sorprendido como yo.

Su vista oscila entre mi cara y sus dedos, que cercan mi muñeca e impiden que salga del coche. Ha sido un acto reflejo, seguro. Pero, aunque se ha dado cuenta de que me tiene agarrada, no afloja su mano y se queda ahí, mirándome, mientras yo... Yo no sé qué pensar.

Tengo la boca abierta. El aire que respiro me seca la garganta. No puedo cerrar los ojos. No cuando están en contacto con los suyos, así, enredados. Con muchas preguntas entorpeciendo nuestras lenguas, incapaces de formar ninguna palabra.

Su pulgar se relaja y empieza a acariciar mi piel, que se despierta al instante, se eriza, vigilante. Ella tampoco sabe qué es lo que viene después.

Damon y Klaus ladran desde dentro de casa y el encantamiento se rompe.

Iván carraspea, pero no me suelta. Aunque sí aparta la mirada cuando habla:

—¿Te recojo mañana?

Me falta aire en los pulmones. Joder, ¿por qué me tiene que gustar tanto un chico que no es real? ¿Por qué tiene que acelerarme el corazón todo el rato? No aguanto más.

—¿Qué? —pregunto, con la esperanza de que tenga una explicación lógica y nada romántica que ofrecerme.

—¿Te recojo mañana? A las once, aquí. Si no tienes planes, claro...

—No. —La palabra me sale atropellada, porque todavía no he decidido a qué estoy contestando «no».

Iván pestañea como para salir del trance; está casi más confundido que yo.

—¿No? ¿No a que tienes planes o...?

«Joder, Emma, VALE ; haz lo que te dé la gana».

—No, emm, o sea, sí.

«Madre mía...».

Iván frunce el ceño, una reacción completamente lógica ante mi incapacidad total de ser una persona normal con su mano aún agarrándome la muñeca. Poco a poco, deja de mover el pulgar, decepcionado.

—Perdón, empiezo otra vez. No, no tengo nada que hacer.

Iván sonríe y me deja ir.

Tengo la muñeca helada sin el fuego de sus dedos sobre ella.

Se yergue un poco más sobre el asiento del piloto y agarra el volante, respirando profundamente.

—Entonces, te recojo mañana.

Ya no es una pregunta.