Encantada de olvidarte 10. «Patadas de Ahogado» – Latin Mafia, Humbe #2
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10. «Patadas de Ahogado» – Latin Mafia, Humbe #2

Dejo que me guíe, ni me preocupo de en qué dirección vamos. Lo mejor será que ignoremos mi pésimo sentido de la orientación y lleguemos a su coche cuanto antes.

—¿Estás bien? —La mano de Iván vuelve a rozar mi brazo desnudo. Voy encorvada, cargando con todo el cansancio, los remordimientos y la confusión de la noche, aparte del peso del ordenador—. Parece que estás a años luz de aquí.

—Solo estoy cansada —respondo.

—No…, no es eso. Hay veces que te miro y es casi como si no estuvieras entre nosotros. O como si fueras una persona diferente por un instante. —Iván señala con la cabeza un desvío y alarga su brazo hacia mí, sin llegar a agarrarme—. Es por aquí.

Estoy tentada a cambiar de tema, no sé si me gusta hacia dónde está yendo la conversación, pero no me da tiempo a dar un volantazo seguro. Iván sigue.

—¿Sabes? No recuerdo haberte visto salir con Loreto ni con nadie antes de este verano y ahora... es como si hubieras conseguido que todos besen el suelo por donde pisas.

—Eso es un poco exagerado, ¿no crees?

Giramos otra esquina que desemboca en una calle algo más ancha e Iván se dirige a una pequeña puerta de metal en la que, de no haberla abierto, jamás hubiera reparado. Sigo sus pasos en la oscuridad, bajando unas cortas escaleras.

—Pues yo creo que no. Creo que antes no te dejabas ver...

Hasta que te has dado cuenta de que no es tan difícil abrirse un poco.

—Iván abre otra pequeña puerta que da a parar a un aparcamiento subterráneo sin muchos coches.

Corta su discurso para tranquilizarme cuando ve que me quedo parada en el umbral—. Vamos, está aparcado al fondo.

Me vuelve a ofrecer su mano, pero no la tomo en esta ocasión.

¿Puede ser que esté un poco enfadada?

—¿Y cómo es que tú sabes tanto sobre mí y sobre cuánto dejo o no que me vea la gente? —Niego un poco con la cabeza y aparto la mirada—. Esta actitud paternalista en plan «no sabes lo especial que eres, pero yo sí» es un incordio.

Mi tono es cortante, pero Iván aligera todo con una sonrisa de medio lado mientras saca las llaves y un coche azul marino se enciende un poco más adelante.

—Lo siento. No quería sonar paternalista.

—Me da igual —digo mientras abro la puerta del copiloto y entro en el coche con toda la naturalidad del mundo, como si hubiese estado en un espacio tan pequeño con este chico cientos de veces—, es solo que...

¡Dios! Estoy harta de que todo el mundo piense que me conoce.

O que den por hecho que saben lo que es mejor para mí o lo que elegiría, y se sientan con el derecho de hacerlo en mi lugar.

—Iván se ha abrochado el cinturón, pero sigue con la atención puesta en mí y no en el coche, que sigue apagado—.

Perdón, no quería sonar borde, pero es que puedo hacerlo sola.

Puedo hacer de todo sola. Solo porque sea callada no significa que sea una pobre chica que necesite un empujoncito .

No sé si me creo mucho las palabras que salen de mi boca, pero aun así, sigo.

—Es muy desagradable ser siempre «la dupla de» o «la chica del flequillo que se sienta allá», ¿sabes?

—Para mí no eres la dupla de nadie.

—Ya, bueno —rebato rápido—, pues para tu compañera Nuria, sí, por ejemplo. Creo que ni siquiera sabe cómo me llamo, y le he lavado la taza durante meses....

—¿Eras tú? —exclama riéndose—. ¿Sabes la de veces que ha pensado que estaba perdiendo la cabeza? Se volvió muy territorial con sus cacharros sucios...

No puedo contener mucho más la risa, así que dejo que escape un poco y descargo algo de tensión.

—¡Pues sí! ¿Ves cómo nadie repara en mí, aunque solucione la vida de todo el mundo desde la sombra? Es agotador... Oye —interrumpo en seco—, ¿por qué seguimos parados? No es que no disfrute de tu oratoria impecable, pero tengo sueño y tenemos un caminito largo.

—Emma, no sé dónde vives. —Es entonces cuando reparo en que está sujetando el móvil con una mano, con el GPS abierto, esperando a que le dé mi dirección—. ¿Me permites tu dirección?

Agarro el móvil e introduzco mi calle en el buscador. Según la aplicación, tardaremos unos cuarenta y cinco minutos en llegar.

—Pensaba que me tenías localizada…, por eso de que me espías por la mirilla y tal.

—¿No te parece que un acosador en condiciones nunca revelaría sus secretos? ¿Cómo voy a conseguir si no que confíes en mí?

Iván sale del garaje y se incorpora a la carretera. Pone música en bajito desde su móvil y empieza a sonar una canción de Quevedo que no conozco.

Nos lo hemos pasado muy bien esta noche.

Quiero decir, desde que nos hemos permitido dirigirnos la palabra, cotilleando sobre Nico y sus posibles motivaciones para no despegarse de Beto y Leire: él cree que está demasiado inmerso en la dupla y no sabe vivir fuera de ella; yo creo que está enamorado de Leire en secreto.

Otro error.

—¿Es verdad lo que me has dicho antes? —le pregunto cuando llevamos demasiados minutos en silencio. No es incómodo, pero no sé cuándo volveré a hablar con él.

—¿Qué de todo, Emma? Te he dicho demasiadas cosas en las últimas horas...

—Lo de que Beto lleva detrás de Leire desde que entró en la agencia y no es un simple rollo de oficina —le recuerdo.

—Nop. Bueno, o sí; era solo una hipótesis. —Iván gira el volante con una mano y posa la otra en la palanca de cambios.

—Entonces ¿de dónde te has sacado esa historia? —Se encoge de hombros cuando le miro—. Vaya, o sea que la única historia con la que podías convencerme era una patraña. Me has mentido.

—¡Yo no te he mentido! Te prometo que me he basado en una historia de lo más real, créeme. Además, he dicho «hipotéticamente». —Se excusa; y a continuación murmura—: Conseguiré convencerte.

—¿De dónde nace tanto interés? No creo que su historia de amor tenga más posibilidades de prosperar si yo les doy mi bendición.

Iván se encoge de hombros.

—Supongo que la suya no, claro.

Otra vez está mi corazón dando volteretas y mortales hacia atrás, aunque bajo ningún concepto me permito pensar que está hablando de él, o de mí.

La música sigue sonando de fondo y el coche está fresquito gracias al aire acondicionado.

Los minutos se suceden lentos, pesados, como caminando a contracorriente en la playa.

Han sonado canciones de todo tipo, mezclas imposibles: reguetón que solo conozco de TikTok entremezclado con baladas de rock de los noventa, algo de k-pop y la banda sonora de una película de Makoto Shinkai.

—¿Cómo sabes cómo sentirte si después de una canción de llorar en japonés suena la letra más erótica jamás escrita? Tienes que estar hecho un lío todo el rato —suelto cuando, después de Suzume , empieza a sonar FRIKI de Gonzy.

—Pero ¿qué dices? —Es imposible que este chico se ría tanto, o que yo sea tan graciosa. Sin embargo, aquí estamos, partiéndonos los dos.

—¡Claro! No me digas que tu estado anímico no está directamente relacionado con la música que escuchas. No te creería.

—Emma, creo que eso va al revés. Si estoy de bajón, me pongo algo para animarme. Y si estoy eufórico…, bueno, igual, algo que me mantenga en el pico.

—¿Qué? Entonces, ¿las baladas romanticonas de Bon Jovi cuándo entran?

—Esas me las pongo cuando necesito algo de inspiración. —Los ojos de Iván se desvían un segundo para mirarme por encima de las gafas, a través del pequeño espacio que hay entre la montura y su flequillo—. De todas maneras, quitando un par de temazos o tres, creo que está algo sobrevalorado.

—¿Sobrevalorado, Bon Jovi? —grito, girándome rápidamente para encararlo mientras sus ojos saltan de la carretera a la cara de completamente demente que debo de estar poniendo—.

No, si tienes razón. ¿Por qué se les recuerda en realidad, si no es por componer la canción de amor más bonita de la historia y la banda sonora de la clase trabajadora?

—¿La más bonita? Mecachis, debo de estar desactualizado. ¿Cuál dices que es?

Ese tonito sabiondo solo conseguirá cavar una tumba más profunda para su ego cuando se lo destroce.

— Always. Pero, tranquilo, si no tienes cultura musical, entiendo que no la conozcas. Estaré encantada de educarte un poquito en la materia.

—Relaja, leona. Vaya, nunca hubiera dicho que alguien de tu tamaño pudiera tener tan mal genio.

—¿Perdona? ¿Alguien de mi tamaño? —Le pego un manotazo en el brazo, flojito—.

No sabes las que tenía que montar cuando estaba en redes sociales.

Un día tuve que cantarle las cuarenta al director, que era un inepto estúpido, en medio de la oficina.

Pensé que me despedirían después de eso, pero es que...

¡arg! ¡Qué imbécil! ¿Sabes que le ofreció a mi becaria un puesto a jornada completa por menos de ochocientos euros al mes?

¡Y pagando autónomos! Uf, qué a gusto me quedé ese...

—Sí, claro que me acuerdo. ¿No te ofrecieron el puesto en creatividad poco después?

Me paro en seco.

—Espera, ¿te acuerdas? ¿No piensas que entré a trabajar a Kuon el mes pasado, como Leire y... todos los demás?

—¡Jajaja! ¡¿Qué dices?! No sé qué le pasa a esa chica, estará agotada de tanto trasnochar...

, pero sí, ¡claro que me acuerdo! Fue al poco de entrar yo, diría que mi primera o segunda semana en la agencia.

No se me olvidarán jamás los gritos que le pegaste.

Estabas roja como un tomate. Se escuchó todo desde mi mesa.

Esas salas no están preparadas para broncas de tal calibre.

—¿Me... me escuchaste? —Estoy completa y absolutamente mortificada.

—¡Lo viví en directo! Recuerdo preguntarle a Nuria por ti. Siento decirte que no sabía quién eras, pero Tere, la de la cafetería, sí. Le pedí que no te dijera nada y me hizo un informe detallado.

Subo los pies al asiento y me abrazo las piernas, intentando ocultar mi cara entre las rodillas.

—Dios mío, ¿un informe sobre qué, exactamente?

—No sé, nombre, edad, desayuno favorito y tu media de cafés diarios. Quizás no te relacionases mucho con la gente de la oficina, pero en la cafetería conocen tus secretos más oscuros.