Encantada de olvidarte 10. «Patadas de Ahogado» – Latin Mafia, Humbe
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10. «Patadas de Ahogado» – Latin Mafia, Humbe

Patadas de Ahogado – Latin Mafia, Humbe

Estoy calada hasta los huesos, pero no me importa.

Hace un rato que hemos salido a fumar o a tomar el fresco de la madrugada. Cada uno está a lo suyo.

Y yo sigo borracha. No por el alcohol —ni de lejos he bebido tanto—, sino por descubrir que las noches tan (casi) perfectas no solo pasan en las películas.

Por eso, cuando ha empezado a chispear y, poco después, ha estallado una tormenta de verano, ni siquiera me ha importado mojarme.

Hemos intentado cobijarnos debajo de unos soportales, pero hay poco espacio.

Cualquier excusa me parece buena para pegarme un poco más a Iván. Hemos roto una pared casi sin darnos cuenta y ahora no podemos ignorarnos.

Llevamos horas tocándonos de manera inconsciente. A veces con la piel, otras con los ojos. El sofocante local sin ventilación, los pensamientos rebotando y estas expectativas improvisadas me tienen mareada.

Fingiendo que ninguno de los dos nos damos cuenta, ha posado su mano en la parte baja de mi espalda para salir del garito cuando han empezado a poner la música de cierre.

Le he agarrado la suya cuando se ha puesto a llover y hemos cruzado la calle a la carrera.

Hasta me ha pasado un brazo por encima de los hombros para protegerme mejor cuando ha arreciado la lluvia. Nadie sospecha, o nadie nos hace caso.

Huele a tabaco, a restos de colonia y a sudor. Huele a calles mojadas, a ese tipo de noche idílica, con la ciudad vacía e iluminada, perfecta para pasear.

Loreto tira su cigarrillo al suelo y corta una conversación sobre cuál es la mejor película de un director que no recuerdo haber visto.

—Chicos, me voy a ir yendo. —Se escuchan risas y algún que otro «qué rico es el castellano»—. Dejad de liarme ya, que son las tres de la madrugada, por favor, y yo hoy quería llegar pronto a casa.

—¿Quién dijo eso de que después de las dos de la mañana no pasa nada bueno? —pregunta Nico en voz alta, distraído, fumando el cigarro que le ofrece Leire.

Noto cómo Iván me busca ante la referencia a Cómo conocí a vuestra madre , pero mi cabeza está cómodamente apoyada entre su pecho y su brazo.

Creo que, si le pillase mirándome ahora, implosionaría. Estamos demasiado cerca y se me han olvidado todas las razones por las que esto no es una buena idea. Por las cuales no debería querer besarlo.

«Cálmate. Y no te olvides de respirar».

—¡Eh! Toda la razón, sí, sí. Solo quedan pasados y niños pequeños. Nada decente... —añade Leire, arrastrando las letras más de lo que le gustaría.

Beto la abraza por detrás como si estuviesen solos, buscándole el pulso con la nariz y plantando besos en su cuello.

—No pienso aceptar consejos de alguien que tuvo una mariposa tatuada en el culo.

—Loreto saca la mano del soportal para notar en la piel cuánto llueve.

Una vez decide que es compatible con caminar un poco hasta su casa, sale de su cobijo y me mira.

Ella sí que está borracha, y Loreto no es una borracha de «te quiero mazo», sino de miradas asesinas por el agotamiento—.

Emma, ¿tú qué haces? ¿Te quedas en mi casa o qué?

He de confesar algo, así, entre amigas: odio con toda mi alma pasar la noche fuera.

Y por «fuera» entiéndase cualquier cosa que no sea: en mi casa, en mi cama y sola.

Si una situación no entra estrictamente en ese espectro, la odio, sin más.

Excepto cuando se trata de un hotel. Mis límites se diluyen de manera proporcional a las estrellas que aparecen debajo del nombre y los desayunos buffet .

—Mmm... —dudo, porque preferiría tener que combinar tres búhos antes que dormir en su cama de noventa—. Creo que voy a ver si hay conexión con Alcalá desde aquí o cuánto me cuesta un taxi...

Ni siquiera me da tiempo a abrir la aplicación antes de que Iván me robe el móvil desde arriba.

—¿Cómo te vas a ir a Alcalá de Henares en bus a estas horas? Ni siquiera hay nocturno desde Cibeles...

—Bueno, no... Pero me suena que sale uno desde Avenida de América. Puedo ir dando un paseo, no pasa nada.

—¿Tú sola? Ni de puta coña. —Esta vez es Loreto la que levanta la voz. Yo sé que es mala idea, pero de verdad que no me apetece irme a su casa, y prefiero caminar media hora por Madrid a confesárselo.

—¡Esa boca, Loreto!

Roi, el chico mullet , se abalanza sobre ella, riéndose sin parar y con la mano por delante como para lavarle la boca con el agua de la lluvia, pero solo consigue trastabillar y armar un escándalo.

Mientras brazos y piernas intentan desenredarse y levantarse del suelo, el chico altísimo que se encuentra detrás de mí y en quien intento no pensar demasiado, me devuelve el móvil sosteniéndolo en el aire.

—Déjate de tonterías. Yo te llevo.

«¿QUÉ?».

—No, no, eh... qué va, me pido un bus. O sea, me pido un taxi o me voy en bus.

—¿Te sobran cien pavos?

—Soy pobre como una rata, ¿tú crees que me sobran cien euros? Serán treinta, como mucho... No he pagado ni una copa ahí dentro, así que podríamos decir que es gratis. Girl math .

Iván ya está abriendo las tres aplicaciones de VTC que tiene instaladas para comparar precios e introduciendo una dirección aleatoria de mi pueblo sin atender a mis quejas. Se me escapa una risa nerviosa.

—Me gusta optimizar gastos, ¿vale? No pongas esa cara —me dice mirándome por encima de las gafas llenas de gotitas de agua y ajeno completamente a que me dan igual sus estrategias de ahorro ahora mismo.

Solo me estoy fijando en sus manos. En sus dedos tecleando.

—¿Ves? ¿Acaso tienes... —Vuelve la pantalla hacia él un poco más, como si no se creyese que un viaje de menos de una hora pueda costar tanto—... ciento trece euros de sobra?

Él levanta las cejas y yo sonrío con los labios cerrados, resignada.

—Calderilla —respondo.

Y de nuevo, me convierto en protagonista de algo que pensaba que jamás saldría de una pantalla o de una página llena de tinta: Iván inclina la cabeza hacia un lado, como si fuese a contarme un secreto, y se acerca.

Este es un baile que se parece mucho al que precede a un beso de película, y agrava un ápice la voz, como si lo que fuese a decir fuera de suma importancia.

—Déjame que te lleve a casa, por favor.

Me prometo a mí misma que esta será la última vez que lo rechace. Solo necesito que insista una vez más.

—Iván, no te pilla de camino...

—¿Tú qué sabes? —exclama, resoplando y acercándose un poco más—.

A lo mejor somos vecinos y esto es solo una tapadera para que no sospeches que te espío cada vez que sacas la basura.

¿Te imaginas que me paso las tardes en la mirilla esperando a que se abra tu puerta? Hay muchas cosas que no conoces de mí.

—Lo primero: vivo en un chalet. Y lo segundo: qué mal rollo. ¿Así pretendes convencerme de que confíe en ti? Para tu información, Loreto sí que te conoce y me ha dicho que vienes caminando a la ofi todos los días. ¿Qué tienes que decir a eso?

Sé que me lo había prometido, pero los nervios me instan a querer poner ciento veinte excusas más. Ya casi estoy organizándolas por colores en mi cabeza.

Busco con urgencia a Loreto, aunque no sé qué quiero que haga exactamente; que me salve o que me empuje, aún no me he decidido. Por suerte, mi amiga es aries e interviene sin que tenga que pedírselo.

—¿Que tú vas a llevar a mi amiga a dónde? Emma no se va a montar en tu coche hasta que contestes a unas cuantas preguntas, chaval. ¿Cuánto has bebido? ¿Qué intenciones tienes? ¿Antecedentes penales? —Loreto se acerca tambaleándose y enlaza su brazo con el mío.

—Loreto, no he tomado ni una gota de alcohol en toda la noche y lo sabes.

—¡La seguridad al volante es lo más importante!

Ya lo dijo Estopa. —Mi dupla trastabilla, pero recupera rápido el equilibrio apoyándose en mí, como una gimnasta profesional, y me gira con fuerza hacia ella.

Estoy a punto de escupirle de la risa, pero me sereno un poco cuando me mira con gravedad—.

Tía, ¿todo bien? ¿Le despistamos? ¿Le pincho las ruedas?

No sé cuál es su coche. ¿Creo que es verde?

No puede ser verde, ¿no? Feísimo… —Mi amiga parece recordar cuál era el tema de conversación inicial y lo recupera—.

Te puedes quedar en mi casa, aunque sé que preferirías tirarte de un quinto, pero no te vas a ir sola a Alcalá. Es que, vamos, ni de coña.

— ¡LORETO!

Es Roi riñéndola otra vez.

Esta chica necesita meterse en la cama ya.

—Voy a elegir creer que no es un asesino en serie, ¿vale? Por la trama —desisto por fin—. Es que no me he traído nada para sobrevivir una noche en tu piso minimalista sin ni siquiera un bote de champú en seco. Me sorprende que puedas vivir así.

—Hostia, que te he dicho que me deja el pelo blanco, es un asco...

Loreto se deshace de su agarre de golpe y va a buscar su bolso, que se ha debido de quedar enganchado al brazo de Roi en su forcejeo.

Iván sigue esperando una respuesta. Enarca las cejas, haciéndome una pregunta en silencio.

—Tú ganas —resoplo, e intento con todas mis fuerzas mantener la compostura. Tengo que ganar algo de tiempo, y reconciliarme con mi karma, ya de paso—. Pero vamos a acompañarla a casa, porfi. No quiero dejarla sola.

—¡Que voy bien! —grita desde el otro extremo del soportal.

—Tú te callas. —La señalo con el dedo índice, aún a riesgo de que me odie un poquito más, y me vuelvo hacia Iván—. ¿Por favor?

El chico arruga la nariz y guiña los ojos, y yo noto cómo mis órganos internos se retuercen, dan volteretas y saltan con paracaídas.

Prefiero no pensar en cuales: el corazón, el estómago, cada una de mis entrañas.

No estoy segura de no estar teniendo una reacción alérgica severa.

Si no estuviésemos a oscuras, podría ver lo colorada que se me ha puesto la cara en un instante.

«Alergia, seguro que es alergia. Que alguien me traiga Urbason».

—Joder, Emma. Es que no soy capaz de decirte que no.

Rojo, rojo fuego.

Loreto entra tambaleándose en su portal, prometiéndome que me avisará cuando llegue arriba y se meta en la cama.

Una vez que nuestro trabajo ha terminado, ponemos rumbo a su coche.