9. «Gorgeous» – Taylor Swift #4
—No…, no es eso —dudo—. Bueno, sí, pero me refiero a los romances de oficina. Están destinados a fracasar. Solo son para cobardes, producto de calentones, aburrimiento o de infidelidades.
—Vaya... ¿Eso piensas? —me pregunta, dolido—. Yo he hablado con Beto y parece bastante pillado.
«Estaría bien que alguien me quitase la copa de la mano y me explicase por qué estoy discutiendo sobre la ratio de fatalidad de los workplace romances con el compañero de trabajo que me ha enviado el universo para vivir mi propia comedia romántica».
—¿Pillado? Por supuesto, pero también aburrido por la rutina. Es cuestión de tiempo que conviertan la oficina en un campo de batalla.
No recuerdo el momento en el que me volví tan escéptica, pero crecer en un pueblo pequeño te enseña a nunca, jamás de los jamases , buscar el amor a menos de dos o tres calles de distancia.
Porque cuando no sale bien, porque nunca sale bien, no puedes refugiarte en el trabajo ni saltar por la ventana.
Como pilles Mercurio mal situado, seguro que te encuentras a tu ex paseando al perro que adoptó cuando lo dejasteis.
—No defiendas lo indefendible. En serio, son monísimos y por separado me caen estupendamente, pero ¿tienen algo en común aparte de trabajar en la misma planta?
¿Se hubiesen gustado si se llegan a conocer, no sé, en un bar?
Ya comparten buena parte de su vida juntos, círculos de confianza...
Dime qué esfuerzo extra supone conquistar a alguien del que no puedes separarte.
Otro empujón. Un centímetro más que perdemos entre ambos.
—No puedo sacudirme la sensación de que todo lo que pasa en la agencia está contaminado o edulcorado. Como si no fuera real, como si todo tuviese un filtro —digo un tono más bajo, porque no hace falta que grite a esta distancia.
—¿Y qué me dices si te dijera que, hipotéticamente, él se fijó en ella nada más verla en la oficina, el primer día, y que lleva meses buscando la manera de acercarse?
Es una provocación en la que no voy a caer. Tengo argumentos de sobra para desmontar cualquier supuesto.
—Es lo mismo, un filtro. Estamos encerrados muchas horas juntos y es inevitable buscar algún entretenimiento para las nueves o diez horas que pasamos ahí dentro todos los días.
Una motivación para ir a la oficina por las mañanas, ya sea algo rico de comer o un flechazo que te mantenga entretenido el tiempo suficiente como para no plantearte dimitir.
—Y empezar algo con la chica que lleva gustándote meses no te parece motivación suficiente, entonces...
—No, no en este caso. Todo lo que pase sobre esa moqueta es irreal.
—¿Todo? O sea que esto tampoco es real, ¿no?
«¿Esto? ¿Qué es esto?».
—¿Esto? —repito, esta vez, en voz alta—. ¿Qué es esto?
—Joder, Emma, no sé; ¿esto? —insiste, señalando el poco aire que separa nuestros cuerpos—. No sé tú, pero yo no me paso... ¿cuántas fueron? ¿Seis horas? Hablando con cualquiera..., ¿sabes? Ni filosofando sobre la vida un domingo por la noche.
—No fue un domingo, era jueves. Además, nada de eso pasó sobre ninguna moqueta. En la oficina haces como si no nos conociéramos. —Creo que contestar con sorna es la única herramienta de autodefensa que se me ocurre usar ahora mismo. Estoy desarmada, y sus labios en movimiento me distraen.
Alguien pasa corriendo por detrás de nosotros y me empuja un poco más hacia Iván, que amortigua mi posible caída sujetándome por el codo. Tengo mi mano en su antebrazo y ya no queda nada entre su cuerpo y el mío.
—¿Siempre tienes que ser tan contestona? —me pregunta demasiado cerca.
—El sarcasmo muy elevado normalmente ofende a aquellos que no lo entienden —contraataco.
No podría asegurar qué llega antes, si mi exagerado suspiro o el de Iván, que se ríe entre dientes, mordiéndose el labio inferior con unos dientes blancos perfectos. Pero de lo que sí estoy segura es de que mi corazón traidor ha dejado de latir durante un segundo.
Si estuviera leyendo una escena así en cualquier libro, seguro que gritaría como una descosida, cerraría el libro de golpe y volvería a releerlo aunque ya no pudiese sentir exactamente lo mismo. Solo resquicios.
Pero no es así. No estoy en mi cama, sino en un bar. Me está tocando vivirlo en primera persona, y he de decir que el dolor de estómago y el sudor no son como en los libros.
Todo es infinitamente más intenso.
Real o no, no lo cambio por nada.
Iván habla por fin y me devuelve al planeta Tierra por segunda vez consecutiva.
—No te soporto. Hacía mucho que nadie me ponía tan nervioso —me susurra, negando con la cabeza.
—Oh, ¿en serio? Vaya...
«Muy elocuente, Emma».
—Sip. Pero, bueno, no son nervios reales, ¿no?
Trabajamos en la misma oficina, al fin y al cabo.
Y estoy seguro de que los tuyos, tu respiración agitada y el hecho de que no hayas perdido de vista mis labios ni un segundo también están solo en mi cabeza.
—Se ha alejado ligeramente mientras hablaba, dejándome congelada en el sitio, pero se vuelve a acercar para una última frase—: ¿Me equivoco?