9. «Gorgeous» – Taylor Swift #3
—Y el día elegido es... ¡el quince de agosto! —Leire da comienzo a la competición improvisada.
«¡No habrá días en el calendario, por el amor de Dios!».
Me encantaría que la fórmula matemática fuese más difícil, intentar no darme cuenta en un segundo, pero recuerdo el pasado quince de agosto perfectamente. No consigo escapar de esa tarde. Lo que no puedo asegurar es que Iván lo recuerde como yo.
Loreto enciende su teléfono y nos enseña su pantalla.
—Bueno... bueno. Tres horitas. Para ser un día de fiesta, no está mal.
—Tía, qué va, ¡está superbién! Qué sana, mi dupla, mírala —la felicito mientras me tiro a su cuello a darle un abrazo. Lo recibe, sí, pero no me lo devuelve.
—Me pasé la tarde viendo reposiciones de Mamma Mia! en la tele. No tiene mérito, solo estuve con otra pantalla.
—Bah, eso no cuenta, Loreto —comenta Iván—. Ver cine es nutrir el cerebro, esas horas de pantalla son buenas.
—¿Y si te dijera que lo que estuve viendo, en realidad, es La isla de las tentaciones ?
El chico que tengo detrás ahoga una risa; no se escucha casi nada, pero yo lo noto.
«¡Emma, eso significa que está muy cerca! Aléjate, ya».
No me muevo.
—Me... me mantengo. Es cine, de alguna manera. Un experimento social. Enseñanzas sobre «qué no hacer en la vida».
—¡Chavales, chavales! Me toca, por favor, os pido concentración.
Beto desbloquea su pantalla y nos muestra un contador que asciende a unas modestas tres horas y media.
—¡Ja! No tengo nada que hacer, gente; me pasé el día en la cama de resaca.
—Quiero recordar que ese día no dormiste nada... —interviene Leire, abrazando al chico por el torso con sus diminutos brazos.
—He dicho que lo pasé en la cama, no que estuviese durmiendo, listilla.
Loreto finge otra arcada y se eleva una oleada de gritos que intentan disuadirlos de que se empiecen a dar el lote aquí mismo.
—¡A ver tú, Emma! Siempre citando TikTok como tu única fuente de conocimiento; seguro que les ganas a todos —me anima Leire, por supuesto.
No quiero desbloquear mi pantalla, porque tengo serias dudas de lo que pueda revelar.
Con un clic expongo todos mis secretos.
Siete horas y cuarenta y seis minutos.
De las cuales, pasé fácilmente cinco y pico solo hablando con Iván.
—No puede ser... —Me llevo una mano a los ojos y bajo la cabeza con vergüenza.
— ¡TENEMOS UNA CLARA GANADORA, SEÑORES! Emma, querida, de un trago.
Beto me pasa mi copa de vino, olvidada en el taburete y preocupantemente llena. El camarero me ha guiñado un ojo cuando la ha llenado y me ha susurrado «A esta invito yo». Por un momento, me he alegrado. Ahora lo odio.
Una apuesta es una apuesta, supongo.
Loreto me mira ojiplática, con la boca abierta. «Flipando» es la palabra.
—Pero si te levantaste tardísimo, ¿qué hiciste toda la tarde?
Gracias a todos los ángeles, dioses y hadas del cielo por haber colocado al culpable de todo esto fuera de mi campo de visión.
—Estoy segura de que me cuenta las horas del Mac del curro; lo tengo conectado con el teléfono —me intento defender, pero no sirve de mucho.
—Pero ¿qué dices, loca? ¿Te pusiste a trabajar en festivo? —Loreto sigue, eso, flipando .
—No, no, no... o sea. Yo...
—No, si ahora dirá que estuvo viendo Cómo conocí a vuestra madre , ¿verdad, Emma?
«¡Que alguien le meta un calcetín en la garganta a este bocazas!».
Noto su brazo rodeándome los hombros, pero me deshago de su agarre y le apunto con un dedo y cara de pocos amigos para hacerlo callar. O lo más parecido que me sale, no sé; me acabo de beber un vaso entero de vino blanco sin respirar.
—Pues mira, sí, justamente eso. Estuve viendo una serie toda la tarde.
—¡A Recursos Humanos que vas por usar el ordenador para cosas personales! —Loreto no ha ganado el juego, pero se ha bebido su cerveza de una y la agita en el aire, como buscando mágicamente que se llene de nuevo.
Me llevo la mano al pecho y pongo la cara más dramática que haya visto jamás, ahogando un grito.
—¡¿Cómo te atreves?! Si te pasas en la web de Zara tres cuartos de hora todas las mañanas.
—¡Uf, chicos! ¿Escucháis eso? ¡Ya voy! Disculpadme, me reclaman... —Loreto hace un gesto señalando a ningún sitio en particular—. Por allí.
Pillada, mi dupla se da la vuelta y se dirige contoneándose hacia la barra.
Aquí, rodeada de gente —no, con mucha gente rodeándome a mí — y con el estómago revuelto por el vino y los nervios, siento que lo he conseguido, que he dado con todo lo que quería. Toda una catarsis en medio de la noche madrileña.
Si intentase buscarle un sentido lógico y racional, entraría en colapso mental. Así que hago lo que mejor se me da: dejarlo para más tarde. Sé que no es real, pero voy a disfrutarlo mientras pueda.
Mi móvil vibra encima del taburete con una notificación nueva, y todo el alcohol, la euforia y las ganas de exprimir la noche se evaporan.
La pequeña burbuja me indica que Gabi ha llegado a casa hace dos minutos. Son pasadas las dos de la madrugada.
Y yo había quedado a cenar con ellas hace horas.
Un incómodo calor me trepa por el cuello hasta instalarse en las orejas, un viejo conocido. Náuseas, temblores y unas incipientes ganas de llorar porque sí, la he cagado.
Entro corriendo al grupo que comparto con las chicas y, tras leer en diagonal todos los mensajes que han intercambiado entre ellas y los que, más tarde, se dirigen solo a mí, tecleo mil perdones y una promesa de que las llamaré mañana.
Como si algunas letras digitales escritas en silencio y rodeadas de barullo pudieran encapsular la pesadumbre que se ha instalado en mi pecho.
«¿Cómo has podido olvidarte?».
«Eres lo peor».
«¿Es incompatible esta Emma con la de antes?».
«Has priorizado a desconocidos sobre las únicas personas que jamás se iban a dormir antes de asegurarse de que estabas bien».
«No me gusta esta Emma».
—Oye, eh... ¿Todo bien? —Escucho la voz de Iván por encima del pitido, del vacío, y su mano en la parte baja de mi espalda me devuelve a tierra firme—. Te has puesto blanca.
Miro en derredor como si hiciese horas que no lo hago, consciente por fin de dónde estoy.
Hay demasiado ruido y muy poca luz. Iván me mira con cara de preocupación, y Beto y Leire han decidido empezar a enrollarse a saco. Estamos solos y no tengo escapatoria.
—Sí, sí, emmm... —le contesto, apartando la mirada, rompiendo el reto que yo sola me había impuesto hoy y dirigiéndole la palabra por fin—. Es que había quedado esta noche y se me ha ido el santo al cielo...
—¡Vaya! Sí que estás solicitada tú, ¿no? ¿Otra cita?
Intento reírme, pero lo que sale es un sonido ahogado, más parecido a un escupitajo.
—No, esto... Es una especie de tradición...
—¡Ah! Con tus amigas, ¿no? ¿La cena de tu antiguo piso? —«¿Cómo lo sabe?»—. Nos lo contaste hace un par de semanas, cuando se fue Jacobo... También hiciste bomba de humo, ¿te acuerdas? —aclara como leyéndome la mente al ver mi cara de asombro—. Yo me acuerdo de todo.
La única respuesta que recibe es una mueca por mi parte.
—Vamos, ha sido un despiste, tampoco te martirices. ¿Dónde está la Emma de «yo puedo con todo»?
—Pff —resoplo—, esa Emma no es real.
—¿Cómo que no? ¿Y la chica cautivadora que se ha metido en el bolsillo a media agencia en menos de un mes y que se las ha arreglado para hablar con todo el mundo menos conmigo hoy?
Me he dado cuenta. —Iván me da un apretón en la cadera como para recordarme que su mano sigue ahí, y acerca su boca a mi oreja—.
Dime que lo que estoy tocando no es real y sabré que he perdido la cabeza por completo.
Dejo escapar todo el aire que no sabía que estaba reteniendo. Afortunadamente, lo cerca que está le impide notarlo... o eso espero.
Es él quien vuelve a hablar.
—Lo que yo decía. Bueno, nos hemos quedado solos.
—No estamos solos —le contradigo—. Beto y Leire están... justo ahí.
Señalo a la pareja, que se ha alejado unos metros y siguen enredados el uno con el otro.
—No creo que vayan a hacernos mucho caso lo que queda de noche, ¿no te parece?
La sonrisa torcida y los ojos verdes, que solo intuyo porque está demasiado oscuro, hacen que me olvide un poquito de lo mal que me encuentro.
—No tiene pinta, no...
Estamos en una zona de paso y un señor cargado con tres copazos me empuja ligeramente al pasar por detrás, lo que hace que me tenga que acercar un poco más a Iván. Es difícil mantener distancia aquí en medio.
—Creo que es una malísima idea —confieso. No me siento fuerte como para hablar de mí, así que me refugio en hablar del resto.
—¿Cuál? ¿No beneficiarse de nuestra burbujeante compañía?
Me hace reír, una vez más.
—Desde luego. Pero me refiero a... eso. —Gesticulo aleatoriamente hacia la pareja, que vuelve a besarse como si fuesen adolescentes—. Están ciegos, ¿no ven que van a acabar fatal?
—No te sigo, Emma. ¿Tanto rechazo te provocan las muestras públicas de afecto?
Iván se coloca las gafas como si fuese un catedrático y me arranca una carcajada del fondo de la garganta. Una. Vez. Más.