Encantada de olvidarte 9. «Gorgeous» – Taylor Swift #2
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9. «Gorgeous» – Taylor Swift #2

—Bueno, eso del mejor de Madrid…, ¡no te pases tampoco! —le discute Leire—. Pero me parece buen plan. Emma, ¡vamos! Díselo a Loreto y salimos en vuestro honor.

—Pues es que habíamos reservado ya para comer nosotras, chicos...

—¿Dónde es la celebración? ¿Queda sitio para uno más?

Por supuesto, Iván ha decidido aparecer de repente y apoyarse en el marco de la puerta con los brazos en alto a ambos lados de la cabeza, marcando bíceps como haría cualquier protagonista de cualquier libro de mi estantería.

No le culpo; el office es minúsculo y no podría entrar ni aunque lo intentase, pero podría haber elegido no ser desbordantemente sexy.

—Cabrón, a ver si convences tú a Emma, que yo no puedo soportar un rechazo más. —Nico le pega un manotazo en las costillas que hace que se doble soltando un quejido.

No estoy dispuesta a perder este asalto, y tengo que ser consecuente con mis deseos. Si los astros me han otorgado una historia en la que ser protagonista y tengo que fingir ser el alma de la fiesta un día más, lo haré.

—¡Yo no os he rechazado! Es que Loreto y yo habíamos reservado en un italiano aquí cerca, pero seguro que un pincho de tortilla le entra igual de bien. Le caéis infinitamente mejor que a mí, así que...

Beto suelta un «vamosssssss» y agita el brazo con el puño cerrado, hasta que se da cuenta de lo que he dicho realmente. Le saco la lengua, aparto a Iván de mi campo de visión y me resigno a tomarme el café solo y amargo.

—Pero ¡solo vamos si nos compráis una tartita y nos cantáis!

—¡Contad con ello! —me responde—. Nos vemos a las tres abajo, que me he tocado los huevos tanto esta semana que necesito contestar, por lo menos, un par de mails .

Le echo dos sobres de azúcar enteros al café para no morirme del asco y salgo de la cocina, evitando un incómodo baile con Iván y habiendo conseguido no dirigirle la palabra directamente ni una sola vez.

Tengo el presentimiento de que a Loreto no le ha hecho gracia el cambio de planes.

—Vamos, no exageres —le planteo, agarrándola del brazo, de camino a la plaza que se encuentra justo detrás de nuestro edificio—. ¡Si lo he hecho por ti! Seguro que te lo pasas mejor con todos que con tu aburrida dupla. Te estoy quitando un peso de encima.

—Emma, no me vengas con historias. ¿Desde cuándo prefieres una cerveza con gente que casi no conoces a un plato de carbonara en un sitio de foto? —Me mira como si yo fuese un error que no entiende en la declaración de la renta—. Estás rarísima estos días...

«¿Desde que mágicamente me convertí en Emma y dejé de ser solo la dupla de Loreto?».

El sitio al que vamos es un bareto cutre, con cajas de botellines vacías apiladas por todas partes, baldosas del siglo pasado y el suelo nevado de servilletas de papel grasientas.

Suelo fijarme mucho en estas cosas, la estética de los establecimientos, la intención.

Siempre ha sido así, excepto hoy. No le doy demasiadas vueltas.

Nada me importa.

Me siento magnética, hechizante, enorme.

Hemos aparcado las conversaciones paralelas que naturalmente empiezan a formarse en los grupos grandes. Nico y Beto desde un extremo, Leire y su compañera del alma (cuyo nombre aún no conozco) justo en frente, Loreto a mi derecha, Iván más allá, en diagonal. Yo, en el centro de todo y todos.

Y estoy adorando escucharme.

Llevamos aquí tres horas, quizás algo más. El tiempo pasa volando, pero no se me agotan las anécdotas, las historias, los conocimientos completamente aleatorios que guardamos para ocasiones como esta.

Ahora estaba contándoles cómo me intoxiqué la última vez que fui a una cadena de comida rápida. No diría que es una historia apasionante, pero parecen no estar de acuerdo conmigo.

—¿En serio te intoxicaste con una hamburguesa? —Iván no cesa en su desesperado intento por intervenir en la conversación y tumbar mis esfuerzos por ignorarlo—. ¿Por eso no viniste al c de c?

El c de c, o Club de Creativos, en realidad, es solo una excusa para viajar a San Sebastián cada abril con esa gente que ya ves más de ocho horas diarias en la oficina, no asistir a ninguna de las conferencias que organizan y estar de pintxos todo el fin de semana.

—¿Qué dices, animal? Si Emma ni trabajaba aún en la agencia —responde Leire por mí.

«¿Otra vez?».

—¡Claro que sí! —brama Loreto. Aunque está menos molesta que antes, sigue saltando a la mínima, algo que no va con ella—. De hecho, esta loca estuvo prometiéndome que se iba a levantar y a lavarse el pelo en cualquier momento mientras todos sus órganos se retorcían.

—¡Era mi primer c de c como creativa! Tenía muchas ganas de ir, ¿qué quieres que te diga?

—De hecho, Leire —insiste Loreto—, ¿no te acuerdas de que yo estuve contigo en el casoplón ese que alquilamos? ¿Con quién iba a trabajar yo si no? Ubícate, amor.

Leire se disculpa titubeando y se arrebuja un poco más en su silla de aluminio. Me mira con ojos borrosos, ausentes. Un pestañeo y la bruma desaparece. Huele a lavanda, a madera. No había notado antes su perfume.

Advierto un movimiento al otro lado de la mesa, a mi derecha. Es Iván que, muy a mi pesar, no es una figura de cera inerte.

Pese a que me he colocado estratégicamente sobre la silla, hecha un enredo de brazos y piernas, para darle la espalda todo lo que me permite mi escasa flexibilidad, resulta muy difícil ignorarlo. A él y a todo lo que despierta en mí.

La confusión, la rabia, la vergüenza y las ansias imparables de apoyar la cabeza sobre una mano y quedarme mirándolo en silencio son, a veces, exageradas. Necesito un momento a solas, así que me disculpo para ir al baño.

Abajo, frente a un espejo que nadie ha limpiado en años, me encuentro por primera vez en toda la tarde con lo que el resto del mundo está viendo: me brilla ligeramente la piel por el sudor, y también los ojos.

El vino ha coloreado mis mejillas y me veo más guapa que nunca.

La Emma de hace unas semanas ni siquiera se imaginaba descubrirse en esta situación, achispada un viernes por la tarde, el eje de un grupo grande, la melodía principal. Es una sensación adictiva.

Cuando salgo del local, que huele a fritanga desde los años sesenta, Loreto y los demás me esperan de pie en la puerta. Mi dupla se aparta un poco y viene a mi encuentro.

—Ya hemos pagado, no te preocupes. Oye, dicen estos que si nos unimos a otro grupo de la agencia que está de tardeo por ahí. ¿Te vas? Yo quería echarme la siesta; podemos hacer bomba de humo, que tenías plan con las chicas hoy, ¿no?

Sé que Loreto me está ofreciendo una salida fácil, pero no estoy preparada para volver a la realidad.

Eufórica, le contesto:

—¡No, no te vayas! Nos pasamos un rato y nos vamos pronto, hay tiempo para todo. Nos lo estamos pasando tan bien...

—¿Nos? —me pregunta, escéptica.

—Va, no me dejes sola... —Aunque esté un poco feo, no le doy mucho espacio para el diálogo. Me elevo por encima de su cabeza y hago un movimiento con la mano hacia el resto—. ¡Nos apuntamos! ¿Dónde es la siguiente?

Oigo a Loreto resoplar de fondo, pero me agarro de su brazo y nos reunimos con los demás.

Si estoy pendiente de la hora, podré con todo.

Ni siquiera voy a prevenir a mis amigas, conseguiré apañarme.

Me repito ese mantra mientras caminamos por el centro.

Entramos a un garito con música en directo donde me encuentro con decenas de caras conocidas. Me saludan, me celebran, se derriten en mis discursos.

Tengo el móvil en la mano y miro la hora constantemente. Aún es pronto. Si cojo un Uber en vez de ir en metro, llego perfecta. Compraré algo para cenar de camino.

Pero cuando nos alejamos de las mesas y trasladamos la fiesta a la barra, a otro garito más escondido y abarrotado, lo guardo al fondo del bolso, por si acaso. No me fío de llevarlo en la mano y olvidarlo en cualquier sitio.

Es entonces cuando pierdo la noción del tiempo.

He perdido la cuenta de la cantidad de veces que nos hemos movido, recalculado y reubicado en las últimas horas. Ya no sé si es de día o de noche. Creo que la última vez que salimos estaba anocheciendo, pero el color del cielo es lo último en lo que me fijo.

Tengo la boca seca; no he dejado de hablar en toda la noche, y el vino que no para de llegar solo sirve para refrescarme momentáneamente.

Con un taburete a modo de mesa improvisada, porque no hay ni una libre en todo el local, Beto, Loreto y yo pedimos otra ronda y colocamos los móviles boca arriba, a la vista de todos.

El chico levanta la cabeza y busca el brazo de Leire, que se encuentra inmersa en una interesantísima conversación con Iván, Roi y Nuria, que ha aparecido de la nada. Siempre se las ingenia para estar presente.

—Guapa, sé tú la mano inocente, anda. Di un día al azar y quien tenga más horas de uso en el móvil, bebe.

Leire se parte de risa y tira de la camiseta de Iván para que no se lo pierda.

—Flipado, tú te pasas de las ocho horas, fijo. Vas a perder.

Beto la acerca un poco más a su cuerpo, y Loreto finge una arcada.

—Si perder es beber, creo que gano, ¿no?

Iván se acerca y se coloca detrás de mí. Pura casualidad; es el mejor hueco desde donde ser testigo de toda la partida. Aun así...

He conseguido dejar de buscarle con la mirada durante un rato, aunque pueda distinguir su voz a metros de distancia. He hablado con todo el mundo esta tarde menos con él.

No sé qué le hace a mi cuerpo, qué químicos me desestabiliza, pero lo consigue sin querer.

Sentir su aliento en el pelo cuando se ríe está a punto de destruir todas las paredes que me he encargado de levantar esta semana.

Está claro que lo que sea que estuviese pasando entre nosotros se quedó en ese chat.

Y él decidió ponerle fin unilateralmente.

Así que yo he decidido hacerle el vacío también, unilateralmente.

Quizás así el universo le dé otro empujoncito. ¿Debería escribir otra carta y manifestar un chico que no me tenga la cabeza hecha un lío? No quiero pillarme de una ilusión. ¿Funcionará dos veces seguidas o cabrearé a las fuerzas del cosmos?