Encantada de olvidarte 9. «Gorgeous» – Taylor Swift
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9. «Gorgeous» – Taylor Swift

Gorgeous – Taylor Swift

—Tía, ¿qué acaba de pasar? Estoy completamente disociada —confieso a Loreto.

Por la expresión helada que me regala, adivino que se siente igual que yo.

Aún sigo sin explicarme cómo una semana que para todo el mundo ha tenido cinco días, a mí me ha pasado una factura de seis años y medio, IVA no incluido. Estoy al borde de desarrollar un tic permanente en el ojo.

Loreto y yo hemos sobrevivido a base de sándwiches de la cafetería, encerradas en una sala de reuniones, practicando la presentación de siete escasos minutos que determinará toda nuestra carrera.

Nos hemos saltado la jornada intensiva, horas de sueño y, mi dupla, una cita con el dentista.

Y todo para sufrir de amnesia retrógrada transitoria como la que te da cuando sales del concierto de tu artista favorito.

Lo he visto en TikTok. Dos mil dólares por una entrada para ver a Taylor Swift y se te olvidan las tres horas de concierto nada más salir. Ahora mismo, me siento igual de frustrada que una swiftie . Mejor dicho, soy una swiftie y estoy frustrada.

La reunión no ha acabado, los representantes de Erea siguen dándonos la enhorabuena por las propuestas de campaña que les hemos presentado y hablando con cautela con Nuria e Iván, sus figuras de confianza dentro de la agencia.

Han luchado para que nos escucharan, los han tranquilizado, los han aconsejado bien.

Iván ha cumplido con su parte del trato.

No tenían por qué haber tomado una decisión aquí y ahora. Pero, al parecer, lo han hecho. Nos han elegido a nosotras.

Y yo no me acuerdo de nada.

—¿Es posible que esto sea un sueño compartido entre ambas? ¿Que nos hayamos quedado dormidas muy cerca o algo así y nuestras mentes se hayan conectado...? Toma —me dice, tendiéndome un papel y un boli olvidados en la mesa—, intenta escribir algo. En teoría, en los sueños no se puede escribir.

—Tampoco se puede leer, torpe. ¿Cómo vas a saber si lo he escrito bien?

Dame el móvil, que yo siempre sueño con que intento llamar a emergencias y no doy con las teclas.

—Procuro mantener a la gente de Erea en mi campo de visión, para que no nos pillen cuchicheando, aunque eso suponga distraerme con el pelo moreno de Iván, el metro noventa de Iván o, lo que es incomparablemente peor, los ojos oliva de Iván.

Intercambiamos algún que otro mensaje más durante el fin de semana pasado.

Cosas sin importancia: stickers o algún meme que solo le hace gracia a un porcentaje muy reducido de la población.

Tiene un sentido del humor singular, y mi cuerpo hace una cosa extraña cuando me escribe: me pide esperar unos minutos antes de contestarle, aunque prácticamente le hubiese pillado escribiendo.

Sin embargo, no logro huir del presentimiento de que, en realidad, no estoy hablando con el verdadero Iván, sino con una versión azucarada e irreal que he manifestado y que las estrellas han adulterado para mí.

Como si de un personaje ficticio creado por una mujer se tratase, encuentra siempre las palabras que ni yo sabía que estaba buscando, encarna el equilibrio casi perfecto entre misterio y chulería (peca un poco de esto último, pero tampoco me voy a quejar) y es irresistiblemente guapo. Cada día estoy más convencida.

Ahora bien, ¿dejaría un hombre perfecto, escrito por una mujer y enviado por las mismísimas fuerzas del cosmos, a una chica en leído durante una semana y se limitaría a un par de asentimientos con la cabeza en la oficina? De eso no estoy yo tan segura.

Si él me quiere evitar, pues yo más.

—Chicas, quería daros la enhorabuena antes de marcharnos.

—La única mujer del equipo directivo de Erea, que es la responsable de marketing y la única que no parece desinteresada por la creatividad, nos estrecha la mano a cada una mientras nos incorporamos con torpeza—.

Ha sido una propuesta muy valiente y un gran discurso.

Se nota que conocéis bien la marca y que os importa, y no sabéis lo difícil que es encontrar un buen combo.

Me habéis puesto muy fácil convencer a estos vejestorios —añade, con un hilo de voz.

Confío plenamente en que lo hemos hecho bien, pero ahora mismo siento esta reunión como una intrincada partida de un juego de rol del que no conozco las reglas.

—Gracias a vosotros por confiar en la idea, de verdad. Estamos muy orgullosas. —Loreto es quien lleva la voz cantante, y menos mal.

—Hay grandes expectativas puestas en el equipo, lindas. Sin prisa, pero sin pausa. Hablaremos pronto.

Mi dupla y yo nos llevamos las manos a la boca para intentar mitigar el grito de euforia que se nos escaparía de no hacerlo. Ahora sí: ojos como platos, chillidos desde la garganta y un subidón de adrenalina que nos dejará agotadas el resto del día.

Esto no es lo normal, ni remotamente. Lo habitual es presentar una idea a cliente, que la reciban con expresiones neutras y murmullos que aprendes a interpretar con los años, y tener que esperar una media de dos a cuatro semanas para, o bien que te manden un correo electrónico dándote las gracias y rechazándote educadamente, o para un debrief con cambios requeridos en menos de cuarenta y ocho horas que se cargan por completo el alma de tu idea.

Nunca —para ser exactos, jamás— hemos acabado una reunión con la decisión tomada y una nueva convocatoria para evaluar siguientes pasos. No exagero si digo que parece cosa de magia o de enajenación mental.

—¿Te lo dije o no te lo dije? Tenemos que empezar a manifestar cosas buenas en nuestra vida. ¡Esto es lo que nos merecemos! —Me estremezco cuando Loreto me agarra de la mano y salimos juntas de la sala.

Sí, tiene toda la razón, es justo lo que merecemos después de todo nuestro esfuerzo, pero el mundo no es precisamente justo.

¿Y si también esto es solo el resultado de mi metedura de pata con la manifestación?

A lo mejor, no sé, hice algo mal o invoqué a quien no debía...

¿Es posible que la tormenta de aquella noche tuviera algo que ver, que magnificara todo y me trajese de golpe justo lo que había pedido? Tramas y subtramas.

—No digas eso. Esto lo hemos conseguido porque nuestra idea era la mejor de todas, ¿no? No porque la constelación de Leo nos lo haya regalado... —lo digo casi más para mí que para ella, pero me noto incómoda. Insegura. Alerta.

—¡Claro que sí! —Loreto se cruza de piernas encima de su silla y gira levemente—. Es un decir. ¡Esto tenemos que celebrarlo! ¿Te apetece hacer algo? ¿Vamos a comer a algún sitio mono? Creo que Tere nos va a echar de la cafetería como volvamos por allí después de la semanita que llevamos.

Eso no se lo puedo negar, y es en parte culpa mía. Por si fuera poco, le debo tiempo de calidad, por esta semana de arresto domiciliario y por lo del evento del otro día.

—¡Me apetece un montón! Podríamos ir al sitio de pasta ese que tiene tanta lista de espera.

Me muero por probarlo, y siendo agosto...

—A Loreto se le iluminan los ojos como si fuese Navidad y empieza a teclear sin perder un segundo, buscando reserva—.

Pero no puedo entretenerme mucho hoy, ¿vale?

He quedado para cenar con Olivia y Gabi y ya cancelé la semana pasada.

—No te preocupes, te libero después de un café.

Hace tanto que no me echo una siesta que hasta se me ha olvidado lo que se siente.

—Mi dupla se las apaña para bailar todo lo que puede en la incómoda postura en la que se encuentra, y me templa el corazón—.

¡Hay hueco! A las dos, un poco pronto, pero nos deben más horas de las que pueden contar. ¿Qué te parece?

—Si vemos que Biel no se va a su hora de los viernes, cancelamos, pero me apuesto el postre a que a las once está saliendo por la puerta.

—Es una cita. —Y me estrecha la mano.

La mañana de trabajo avanza sin mucho sufrimiento.

A eso de las doce y media no aguanto más y me levanto a por un café.

Loreto estaba en lo cierto, hemos atracado la cafetería esta semana, por lo que no me queda ni un euro en la tarjeta.

Y estamos a fin de mes. Por más que me duela, me dirijo al office para hacerme uno de máquina con leche de almendra fría. Es todo lo que me puedo permitir.

En el estrecho espacio encuentro a Beto y Leire, que no se han separado desde la otra noche, y a Nico, que, sorprendentemente, siempre se encuentra demasiado cerca de los otros dos.

Loreto consiguió evitar quedarse a solas con él, lo condenó a compartir la velada con la pareja en ciernes y, bueno… , no parece que le importe demasiado.

—¡Emmita! ¿Qué pasa contigo? ¡Habrá que celebrar vuestra aplastante victoria de hoy! ¿O no?

Aunque él y Beto se han currado un montón su escape room (y toda la parafernalia alrededor), no parece dolido por no haber sido elegido.

Más bien parece..., no sé, ¿embelesado? Quizás sabe tan bien como yo que no tenían nada que hacer con Iván de nuestro lado.

Eso, o es el universo manipulando su mente.

«Emma, basta».

—¡Uf! Estoy tan cansada que lo último en lo que pienso es en celebrar nada, chicos. ¿No estáis derrotados? Las presentaciones siempre me dejan K. O. —confieso.

—La verdad es que tampoco se han partido el lomo estos dos —dice Leire mirándome a los ojos—. Beto lleva toda la semana diciéndome que lo teníais más que ganado.

—Lo que pasa es que me obligas a mantener las manos ocupadas cuando estás cerca —admite él, escondiendo la cara en el cuello de la chica, y yo pienso que ojalá poder esconderme debajo de la moqueta.

Que conste que, por muy monos que me parezcan, sigo pensando que lo de los romances de oficina es una pésima idea.

—¡Que no, venga! Vámonos a comer a Olavide —propone Nico—. Hay un sitio que tiene el mejor pincho de tortilla de Madrid. Así no te tienes que mover mucho, reinona.

Intento hacerme con una taza y una cápsula, pero la pareja obstaculiza la nevera. No voy a poder hacerme el café e irme en paz hasta que no se aparten.