Encantada de olvidarte 6. «True Friends» – Bring Me The Horizon #3
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6. «True Friends» – Bring Me The Horizon #3

Estoy roja como un tomate porque sí, Loreto me ha plantado un beso en la boca, pero también satisfecha, y muy contenta.

¿Es esto lo que se siente? Esta especie de embriaguez leve, como un pequeño mareo, como el que te da cuando alguien que te lleva gustando años te pide una cita o recibes la respuesta a una oferta de trabajo...

y te han seleccionado. No eres capaz de pensar en nada más en todo el día, vas y vuelves, pero siempre acabas releyendo el mismo mensaje una y otra vez, buscando ese ligero embotamiento de los sentidos, que nunca es igual a la primera vez.

Supongo que por eso son las drogas tan adictivas.

Me encantaría poder acostumbrarme a esto.

—¿Te has enterado de la última?

La voz de Iván suena muy cerca de mi oído, templada e íntima. Como cuando te dejan caer un «¿salimos a tomar el aire?» de fiesta. Ha debido de rodear toda la oficina para sorprenderme.

Curvo los labios en mil direcciones, tratando de esconder una sonrisa que se me escapa, por lo que acabo con una mueca arrugada en la cara.

Menos mal que Loreto no me ha visto, se estaría riendo de mí durante décadas. Hace un rato que ha ido a por algo de comer mientras yo lucho por avanzar con todo el trabajo que tengo pendiente.

—Anda, no. ¿Qué última? —contesto, girando mi silla para mirarle.

Iván se aparta, no mucho, y se apoya en el armarito que delimita la fila de mesas.

—Han invitado a una creativa nueva a vuestro eventito superexclusivo de hoy. ¿No lo sabías? No se habla de otra cosa por mi zona.

—¿Sí? Qué raro... ¿A una júnior? No hemos oído nada por aquí, y mira que me extraña...

Levanto la cabeza como un suricato, buscando nuevos corrillos. ¿Qué les pasa este año? ¿Han invitado a todo el mundo, hasta a los nuevos? Por un segundo, me siento menos especial, hasta que Iván vuelve a irrumpir en mi campo de visión.

—Me refiero a ti, Emma.

Me alejo un poco y, aunque mi tono se endurece, noto como la piel alrededor de mis ojos se suaviza.

—Yo no soy nueva, llevo aquí más años que tú.

—Ya lo sé, boba —se ríe, pero duda en cuanto se da cuenta de lo que ha dicho y carraspea exageradamente.

«¿Cómo que “boba”? ¿Quién se cree?».

Iván se inclina sobre sus antebrazos y yo giro mi silla un poco más para quedar a su altura.

—Yo fui un par de años, cuando trabajaba en la otra agencia, en Woody. La gente mutaba a su peor versión para conseguir una entrada... O a su mejor, tú ya me entiendes.

—Ya, aquí pasa un poco lo mismo. Loreto y yo lo llamamos «Los juegos del peloteo». Porque no estabas el año pasado, pero se derramó más sangre que en la Cornucopia.

—¿Dos referencias a Los juegos del hambre en la misma frase? Vaya, Emma, no sabía que eras tan friki.

Se nota a años luz que la palabra «friki» para él significa lo mismo que para mí: absolutamente apasionado, fan de ser fan, potencialmente problemático por el tema económico, pero fabuloso, al fin y al cabo.

Sin embargo, seguir tomándole el pelo es mucho más divertido que los retoques de color que me han pedido a última hora, así que la decisión está clara.

—¿Sabes? Vacilar a quienes hemos sido bendecidos no es la mejor estrategia para conseguir una invitación. ¿No se supone que los de cuentas tenéis que tener un razonamiento casi militar?

Cuando vuelve a reírse, noto que el aire que expulsa por la nariz casi llega a peinarme el flequillo, lo que significa que estamos demasiado cerca. Aún nos separa una distancia considerable; él sigue de pie, pero es como si nos hubiésemos aproximado poco a poco, aunque no físicamente.

—¿Y quién te ha dicho que quiera repetir, mi capitana?

Hay cierto desafío en su voz, grave, cálida. No sé qué estamos haciendo.

«Y en medio de la oficina. Emma, date la vuelta ya».

Decido obedecer al sermón de mi voz interior y hago rodar mi silla para volver a enfrentar el ordenador, aunque le contesto mirándole por encima del hombro.

—¿Eso que noto en tu voz son celos, Iván? ¿Van todos tus amiguitos al evento menos tú? Vaya, pobrecito...

De poco sirve que haya vuelto a mi mesa si el chico de metro noventa, que definitivamente está tonteando conmigo, camina alrededor del mueble y se sienta a mi lado, en el sitio de Loreto, quien, por cierto, no sé dónde se ha metido. ¿Se ha ido a Italia a por una simple ensalada de pasta o qué?

—Ah, ya veo lo que intentas hacer —digo arrastrando las palabras y cruzando las manos sobre el estómago, como si fuese El Padrino , pero sin el gato—.

Esto es una emboscada, ¿no? Quieres ser mi más uno y por eso has decidido atacarme por los flancos, cuando no tengo refuerzos y soy más vulnerable. ¿Me equivoco, cadete?

Iván vuelve a reírse, a carcajadas esta vez, y mi pequeña yo más complaciente está dando saltitos de alegría.

—Joder, Emma, sé que he empezado yo con la jerga militar, pero para, por favor. Por el bien de los dos.

«¿Está fatal que me lo haya imaginado con una camiseta verde caqui ajustada perfectamente alrededor de sus bíceps y pantalones de camuflaje? Agarrándose el cinturón y con una bota apoyada en...».

«Está fatal, sí».

—Te pongas como te pongas, este barco ya ha zarpado, marinero.

—Basta de jergas.

—Disculpe.

Me llevo la mano a la frente para hacerle un saludo militar y agacho la cabeza a modo de arrepentimiento cuando arquea una ceja.

Me descubro pensando que el «imbécil del ascensor» es bastante majo en las distancias cortas. Y necesitamos llevarnos bien con él si esperamos que defienda nuestro proyecto con Erea. Es arriesgado, ahí tengo que darle la razón, y necesitamos todo el apoyo posible.

O al menos eso es lo que me digo a mí misma cuando la idea de llevarle como mi acompañante empieza a formarse.

—A ver, es que Beto me lo prometió un día de fiesta, en plan platónico, pero hoy me ha dicho que quiere llevarse a Leire, ya sabes. Entonces...

—¡ AJÁ ! O sea que sí estabas intentando liarme para que te invitase, ¿no? Menudo morro...

Iván se ríe, evitando mirarme a la cara.

—¡No! O sea, bueno, visto así...

Hay una fuerza subiendo de temperatura dentro de mí, o tal vez sea el ligero mareo que he sentido esta mañana el que me convence de que esta estrategia es una buena idea. Loreto lo entenderá, siempre me apoya en todo.

—Vamos a hacer una cosa —le digo, mirándole de medio lado por debajo de mi propio flequillo—. Yo te concedo el honor de acompañarme esta noche, y tú...

Iván se pone rojo un segundo, su piel olivácea no le impide sonrojarse.

—Tú me prometes que defenderás nuestra idea cuando se la presentemos a Erea. ¿Trato?

—Emma... —El chico parece desanimado, pero no consigo discernir por qué. Ha conseguido lo que quería, ¿no?—. No he venido por trabajo, ni por aprovecharme. No soy de los que se acercan a una chica solo para conseguir una invitación. Ni de los que mezclan trabajo y placer.

—Razonamiento militar, Iván —le digo, con un toque de humor, dándome golpecitos en la sien con el dedo índice—. Soy una estratega nata, y esto son negocios. ¿Quieres venir conmigo o no?