Encantada de olvidarte 6. «True Friends» – Bring Me The Horizon #4
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6. «True Friends» – Bring Me The Horizon #4

Loreto me va a matar, pero si consigo que interceda por nosotras en la presentación, también será beneficioso para ella.

El apoyo de alguien en quien la marca confía, como él, sería decisivo, y más si queremos venderles la campaña más arriesgada que han llevado a cabo hasta la fecha.

Sé que tienen miedo, no han pasado su mejor época con todo el tema de la cancelación en redes y los escándalos de los altos directivos, pero sus valores siguen siendo buenos.

Solo hay que recordárselo a, bueno…, todo el mundo.

Estoy convencida de que el burbujeo que siento en el estómago es por la satisfacción de saber detectar oportunidades cuando se presentan delante de mí. Lo añadiré a mi currículum.

Pero Iván no habla. Ha arrugado la frente, se quita las gafas con una mano y se pellizca el puente de la nariz con la otra.

—Sí, Emma, claro que quiero ir contigo.

—¡Decidido, entonces! —exclamo con entusiasmo mientras me volteo en su dirección y le ofrezco la mano.

Su agarre es fuerte cuando me la estrecha.

—Trato hecho.

Odio mi cara con todo mi ser porque, con su mano aún agarrada y mirándonos a los ojos, vuelve a obligarme a usar toda mi voluntad para no sonreír.

Rompo el contacto lo más rápido que puedo y me inclino a por un boli y uno de los estridentes pósit de Loreto (Dios la salve de usar colores pastel como todo el mundo) para apuntar con prisa mi teléfono.

¿Darle mi número a un chico, así, sin que me lo pida, aunque sea para cosas de trabajo?

Creo que es la primera vez que me atrevo a hacerlo en mis veintiséis años de vida, pero me siento llena estos días.

De fuerza, de poder, no sé, de energía del universo, como si me acabase de beber un refresco energizante y estuviese en la cumbre todo el rato. Y no pienso desaprovecharlo.

—Toma, escríbeme luego y quedamos para entrar juntos, ¿vale?

Iván agarra el papelito, lo sacude dos veces y lo guarda dentro de la funda de su móvil.

Balbucea un par de «sí, gracias» y «te escribo luego» que casi no llego a entender, se levanta atropelladamente de la silla y enfila el pasillo.

Yo le sigo con la mirada hasta que me topo con Loreto, que está plantada detrás de mí.

Va cargada con dos cajas de ensalada en sendas manos, el móvil debajo del brazo y una sorpresa que le ensombrece los ojos.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —me atrevo a preguntarle con un hilillo de voz.

— ¡EMMA! ¿Qué has hecho? —me contesta ella con un torrente, botando en el sitio, sin levantar los pies del suelo.

«Vale, el suficiente».

Creo que ningún «Loreto, déjame explicártelo» va a solucionar nada, así que entro directamente a la acción.

—Es una buena estrategia, te lo aseguro.

Va a empujar nuestra idea en la presentación, me lo ha prometido.

Sabes que es dificilísimo que nos la compren, son unos carcas, lo dijo él mismo.

Y a ti te conseguimos una entrada rapidísimo.

El año que viene nos invitarán a las dos, ya lo verás, porque vamos a conseguir que la campaña más grande de nuestras carreras salga adelante. Yo...

—¡Me da igual la campaña, tía! Y el evento también; solo quería salir contigo. Ya es suficientemente humillante que solo hayan invitado a una de las dos, pero que me pidas ser tu acompañante de rodillas para desinvitarme a los cinco minutos...

—¡No es eso! No ha sido así, no quería desinvitarte.

—Pero lo has hecho, ¿no?

La alegría que me colmaba por haber ideado el mejor plan para nuestro futuro se va diluyendo poco a poco, casi no queda ni una pizca, y una pesada duda se instala en mi pecho.

No he pensado en ella, aunque intente convencerme de que sí. Seguir pensando que lo que he hecho ha sido por las dos sería mentirme a mí misma.

«Eres una egoísta».

—Loreto, lo siento. Déjame que intente conseguirte otra entrada, te prometo que iremos juntas. Lo he hecho con la mejor intención.

—Nunca has prometido cosas que no podías cumplir, no empieces ahora —dice mientras se sienta en su silla y me acerca la caja de cartón con mi comida—. Déjalo, vamos a comer.

—Pero ¿estás enfadada?

—Se me pasará, Emma, como siempre.

Engullimos en silencio una ensalada con demasiada pasta y poco de todo lo demás mientras el ambiente se destensa. Comentamos cosas sin importancia, hablamos del tiempo y evitamos concienzudamente hablar del elefante en la habitación.

Es Loreto la que lo rompe:

—Más te vale conseguir que nos bese los pies ese cuentas, Emma. Ya te vale...

Se ríe un poco, y yo consigo respirar por fin sin atragantarme. Nunca nos hemos enfadado, no en serio, y no querría ser yo la causante de nuestra primera crisis.

—Esta noche es puramente táctica, te lo juro. No pienso disfrutar ni lo más mínimo si no estás allí. Me debo enteramente a esta dupla.

—Yo espero que no se te olvide y acabes liada con Iván en los baños, discutáis y se vuelva en nuestra contra en la presentación.

Una espiral de pasta decide entrar por el conducto que no es justo cuando mi mente reproduce con todo lujo de detalles una escena en la que una de las grandes manos de Iván agarra mi cara con fuerza mientras la otra busca la pared a mi espalda, aprisionándome mientras me besa.

Hace mucho que no me besa nadie.

Tras el ataque de tos, prosigo.

—No vamos en ese plan, y lo sabes. Ni siquiera me gusta. No le conozco apenas, y la regla de «no liarse jamás con nadie de la oficina» sigue vigente.

—Si tú te lo crees, amiga…, yo también.