6. «True Friends» – Bring Me The Horizon #2
El aura de la mesa cambia completamente de sentido y el comentario de Leire provoca más gritos, entre los que distingo un «como nos la robéis, os mato» de Nico, que se abalanza sobre el chico moreno de cuentas, y un «ya les gustaría, ya» de parte de las community managers .
Tras el compromiso unánime de repetir lo del viernes más pronto que tarde y prometerme una celebración épica, empezamos a recoger y volvemos a la realidad.
No consigo llegar a la paz de mi mesa antes de que Iván me intercepte de nuevo. Este chico está hasta en la sopa, y un dolor de cabeza incipiente amenaza con fastidiarme la mañana.
Sopeso ignorarle, pero me agarra del brazo y me gira hacia un rincón algo más resguardado que, bueno, el mismísimo centro de la oficina.
—Oye, quería... pedirte perdón por mi comentario de antes. He sido muy... brusco, y quizás me he metido donde no me llaman. Creo que no he acertado para nada en mi elección de palabras últimamente contigo, y... Joder, no paro de meter la pata.
—Sí, sí que lo has sido. Pero no te preocupes. Está olvidado.
«¿Lo está? Supongo que lo está».
—Es que has puesto una cara tan rara y, conociéndote, estoy seguro de que no hubieses dicho nada. Que me alegro de que esté todo bien, no es eso...
—¿Conociéndome? —le pregunto, cortando su monólogo, que rezuma nervios como si fuese sudor.
Me descoloca completamente que afirme algo así, y creo que se refleja en mi cara, o quizás en el agudo lamento que se me escapa a continuación.
Me giro levemente y me llevo la mano a la boca, apoyando la barbilla en la palma, muerta de vergüenza.
—Bueno, eso creía, aunque últimamente no paras de sorprenderme.
—Eso es porque no me conoces en absoluto.
—Una pena, ¿no?
En un instante, toda la simpatía deriva en tensión. No sabría desentrañar la causa, pero ambos sonreímos impacientes y, tras señalar torpemente nuestros respectivos caminos con los dedos estirados, como una madre bailando en una boda, nos separamos.
Para cuando quiero mirar la hora, es pasado mediodía y Loreto y yo llevamos casi dos horas encerradas en una sala, perfeccionando algunos flecos de nuestra propuesta a Erea, ajenas a la realidad exterior.
Pero, por lo visto, han pasado cosas, y nos enteramos nada más volver a nuestro sitio, mentalmente exhaustas.
Nico y Beto deslizan sus sillas hacia nosotras, chocando respaldo con respaldo.
—¿Os habéis enterado? Han llegado las invitaciones para lo del gremio esta mañana.
Mi compañera cierra la boca antes de chillar. «Lo del gremio», como Beto acaba de describirlo, es un evento exclusivo que se organiza todos los veranos en Madrid, una especie de fiesta a la que solo se puede acceder con invitación y que solo reciben algunos creativos de las mejores agencias.
La gala, que funciona un poco como «premio de consolación», ha ido adquiriendo prestigio con los años hasta convertirse en el hito de la temporada para quienes trabajamos en el sector.
No solemos ser invitados a otro tipo de eventos como lanzamientos o estrenos de películas, esas invitaciones se las suele quedar los del departamento de cuentas, quienes tienen contacto directo con los organizadores.
No sé si es necesario que lo mencione, pero Loreto y yo nunca hemos recibido invitación. Para ello tienen que recomendarte desde la agencia o desde alguna de las escuelas de creativos, y es complicado cuando tu jefe no se molesta en aprenderse tu nombre.
—Qué va, chicos. Prefiero adoptar una postura empírica para con esas invitaciones: nunca las he visto, así que no puedo afirmar del todo su existencia.
Solo espero encontrar algún alma caritativa que me proponga ser su más uno —dice Loreto.
Este no es su primer rodeo. Ella ya ha asistido un par de veces al evento como acompañante gracias a su don de gentes y a quien ideó que las invitaciones fueran dobles.
Nico se revuelve en su asiento y desliza la silla hacia su puesto de trabajo.
Con el móvil en la mano, se impulsa de vuelta, trazando una línea recta hacia la cara de Loreto y deteniendo la pantalla a escasos centímetros de su nariz.
Mi dupla tiene que hacer el típico movimiento de madre: le arrebata el móvil al chico y se lo aleja de los ojos para poder verlo mejor antes de pegar un bote y subir ambas piernas a la silla.
—¿QUÉ ? ¿OS HAN INVITADO A VOSOTROS ?
Dudo que alguien en esta planta no la haya escuchado, a ella o los aullidos de la pareja de creativos que, al parecer, se han hecho con no una, sino DOS entradas dobles para el evento de esta tarde.
Vuelan manotazos y tobitas en la gorra de Nico mientras el resto de las duplas se acercan a curiosear por nuestra esquina de la oficina.
Algunas con una sonrisa enorme en la cara; otras profundamente decepcionadas.
El FOMO ha hecho mucho daño a nuestra generación.
Intercambio una mirada con Loreto y damos por inaugurados «Los juegos del peloteo» de este año: una competición encarnizada que se basa en el chantaje emocional y puramente material que culmina, en el mejor de los casos, con un «¿te apetece ser mi más uno ?».
Mi dupla es de las que siempre lo consiguen sin derramar demasiada sangre (ni comprometerse a largo plazo con nadie de la oficina).
Lo que intento presentar como desinterés es en realidad una resignación visceral y un sentimiento contradictorio entre lo mucho que odio los grupos grandes y lo prescindible que eso me hace sentir.
Acomodada en las fresquitas bambalinas, me echo a un lado y observo las estrategias tras los ojos de mis compañeros, escogiendo quién será su víctima. Bien porque tienen algo con lo que coaccionar o porque, simplemente, es el eslabón más débil.
Por si fuera poco, corre el rumor de que muchos de los afortunados suelen elegir este momento como primer acercamiento a su amor platónico de oficina .
—Tía, está complicado este año... —Loreto regresa al cabo de un rato, chasqueando la lengua—.
Han invitado a muy pocos de la agencia, y me apuesto lo que quieras a que Beto va a intentar llevar a Leire.
Vamos, es que ni cotiza. —Desliza su silla hasta apoyarse en la pared, desde donde tenemos una vista panorámica de nuestra zona—.
Y, por más que refresque mi bandeja de entrada, invitación not found .
—Sería raro que nos invitasen, no llevamos ni dos años en creatividad y solo nos proponen las campañas que nadie más quiere.
—Quién sabe, la esperanza es lo último que se pierde. Oye, ¿por qué no le preguntas a Nico a quién va a llevar él? Como ahora sois tan amigos y eso...
Le saco la lengua, pero la veo tan desesperada que claudico.
—¡Me muero de la vergüenza! Quita, quita...
—¿Y si le pregunto yo por ti? Déjame tu ordenador, que le mando un Teams.
Loreto alcanza mi portátil (sin permiso, pero intenta tú llevarle la contraria) y me lo planta en las piernas para que se lo desbloquee.
Tengo millones de ventanas abiertas, así que tengo que rebuscar en los pisos más hondos del inframundo para dar con la aplicación, pero me detengo cuando veo una nueva notificación en el correo electrónico.
El corazón me da un vuelco, y clico en el mail mientras Loreto sigue intentando consolarse en voz alta:
—Aunque, en realidad, no sé si quiero ir con él. Me da palo que piense que vamos en plan cita doble con Leire y Beto. Quizás podríamos preguntarle a... ¿Qué me estás contando, Emma?
El tono de Loreto cambia por completo, porque entre una marea de correos sin leer, nuestros ojos se dirigen a uno en particular, en el que se puede leer « INVITACIÓN EXCLUSIVA : Creativos, estáis de suer...».
No.
Me.
Lo.
Puedo.
CREER.
Nos pasamos los tres minutos siguientes gritando y girando la pantalla hacia todas aquellas personas que se acercan a ver a qué viene tanto alboroto.
—Emma, por favor te lo pido, me tienes que llevar. Nunca te he pedido nada, y te prometo no volver a hacerlo durante un mes. Te pago el aguacate de los desayunos hasta tu cumpleaños... No me hagas lamerle el culo más a estos creativos, por favor.
—¡Loreto! Hasta enero quedan muchos meses. No te endeudes, que eres muy joven. Además, ni siquiera sé si quiero ir. No me van nada los espacios cerrados con olor a sudor y ginebra. No me obligues… —suplico.
—¿CÓMO QUE NO SABES SI QUIERES IR? Déjame que te diga una cosa, jovencita.
Te mueres por ir. La Emma que tenías encerrada se muere por ir.
Y yo me muero por ir contigo. —Loreto me señala con un dedo acusatorio y una sonrisa que combina excepcionalmente bien con los ojos abiertos como platos con los que me intenta convencer de que esto es justo lo que necesito para salir del caparazón que me oprimía.
Escuchamos varias quejas de fondo por el griterío, pero me da igual.
Mi dupla es de las pocas personas con las que me siento lo suficientemente cómoda como para hacer el payaso.
Me levanto haciendo una reverencia ante su mueca y finjo sacarme algo del bolsillo trasero mientras hinco rodilla en la moqueta.
—Loreto Pulido del Berzo, ya nos casamos una vez, cuando te convertiste en mi dupla para toda la eternidad... —Mi amiga gime mientras patalea con los pies que le cuelgan de la silla—. Pero este amor es inquebrantable. ¿Me harías la mujer más afortunada de todo Madrid al acompañarme esta noche a...?
—¡Sí, sí, sí y mil veces sí! No te vas a arrepentir, te lo prometo. No pienso separarme de ti en toda la noche. Ven aquí que te como los morros.
Se ha formado un corrillo a nuestro alrededor y todos están aplaudiendo. Algunos por la performance que nos acabamos de marcar, y otros dándome la enhorabuena por haber conseguido una invitación tan pronto.