Encantada de olvidarte 6. «True Friends» – Bring Me The Horizon
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6. «True Friends» – Bring Me The Horizon

True Friends – Bring Me The Horizon

En agosto, nuestro jefe suele ser algo más flexible con el tema de la presencialidad, pero si teletrabajas más de dos días a la semana, ten claro (sin ser yo vidente) que te espera algún mensajito pasivo-agresivo por Teams.

De ahí que, después de un par de días trabajando desde el jardín, Loreto y yo decidiéramos ponernos las alarmas un poquito antes (yo mucho antes que ella) y venir hoy a la oficina.

Y, pese al largo trayecto, cuando llego a la agencia, no encuentro a Loreto ni en nuestro sitio predilecto ni de camino a la cafetería, lugar al que me dirijo siempre con un único pensamiento en mi cerebro: café.

He pasado dos días en casa bastante tranquilos.

No he vuelto a hablar con nadie de la agencia desde el sábado, y mucho menos por el grupo.

Leí todos los mensajes, reaccioné a aquellos con más interacciones, para que no se notara demasiado mi aportación, e ignoré todas las preguntas sobre mi supuesta cita del sábado.

No quería tener que inventármela, aunque seguramente se me hubiese dado bien. Apuesto a que ya se les ha olvidado.

Un chico con mullet me adelanta por la derecha en el estrecho pasillo, casi estampándome contra la pared a su paso. Joder, cualquier otra persona hubiese pegado un brinco del susto, o le hubiese cantado las cuarenta a gritos.

Yo me limito a soltar un quejido, uno pequeñito, y dejarme llevar por mi entrenada inercia que me aparta del camino de todo el mundo.

Se trata de una técnica que llevo perfeccionando desde que tengo uso de razón.

Soy cinturón negro en «no molestar», en ocupar poco espacio, en mimetizarme con el ambiente para ser invisible.

Total, nadie se ha girado jamás para disculparse.

—¡Ostras, Emma, perdona! No te había visto, es que voy como pollo sin cabeza.

Para mi absoluta sorpresa, este chico sí que se gira y apoya sus manos en mis hombros, ayudándome a recuperar el equilibrio.

Un impulso me hace voltear la cabeza hacia atrás, por si acaso otra Emma ha aparecido en el pasillo y no es conmigo con quien habla. Pero no hay nadie más.

—¿Estás bien? —insiste el chico mullet .

—¿Yo? Sí, sí, claro...

—Vaya, menos mal. Vamos, están todos dentro. Te quedas a desayunar con nosotros, ¿no?

Acto seguido, mientras yo sigo torpemente apoyada contra la pared, avanza unos pasos y me abre la puerta de cristal con un gesto teatral, invitándome a entrar primero.

Me abre la puerta.

No pasa él y me la estampa en la cara.

«Esto sí que tiene que ser una broma».

La cantina está llena de gente, en la medida en la que puede estarlo la primera quincena de agosto. Las risas y las conversaciones no son estruendosas; no obstante, tras dos días escuchando gorriones, mirlos y esporádicos ladridos en tándem, el bullicio resulta casi reconfortante.

Odio el silencio. Siempre que puedo, trabajo con música, o con una de esas aplicaciones que reproducen horas y horas seguidas de sonido ambiente de una cafetería o un bar; cuanto más ruidoso, mejor.

—¡Emma! ¡Roi! ¡Estamos aquí!

Creo que, a estas alturas, podría reconocer la voz de Leire entre una multitud.

La community manager casi se tropieza al intentar apartarse de la mesa, precipitándose hacia mí con los brazos abiertos.

—Tía, ¿dónde te habías metido? Llevamos dos días sin verte. —No sé a quién se refiere con ese «llevamos», así que acepto su abrazo, pero enfoco la mirada e intento determinar quién la acompaña—. Vente y nos cuentas qué tal la otra noche. Nos acordamos mucho de ti.

Según nos vamos aproximando a la mesa, escaneo todas las excusas plausibles que puedo idear con el fin de escaquearme de este desayuno improvisado.

Yo solo quería un café quemado y volver a la soledad de mi sitio, pero la insistencia y los tirones de Leire podrían competir perfectamente con los del bruto de Klaus en uno de sus mejores días.

—¡Ey, hola! —Nico levanta la mano con una chulería provocada por la gorra y la camiseta tres tallas más grande de lo que debería—. ¿Te quedas a desayunar?

Me permito dudar un momento, haciendo como que necesito desesperadamente saber qué hora es. Una reunión sería la coartada perfecta...

—¡Sí, siéntate! —Esta vez es Iván quien habla—. Ya me han contado estos... Y Loreto me ha dicho que se retrasa porque no tenéis reuniones hoy, así que estás libre, ¿no?

«Yo me la cargo».

Planto los pies en el suelo, resistiendo la urgencia de todo el mundo por verme sentada y paniqueando a un nivel bajo, pero paniqueando, al fin y al cabo.

Este era el otro pensamiento que invadía mi cerebro: encontrarme al grupito de la agencia (obviamente esto iba a pasar) y que recordasen mi existencia, por un lado, y mi cita-no-existente del sábado por otro.

—¿Puede una chica ir a por un café antes de sentarse a contaros su vida?

La risa que me sale a continuación se puntúa con un doce sobre diez en la escala de «reacciones claramente falsas», pero no espero su aprobación y me encamino hacia la barra, que afortunadamente está libre.

Cuando vuelvo a la mesa, todos se han desplazado y me han hecho hueco en el mismísimo centro, justo frente a Leire, que tiene los brazos estirados y da golpecitos con los dedos para indicarme dónde sentarme.

Iván está en diagonal, recostado en la silla como si se derritiese, con una camiseta básica de algodón negra y la mirada fija en sus pantalones vaqueros, pero levanta los párpados levemente y sigue mis movimientos por encima de las gafas.

Me he resistido a reconocerlo hasta ahora, pero Iván es guapísimo.

Guapo y atractivo, porque en este caso no son excluyentes.

Tiene los músculos marcados debajo de los tatuajes, cara de niño bueno y es el único del grupo que me mira con cautela.

Pero su mirada está limpia, despejada. El resto me miran expectantes, pero siento sus ojos vacíos.

De pronto, me sobreviene un olor a madera chamuscada. Será el pan de la cafetería.

No, esto es algo diferente. Huele como a ¿flores?

—Bueno, ¡cuéntanos qué tal tu cita! Te echamos de menos... ¡podríais haberos pasado por el pub y nos lo presentabas! —La chica se estira, tan emocionada como si acabase de descubrir la fórmula de la penicilina en este instante.

«Poco han tardado».

—Eso, Emma, que por aquí no se habla de otra cosa... ¿Qué tal esa cita? —Iván tiene los brazos bruzados sobre el pecho y me observa con la cabeza ligeramente ladeada.

Uso mi truco más confiable y doy un sorbo al café, ganando tiempo. Pero la atención sigue centrada en mi historia.

—En realidad, chicos, no me apetece mucho hablar del tema. No habrá segunda cita —«Ni primera»—, así que... ¡Contadme vosotros! ¿Qué tal por el centro?

Mientras el chico mullet (Roi, se llama Roi) y Beto se pelean por quién debería contar la historia de cómo Jacobo ligó y se fue a casa con una pareja, ni más ni menos, la voz de Iván retumba por encima de las demás.

—¿Te hizo algo?

El silencio que se instala en la mesa es ensordecedor.

Los chicos enmudecen en una fracción de segundo y Leire está cerca de partirse el cuello girándolo hacia Iván.

Y yo, aunque pueda sonar a cliché, me quedo con el vaso a medio camino entre la mesa y los labios.

Escucho los latidos de mi corazón en las orejas, como si el órgano se hubiese instalado allí indefinidamente.

—¿Qué? ¿Quién, Lukas? ¿Qué me va a hacer? Claro que no.

Iván tiene los ojos verdes, algo que había ignorado hasta ahora porque siempre se esconden tras las gafas y el flequillo, y también porque he evitado mirarle de más. Pero son irremediablemente verdes y ahora están clavados en los míos, rebuscando algo desconocido en ellos.

—¿Y no nos avisaste? ¿En qué cafetería trabaja? Que voy y...

Beto inclina el torso hacia delante mientras Leire agarra mis manos con ternura y me susurra un «¿estás bien?».

Y no, no estoy bien. Me debato entre ponerme a llorar y desmentir toda esta telaraña o sucumbir al ataque de risa.

—Emma, no es tu culpa, no tienes de qué avergonzarte... —parlotea una de las chicas que no reconozco, creo que es compañera de Leire. Me habla como si fuésemos amigas de toda la vida, y me siento una hipócrita, una versión adulterada de mí.

Y eso me hace explotar.

—¡Dios mío, chicos, parad! —vocifero un poco más alto de lo que me hubiese gustado—. O sea, perdón. Gracias por vuestra preocupación —digo mirando directamente unos ojos verdes a mi derecha—, pero simplemente no cuajó, no noté química. No pasó nada más.

Solo yo sé que realmente no pasó nada de nada , pero estoy demasiado hundida en la mentira como para intentar escapar ahora. Me moriría de la vergüenza.

—¿Podemos hablar de otra cosa, por favor?

—Pues... Justo estábamos hablando de ti antes de que llegaras. —«Qué sorpresa...». La compañera de Leire vuelve a mirarme y a tomar la palabra—. Iván nos ha contado lo de vuestra presentación del otro día.

—¿Ah, sí?

—¡Sí! ¡Es fantástica! Y hemos pensado que no lo hemos celebrado como Dios manda. —Sigo sin saber cómo se llama esta chica.

—¿Compartir los comentarios de sus haters por las calles de Madrid para una campaña de concienciación? Sencillamente, sublime —afirma Nico, que fue quien le dijo a Loreto que «con acciones tan arriesgadas solo íbamos a cavar una tumba más profunda para la marca».

—Bueno, es la única manera que tienen de aprender de sus errores y de ponerse en el lugar de sus prescriptores —redirijo—. Sé..., bueno, sabemos que es arriesgada, pero podemos convencerles. Es que tenemos que hacerlo.

—Porque, sin una campaña así, están acabados, ¿no? —me cita Iván, como si mi contestación se le hubiese quedado grabada.

Le sonrío amargamente y asiento.

—Exacto. Un cándido anuncio y un par de colaboraciones pagadas con creadores de contenido serían solo una tirita, y se podrían volver en su contra.

—¡Wow, Emma! Te auguro un futuro prometedor en cuentas, ¿no crees, Iván?