Encantada de olvidarte 5. «Liar» – Camila Cabello
15%

5. «Liar» – Camila Cabello

Liar – Camila Cabello

Cuando me levanto el sábado por la mañana y salgo sin hacer ruido de la habitación, el salón está vacío.

Marcos ha debido de irse ya, así que me destenso y me dirijo a la cocina, que sigue con todos los cacharros de la cena por medio.

Los voy recogiendo mientras hago café en la cafetera italiana que se quedó Olivia para emergencias, porque mi prima nunca ha sido mucho de café y supongo que Marcos tampoco.

—No te asustes.

La voz de Gabi me sobresalta desde el pasillo y sí, me asusto igual.

—Amor, avisa un poco antes o pisa un poco más fuerte, por favor. Es que decir «no te asustes» cuando ya me he asustado no vale de nada.

Le saco la lengua mientras termino de guardar sus tuppers vacíos en una bolsa y Gabi me lo agradece sacando dos tazas y sirviéndonos un café.

Las dos lo necesitamos, aunque tiene que preguntarme cada segundo si quiero leche (no hay vegetal, así que me lo tomaré solo), si le echa azúcar (una cucharadita, porfi) y si lo quiero con hielo (por favor y gracias, con este calor, como para tomarme un café humeante).

Años juntas y nunca se ha aprendido cómo lo tomo.

Al menos no le daba miedo encender la cafetera como a Olivia.

No comentamos nada de la noche anterior y nos limitamos a turnarnos en el baño para lavarnos la cara y ponernos la ropa de ayer, porque poco más podemos hacer, antes de despertar a nuestra amiga. Una promesa de brunch es una promesa de brunch .

Una vez listas, bajamos a respirar el sofocante calor de Madrid y caminamos unos quince minutos hasta llegar a la cafetería, donde tenemos que esperar cola para entrar y otros diez minutos largos para que nos atiendan.

—El bullicio del centro y sus prisas me ponen de los nervios, pero no me iría de aquí por nada del mundo. Ni siquiera por amor —suelta Olivia nada más nos sirven los dos cafés y un chai, y los platos con nuestro desayuno.

Hemos pedido unas «tortitas increíbles» con huevos revueltos, un breakfast sandwich y una tostada con aguacate, todo para compartir.

—Y tampoco podrías... Agárrate a ese piso como si fuese un bote salvavidas en medio del océano.

En serio, ¿habéis visto los precios últimamente?

—Gabi me mira como si supiese perfectamente que no, que no lo sé, porque me da muchísima ansiedad empezar a buscar y darme cuenta de que no puedo permitirme ni un trastero mal convertido en vivienda—. Porque es demencial...

Olivia suelta el aire como si llevase días sin respirar y baja la cabeza.

—Livi, ¿quieres hablar?

Se me escapa su mote del colegio, probablemente por culpa de mi madre, y me gano un grito ahogado de parte de Gabi, que se lleva una mano al pecho, dramática.

—La verdad es que no —responde Olivia. Carraspea y estira la espalda, como si un hilo estuviese tirando de ella hacia arriba—. Si no lo verbalizo, no es real. No os preocupéis.

Pero Gabi y yo ya estamos intercambiando una mirada de preocupación. No necesitamos ni palabras a estas alturas.

Olivia saca el móvil para hacerle una foto al desayuno, y el resto hacemos lo propio. Hay buenísima luz, no hemos tocado aún las bebidas y la comida tiene una pinta increíble.

Subo una story a Instagram, donde solo suelo compartir fotos de comida o detalles de los balcones que me encuentro por la calle, y bloqueo el móvil para alcanzar mi taza de café, pero la pantalla vuelve a encenderse, inundada de notificaciones.

Olivia me da un golpe en el hombro con el dorso de la mano antes de que pueda reaccionar.

—Pero ¿quién eres, Kendal Jenner? ¿Has subido una foto con Bad Bunny y no nos has dicho nada?

Abro y cierro la boca como un pececillo, intentando encontrar una respuesta, pero no se me ocurre nada.

—No, no sé, yo... ¿Me habré dejado alguna cuenta de la agencia abierta en el móvil?

Las cabezas de mis amigas y la mía viajan juntas al centro de la mesa, donde muevo mi teléfono para que esté a la vista de todas. Cuando abro la aplicación confirmo que no estoy recibiendo las notificaciones de ninguna marca. Son de mi cuenta personal.

Decenas de «me gusta», tanto en la story que acabo de subir como en la de ayer, pero también en publicaciones antiguas y más de veinte nuevos seguidores que aparecen en fila india junto al botoncito azul de seguir de vuelta .

Vale, no son tantos como para compararme con una de las Kardashian, pero sí están muy por encima de la media.

—¿Quién es toda esta gente?

Ni siquiera sé quién ha lanzado la pregunta, estoy concentrada intentando descifrarlo.

—Son todos de la agencia, ¡qué susto! —exclamo, recostándome un poco en la silla y destensando los hombros—. Por un momento he pensado que le habían puesto mi cara a alguna foto comprometida o algo...

—¿Quién en su sano juicio pensaría algo así, Emma?

Estoy demasiado acostumbrada a lo pragmática que es Gabi, pero a ella tampoco debería extrañarle mi tendencia a exagerar todo al máximo.

—¿De dónde han salido de repente? —pregunta Olivia.

—Son... los de siempre, supongo. Lo que pasa es que ayer me quedé tomando algo por la despedida de Jacobo...

Las chicas se ponen de acuerdo para lanzarme dos preguntas completamente opuestas al mismo tiempo, cada una con prioridad muy alta: «¿Es guapo ese Jacobo?» y «¿Te llevó por fin Loreto a un plan o qué?».

—¿Jacobo? No... o sea, sí, es mono. Solo le conozco de vista —contesto hacia Gabi y me giro hacia la otra pregunta—. Y Loreto no vino, fui yo sola. Me los encontré a la salida y me invitaron con mucha efusividad, así que no tuve mucha opción.

—Anda, ¿en serio? —comenta mi amiga, algo escéptica.

Y no la culpo: ellas saben mejor que nadie lo complicado que es para mí fluir con los planes improvisados y el pavor que me provocan los grupos grandes. Me bloqueo y solo soy capaz de balbucear palabras inconexas en algo parecido al español. Pero ¿no puede una chica reinventarse?

—Y ¿qué tal? No nos contaste nada anoche... —Gabi parece preocupada por algo, pero no consigo distinguir por qué—. Perdón si monopolicé la conversación con lo de mis compañeros de piso, chicas, es que de verdad que me traen loca...

—¡Qué va! No... es que tampoco es nada importante.

Estuvo bien. Los traumas de la agencia unen, y teníamos mucho tema de conversación.

Siempre hay algo por lo que quejarse... —Me llevo un pedazo de tortita con beicon y sirope a la boca, porque me muero de hambre, pero también por desviar un poco la atención—.

La verdad es que me pasé toda la tarde hablando de mí.

Me dio hasta apuro, ¿sabéis? Nadie hizo mucho caso al pobre Jacobo en su despedida...

Olivia termina de masticar y me señala con el tenedor, salpicándome con restos de aguacate y semillas de sésamo.

—Es que tienes un mundo interior fascinante, Emma... Uy, ¡perdón!

No sé si nos reímos más por la frase estrella de Olivia, que suelta cada vez que se me ocurre dudar de si soy demasiado sosa cuando un chico de alguna app no me pedía una segunda cita o porque tengo la cara y la ropa blanca llenas de aguacate.

Miro a las chicas con toda la resignación que me permite el ataque de risa y aparto la silla hacia atrás para ir hacia el baño, justo cuando un camarero pasa con una bandeja llena de cafés.

No lo veo, por supuesto, pero de algún modo, sin saber muy bien cuándo aprendí esta coreografía, termino echada sobre las baldosas de la cafetería y con un chico rubio, musculado e insultantemente guapísimo amortiguando su caída sobre mí.

Tengo los oídos embotados; solo escucho jadeos y chillidos contenidos. El camarero sonríe de medio lado y me aparta un pequeño hielo de la mejilla. Me obligo a cerrar la boca, que no sé en qué momento se me ha quedado abierta.

—Vaya, creo que la próxima vez intentaré invitarte a un café antes.

Tiene un marcado acento francés, pero habla muy bien español.

Y, sí, sigue encima de mí, con un brazo a cada lado de mi cabeza y los bíceps flexionados. Por encima solo atino a ver las caras estupefactas de mis amigas, con los ojos desencajados y cierta expresión de... ¿asco, quizás?

No, asco no. Olivia tiene los labios fruncidos a punto de estallar por la risa que intenta disimular. La cara de Gabi es otro cantar.

Mis ojos vuelven a los del camarero francés que, no sé cuánto tiempo ha pasado, pero sigue con las piernas enredadas en mi falda. No quiero mirar, pero tengo la sospecha de que la manchita de aguacate es el menor de mis problemas.

«Quizás deberías decir algo, Emma».

—Emm, bueno, café no falta...

«Diez puntos para tu elocuencia».

—¿Nos levantamos y trasladamos esta conversación a un plano más vertical? —No tiene que levantar demasiado la voz porque nuestras narices están literalmente tocándose.

—¿Esa frase no suele ser al revés? —suelto sin pensar.

«¿QUÉ ESTÁS DICIENDO?».

Tengo que dejar de leer tantas comedias románticas.

El chico se levanta y Gabi y Olivia por fin reaccionan y corren en mi ayuda.

Pero es el camarero, que se parece a Lucas Till en Hannah Montana: La película , quien me ofrece un brazo ancho, fuerte e inmaculado. Lo agarro para levantarme.

—Lo siento mucho, me has pillado desprevenido —me dice mientras se atusa el pelo y recoge la bandeja de suelo—. Me llamo Lukas.

«Se. Llama. Lukas».

Me ofrece la mano otra vez y yo se la estrecho.

—Emmm... ¿Encantada?

—¿Encantada, pero ojalá habernos conocido en otras circunstancias?

—Justo, sí.

Tiene los ojos azules, pero de un azul oscuro, como un mar profundo.

—¡Emma! ¿Estás bien? —Gabi me coge del brazo, inspeccionándome con vehemencia. Se pone muy nerviosa con los accidentes en la vía pública y con la omisión de socorro—. Dime que no te has hecho daño.

—Ni un rasguño, tranquila.

Estoy sana y salva, pero, al echarme un vistazo, me doy cuenta de que mi falda larga blanca y la camiseta del mismo color, que hace un momento solo tenía un pequeño puntito verde en el pecho, se han convertido en un caleidoscopio de marrones café solo, con leche y macchiato .

Gimo de pena, de la más profunda pena y vergüenza que he sentido en mucho tiempo. La falda era nueva.