Encantada de olvidarte 4. «Long Live (Taylor’s Version)» – Taylor Swift #2
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4. «Long Live (Taylor’s Version)» – Taylor Swift #2

—Son las tres y media de la mañana, Emma, así que olvídate del tren.

—¿ QUÉ ? —gritamos Gabi y yo, completamente sincronizadas.

Íbamos a compartir un taxi hasta Atocha para que nos saliese más barato, pero parece que lo que tendremos que compartir finalmente será el sofá.

Marcos, que solía entrar en casa con muchísima energía, dando gritos y haciendo bromas, luce completamente apagado. Nunca le había tenido como alguien que se fuese a dormir pronto. Se le ve cansado, pero siento que hay algo más bajo unas gruesas capas.

—Quedaos vosotras aquí, chicas. Yo me voy a dormir al sofá. Buenas noches, cielo. —Marcos se acerca y besa levemente a Olivia en los labios. Un pico casto, como si no llevasen todo el día sin verse—. Acuérdate de que mañana tengo pádel por la mañana, ¿vale? No me esperes para comer.

—Vale, sí —contesta distraídamente mi amiga—. Buenas noches. Toma, coge una almohada si quieres...

Pero Marcos ya ha salido por la puerta y la ha cerrado a su espalda.

Gabi pronuncia un «¿todo bien?» con los ojos, y Olivia de- sestima la pregunta con un suspiro y contesta con algo que no tiene nada que ver con nada, pero que es todo lo que necesita:

—¿Madrugamos y nos vamos de brunch mañana? Tengo muchas ganas de probar algún sitio nuevo.

Gabi y yo nos miramos, repasando en silencio si teníamos responsabilidades a la mañana siguiente, y apoyamos la propuesta con toda la efusividad que nos permite este cambio de planes de última hora y el cansancio que ya no podemos ignorar.

Olivia nos presta dos camisetas viejas y nos volvemos a acurrucar en la cama las tres juntas. Susurramos «buenas noches» y nos acomodamos, cada una hacia un lado, pero con las manos entrelazadas.

Cuando Olivia se baja el antifaz y escucho la profunda respiración de Gabi, que se ha quedado frita a los veinte segundos de apagar la luz (beneficios de haber aprendido a aprovechar todas las horas de sueño posibles en el hospital), me doy la vuelta.

Después de un día tan raro como el de hoy y toda la cafeína que he consumido en las últimas horas, estoy completamente desvelada.

Aviso a mi madre con un mensaje rápido de que me quedo aquí a dormir, a lo que me contesta con una foto de su lectura y de los perros sobre sus piernas (no acabo de entender los horarios de esta mujer, son casi las cuatro), y me quedo un rato embobada con el resto de las notificaciones que he ignorado esta noche.

Hay un par de «me gusta» a la story que he subido en Instagram, algunos avisos de aplicaciones de comida a domicilio que no soy capaz de desactivar y un mensaje de Teams.

No debería, yo lo sé, pero abro la aplicación; en parte porque soy incapaz de desconectar del trabajo los fines de semana y también para ver qué desalmado se dedica a escribir fuera del horario laboral, un viernes de agosto a las mil de la noche.

La luz blanca me deslumbra un poco y entrecierro los ojos para no quemarme las retinas.

Hay un pequeño círculo azul al lado de otro más grande con las iniciales IN en color verde pastel. Iván Navarro, que así se apellida, por lo que veo, aparece en negrita y desconectado, pero tengo un mensaje suyo de ayer; bueno, de anoche.

Lo abro, porque no voy a poder conciliar el sueño ahora que Iván ha aparecido de nuevo en mis pensamientos, y me niego a soñar con él por intentar dormirme sin saber qué me ha escrito.

Había conseguido no pensar en nadie de la agencia en toda la noche, ni en él, ya puestos.

Y tampoco se lo he mencionado a las chicas, así que ha sido fácil ignorar su existencia durante unas horas.

Pero el universo se ha empeñado en ponérmelo muy difícil desde el viajecito en ascensor que compartimos ayer.

IN

¡Emma! Te comparto la convo para la semana que viene. Lo hemos visto con Biel y presentaremos vuestra idea junto con la de Beto y Nico.

Me has convencido.

¡Buen finde!

No hay nada raro, es un mensaje normal, pero hay algo que me descoloca. Y no tiene nada que ver con que le haya convencido de lo evidente.

Hay más mensajes, y son míos.

Bueno, y suyos.

Deslizo el dedo para abajo, explorando el historial de nuestra conversación, que, al contrario de lo que hubiese apostado sin pensármelo dos veces, no está vacía.

¿Habíamos hablado antes?

Me incorporo sobre el codo para poder leer mejor.

No hay mucho, unos cuantos mensajes de Iván a los que la Emma del pasado contestó muy seca: reuniones, dudas sobre qué equipo había recibido un brief que lideraba él (para el que Loreto y yo no tuvimos ni la más mínima oportunidad), una disculpa por un ajuste en Photoshop que me pidió Nuria como favor y por el que nunca me dio las gracias...

El primer mensaje que encuentro es hace más de dos años, cuando, por lo que tengo entendido, él entró a trabajar a Kuon:

IN

¡Hola! Oye, perdona que te moleste. :) Jorge me ha dicho que Loreto y tú solíais llevar las redes de TeensChannel, ¿puede ser? Es que me han encasquetado el concurso y necesito el manual de marca, no sé si lo tienes por ahí.

¡Encantado, a todo esto! Soy Iván (obviamente).

Jorge era mi antiguo jefe. Huyó del trabajo corporativo tras un viaje a Bali que, según él, le cambió la vida y la percepción de las responsabilidades.

Sí, Loreto y yo solíamos llevar en exclusiva las redes sociales de esta plataforma de streaming , dedicada a las mejores series de los noventa y los dos mil, desde que entramos a Kuon hasta que nos ofrecieron un contrato fijo como dupla en creatividad y dejamos el departamento de Social Media .

Poco después salieron a concurso, Jorge dimitió y Kuon perdió la cuenta.

Ese manual de marca fue mi Biblia durante años, y ayudé a rehacerlo casi por completo, así que seguro que lo tengo guardado por alguna parte.

La cuestión es que no recuerdo ese mensaje. No recuerdo leerlo ni rebuscar en la carpeta que contiene todo lo relacionado con las redes TeensChannel, sin ningún orden ni organización.

Nunca le contesté.