Encantada de olvidarte 4. «Long Live (Taylor’s Version)» – Taylor Swift
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4. «Long Live (Taylor’s Version)» – Taylor Swift

Long Live (Taylor’s Version) – Taylor Swift

Suelto un «yoooooooo» ahogado y la puerta se abre.

Me parece completamente trascendental que un simple «yo» sirva para abrirle a cualquiera las puertas de tu casa.

Y como se te ocurra preguntar «¿quién?» una sola vez más de lo estrictamente necesario (una única vez), solo vas a recibir un «yoooo, ¡abre!

» mucho más borde de lo que probablemente te mereces.

Olivia me espera en la puerta como solía hacer mi madre cuando volvía a casa después de una semana: ocupando todo el hueco y con los brazos abiertos.

De hecho, he pasado con ella más tiempo que con cualquier otro miembro de mi familia.

Nuestras madres son primas hermanas, lo que nos convierte en primas segundas, pero siempre nos hemos tratado como amigas.

Sin duda, hemos compartido más hitos históricos que con nadie.

Hasta mi primera regla. La encargada de enseñarme que debo tener miedo a los tampones por el síndrome de shock tóxico menstrual fue única y exclusivamente Olivia.

Con veintitrés años, recién graduadas, nos mudamos juntas al antiguo piso de sus padres, un horno en el centro de Madrid.

Gabi, amiga de Olivia de clase de japonés, llegó pasados unos meses. Y nos hicimos familia. Son las únicas personas con las que no necesito batería social ni llevar el flequillo siempre perfecto.

Olivia se sienta con las piernas cruzadas en el sofá de cuero en el que tantos libros he terminado y en el que me he quedado pegada en incontables ocasiones. El calor y el cuero no son la mejor combinación, pero eso es culpa de las modas de los 2000, que han envejecido regular.

Abrazo a Gabi (solo un instante, porque es una persona de poco contacto, de esas que echan el culo para atrás cuando te abrazan) y dejo el bolso sudado y la bolsa con la compra sobre la mesa del comedor.

—¿De dónde vienes? No has pasado por casa hoy, ¿no? —me pregunta cuando nos separamos, aunque no me da tiempo a contestar.

—Perdón por lo que voy a decir —interrumpe Olivia, llevándose un cojín al estómago—, pero vivir con un chico está completamente sobrevalorado.

—Tía, no te ha dado tiempo a aborrecerlo —digo mientras me desplomo a su lado y me abanico con la mano—. Lleváis viviendo juntos una unidad de día.

—Pero ¿tú sabes lo que es estar todo el rato con una persona?

Yo antes vivía conmigo misma. Y compartía paredes con vosotras.

Ahora tengo que ponerme de acuerdo con un adolescente de treinta años sobre a qué hora me va a entrar hambre para cenar —se lamenta mi prima, que es de horarios europeos y eso de cenar más tarde de las ocho siempre le ha repugnado.

Sus quejas no cesan, pero yo sé que Olivia estaba deseando vivir con Marcos. Llevan juntos la tira de años, dos de ellos a distancia, y no me atrevo a contar las horas que nos hemos pasado en la cocina dándole vueltas y vueltas a lo que significa «dar el paso».

Para honrar la vida en familia que fue y no volverá a ser jamás, cada una cocinamos nuestra cena, en una minúscula cocina, todas a la vez.

Airfryer , microondas y vitrocerámica; tuppers de la madre de Gabi calentándose, pavo con queso en una tortilla de maíz para Olivia y filetes empanados con mayonesa para mí. Habremos crecido juntas, pero algunas hemos elegido no madurar, por principios y por falta de tiempo.

Cuando todo está listo, me siento en mi sitio en la esquina de la mesa y retomamos la conversación donde la habíamos dejado.

—Lo que está completamente infravalorado es el sufrimiento de vivir con compañeras de piso... —Olivia y yo soltamos los cubiertos al unísono y bramamos varios «¿quééé?» y «pero ¿y esta?» a voz en grito— ¡que no conoces! ¡Compañeras QUE NO CONOCES ! De verdad, eh, cómo sois...

Cuando Marcos anunció su inminente regreso, Gabi y yo nos separamos por causas mayores. Decidimos que ella buscaría un piso para compartir cerca del hospital donde trabaja, soñando con vivir su propia versión de Anatomía de Grey , y yo haría lo mismo cerca de mi oficina.

Lo cierto es que nunca me planteé vivir con gente desconocida, pero no quería que se sintiese culpable por dejarme sola ni condenarla a seguir sufriendo con tanto desplazamiento, así que accedí y no dije nada.

Decidí volver a casa de mi madre y, desde entonces, he estado fingiendo que busco habitación.

En mi mente, solo para mí misma, también lo he estado fingiendo.

—De lo que estoy más harta —sigue Gabi mientras engulle sus alcachofas— es de tener que actuar como si no me molestase nada. Que el hecho de que pongan las bolsas de basura mal y me tenga que ensuciar las manos innecesariamente no me saca de mis casillas. Y los pelos, ¡los pelos!

—A mí también se me caía mucho el pelo.

Gabi y yo compartíamos baño. Olivia, la señora de la casa, lo tenía en suite. No hay construcción lingüística que me parezca más pija que en suite .

—Sí, pero tú los recogías. Estoy cansada de ser complaciente, y siento que se me va a enquistar.

Ya cuido a gente vulnerable veinticuatro horas seguidas muchos días de mi vida, no necesito ni tengo ganas de cuidar también de adultos que no cobran lo suficiente como para vivir solos, que somos todos, pero que ya tienen pelos en sus partes como para seguir viviendo con sus padres. No te ofendas, Emma, no va por ti.

Sacudo ligeramente la mano y hago señas para que me pasen la botella de agua para llenar los tres vasos.

La cena se convierte en postre y el postre, en una infusión en el salón, que es el único espacio de la casa cuya temperatura baja un poco si abrimos las ventanas de par en par.

Mientras la estancia y nuestras bebidas se enfrían, nos instalamos en los sofás y seguimos hablando con Too hot to handle sonando de fondo.

Perdemos los zapatos y se desabrochan los vaqueros, buscando una comodidad que se ha vuelto lejana desde que mis cosas ya no están en la primera habitación del pasillo.

Mientras criticamos algunos de los conjuntos que se ponen los participantes para una noche de fiesta, es Gabi quien cambia de tema:

—Chicas, me viene fatal haberme mudado, porque necesito ayuda con la ropa. Hemos quedado algunos del hospital mañana por la noche para tomar algo y creo que nunca me han visto sin el uniforme. Se me ha olvidado cómo vestir, y no quiero destacar más de la cuenta.

En casa era una convocatoria ineludible lo de ayudarnos a elegir qué ponernos para ocasiones especiales.

Convertíamos el pasillo en una pasarela y sacábamos todo nuestro fondo de armario.

Algunos de mis looks de confianza se han quedado incompletos al hacer las maletas y no poder contar con los básicos de mis amigas.

Dejamos el fresquito del salón y Olivia y yo nos tumbamos en su cama mientras Gabi rebusca en el armario.

—¿Y por qué no te pones el conjunto que te hicimos para nuestra cena de despedida? Era muy tú, Gabi, y estabas guapísima.

—¡Sí! Y era anchito; puedes comer sin preocuparte por si te hinchas —añado.

Gabi consigue, a duras penas, rescatar un bolso blanco que siempre solía robarle a Olivia y se lo cuelga del hombro, mirándose al espejo.

Ha combinado los pantalones de traje que traía y un crop top color berenjena que también ha sacado de un armario que no es el suyo.

Es muy buena combinación, pero no es la suya.

—Demasiado pretencioso, ¿no? Tampoco quiero desentonar; me encantaría caerles bien.

—¿Y no podrías caerles bien con unos jorts ? —pregunto—. Ya es bastante difícil conectar con gente a nuestra edad, como para encima tener que moldear tu personalidad para conseguirlo.

Olivia echa mano de un cojín y me pega con él en el hombro, como si nos hubiese insultado violentamente. Aún no hemos cumplido los treinta, pero es una realidad que hacer amigos a partir de los veinticinco es más que complicado, casi imposible.

—Ya, tía..., pero no quiero estar pendiente todo el rato de si me miran de más o de menos, ¿sabes? Prefiero llevar algo básico con lo que me sienta cómoda, en un punto intermedio.

—Gabi, nadie está tan pendiente de ti o de lo que llevas puesto como tú misma. Y mira que yo no es que vista tan bien como tú, pero...

Olivia me interrumpe a media frase:

—¿Qué dices? A mí me encanta cómo vistes. No podría ponerme la mitad de las cosas que llevas, pero porque no me atrevo.

Miro a mi prima con los ojos muy abiertos, como si hubiese dicho una barbaridad.

—¡Bueno, ya sé que visto raro! —Todas nos reímos a la par—. Lo que quiero decir es que prefiero elegir algo especial que refleje perfectamente quién soy a ir básica sin más. Perdón.

Gabi baja los hombros y resopla. Sabe que tengo razón, porque teníamos esta conversación al menos una vez al mes y siempre acababa dándomela.

—Ay, chicas, si es que no tendríais que haberme dejado sola —profiere mi prima, rebuscando los jorts hasta en tres cajones diferentes—. Marcos no hace más que decirme que todo me queda bien, y no ayuda.

—Pero, Olivia, ¡existen los teléfonos! Hacemos videollamada a tres, como en Lizzie McGuire , y te ayudamos nosotras.

Gabi se hace hueco a los pies de la cama, arrugando la ropa que le ha robado a Olivia, y se estira junto a nosotras.

No hablamos durante un pequeño lapso de descanso, absortas en nuestras pantallas.

Tengo ganas de decirles que siento que he salido perdiendo cuando nos separamos, que esta noche ha dolido más de lo que ha curado y que, cuando salga por esa puerta camino a casa de mi madre, será como despedirnos otra vez.

Pero no lo hago y me limito a acurrucarme un poco más con ellas y a decirles que, hasta estando juntas, las echo de menos.

El ruido de la puerta al abrirse nos sobresalta en medio de una conversación estúpida. Seguimos en la cama de Olivia, y Marcos nos encuentra hechas una maraña de brazos, piernas y jorts .

—Pero ¿qué hora es? Que yo me tengo que volver en tren —digo desperezándome e intentando que la sangre vuelva a mis articulaciones.

A juzgar por la mirada que nos echa el novio de Olivia, es muy tarde.