3. «idontwannabeyouanymore» – Billie Eilish #3
—¡Ay! ¿Se viene Emma? ¡Qué guay!
Leire (creo) corre hacia mí, como si fuese la ocasión más especial del año, y me coge del brazo dando saltitos.
—Venga, sube a por tus cosas; te esperamos.
«¿No hace, de repente, muchísimo calor aquí?».
Mi garganta no puede reproducir ni un sonido y me cuesta tragar. Este entusiasmo repentino no... no encaja. ¿Qué mosca le ha picado a todo el mundo hoy?
No me apetece nada ir a comer con gente más o menos desconocida y tener que fingir que sí, pero no me han dejado mucha opción. Se me da fatal decir que no.
Solo me queda hacer acto de presencia, aguantar en silencio un par de horas y retirarme elegantemente.
Me despido brevemente para ir a por mis cosas mientras sacudo la mano de la chica de mi antebrazo y, por fin, llegamos a los ascensores.
—Tía, ¿qué pintas tú en la despedida de Jacobo?
—susurra Loreto muy bajito. No me molesta su comentario, porque yo estoy pensando lo mismo.
Sería la primera vez que saliese a tomar algo con la gente de la oficina, aunque ella hubiera dejado de insistir hace mucho—.
Pero, oye, me parece estupendo. Si hay chisme, luego me cuentas. No me creo que por fin esté sucediendo.
—¿El qué?
—Que vayas a dejar salir a la Emma que tienes encerrada.
Muy a mi pesar, me he encontrado siendo el centro de muchas conversaciones, por lo que mi estrategia para una salida limpia y poco dolorosa tras los cafés con hielo y justo antes de las copas hace aguas.
«¿Y cómo es volver a vivir con tu madre?». Una información que no sé en qué momento se me ha escapado, pero no exagero cuando digo que he pasado veinticinco minutos divagando sobre el motivo por el cual me está costando tanto deshacer las cajas.
«¿Tienes perros? ¡A ver! ¿Tienes fotos?».
«¿De verdad conoces a Lana Guo? ¡Soy tan fan! Me he visto todas sus series».
«¡Totalmente, tía! Es que están los pisos fatal...».
He contado las suficientes anécdotas insulsas como para que no se considere maleducado que me vaya, pero hay algo que me retiene.
Los ojos de Iván viajan a mí de tanto en tanto y, aunque tiene la boca tapada con una mano, le oigo perfectamente susurrar a Nico:
—¿Tú crees? Parece otra, tío. ¿Y si me manda a la mierda?
Pongo los ojos en blanco, porque sé perfectamente que está hablando de mí, y rompo el breve contacto visual en el que he caído. He perdido la batalla. O la ha ganado él.
En menos de un segundo, toda la comodidad que he sentido esta tarde, la seguridad que poco a poco iba conquistando, se han disipado. Un simple comentario y boom : nudo en la garganta.
Si no salgo ya de aquí, no llegaré a tiempo para cenar con las chicas, y si fallo el primer día de esta nueva tradición autoimpuesta de excompañeras de piso, no descarto que se presenten aquí y me devuelvan a casa de los pelos.
Aparto la silla todo lo sutilmente que puedo, arrastrándola sobre el cemento ardiendo, e intento colgarme el pesado bolso que tenía entre las piernas.
—Bueno, chicos, de verdad que me da mucha pena irme, pero...
Todas las conversaciones se paran y un coro de «noooooo», «Emma» y «buuuu» se alza en medio de la plaza.
Sienta bien que una mesa con más de quince personas lamente tu partida. Aunque también resulta extraño, ajeno; un poco impostado. ¿Pasa algo si elijo regodearme ligeramente, aunque en el fondo sepa que hoy ha sido la primera vez que he cruzado palabra con la mayoría?
—¿Dónde vas?
Mis ojos se desvían hacia los de Iván una vez más, que aunque ha elegido hablar de mí con otros, no ha cruzado palabra conmigo en toda la santa tarde.
Confieso que he intentado, sin mucho éxito, evitarle lo máximo posible tras lo de esta mañana, comportándome como un aspersor y escupiendo información mientras hacía contacto visual con toda la mesa...
menos con él. Aunque lo he pillado mirándome varias veces y cuchicheando con Nico y Jacobo, sentados a su lado.
—Tengo, emmm, un evento. —No sé por qué he dicho eso, no tengo ningún evento—. Una cena, vaya. Y llego tarde.
—¿Con quién vas a cenar?
Mi cabeza busca a Iván, cuya voz burlona destaca por encima del ruido de la plaza.
¿Quién se cree que es? ¿Y por qué, mientras hacía todo lo posible por que no me pillase mirándole, me he encontrado a mí misma buscándole de reojo, solo para asegurarme de que seguía tan pendiente de mí como yo lo estaba de él?
De sus gafas, de su mandíbula cuadrada y de sus brazos...
Debería ser ilegal tener esos brazos, llenos de pequeños tatuajes perfectamente equilibrados y aprisionados por la camiseta de manga corta negra que se pega a sus bíceps.
Me merezco acabar en el infierno.
Este chico no significaba nada para mí ayer, por lo que hoy tampoco tiene que ser diferente.
—Emmm, esto... Con unas amigas, mis compañeras de piso —digo con la voz algo temblorosa.
Me da rabia; había conseguido mantener el tipo durante horas—.
Es una especie de tradición, cenar juntas una vez por semana, para que no nos dé tiempo a echarnos de menos.
Somos como hermanas. Bueno, Olivia en realidad es mi prima...
No sé por qué os estoy contando esto, pero...
La mirada de Iván se suaviza mientras hablo, literalmente. Desaparecen las pocas arrugas que manchaban su ceño y, aunque no vuelve a hablar, algo me dice que su voz sonaría menos afilada que hace un minuto.
—Emma, ¡pásalo genial! Te vamos a echar de menos... —exclama Leire con una voz muy dulce, empalagosa, que solo he escuchado cuando se dirige directamente a mí—. ¡Qué bien que hayas venido! ¿Verdad? —pregunta hacia el grupo.
Jacobo asiente con mucho énfasis, como si yo fuese una invitada de honor a su despedida.
El coro de creativos, cuentas y social media managers vuelve a cantar al unísono «chaooooo, guapa», «¡luego te escribo!» y «¡pásalo muy bien!» mientras, torpemente, salgo a trompicones.
Me alejo un poco a ciegas de la terraza, fingiendo que sé exactamente a dónde voy, aunque todas las salidas de esta plaza me parecen iguales.
Y, aunque intento con todas mis fuerzas no escuchar cómo las voces de mis compañeros siguen hablando de mí, la leve brisa que sopla a esta hora de la tarde transporta mi nombre.
Ahí plantada en medio de la calle, buscando el bar que siempre ha sido mi punto de referencia para encontrar la salida hacia la que solía ser mi casa, no puedo evitar pensar tres cosas:
Escuchar mi nombre en tantas voces distintas es un sonido precioso.
Una parte de mí no puede evitar pensar que todo ha sido una broma pesada.
La única voz que no vuelvo a reconocer entre todas las demás es la de Iván, y no sé por qué me fastidia tanto.
No me entiendo ni yo.