3. «idontwannabeyouanymore» – Billie Eilish #2
—Sí, Iván, eso pienso. Y disculpa haber sido tan directa, pero las opiniones hacia Erea van de mal en peor.
No han levantado cabeza desde la última vez que les cancelaron.
O cambian el chip, o están acabados. —Tomo aire y continuo—.
No me malinterpretes, me encantan sus productos, creo que son realmente buenos, pero, o se mojan, o la gente no les volverá a tomar en serio.
Tenemos que vernos reflejados en Erea de nuevo, y una campaña de guerrilla como esta es lo que de verdad necesitan. Es nuestro trabajo convencerles.
—No tienes que disculparte, Emma.
«¿Eso es todo?».
Biel toma la palabra, intenta calmar los ánimos y nos da las gracias por el esfuerzo. Sé que nuestra idea es buena, lo sé porque soy el target al que tiene que impactar, pero sin el apoyo de cuentas y del director creativo no vamos a ninguna parte.
Nuria e Iván quedan con Biel en repasar toda la estrategia más tarde esa misma mañana y se levanta la sesión.
Estoy agotada, como si me hubiese pasado un tren de cercanías por encima: lentamente, que duele más.
Tras la reunión, he notado cómo la falta de sueño por fin hacía acto de presencia, las ojeras se me hinchaban y perdía todas las ganas de seguir respirando.
Loreto también estaba afectada, pero más por mi impulso de llevarle la contraria a los que tienen que luchar por nuestra propuesta que por otra cosa. En realidad, estaba eufórica.
Me dispongo a prepararme el siguiente café del día (es inútil intentar llevar la cuenta), y el último antes de que me dé una taquicardia, cuando noto una presencia a mi espalda, demasiado pegada a mí. Esta cocina es minúscula.
—¿Y tú quién eres?
La voz de Iván, que he escuchado más en las últimas veinticuatro horas que en toda mi vida, retumba en las paredes.
Giro el cuello con desgana, la boca cerrada y los ojos inyectados en sangre.
«¿Cómo que quién soy? ¿De qué va este tío?».
Vale, a ver: puede ser que, eliminando a mi dupla de la ecuación, no intercambie una palabra con nadie en la oficina. En plan exagerado. Lo evito a propósito.
Lo intenté, lo intentamos, y no cuajó.
Pero ayer compartí, como mínimo, cinco horas y media en un ascensor con este impresentable (o, al menos, eso me pareció a mí) y hoy hemos tenido una reunión juntos.
Solo pido un poquito de educación, aunque sea fingida.
—Emma —suelto, quizás un poco más implacable de lo que debería—. Soy la dupla de Loreto, la del pelo rizado; seguro que sabes quién es. Pues yo soy la que va detrás.
Tengo tan ensayado este minimonólogo que me sale automático.
—Hostia, ya sé quién eres. No iba por ahí. —Iván apoya el hombro en el umbral y cruza los brazos sobre el pecho, cortándome el paso—. Me refiero a quién era la chica de antes. Ha sido una grata sorpresa ver a la Emma de siempre hablando como lo has hecho hoy en la reunión.
Decido cruzar los brazos también a la altura del pecho. Este tío me está cabreando, algo que no suele pasar. Debe de ser consecuencia de la escasa media hora que he dormido esta noche.
Aunque creo haber leído que cruzar los brazos es señal de debilidad.
Los descruzo, por si acaso, y apoyo una mano en la encimera.
—Y... ¿cómo es la Emma de siempre? Cuéntame, parece que no la conozco lo suficiente.
—Mmm... ¿tímida? ¿Algo más reservada? Creo que hasta esta mañana no había oído tu voz.
Bueno, eso es mentira, sí que la había oído, pero te juro que había llegado a pensar que eras una borde, que habías perdido la voz repentinamente o que pasabas de nosotros.
Nunca te he visto con Loreto fuera de la oficina, y ella no suele rechazar ningún plan. ¿Es que te caemos mal o algo?
«Tú, sí».
De golpe, siento vergüenza.
No es una vergüenza sutil, fácil de digerir, de esas que se convierten en anécdota en menos de diez segundos.
La vergüenza que siento es de la que te sube hasta los ojos, irritándolos, porque el origen reside en aquello que más odias de ti misma.
Este chico que apenas conozco de nada ha sido capaz de señalar algo de lo que no estoy nada orgullosa en menos de tres intercambios. Algo que, aunque trate de disimular, pertenece intrínsecamente a la persona que soy. Algo que detesto. Y algo que no puedo tapar, teñir o esquivar.
Dibujo la sonrisa más educada que puedo, tensando los labios hacia abajo, suelto todo el aire por la nariz y bajo la cabeza.
—Ya, bueno... —río débilmente mientras me muevo hacia el lado menos invadido por su cuerpo—. Perdón.
Enfilo la salida con la cabeza, toda encorvada hacia delante, mientras el metro noventa de tío estúpido que no tiene la culpa de que yo sea como soy y solo lo ha verbalizado se hace a un lado.
Una frase, ha sido solo una frase.
—Eres muy dura contigo misma.
Yo no fumo, pero acompaño a Loreto cuando lo usa como excusa para tomar el aire sin levantar demasiadas miradas de reproche en la mesa.
—Que si he perdido la voz, me ha dicho. ¡Una borde! ¿Tú te crees? No, si en realidad tiene razón. Me siento tonta, de verdad, y lo peor es que es culpa mía.
—Nada de culpas —replica Loreto soltando el humo—. Eres, probablemente, la persona más graciosa de la agencia. La cosa es que hay que atravesar muchas capas para descubrirlo.
Veo que algunos compañeros comienzan a salir por la puerta principal, con el corazón dividido entre las ganas que tienen de llegar a casa y la desolación que sienten al abandonar el único aire acondicionado que catarán en todo el fin de semana.
—Lo que tienes que hacer es agachar menos la cabeza y respirar más fuerte. Esperas que la gente vea lo mejor de ti sin ni siquiera enseñarlo. Te lo tengo dicho, tu exuberante personalidad necesita vitamina C.
Para ella es extremadamente fácil decirlo, y también ponerlo en práctica.
En cuestión de días, conquistó a la gran mayoría de los compañeros, incluida a mí.
Se integró en el grupo más grande y ruidoso antes incluso de superar su periodo de prueba, y lleva desde entonces haciendo equilibrios para mantener su amistad con ellos y lidiar con mi ansiedad social al mismo tiempo.
Sería fácil dejarme ayudar, pero le sale tan natural que se desespera cuando no consigue enseñarme.
—Lo que yo decía. Culpa mía. —Mi dupla pone los ojos en blanco y tira la colilla al suelo—. Lo que tú tienes que hacer es dejar esa mierda que te va a matar. Espero que no me huela el pelo a tabaco. Te recuerdo que estoy viviendo con mi madre y ya no se cree eso de «es de una amiga».
Estamos rebuscando nuestras tarjetas de acceso de vuelta al fresco interior cuando un grupo de creativos y community managers salen en tropel de los ascensores. Si no me equivoco, no debe de quedar absolutamente nadie arriba.
—¡Loreto! ¡Emma! ¿Os subís otra vez?
Beto, junto con Nico y una chica rubia de redes sociales que creo que se llama Leire, pasan los tornos hacia la salida, impidiéndonos abrir las puertas en sentido contrario.
—Estábamos haciendo tiempo para que Biel nos vea conectadas hasta las tres, pero no creo que pueda escribir un copy más hoy. Estoy destrozada —contesta Loreto, agarrándome sutilmente del codo para que no me aparte—. ¿Os vais ya?
—¡Sí! Vamos a comer a Olavide, que es el último día de Jacobo. ¿No te acuerdas? Se va a trabajar a cliente, el inútil. Si es que todos los tontos tienen suerte.
El susodicho Jacobo responde a su nombre y se acerca a nosotras.
Me suena de haberle visto por la oficina, y creo que Loreto lo ha mencionado alguna vez de pasada, pero no le ubico.
Y, por lo visto, se me ha acabado el tiempo porque, según nos cuenta Beto, ha conseguido un puesto en una empresa con su propio departamento de marketing .
El sueño de toda persona que haya trabajado alguna vez en una agencia de publicidad.
Espero que su experiencia le ablande un poco y se porte mejor que nuestros clientes con nosotros.
—No te piques, chaval —le dice Jacobo—. En cuanto salga un puesto de becario, te paso la oferta.
«Me parto de risa con los hombres».
Los dos chicos se giran hacia mí porque, sin duda, he tenido que soltar algún ruidito involuntario.
—¡Oye, Emma! Muy guay la campaña de Erea, ha ido muy bien la reunión, ¿no? Nos lo ha contado Iván.
«Oye, Emma». No Loreto; Emma. La campaña. El imbécil.
—Mi dupla es la mejor, Jacobo. Espero que no me deje para montárselo por su cuenta, porque estamos desperdiciando mucho potencial.
—Loreto me da con la cadera, como para reactivar mi psicomotricidad, y sonrío de nuevo.
Me duelen las mejillas—. Dejadnos en paz que me tengo que ir corriendo a casa. ¡Pasadlo bien!
Congelo mi sonrisa unos segundos más y continuamos hacia los tornos.
—Pero ¿no os venís? —grita Beto a nuestra espalda.
Loreto se gira del todo; yo me quedo de medio lado, ignorando deliberadamente ese plural. No sería la primera vez que alguien me extiende una invitación sin interés genuino, solo por estar en el lugar indicado cuando toca.
—¡Qué va, si os lo dije! Esta tarde es la prueba del vestido de novia de mi hermana. Tengo que irme corriendo. Nunca hay que hacer enfadar a una novia, y menos a esta.
Me quedo esperando el quejido de tristeza colectivo tras el rechazo de Loreto, pero lo que oigo es:
—¿Y tú, Emma?
—¿Yo, qué? —suelto sin querer.
Literalmente he hablado con este chico un total de seis minutos, que es lo que llevamos intentando, sin éxito, volver a coger el ascensor.
Por eso me sorprende tanto su invitación.
Entiendo que hay gente de la escuela de «cuantos más, mejor», pero seguro que el tal Jacobo lo que quiere es despedirse de sus amigos de verdad, y yo no pinto nada con ellos. Y menos sin Loreto.
La miro de reojo, y tiene cara de estar pensando lo mismo. Pero Beto y los demás siguen esperando.
—Mmm... —murmuro, tratando de inventarme alguna excusa rápida que me prive de 1) tener que decir que no y 2) quedarme sin la siesta que pensaba echarme en el sofá, con dos bolas de pelo y Serendipity de fondo—. Yo me iba ya a casa, la verdad, que tengo...
—¡Claro que sí, Emma! —me interrumpe Jacobo—. ¿Cómo no vas a venir? No vamos a celebrar nada sin ti...