2. «Lightning» – Little Mix #3
—No sé, chicos, ¿qué quiero? ¿Qué querríais vosotros?
—respondo a una pregunta que, desde luego, Damon y Klaus no han formulado—.
Podría manifestar que aparezca una herencia millonaria de una tía perdida, pero seguro que esos deseos están más que trillados, ¿verdad?
Tengo que manifestar algo real, algo que me pueda pasar de verdad.
Es casi como si Klaus hubiese puesto los ojos en blanco.
—¡Oye! Déjame en paz... De verdad, chicos, si es que me conformo con, no sé, dejar de ser el personaje secundario, ¿sabéis? La dupla de Loreto o la compañera de piso que se tiene que mudar tras el gran final de la historia de amor más bonita del mundo...
Desilusionada, apoyo la cabeza en la cama, mirando hacia el techo en busca de inspiración, y suspiro con todo el cuerpo.
No es que no tenga grandes aspiraciones, supongo que lo estándar.
Me consuelo pensando en que las protagonistas de mis libros favoritos también tenían vidas normales antes del gran giro de guion.
Dudo mucho que Elena Gilbert se pueda definir como una chica fuera de lo común, o que Addie LaRue se esperase la maldición que iba a condenar su futuro aquella noche en el bosque.
Pero con veintiséis años (y siendo consciente de que ningún vampiro o espíritu de la noche tiene como cometido principal cambiarme la vida), me conformo con encontrar lo equivalente de esas historias en mi realidad.
Un romance bonito, sin aplicaciones de citas de por medio, una experiencia catártica, una gran victoria...
—Lo único que quiero es sentir que soy la protagonista de mi propia historia, eso es todo. Que exista una historia.
Nunca he querido cambiar mi personalidad.
En cierta manera, me gusta cómo soy. Sin embargo, aunque también me guste mucho mi tono de piel, en verano siempre ansío coger un poco de color.
Muchas veces envidio lo extrovertida que es Loreto, lo seguras de sí mismas que parecen las chicas de la oficina, lo alto que hablan y cómo todo el mundo parece escucharlas.
Es como si no tuviesen que alzar la voz, sino que el resto de ruido se disipase cuando tienen algo que decir.
Según @mystara_, el secreto para atraer eso que tanto ansías reside en escribirlo agradecida, como si ya lo hubieses conseguido. Aunque me da un poco de vergüenza ajena escribirme una carta a mí misma y siento que, más que manifestarlo, lo estoy gafando, ella es la experta.
Concentrada, comienzo a visualizarme en una casa inundada por la luz, trabajando (qué novedad) desde el salón, dándole las gracias a la Emma del pasado por esa idea rompedora que se convirtió en la explosión de nuestra carrera, por haber encontrado el apartamento perfecto y por haberte guardado todas esas fotos de salones bonitos, que nos sirvieron muchísimo cuando tuvimos que decorar uno de verdad .
Por la lámpara roja, por la alfombra, por haberte apuntado a pilates ...
A partir de ahí, cuando las cosas materiales comienzan a no parecerme tan relevantes, la carta empieza a enredarse.
Gracias por haberte hecho hueco, porque desde ese día fuimos imparables.
Bastó permitírtelo y dejaste de ser invisible.
¿Te acuerdas de cuando nadie se acordaba de tu nombre?
¿De cuando temías no tener sitio en la oficina por las mañanas porque nadie reparaba en ti?
Eso se terminó. Biel dejó de llamarte «niña» y tuviste la oportunidad de vivir un montón de experiencias que compartir orgullosa.
Muchas podrían ser escenas de películas, aunque no te lo creas.
Siento como una fuerza extraña me empuja hacia delante, haciéndome visualizar todo lo que podría conseguir, todo lo que quiero... mientras sigo escribiendo.
Es entonces cuando me pregunto qué estaría dispuesta a sacrificar por conseguirlo, por sentirme importante, por ser la protagonista...
y, por un momento, me permito pensar que todo .
Me permito escribirlo. Gracias por no dejar que nada te frenase, por arriesgarte a decir que sí, porque mereció la pena .
De repente, ¡ PUM !
La ventana se abre de golpe, con un ruido atronador, y Klaus y Damon se levantan exaltados, ladrando como locos. Un viento inesperado sacude los cristales, me hiela la piel y vuelca la vela sobre el parqué, apagándola de un golpetazo.
Prácticamente a oscuras, sin la tenue luz de la vela y con los ladridos ensordeciendo mis pensamientos, recompongo la postura y me atrevo a mirar hacia fuera. Está... diluviando.
Las tormentas de verano son habituales en Madrid, pero la lluvia es lo que menos me preocupa. No hay relámpagos que iluminen el cielo, pero los truenos resuenan encima de casa como si se estuviese derrumbando un edificio.
—¿Qué ha sido eso, Emma? ¿Están los niños bien?
Mi madre aparece en mi puerta a la carrera y la abre de par en par, con una mano sobre el pecho, como si se le fuese a salir el corazón. Mi grito solo sirve para empeorar la histeria de los perros.
—¡Mamá! Por favor, qué susto me has dado. ¿Qué pasa? —Voy bajando poco a poco el tono de voz, mientras me restriego la cara con las manos en un inútil intento de calmar mis latidos.
—Nada, hija, perdona. Es que se ha puesto a tronar de repente y como han empezado a ladrar tanto... He subido a ver si se habían asustado.
—¿Y yo qué, mamá? Casi me da un infarto...
—Es la falta de costumbre, cariño, perdona. ¿Qué haces con la ventana abierta?
Mi madre atraviesa corriendo el cuarto para cerrar las dos hojas de la ventana como si tuviese una desequilibrada por hija.
—Nada, yo... estaba escribiendo un rato.
—¿Y por qué hace tanto frío aquí? —murmura para sí misma, arrebujándose la bata de verano—. Me voy a acostar, y tú vete a dormir pronto que los trenes luego pasan de Pascuas a Ramos y te tienes que ir con tiempo. Venga...
Cuando mi madre enfila el pasillo hacia su habitación, dejándome sola, siento de todo menos tranquilidad.
Damon y Klaus siguen agitados, y cuando estiro la mano hacia uno de ellos para intentar calmarlo, veo una mancha enorme de tinta ensuciando mi mano. El boli ha explotado. La hoja del cuaderno tiene un borrón inmenso que se extiende por casi toda la página.
Con los ojos fijos en la libreta echada a perder, percibo un leve resplandor por el rabillo del ojo. Giro la cabeza, preocupada por si la vela ha incendiado algo al caerse con el viento, y la veo de pie, firme en el suelo.
La mecha está ardiendo.
—¡Y una mierda!
Pego un manotazo al bote de cristal, soplando como una descosida para apagarla y me subo corriendo a la cama.
—¿EMMA? —grita mi madre desde el fondo del pasillo.
—¡Nada, nada, todo bien mamá, perdona!
Pero nada está bien.
Esa vela estaba apagada y tirada en el suelo, lo he visto. Lo juro.
Un calor insoportable empieza a treparme por el cuello hasta abrasarme las orejas. Dos lágrimas se me escapan de los ojos, el corazón me retumba en los oídos y solo soy capaz de escuchar los ladridos amortiguados de Damon y Klaus, que continúan con su ataque de pánico.
Y yo estoy a punto de tener otro.
Cuando teníamos trece años, Olivia y yo solíamos pasar los viernes juntas. Cada semana le tocaba a una organizar el plan.
Aún recuerdo la primera vez, y la única, que vimos una película de miedo. Olivia siempre ha sido una entusiasta del terror, y es muy difícil llevarle la contraria.
La película elegida, por tratarse de un clásico, fue El Exorcista . Cómo no, la vimos en mi habitación, con las persianas cerradas y bajo dos o tres mantas.
Esta película tiene una particularidad, y es que, de vez en cuando, aparecen imágenes de figuras demoníacas en fotogramas que se cuelan en la cinta original.
Durante uno de estos momentos en los que no sabes lo que estás viendo, si una deformación por la mala calidad o la cara del mismísimo Satanás, un póster que llevaba meses (y no exagero, varios meses) colgado de la pared, cayó con todo su peso al suelo.
Yo, convencida de que el mismísimo diablo se había quedado anclado en mi casa y que me poseería por la noche, obligué a Olivia a bajar al jardín, romperlo en pedacitos (con todo mi dolor, era mi escena favorita de Crepúsculo ) y quemarlo como ritual de protección.
Y es por eso que me encuentro esta noche aquí, en ese mismo jardín, hecha un ovillo y empapada bajo la lluvia.
Me niego a revivir el insomnio que me persiguió durante semanas por culpa de este incidente. Para mí, la manifestación se ha acabado. ¿Es posible que haya cabreado al más allá con mis peticiones de adulta inmadura? ¿Es demasiado pedir convertirme en dueña y protagonista de mi vida?
No pienso quedarme a averiguarlo.
Cobijada bajo una sombrilla, saco del bolsillo de la sudadera el intento de carta a mi futuro yo , los restos del dichoso hechizo, la vela en su bote de cristal y el mechero para emergencias.
Pese a que tengo las manos congeladas y resbaladizas, consigo prenderlo y quemar una esquina de la carta.
El fuego empieza a abrirse paso, y me quedo mirando embobada cómo arrasa con todo: con mis deseos para el próximo año, con las flores de lavanda y con las palabras de una adolescente que ni siquiera he tenido tiempo de releer antes de que la estúpida tormenta se colase por mi ventana y tiñese todo con un halo tenebroso para el que no estaba preparada.
Las llamas no son tan fuertes como la lluvia y tardan poco en extinguirse. El césped empapado humedece el papel y las flores, por lo que una parte de la carta ha quedado intacta; un par de frases y el borrón de tinta.
Maldigo en voz baja a la Emma del pasado por haberme privado de una noche de lectura y haberme empujado hacia los brazos de la manifestación por ser tan desordenada.
Recojo los pocos restos que quedan junto con la vela y, con mucho cuidado, los meto en un pequeño hoyo en el suelo desde donde espero que los ladinos tentáculos de la magia no puedan alcanzarme.